sexta-feira, 20 de janeiro de 2017

Luis Franco, catamarqueño. Una batalla, casi una guerra

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El amigo Luis Mattini continúa escribiendo genialidades que me ahorran el trabajo de escribir y me aumentan las ganas de leer, siempre una buena excusa para el que anda con pocas ideas, como es mi caso, atiborrado de malos augurios en la vida social y política de Brasil, que no es mejor ni peor que la de Argentina, pero que cada día nos sorprenden con sus imprevisibilidades, que dejan atrás cualquier rasgo de realismo fantástico.
Pero Luis Mattini, parte importante de la historia revolucionaria de Argentina, tiene lucidez como para recordar y desmenuzar temas fundamentales, como este que nos trae hoy, sin apartarse ni medio metro del sendero de la política y la lucha social. 
Y hoy, además, se mete con Luis Franco - mi Luis Franco, tan mío como suyo, reconozco, con un cierto celo- y con mi Catamarca, esta sí, muy pero muy mía.
Gracias, Luis. (JV)




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LUIS FRANCO el genial Trotsko de Belén Catamarca
Por Luis Mattini

9 de enero de 2015 · Buenos Aires

Poeta, marxista trotskista; el pensamiento más radical de Argentina.
El personaje más complejo y asombroso que conocí desde la Biblioteca Popular José Ingenieros de Zárate, fue el poeta, cuentista y ensayista Luis Franco, quien había nacido en Catamarca en 1898 y murió en Buenos Aires en 1988. 

La mitad de su vida residió en la provincia natal y la otra mitad en el Gran Buenos Aires. Su obra comprende más de cincuenta títulos. Sin embardo, a pesar de esta prolífica labor, no tuvo suficiente circulación ni crítica “oficial” acorde con esta producción tan rica. Nunca supe bien quien lo contactó en esa modestísima Biblioteca de Zárate, donde lo invitamos varias veces a dar conferencias. Quien más lo conocía era Luis Caglierotti. 

En mi caso yo había leído “Suma”, pero en esos días La Prensa publicó un domingo el huecograbado con sus últimos poemas dedicados a los Andes y a las araucarias que me impactó. “Andes del meridión, al alcance del ojo, casi de la mano… el monumento al tiempo esculpido en el granito….la Patria libre sin fronteras ni banderas……...” Asi decía el poeta: ”sin fronteras ni banderas” sentí el internacionalismo proletario en una purísima expresión poética; y fue tan fuerte esa influencia que empecé a leer sus libros con mucho interés. Primero un par de libros intrascendentes muy antiperonistas, escritos en plena revolución libertadora, realmente gorilas. 

Pero su obra “Biografia Sacra” tremenda y sistemática desarticulación de los dogmas religiosos y los mitos políticos del siglo veinte marcarían mi formación hasta el presente.
Asi fue como yo me interesé vivamente por su vida y su obra y pude saber que Luis Franco había nacido en Belen de Catamarca y murió en Buenos Aires en 1988. La mitad de su vida residió en la provincia natal y la otra mitad en el Gran Buenos Aires. Recuerdo vivamente que cuando murió yo vivía en Buenos Aires y la única nota que salió la publicó David Viñas, si mal no recuerdo en P/12, tratándolo de poeta con una relación muy peculiar con el marxismo. 

Luis Franco era un marxista asumido, convencido ideológicamente y políticamente simpatizante de la línea trotskista del PRT “La Verdad” que dirigía un tal Nahuel Moreno, a cuyos congresos solía asistir. 
Nunca entendí por qué los llamados “morenistas” no se preocuparon de recuperar para la militancia semejante genio de las letras argentinas. ¿Por qué el marxismo argentino suele estar tan divorciado del arte? 
Trotsky, mas alla de sus aciertos y errores políticos, fue un dotado para la literatura, y para apreciar el resto de las artes, con una sensibilidad artística maravillosa. Fue un magnifico critico de arte. ¿Nadie lo sigue?

En 1920, contando veintidós años, Franco publicó su primera obra, "La flauta de caña", y poco después, el "Libro del Gay Vivir", el que obtuvo, entre muchas críticas elogiosas, nada menos que la del propio Leopoldo Lugones. Su obra continuó con títulos como "Coplas del pueblo", "Los trabajos y los días", "Nocturnos", y "Suma", en 1938, esta vez fue aclamada por los abrazos de Roberto Arlt, con una notable profecía sobre el futuro de este catamarqueño cuyo destino seria el increíble olvido o la intencionada negación del medio argentino. En efecto: presagiaba Arlt: "Un silencio fervoroso ha saludado la aparición de la monstruosa obra de este poeta que, como Walt Whitman, podría decir de sí mismo: 'Yo no soy un hombre, soy una batalla”.

Y eso fue Luis Franco. Una batalla, casi una guerra!!!! Porque su obra literaria, es mucho más rica incluso en su prosa que se compone de permanentes ensayos, desde los griegos clásicos hasta la revolución cubana. En uno de sus libros, “Espartaco en Cuba” hace la siguiente dedicatoria: “AL CHE GUEVARA Hijo del Plata, por quien – lo esperamos – podrá sernos perdonada siquiera parte de los pecados argentinos de hoy contra la historia”.

En plena militancia en el PRT- ERP , yo persistía en leer lo que podía de su inacabable obra. Nunca pude interesar a mis compañeros y amigos, incluso a Axel con quien compartía el gusto por la literatura, sobre todo por Heminway, no logré convencerlo del valor de este catamarqueño, de un valor intelectual e ideológico digno de Silvio Frondizi. Claro que Haroldo Conti se sintió halagado y sorprendido cuando , en una oportunidad, en una pausa de una reunión del FAS, le nombré al catamarqueño.

Una treintena de libros notables, pletóricos de originalidad, con esa prosa, un tanto barroca , pero cuya exquisitez, le perdona el barroquismo porque la precisión de los saberes en lo conceptual es de una rigurosidad digna de los grandes pensadores y sobre todo su compromiso libertario que dejaba a la derecha a cualquiera. Expresiones provocadoras como la afirmación en el sentido que el tribunal de Nuremberg había cometido el error de no haber ahorcado a los cuatro criminales de guerra: Hitler, Churchil, Rooselvelt y Stalin, dicho en plena euforia de post guerra, en plena euforia stalinista, en pleno auge macartista. Cincuenta años después la historia, con sus sabia justicia, le dio la razón, cuando quedaron confirmados los crímenes de Stalin en Polonia, o fomentando la violación de mujeres en masa durante la toma de Berlin como “compensación” por los sufrimientos del pueblo ruso durante la ocupación alemana ( No se sabe que “compensaría” a la ciudadanas rusas) o las toneladas de explosivos ordenados por Churchil sobre la población civil de una la Alemania ya derrotada que agregaron decenas de ciudades, sin valor militar, destruidas y otro medio millón de muertos civiles a la tragedia y, por supuesto, el crimen de lesa humanidad de los yanquis con la bomba atómica sobre un Japón ya casi fuera de combate-.

Después de esta aguda digresión que no se le escapó al catamarqueño, podemos nombrar al pasar entre tantos títulos: "El general Paz y los dos caudillajes", “Sarmiento y Martí” , "Biografías animales", “El Arca de Noe en el Plata”, “El otro Rosas” "Hudson a caballo", "Biografía patria", Biografia Sacra, "Pequeño diccionario de la desobediencia", "Revisión de los griegos", "Espartaco en Cuba", “Prometeo en la URSS”y el magistral , "La hembra humana", un sesudo tratado sobre el amor, que sería suficiente, por si fuera poco, para otorgarle el más alto rango en nuestras letras y el eterno reconocimiento de las feministas, porque es una meticulosa historia del papel de la mujer en la formación de la cultura atravesada por la dominación masculina.

Cuando apareció “La hembra Humana”, como se ve, atrevido y prometedor título, lo encargamos a nuestro librero antes de que saliera de la imprenta y compramos una docena de ejemplares, uno para la biblioteca José Ingenieros, algunos para nosotros y los demás para repartirlos entre nuestros amigos como una manera de ayudar a este escritor tan escaso de dinero. Recuerdo que un ejemplar se lo enviamos a nuestro amigo José Luis Goyena, quien ya hacia tiempo que se había radicado en Paris, y después nos escribía contando que los parisinos se volvían para ver a ese loco caminando en plena vereda que se reia a carcajadas de la lectura.

Siendo yo el más joven del grupo de la Biblioteca, ese libro influyó mucho en mi consideración sobre el amor, e idealicé de inmediato a su autor. Pero un día ocurrió un hecho que me hizo relativizar la obra de la conducta de su autor. Sucedió que la Dirección de la Biblioteca me encomendó viajar a Ramos Mejia a contactar a Luis Franco para invitarlo dar una conferencia. Me dieron su dirección y allá fui a tocarle timbre sin aviso porque no tenia teléfono. (chicos…no existía el email todavía) Tren de Zárate a Retiro , subte de Retiro a Once, y tren de Once a Ramos Mejia. Buscar esa dirección a partir de la estación. 

Yo estaba muy emocionado de contactar a mi héroe literario. Pregunta por aquí, pregunta por allá, al fin di con la casa en un barrio de trabajadores y me asombró la modestia del departamento, podríamos decir casi pobreza. Una señora me recibió, y me hizo pasar a una salita cuyas paredes estaban cubiertas de libros en improvisadas estanterías de madera de cajón de embalajes , libros viejos, cosidos a mano, remendados o forrados, algunos con forros de papel de diario, ordenados con cuidado, pero evidentemente muy usados. Al momento apareció Don Luis. De inmediato me reconoció porque yo lo había llevado a cenar y acompañado hasta tomar el tren de regreso la última vez que él había estado en Zárate; nos dimos un abrazo y se sentó frente a mí y no sé cómo salió el tema de “La rama dorada”, una obra famosísima sobre antropología y me explicó detalladamente su importancia. Tema que estaba trabajando. Al rato apareció la señora y, sin decir palabra, empezó a cebar mate, pero totalmente callada. De vez en vez Franco afirmaba algo y la miraba a ella como pidiendo asentimiento y ella asentía con la cabeza, con aire de obediente, sin pronunciar palabra mientras repartía los mates entre él y yo. Ella no tomaba. 

En realidad yo no sabía, ni nunca supe, si la señora era una mucama, o su compañera de vida o no sé qué otra relación. En realidad la escena no tenía nada de extraño en la Argentina de esos años, la señora cumplía bien el papel de “ama de casa” fuera esposa, compañera, amiga o contratada, Pero a mí me chocaba que el autor de “La hembra humana” tratara así a una mujer, fuera lo que fuere ella respecto a él! Para mí, joven todavía un poco imberbe y principista, fue una desilusión.

Pero más allá de esta curiosa anécdota y volviendo a la figura genial de este poeta , podemos decir que es difícil entender o explicar estos poco frecuentes casos, como el de Luis Franco, en el que la calidad del artista y el genio poético adolezca de semejante falta de difusión y del reconocimiento que merece en los medios afines. No digo solo en los “medios” de difusión, sino, sobre todo, entre los colegas, No obstante no puede afirmarse que esto sea casual, ni resultante de la “mala suerte” crítica. Creo que, por el contrario, es el costo de una conducta consistente en mantener una celosa fidelidad al arte. Una fidelidad que no permite dar un paso que pueda lindar la frivolidad propia de la publicidad. El cumplimiento de una concordancia entre el decir y el hacer, sin la cual la obra de arte carece de destino.

Los que conservamos ese respeto inalienable por el arte pensamos que si Luis Franco hubiese limado su rebeldía y su inconformismo siguiendo el ejemplo de la masa de intelectuales sin historia, o si hubiera sido más condescendiente con los círculos de la cultura oficial, su nombre estaría al lado de Belisario Roldan, Olegario V Andrade o el mismo José Hernández y algún Pigna se ocuparía de alguna de sus obras. Pero entonces sus textos serían otros, aunque conservasen la forma. Y no presentarían esa vitalidad, ese fuego que aún oculto y callado que hoy, medio siglo después, disfruto más que nunca haberlo llevado a la práctica con toda la fuerza de la pasión militante.

Doy gracias al maestro por haberme transmitido ese inconformismo, padre de toda creación.


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quarta-feira, 18 de janeiro de 2017

Humor inglés o cuento chino.

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O presidente da China, Xi Jinping, pediu nesta terça-feira passada em Davos, que os líderes mundiais digam "não ao protecionismo" e fiquem comprometidos com o desenvolvimento, a promoção do livre comércio, o investimento e com a liberalização e facilitação da atividade comercial através da abertura de mercado.
O chinês - exemplo vivo do capitalismo de estado que vem se desenvolvendo na China, debaixo das velhas bandeiras estalinistas-maoistas do "socialismo em um único país" - avança no seu caminho inexorável de potência imperialista de um novo tipo, apoiada nas baionetas e tanques para dentro das fronteiras, e nas relações ultra-liberais que regem sua indústria, seu comercio e as finanças fronteiras afora.
"Temos que permanecer comprometidos com o desenvolvimento do livre comércio e o investimento, para promover o comércio e o investimento, a liberalização e a facilitação (do comércio) através da abertura e dizer não ao protecionismo", afirmou Xi em seu discurso de inauguração do Fórum Econômico Mundial, realizado em Davos. "Seguir o protecionismo é como se fechar em um quarto escuro onde o vento e a chuva podem ficar de fora, mas também não há luz e ar." 
E além de esbofetear com luva de pelica o presidente Trump, herói do "Tea Party" norte-americano e do fundamentalismo das direitas do mundo, Xi Jinping marcou território na combalida noção de "globalização".
Pensei, e meditei em escrever algo sobre o tema; mas eis que o amigo Luis Mattini - experto em temas da política e na evolução das relações de força entre o capitalismo e as lutas sociais no mundo- sai ao passo com um post em Facebook que me evita o trabalho de seguir pensando. China se vende ao capitalismo neo-liberal decadente da Argentina como uma nova opção, e Luis nos conta os por quês e como, e de passagem nos fala um pouco da história da riqueza na Buenos Aires que num passado não tão distante se transformaba em “La Reina del Plata”. (JV)

Humor inglés o cuento chino. 


Recuerdo en 1961 a un peronista que luchaba por el regreso del líder y comentaba asombrado el avance del comunismo en el mundo. Exaltado exclamaba: “los chinos ya son comunistas, Cuba va en camino, los intelectuales, los hombres de ciencia, los artistas, muchos trabajadores...hasta los grandes capitales se están haciendo comunistas”. Y todos nos reímos de lo que creímos un chiste.

La ciudad de Buenos Aires se construyó en apenas tres décadas con unos cimientos que hacían pensar en la eternidad. Para asombro del mundo, de “la gran aldea” pasó a la “opulenta ciudad de Buenos Aires”, la Reina del Plata. Los palacios privados y edificios públicos se mandaban a hacer por encargo directamente en Europa y se “armaban” aquí. 
En algunos casos, como en el del Palacio de Tribunales, los arquitectos ni siquiera sabían dónde sería emplazado el edificio. Los petit hotel albergaban a una escasa pero próspera y real clase media comercial y profesional. Las casa chorizo de los italianos resultaron mejores que los actuales engendros para condena popular de nuestros urbanistas. 
La red de tranvías llegó a ser una de las más extensas del mundo. Sanitarios previstos para el fin de los tiempos a punto tal que aún hoy resisten. El teatro Colón es uno de los doce en el planeta. Después vendrían los trenes subterráneos, los primeros de América Latina, joyas de la técnica de la época y verdaderas obras de arte. 
El buen gusto de un pequeño sector de la oligarquía se mezclaba con los “delirios de grandeza de origen español” y la vulgaridad de los nuevos ricos. Los dandys argentinos viajaban a Europa y mostraban una obscena rumbosidad tirando literalmente manteca al techo en una práctica similar a la de los actuales jeques petroleros, mientras a pocos kilómetros de esta cabezona reina, se multiplicaban los ranchos de chorizo y en el interior profundo se incubaba el “grito de Alcorta”. 
La red ferroviaria del país llegó a tener cuarenta y cinco mil km. en forma de embudo hacia el puerto porteño, para asegurar el traslado de los productos agrarios. Pese a todo, esa orgullosa oligarquía liberal-conservadora, casada con los ingleses a los que les metía los cuernos con los franceses, fue más o menos fiel a su época y a su clase y echó las bases materiales y jurídicas de un Estado Nacional, más prusiano que liberal y con aspiraciones hegemónicas en la región, que se expresó en su tenaz oposición a la Doctrina Monroe. 
No siempre se recuerda que hasta la Revolución “Libertadora”, con gobiernos conservadores, radicales y el peronismo, la Nación Argentina fue la abanderada del anti panamericanismo (Instrumento estadounidense para la aplicación de la Doctrina Monroe) en figuras como las José María Drago u Honorio Puyrredón, no por espíritu independiente sino por intereses ligados al mercado europeo. 
Pero, volviendo a la riqueza que se acumulaba sobre todo en Buenos Aires ¿De dónde salió la “plata” para llevar a cabo semejante portento? Porque, a pesar de la leyenda que dio nombre a nuestro país, aquí no había argento. 
La respuesta Ud. la conoce, se la da cualquier pretendido economista: salió de la lana, las carnes y otros productos de nuestros campos. De las ventajas relativas de la tierra extraídas y producidas con la explotación a nuestros trabajadores rurales. 
Pero esa es la mitad de la verdad. Porque –a diferencia de los economistas un ingeniero puede calibrar el trabajo socialmente necesario que contiene una obra a puro ojo de buen cubero– y se pregunta: ¿Cómo fue posible que lanas, cueros y otras yerbas, casi sin manufacturar, se podían intercambiar por obras de alta elaboración, como boasseries y pisos de roble de Eslavonia, ebanistería con cedros del Líbano, eternos y artísticos puentes de hierro de las laminadoras británicas, fina mecánica alemana, carruajes de última generación, ornamentadas columnas de alumbrado de hierro fundido, cuando no de bronce, eficaces calentadores primus suecos, tijeras de las fraguas de Toledo o mayólicas españolas, griferías italianas, porcelanas chinas, relojes franceses etc.? ¿Cuántos kilos de lana virgen por un kilo de hierro forjado o madera tallada? indagará el criterio cuantitativo.
Es posible pensar que eso fue posible porque quienes producían esos artículos sofisticados estaban tan explotados como nuestros trabajadores rurales. Porque el capitalismo, mediante la organización industrial, les había expropiado junto con la fuerza de trabajo el conocimiento. El excedente de mano de obra especializada actuaba como acicate de la explotación, porque aquellos trabajadores, en aquel tiempo, sufrían mayor amenaza de desocupación que los nuestros. 
Buenos Aires, entonces, se hizo tanto con plusvalía de peones argentinos como con plusvalía producida por obreros y campesinos ingleses, franceses, italianos, etc. 
Determinar cuál fue el mayor aporte es tarea de contadores y no me interesa aquí; por lo demás, nunca me gustó hacer chovinismo de látigo como cuando chilenos y argentinos disputaban quién sufría peor dictadura. Pero sí es importante apuntar que la sola existencia de ese fenómeno llamado Buenos Aires, con su esplendor y su miseria, indica que las clases dominantes de este país recibieron –y reciben– algo más que “un plato de lentejas” del festín capitalista-imperialista. 
Recuerde cuál era la situación de la clase obrera europea a la sazón. Si le resultan pesados los textos de Engels (La situación de la clase obrera en Inglaterra) puede ir a ver el filme Germinal o leer la formidable novela de Vargas Llosa sobre la vida de Flora Tristán. Mejor aún, porque este escritor peruano está vacunado contra toda sospecha de marxista o nacional y popular. 
Por lo tanto, sería saludable cuestionar la trillada afirmación que la clase obrera europea, al menos en el siglo XIX, usufructuó de la expoliación del imperialismo a sus colonias. Se puede suponer que la tremenda explotación de aquella clase obrera permitía mantener un bajo salario “internacional”, el que, como tal, incidía también en el ingreso de nuestros trabajadores. Bajos salarios y largas jornadas hacían posible –entre otros factores de la dinámica del capital y la teoría del valor, por supuesto– que un producto con mucho mayor “valor agregado”, o por mejor hablar, un producto que contenía mucho mayor esfuerzo manual e intelectual, se intercambiara por productos primarios, dejando fabulosas ganancias a las clases dominantes europeas y argentinas. 
El economista me lo explica con esa cosa de la oferta y la demanda, variables, coordenadas, que indican que el kilo de hierro vale tanto de lana, etc. pero yo, como el ingeniero, no analizo números sobre papeles sino esfuerzo humano. 
Esta “paridad” en la explotación tuvo sus consecuencias de inmediato; a medida que nuestro país se convertía en el “granero del mundo” y Buenos Aires se transformaba en “La Reina del Plata”, las masas trabajadoras empeoraban su situación, (si señor, empeoraba, íbamos para atrás, no para adelante, como suponen los progresistas) cada progreso técnico significaba un nuevo ajuste al yugo, cuestión esta que las hizo, más rápido que despacio, organizarse en asociaciones de trabajadores rurales y urbanas, siguiendo el ejemplo de sus hermanos de clase del otro lado del mar. Cuando el país empezó a producir en forma industrial, el salario ya estaba condicionado por esa relación establecida por el mercado internacional.
Téngase también en cuenta que la situación de la clase obrera europea y la argentina, con décadas de lucha, no mejoró substancialmente hasta después de la II guerra mundial. Y ello merece otro análisis, que no me propongo hacer aquí. Por ahora sólo retengamos memoria de aquello. Puede resultarnos útil a la hora de buscar verdaderas alternativas. 
Lo que nos interesa aquí es: ¿De qué nos sirve esta breve y provocadora reseña? Porque las analogías, no las similitudes, la analogía con el presente nos puede ayudar a examinar las perspectivas que se presentan en el horizonte inmediato y que entusiasman a quienes parecen ignorar que China, como Brasil se encuentran entre las potencias más desigualitarias de la tierra. Dije bien, no dije “más pobres”, dije desigualitarias. Además China es un imperialismo en potencia, por tradición histórica y por lógica capitalista. ¿O ahora van a esperar que se caiga la muralla china para rasgarse las vestiduras comunistas diciendo “yo no sabía, cuando yo estuve no vi nada”, como decía gente que había vivido años en la URSS, después de la caída del muro de Berlín? ¿O los crímenes de Bush, salvan la responsabilidad de los “comunistas”? ¿O la invasión a Irak nos debe de hacer olvidar la invasión de China a Vietnam? ¿Y los cubanos en Angola que encontraban en sus miras telescópicas tropas chinas? ¿O la ocupación de París por los nazis disculpa la represión francesa en Argelia? 
Mi hipótesis, mi sospecha, es que, tal como está planteado, el acercamiento de Argentina a China, como supuesta “alternativa” al imperialismo norteamericano, tiene analogía con la relación de nuestro país con Inglaterra en el siglo XIX.
Los empresarios chinos se llevarán productos agrícolas producidos con alta tecnología (siembra directa, biotecnología, etc.) que ocupan sólo un puñado de personas; y nos remitirán productos industriales de valor agregado. (Incluida esa propia alta tecnología, maquinarias, agroquímicos, quizás hasta semillas modificadas “compitiendo” o por inversiones de Monsanto, etc.) 
Pero, además –y esto no suele verse– además insisto, producidos por trabajadores en condiciones de extrema explotación en su país. Sí, en la China dirigida por gente que se dice comunista. Condiciones que contribuyen a mantener el “valor globalizado” de la mano de obra. 
Por algo la delegación China ha condicionado los negocios a que se los reconozca como “economía de mercado”. En esa línea invertirán en Argentina, como cualquier empresa extranjera y con las reglas del mercado. Esto quiere decir que los empresarios chinos (los que entre sus capitales cuentan con las inversiones extranjeras en su propio país) intentarán pagar al menos los mismos salarios que pagan en su país. Y como si esto fuera poca comparación con los ingleses, construirán líneas férreas cuyo trazado fundamental se adecue al transporte de forraje y cereales para su país. 
Y, por supuesto, con ese intercambio y con estas inversiones se potenciará la economía nacional y probablemente quedarán márgenes enormes a favor de “nuestro país”. Y si es cierto que, como suele decirse, la historia se repite, una vez como tragedia y otra como farsa, aquí empieza a agotarse la analogía, porque con esos ingresos no se construirán ya nuevas Buenos Aires, sino que, de acuerdo a estos tiempos de capitalismo volátil, de precariedad y especulación, esos ingresos servirán para levantar adefesios arquitectónicos tipo torres de Puerto Madero, multiplicar obscenos núcleos urbanos como Cariló, adquirir camionetas cuatro por cuatro blindadas, barrios amurallados con ejércitos de custodios, bien equipados con uniformes logotipo, garrotes y celulares y mal pagados; todo ello para brindar seguridad a los empresarios nacionales tradicionales, que remitirán sus ganancias a los paraísos fiscales. 
O para regocijo de esa camada de ruidosos nuevos ricos en las calles de la ahora “próspera” Rosario, los sojeros, y de otros sectores sociales que reciban las extensiones del negocio (importadores, transportistas, acopiadores, consultores, contadores, abogados, funcionarios públicos, etc.) Y esto más allá de los deseos y la buena voluntad de los gobernantes; es la dinámica de hierro de la economía de mercado a la que aspiran los “comunistas” chinos y parecen aprobar también los comunistas argentinos.
Y aquí se acabó la analogía: una diferencia substancial con la “época de los ingleses” es que ahora existe una población inmensamente más numerosa, que suele ser memoriosa del Estado de Bienestar peronista, protestona e inconforme. Frente a ello, una parte de esos ingresos, retenida y administrada por el Estado, servirá para intentar mantener en forma estructural planes de asistencia social para “los que perdieron”. Y “los que perdieron” son y serán muchos, más de la mitad de los argentinos.
La memoria nos dice que recostarse sobre otro centro de poder no es alternativa. La memoria nos recuerda que estuvimos bien cuando apuntamos hacia adentro y no hacia afuera. Por la vía del mercado mundial la perspectiva es que los trabajadores argentinos completen su paso de “proletariado industrial” a proletariado romano.

Luis Mattini, enero de 2017.

sexta-feira, 13 de janeiro de 2017

Emergencia en los acantilados


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El hombre, con el apuro, no se había sacado el sombrero y del fieltro negro, mojado de escarcha, caían gruesas gotas al piso del consultorio.
Eran las 7 de la tarde, pero ya estaba oscuro desde hacía un buen tiempo, y el doctor Ortíz se preparaba para volver a casa. No necesitaron demasiadas palabras para entenderse.
Una urgencia médica en pleno invierno patagónico puede llegar a ser una actividad peligrosa, pensó el doctor, y salió con el paisano hasta la vereda para llamar la ambulancia y salir para atender la emergencia.
Una más, pensó y sonrió.

El otro hombre, todavía a caballo, le explicó en pocas palabras que se trataba de su hija, que estaba en trabajo de parto y que había quedado esperando en un acantilado de la bahía.
Subió Alberto Ortíz a la ambulancia y los dos paisanos a caballo se le adelantaron unos metros, empapados pero protegidos con sus ponchos oscuros del frío de 2º bajo cero.

Los hombres habían salido con la muchacha parturienta - una chica de unos 18 años, calculaba después Alberto-  de una estancia a más de 80 km de San Julián. Solo en el recorrido a lo largo de la bahía habían andado casi 20 km enfrentando el viento y la helada. Y ya a escasos 3 mil metros del pueblo habían decidido dejar a la niña y a su compañero en un lugar más abrigado, convencidos de que no llegarían al hospital antes que ocurriera el parto, con o sin asistencia médica.

El padre y el suegro de la parturienta - primeriza, para más dato- eran los dos paisanos asustados y callados que habían galopado hasta el consultorio del doctor Alberto Ortíz para acelerar el pedido de ayuda.

Y ahora estaban allí los cuatro - el médico, el chofer-enfermero y los dos paisanos- en lo más alto del acantilado, justo donde se suponía que la niña y su marido estarían esperándolos. Ráfagas de viento y nieve; gritos y llamados; minutos eternos de espera por una respuesta, nuevos gritos, cada vez más asustados, de los padres de los jóvenes, y nada. 
Hasta que por fin, desde allá bien abajo del acantilado, en donde se acaba la playa de piedrecitas y conchillas contra la dureza de las rocas, se escucha una voz de hombre.

- Mi hijo, ¡vamos!-  dice uno de los paisanos, y empiezan a bajar la ladera escarpada, casi vertical, resbaladiza de tanta nieve y greda mojada, todo mezcado. Corren Alberto y el chofer-enfermero; sacan la camilla, el maletín y una manta térmica y se lanzan peñasco abajo, atrás de los dos paisanos; evitando caerse y resbalar por la barranca, llegan por fin al refugio improvisado.

Se encuentran de cara con dos jóvenes y sus padres afligidos, pero siempre callados, resignados y confiantes en la experiencia del doctor, al que no conocían, pero del cual habían oído hablar.

Cinco minutos después nacía el primer hijo de los jóvenes; menos de tres kilos pero saludable, y las caras de los flamantes padres y abuelos se iluminaban, cambiando preocupación por alegría; rostros arrugados de dos paisanos, apenas escondiendo la emoción detrás de la rudeza. - ¿Cuánto le debemos doctor?-. Nada, nada, les dice Alberto, y no se olviden de llevarla al hospital esta semana para pesarla.

Pero la aventura no termina por acá. Porque después de los abrazos y las felicitaciones, había que volver a subir el acantilado, y a la nevada del final de la noche le había seguido una lluvia fina y helada.
La vida continuaba y las durezas del clima patagónico no iban a doblar la firme decisión de vivir, trabajar y construir una familia feliz, comunes denominadores de los paisanos y sus hijos, y también del dr.Ortíz, norteño de cuna pero sanjulianense por adopción.

Los acantilados de la bahía varían entre los 15 y los 60, 70 metros de altura. Pero había que subir la cuesta, y la subirían.

Fin

Javier Villanueva. Puerto San Julián, enero de 2017.

sexta-feira, 23 de dezembro de 2016

Prólogo a Los sorias de Alberto Laiseca

Murió Alberto Laiseca, el escritor argentino - cordobés, para más dato- que es el autor de la monumental novela "Los Sorias", con más de 1300 paginas, y que es considerada la obra mas larga de la literatura argentina.
En 1998 la editorial "Simurg" publicó la primera edición de "Los Sorias" con una tirada de 350 ejemplares, y en 2005 la reedita la editorial "Gárgola".

En el prólogo, Ricardo Piglia - para quién "Los Sorias" era la mejor novela escrita en la Argentina desde "Los siete locos" - nos adelanta que "Por su estilo, Laiseca zafa de las convenciones de la alta cultura (es decir, del falso arte) y se conecta con los modos y las formas y las jergas del folletín popular y de la cultura de masas. Con su mitología de la magia negra y de la paranoia técnica, con sus resonancias wagnerianas y sus creencias ocultas, Los sorias es un gran libro iniciático, un gran libro sobre la fascinación del conocimiento y los estados de conciencia."
Creador de lo que sus discípulos gustaban llamar "realismo delirante", Laiseca murió el 22 de diciembre, a los 75 años en Buenos Aires (JV).

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Prólogo a Los sorias de Alberto Laiseca 
Por Ricardo Piglia 

La civilización Laiseca 

"Los sorias" es la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desde "Los siete locos". 
Tal vez Laiseca se ría de esta comparación y le parezca un poco "despreciativa". Los admiradores de Musíl cuando publicó el primer tomo de "Hombre sin cualidades" escribieron una serie de artículos comparando al (por entonces) desconocido escritor austríaco con los ya consagrados Proust y Joyce. Bien, Musil se ofendió con sus amigos porque pretendían poner a Ulysses y a la Recherche a la altura de su obra. 
La comparación define la lógica inestable del valor pero hay escritores que logran esconderse y escapar de la red y arden, aislados, como una Súper Nova que brilla fuera del tiempo, en el espacio interminable. Porque están fuera de toda comparación son a menudo ignorados o desplazados de los sistemas tradicionales de construcción de tradiciones y jerarquías literarias y su recepción es (para los contemporáneos) un enigma. 
Quiero decir que el repertorio de lo que llamamos literatura argentina no forma parte del horizonte de Laiseca: tiene otros escritores y otras tradiciones en la cabeza. Por ejemplo admira a Mika Waltari (Sinuhe, el egipcio), y a veces (cuando está desanimado) piensa en Joyce y puntualiza que Los sorias es más grande que el Ulysses. Tiene razón, lo ha medido y le lleva (Laiseca a Joyce) una ventaja de 30000 palabras. 
Quizá Joyce podría ser entonces un punto de comparación, en el sentido de que Joyce también tenía una ambición extrema y parecía responder a lo que Connolly llama el destino del artista: "Cuantos más libros leemos, mejor advertimos que la función genuina del escritor es producir una obra maestra y ninguna otra finalidad tiene la menor importancia". 
Laiseca ha respondido a este postulado y se ha hecho cargo de la dificultad y de la importancia del desafío (no sólo el libro y sus dimensiones, sino también las condiciones en que ha sido escrito y circuía y se publica y la vida extremadamente austera de su autor) y esta novela corrió durante años el riesgo de convertirse en "la obra maestra desconocida". 
Uno de los primeros libros publicados por Laiseca, Aventuras de un novelista atonal (1982), podría ser leído como el prólogo crítico y secreto a Los sorias. "Ya es hora de hablar de la obra de este artista que pasó diez años de su vida escribiendo la primera novela atonal del mundo". 
Ya es hora, claro, y Aventuras fue un discreto y casi onírico llamado de atención sobre ese libro "enciclopédico, único, misterioso y larguísimo" (como lo llama su autor); el anuncio, discreto y convincente, de que se había escrito uno de los textos fundamentales de la literatura actual. 
Aventuras de un novelista atonal narra todos los eslabones de la cadena literaria (escritura, publicación, crítica, traducción, premios, consagración) y arma una especie de épica grotesca y degradada donde se alucinan los conflictos y el lugar del escritor en la sociedad. 
En el centro de esa ficción (que se liga, por su tono y su postura, con otro gran texto sobre el mundo literario, "Escritor fracasado" de Arlt) está la maldición de ser ignorado y la imposibilidad de publicar. Hay que recordar que Los sorias se ha mantenido inédito durante veinte años (basta pensar en la cantidad de páginas que se han editado en ese lapso y se han perdido en el olvido, para comprender los sentimientos del autor). 
Por su lugar borrado y clandestino (no prohibido, ni censurado, sirio ajeno a la lectura y a la aprobación social) esta novela se entrevera con la tradición más profunda y más firme de nuestra literatura. 
La ficción argentina empieza con un relato inédito: "El matadero" se escribe en 1838 y se publica recién en el 71 y desde entonces han sido muchos los textos hundidos en el silencio y el secreto, fuera de circulación. El iceberg visible de la literatura argentina se sostiene sobre una masa invisible de textos sumergidos, que no sale nunca a la superficie. Los sorias pertenece a la estirpe de los libros que circulan de mano en mano, como una carta privada destinada a todo el mundo. Son incontables los lectores que no han leído "Los sorias" y esa multitud de lectores futuros garantiza la persistencia de este libro; esta novela va hacia ella y su movimiento es lentísimo (diez años para escribirla, veinte años para editarla, treinta años para convertirse en un clásico) porque es el ritmo de la literatura, lo contrario de la fugacidad de los best sellers que entran y salen de la escena una vez por semana. 
No le sobran lectores, pero los que le faltan son tantos que tiene asegurada una lectura interminable. En eso, claro, Laiseca es como Macedonio: todo el mundo leía a Gálvez cuando Macedonio escribía el Museo de la novela de la Eterna, pero los que cuentan cifras ven que el Museo es la novela que ha ganado más lectores desde que se publicó en 1967. 
Mientras Gálvez (o Silvina Bullrich) sufren el abandono masivo de sus clientes, los lectores de Macedonio o de Laiseca avanzan en silencio como el agua que se filtra en los muros de las casas abandonadas. Esta lógica de la deserción brusca y del crecimiento incesante suele definir las batallas: hay un desplazamiento incontenible en el momento en que un combate se está por resolver (en Caseros las tropas de Rosas empezaron a huir dos horas antes de que la lucha se hubiera definido y así la definieron). 
La lógica de la guerra es la lógica de la literatura: nada de consenso, ni de diálogo, sólo la lucha de las poéticas, los valores se definen en el campo de batalla y de pronto alguien que es reconocido deja de serlo y otro, oscuro y casi imperceptible, pasa a la luz pública. Ese movimiento y esa estrategia están narradas en Los sorias (las conspiraciones y las máquinas bélicas son el tema de la novela): porque este libro es también un libro sobre el funcionamiento de la literatura. 
El que narra es objeto de una persecución y en lugar de huir trata de explicar lo que está sucediendo. Las novelas de Laiseca tienden a construirse como una enciclopedia. Son novelas del saber absoluto. De un saber cómico, habría que decir, porque un elemento clave de esa mitología del peligro extremo es la risa de Laiseca, la transformación del terror en una broma siniestra. 
La amplificación grotesca, las comparaciones hiperbólicas y la duplicación terminan por convertir a la tragedia en una comedia brutal. La novela se construye desde el delirio, no tiene al delirio sólo como tema (y en esto Laiseca se aleja de Arlt y se acerca a Bernhard y a Pynchon). La ficción es un relato que reconstruye la conciencia del perseguido que intenta comprender el universo del que trata de huir. Pero a diferencia del criterio naturalista que motiva la conciencia fracturada del que narra (Faulkner hace hablar a un idiota en The sound and the fury, Joyce hace que Molly esté semidormida para justificar su uso del lenguaje en el monólogo final de Ulysses), el narrador de Laiseca ve al mundo como un complot destinado a destruirlo y no hay ninguna justificación (psiquiátrica, onírica o mística) para ese vértigo verbal y esa visión alucinada de la realidad. 
 El modo de escribir de Laiseca es simétrico al mundo que narra; habría que decir, tautológicamente, el estilo es el mundo que narra, no hay posibilidad de imaginar un suplemento "literario", un añadido estetizado o la aceptación de lo que la convención llama "escribir bien" (es decir, escribir según los dictados de la moda de esta temporada): éste es el estilo de un mundo bajo presión, de un mundo sumergido. 
Laiseca muestra lo que significa un uso de la lengua en condiciones de peligro extremo. Por su estilo, Laiseca zafa de las convenciones de la «alta» cultura (es decir, del falso arte) y se conecta con los modos y las formas y las jergas del folletín popular y de la cultura de masas. Con su mitología de la magia negra y de la paranoia técnica, con sus resonancias wagnerianas y sus creencias ocultas, Los sorias es un gran libro iniciático, un gran libro sobre la fascinación del conocimiento y los estados de conciencia. 
Como todas las obras de esta magnitud, es un mundo autónomo que vive con leyes propias y narra su propio origen. Basta pensar en el extraordinario primer capítulo, con la escena en la pensión que se amplifica y define todo un sistema complejísimo de representación de lo real. Lo que sucede en la pensión es el germen mortífero de una historia que funciona como una explosión nuclear. 
 Un fragmento de ese mundo atomizado ha llegado hasta nosotros. Los sorias es la crónica de una realidad olvidada. Sus lectores se convierten en arqueólogos que descubren en medio de la selva una gran civilización perdida y vuelven a la ciudad para contarlo. 

Ricardo Piglia, 7 de abril de 1998

quinta-feira, 8 de dezembro de 2016

Los condenados de la tierra. Frantz Fanon

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Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, y el prólogo de J. P. Sartre

El prólogo de Sartre a la obra más conocida de Fanon se hace desde la óptica del francés colonizador y liberal que rompe con su propia clase y adhiere a la causa del oprimido. El lenguaje de Sartre es largo, exhaustivo y directo. El contexto es un sistema colonial moribundo, la lucha armada victoriosa en la Cuba de los guerrilleros castristas y el fuerte llamado a un Tercer Mundo revolucionario.

Los condenados de la tierra, el último libro de Frantz Fanon, fue publicado en 1961 en Francia con prefacio de Jean Paul Sartre por las Éditions Maspero. Traducido al español en 1963 por el Fondo de Cultura Económica

Frantz Fanon nació en Fort-de-France, Martinica, Francia, en 1925 y murió en Bethesda, Maryland, EEUU, en 1961. A los 18 años entró a las Fuerzas de Liberación Francesa en la 2ª Guerra Mundial; estudió medicina y se especializó en psiquiatría en la Universidad de Lyon, Francia; director de un hospital psiquiátrico en Argelia, desde 1957 militó en el Frente de Liberación Nacional en la Guerra de Independencia de Argelia, que duró de 1954 a 1962.

Los condenados de la tierra pinta el cuadro psiquiátrico, político, cultural e histórico de la colonización europea en Argelia y en toda África, además de ser un llamado al Tercer Mundo a la lucha descolonizadora, para crear un hombre nuevo. 
El libro culmina la obra de Fanon, como una adaptación del marxismo al contexto colonial y precursor de los estudios poscoloniales. 

La fuerte oposición de la población metropolitana francesa y sus partidos de izquierda a la guerra de Argelia, impugnando un sistema colonial ya moribundo; además de la lucha armada con la victoria en Cuba de los guerrilleros castristas; el fuerte predicamento de un Tercer Mundo revolucionario, son el marco que contextualiza el prefacio de un Sartre al libro de Frantz Fanon se propagó como reguero de pólvora. 
En 1961, Fanon, enfermo terminal de leucemia, trabaja febrilmente en el original del libro. François Maspero tiene poco tiempo para llevarle el primer ejemplar de Los condenados de la tierra. Internado en octubre en la clínica de Bethesda, Maryland, cerca de Washington D.C., Franz Fanon muere en diciembre de 1961 con 36 años. 


Jean Paul Sartre 
Prefacio a Frantz Fanon 
Los condenados de la tierra 

No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las "metrópolis" la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam nosotros lanzábamos palabras: "¡Partenón! ¡Fraternidad!" y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: "¡...tenón! ¡...nidad!" Era la Edad de Oro. Aquello se acabó: las bocas se abrieron solas; las voces, amarillas y negras, seguían hablando de nuestro humanismo, pero fue para reprocharnos nuestra inhumanidad Nosotros escuchábamos sin disgusto esas corteses expresiones de amargura. Primero con orgullosa admiración: ¿cómo?, ¿hablan solos? ¡Ved lo que hemos hecho de ellos! No dudábamos de que aceptasen nuestro ideal, puesto que nos acusaban de no serles fieles; Europa creyó en su misión: había helenizado a los asiáticos, había creado esa especie nueva. Los negros grecolatinos. Y añadíamos, entre nosotros, con sentido práctico: hay que dejarlos gritar, eso los calma: perro que ladra no muerde. Vino otra generación que desplazó el problema. Sus escritores, sus poetas, con una increíble paciencia, trataron de explicarnos que nuestros valores no se ajustaban a la verdad de su vida, que no podían ni rechazarlos del todo ni asimilarlos. Eso quería decir, más o menos: ustedes nos han convertido en monstruos, su humanismo pretende que somos universales y sus prácticas racistas nos particularizan. Nosotros los escuchamos, muy tranquilos: a los administradores coloniales no se les paga para que lean a Hegel, por eso lo leen poco, pero no necesitan de ese filósofo para saber que las conciencias infelices se enredan en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de pues, su infelicidad, no surgirá sino el viento. Si hubiera, nos decían los expertos, la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: se habría arruinado el sistema que descansa, como ustedes saben, en la sobreexplotación. Pero bastaría hacerles creer el embuste: seguirían adelante. 

En cuanto a la rebeldía, estamos muy tranquilos. ¿Qué indígena consciente se dedicaría a matar a los bellos hijos de Europa con el único fin de convertirse en europeo como ellos? En resumen, alentábamos esa melancolía y no nos parecía mal, por una vez, otorgar el premio Goncourt a un negro: eso era antes de 1939. 1961. Escuchen: "No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo. Hace siglos....que en nombre de una pretendida aventura espiritual' ahoga a casi toda la humanidad." El tono es nuevo. ¿Quién se atreve a usarlo? Un africano, hombre del Tercer Mundo, ex colonizado. Añade: "Europa ha adquirido tal velocidad, local y desordenada... que va... hacia un abismo del que vale más alejarse." En otras palabras: está perdida. Una verdad que a nadie le gusta declarar, pero de la que estamos convencidos todos — ¿no es cierto, queridos europeos? Hay que hacer, sin embargo, una salvedad. Cuando un francés, por ejemplo, dice a otros franceses: "Estamos perdidos" —lo que, por lo que yo sé, ocurre casi todos los días desde 1930— se trata de un discurso emotivo, inflamado de coraje y de amor, y el orador se incluye a sí mismo con todos sus compatriotas. Y además, casi siempre añade: "A menos que...". Todos ven de qué se trata: no puede cometerse un solo error más; si no se siguen sus recomendaciones al pie de la letra, entonces y sólo entonces el país se desintegrará. En resumen: es una amenaza seguida de un consejo y esas ideas chocan tanto menos cuanto que brotan de la intersubjetividad nacional. Cuando Fanon, por el contrario, dice que Europa se precipita a la perdición, lejos de lanzar un grito de alarma hace un diagnóstico. Este médico no pretende ni condenarla sin recurso —otros milagros se han visto— ni darle los medios para sanar; comprueba que está agonizando, desde fuera, basándose en los síntomas que ha podido recoger. En cuanto a curarla, no: él tiene otras preocupaciones; le da igual que se hunda o que sobreviva. Por eso su libro es escandaloso. Y si ustedes murmuran, medio en broma, medio molestos: "¡Qué cosas nos dice!", se les escapa la verdadera naturaleza del escándalo: porque Fanon no les "dice" absolutamente nada; su obra —tan ardiente para otros— permanece helada para ustedes; con frecuencia se habla de ustedes en ella, jamás a ustedes. Se acabaron los Goncourt negros y los Nobel amarillos: no volverá la época de los colonizados laureados. Un ex indígena "de lengua francesa" adapta esa lengua a nuevas exigencias, la utiliza para dirigirse únicamente a los colonizados: "¡Indígenas de todos los países subdesarrollados, uníos!" Qué decadencia la nuestra: para sus padres, éramos los únicos interlocutores; los hijos no nos consideran ni siquiera interlocutores válidos: somos los objetos del razonamiento. Por supuesto, Fanon menciona de pasada nuestros crímenes famosos, Setif, Hanoi, Madagascar, pero no se molesta en condenarlos: los utiliza. 

Si descubre las tácticas del colonialismo, el juego complejo de las relaciones que unen y oponen a los colonos y los "de la metrópoli" lo hace para sus hermanos; su finalidad es enseñarles a derrotarnos. En una palabra, el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de esa voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que todavía se encuentran dentro de ese mundo pueblos sometidos, otros que han adquirido una falsa independencia, algunos que luchan por conquistar su soberanía y otros más, por último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo la amenaza de una agresión imperialista. Esas diferencias han nacido de la historia colonial, es decir, de la opresión. Aquí la Metrópoli se ha contentado con pagar a algunos señores feudales; allá, con el lema de “dividir para vencer", ha fabricado de una sola pieza una burguesía de colonizados; en otra parte ha dado un doble golpe: la colonia es a la vez de explotación y de población. Así Europa ha fomentado las divisiones, las oposiciones, ha forjado clases y racismos, ha intentado por todos los medios provocar y aumentar la estratificación de las sociedades colonizadas. Fanon no oculta nada: para luchar contra nosotros, la antigua colonia debe luchar contra sí misma. O más bien ambas luchas no son sino una sola. En el fuego del combate, todas las barreras interiores deben desaparecer, la impotencia burguesa de los negociantes y los compradores, el proletariado urbano, siempre privilegiado, el lumpen-proletariat de los barrios miserables, todos deben alinearse en la misma posición de las masas rurales, verdadera fuente del ejército colonial y revolucionario; en esas regiones cuyo desarrollo ha sido detenido deliberadamente por el colonialismo, el campesinado, cuando se rebela, aparece de inmediato como la clase radical: conoce la opresión al desnudo, la ha sufrido mucho más que los trabajadores de las ciudades y, para que no muera de hambre, se necesita nada menos que un desplome de todas las estructuras. Si triunfa, la Revolución nacional será socialista; si se corta su aliento, si la burguesía colonizada toma el poder, el nuevo Estado, a pesar de una soberanía formal, queda en manos de los imperialistas. El ejemplo de Katanga lo ilustra muy bien. Así, pues, la unidad del Tercer Mundo no está hecha: es una empresa en vías de realizarse, que ha de pasar en cada país, tanto después como antes de la independencia, por la unión de todos los colonizados bajo el mando de la clase campesina. Esto es lo que Fanon explica a sus hermanos de África, de Asia, de América Latina: realizaremos todos juntos y en todas partes el socialismo revolucionario o seremos derrotados uno a uno por nuestros antiguos tiranos. No oculta nada; ni las debilidades, ni las discordias, ni las mixtificaciones. Aquí, el movimiento tiene un mal comienzo; allí, tras brillantes éxitos, pierde velocidad; en otra parte se detiene; si se quiere reanudarlo, será necesario que los campesinos lancen al mar a su burguesía. Se advierte seriamente al lector contra las enajenaciones más peligrosas: el dirigente, el culto a la personalidad, la cultura occidental e, igualmente, el retorno al lejano pasado de la cultura africana: la verdadera cultura es la Revolución, lo que quiere decir que se forja al rojo. Fanon habla en voz alta; nosotros los europeos podemos escucharlo: la prueba es que aquí tienen ustedes este libro en sus manos; ¿no teme que las potencias coloniales se aprovechen de su sinceridad? No. No teme nada. Nuestros procedimientos están anticuados: pueden retardar ocasionalmente la emancipación, pero no la detendrán. Y no hay que imaginar que podemos modificar nuestros métodos: el neocolonialismo, ese sueño lánguido de las metrópolis, no es más que aire; las "Terceras Fuerzas" no existen o bien son las burguesías de hojalata que el colonialismo ya ha colocado en el poder. 

Nuestro maquiavelismo tiene poca influencia sobre ese mundo, ya muy despierto, que ha descubierto una tras otra nuestras mentiras. El colono no tiene más que un recurso: la fuerza cuando todavía le queda; el indígena no tiene más que una alternativa: la servidumbre o la soberanía. ¿Qué puede importarle a Fanon que ustedes lean o no su obra? Es a sus hermanos a quienes denuncia nuestras viejas malicias, seguro de que no tenemos alternativa. A ellos les dice: Europa ha dado un zarpazo a nuestros continentes; hay que acuchillarle las garras hasta que las retire. El momento nos favorece: no sucede nada en Bizerta, en Elizabethville, en el campo argelino sin que la tierra entera sea informada; los bloques asumen posiciones contrarias, se respetan mutuamente, aprovechemos esa parálisis, entremos en la historia y que nuestra irrupción la haga universal por primera vez; luchemos: a falta de otras armas, bastará la paciencia del cuchillo. Europeos, abran este libro, penetren en él. Después de dar algunos pasos en la oscuridad, verán a algunos extranjeros reunidos en torno al fuego, acérquense, escuchen: discuten la suerte que reservan a las agencias de ustedes, a los mercenarios que las defienden. Quizá estos extranjeros se den cuenta de su presencia, pero seguirán hablando entre sí, sin tan siquiera bajar la voz. Esa indiferencia hiere en lo más hondo: sus padres, criaturas de sombra, criaturas de ustedes, eran almas muertas, ustedes les dispensaban la luz, no hablaban sino a ustedes y nadie se ocupaba de responder a esos zombis. Los hijos, en cambio, los ignoran: los ilumina y los calienta un fuego que no es el de ustedes, que a distancia respetable se sentirán furtivos, nocturnos, estremecidos: a cada quien su turno; en esas tinieblas de donde va a surgir otra aurora, los zombis son ustedes. En ese caso, dirán, arrojemos este libro por la ventana. ¿Para qué leerlo si no está escrito para nosotros? Por dos motivos, el primero de los cuales es que Fanon explica a sus hermanos cómo somos y les descubre el mecanismo de nuestras enajenaciones: aprovéchenlo para revelarse a ustedes mismos en su verdad de objetos. Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y por sus cadenas: eso hace irrefutable su testimonio. Basta que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que conozcamos lo que hemos hecho de nosotros mismos. ¿Resulta útil? Sí, porque Europa está en gran peligro de muerte. Pero, dirán ustedes, nosotros vivimos en la Metrópoli y reprobamos los excesos. Es verdad, ustedes no son colonos, pero no valen más que ellos. Ellos son sus pioneros, ustedes los enviaron a las regiones de ultramar, ellos los han enriquecido; ustedes se lo habían advertido: si hacían correr demasiada sangre, los desautorizarían de labios afuera; de la misma manera, un Estado —cualquiera que sea— mantiene en el extranjero una turba de agitadores, de provocadores y de espías a los que desautoriza cuando se les sorprende. Ustedes, tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre. Fanon revela a sus camaradas —a algunos de ellos, sobre todo, que todavía están demasiado occidentalizados— la solidaridad de los "metropolitanos" con sus agentes coloniales. Tengan el valor de leerlo: porque les hará avergonzarse y la vergüenza, como ha dicho Marx, es un sentimiento revolucionario. Como ustedes ven, tampoco yo puedo desprenderme de la ilusión subjetiva. 

Yo también les digo: "Todo está perdido, a menos que..." Como europeo, me apodero del libro de un enemigo y lo convierto en un medio para curar a Europa. Aprovéchenlo. Y he aquí la segunda razón: si descartan la verborrea fascista de Sorel, comprenderán que Fanon es el primero después de Engels que ha vuelto a sacar a la superficie a la partera de la historia. Y no vayan a creer que una sangre demasiado ardiente o una infancia desgraciada le han creado algún gusto singular por la violencia: simplemente se convierte en intérprete de la situación: nada más. Pero esto basta para que constituya, etapa por etapa, la dialéctica que la hipocresía liberal les oculta a ustedes y que nos ha producido a nosotros lo mismo que a él. En el siglo pasado, la burguesía consideraba a los obreros como envidiosos, desquiciados por groseros apetitos, pero se preocupaba por incluir a esos seres brutales en nuestra especie: de no ser hombres y libres ¿cómo podrían vender libremente su fuerza de trabajo? En Francia, en Inglaterra, el humanismo presume de universal. Con el trabajo forzado sucede todo lo contrario. No hay contrato. Además, hay que intimidar: la opresión resulta evidente. Nuestros soldados, en ultramar, rechazan el universalismo metropolitano, aplican al género humano el numerus clausus: como nadie puede despojar a su semejante sin cometer un crimen, sin someterlo o matarlo, plantean como principio que el colonizado no es el semejante del hombre. Nuestra fuerza de choque ha recibido la misión de convertir en realidad esa abstracta certidumbre: se ordena reducir a los habitantes del territorio anexado al nivel de monos superiores, para justificar que el colono los trate como bestias. La violencia colonial no se propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, para destruir su cultura sin darles la nuestra; se les embrutecerá de cansancio. Desnutridos, enfermos, si resisten todavía al miedo se llevará la tarea hasta el fin: se dirigen contra el campesino los fusiles; vienen civiles que se instalan en su tierra y con el látigo lo obligan a cultivarla para ellos. Si se resiste, los soldados disparan, es un hombre muerto; si cede, se degrada, deja de ser un hombre; la vergüenza y el miedo van a quebrar su carácter, a desintegrar su persona. Todo se hace a tambor batiente, por expertos: los "servicios psicológicos" no datan de hoy. Ni el lavado de cerebro. Y sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, no se alcanza el fin en ninguna parte: ni en el Congo, donde se cortaban las manos a los negros ni en Angola donde, recientemente, se horadaban los labios de los descontentos, para cerrarlos con cadenas. Y no sostengo que sea imposible convertir a un hombre en bestia. Solo afirmo que no se logra sin debilitarlo considerablemente; no bastan los golpes, hay que presionar con la desnutrición. Es lo malo con la servidumbre: cuando se domestica a un miembro de nuestra especie, se disminuye su rendimiento y, por poco que se le dé, un hombre de corral acaba por costar más de lo que rinde. Por esa razón los colonos se ven obligados a dejar a medias la domesticación: el resultado, ni hombre ni bestia, es el indígena. Golpeado, subalimentado, enfermo, temeroso, pero sólo hasta cierto punto, tiene siempre, ya sea amarillo, negro o blanco, los mismos rasgos de carácter: es perezoso, taimado y ladrón, vive de cualquier cosa y sólo conoce la fuerza. ¡Pobre colono!: su contradicción queda al desnudo. Debería, como hace, según se dice, el ogro, matar al que captura. Pero eso no es posible. ¿No hace falta acaso que los explote? Al no poder llevar la matanza hasta el genocidio y la servidumbre hasta el embrutecimiento animal, pierde el control, la operación se invierte, una implacable lógica lo llevará hasta la descolonización. Pero no de inmediato. Primero, reina el europeo: ya ha perdido, pero no se da cuenta; no sabe todavía que los indígenas son falsos indígenas; afirma que les hace daño para destruir el mal que existe en ellos; al cabo de tres generaciones, sus perniciosos instintos ya no resurgirán. ¿Qué instintos? ¿Los que impulsan al esclavo a matar al amo? ¿Cómo no reconoce su propia crueldad dirigida ahora contra él mismo? ¿Cómo no reconoce en el salvajismo de esos campesinos oprimidos el salvajismo del colono que han absorbido por todos sus poros y del que no se han curado? La razón es sencilla: ese personaje déspota, enloquecido por su omnipotencia y por el miedo de perderla, ya no se acuerda de que ha sido un hombre: se considera un látigo o un fusil; ha llegado a creer que la domesticación de las "razas inferiores" se obtiene mediante el condicionamiento de sus reflejos. No toma en cuenta la memoria humana, los recuerdos imborrables; y, sobre todo, hay algo que quizá no ha sabido jamás: no nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros. ¿Tres generaciones? Desde la segunda, apenas abrían los ojos, los hijos han visto cómo golpeaban a sus padres. En términos de psiquiatría, están "traumatizados". Para toda la vida.

Pero esas agresiones renovadas sin cesar, lejos de llevarlos a someterse, los sitúan en una contradicción insoportable que el europeo pagará, tarde o temprano. Después de eso, aunque se les domestique a su vez, aunque se les enseñe la vergüenza, el dolor y el hambre, no se provocará en sus cuerpos sino una rabia volcánica cuya fuerza es igual a la de la presión que se ejerce sobre ellos. ¿Decían ustedes que no conocen sino la fuerza? Es cierto; primero será sólo la del colono y pronto después la suya propia: es decir, la misma, que incide sobre nosotros como nuestro reflejo que, desde el fondo de un espejo, viene a nuestro encuentro. No se equivoquen; por esa loca roña, por esa bilis y esa hiel, por su constante deseo de matarnos, por la contracción permanente de músculos fuertes que temen reposar, son hombres: por el colono, que quiere hacerlos esclavos, y contra él. Todavía ciego, abstracto, el odio es su único tesoro: el Amo lo provoca porque trata de embrutecerlos, no puede llegar a quebrantarlo porque sus intereses lo detienen a medio camino; así, los falsos indígenas son todavía humanos, por el poder y la impotencia del - opresor que se transforman, en ellos, en un Techazo obstinado de la condición animal. Por lo demás ya se sabe; por supuesto, son perezosos: es sabotaje. Taimados, ladrones. ¡Claro! Sus pequeños hurtos marcan el comienzo de una resistencia todavía desorganizada. Eso no basta: hay quienes se afirman lanzándose con las manos desnudas contra los fusiles; son sus héroes; y otros se hacen hombres asesinando europeos. Se les mata: bandidos y mártires, su suplicio exalta a las masas aterrorizadas. Aterrorizadas, sí: en ese momento, la agresión colonial se interioriza como Terror en los colonizados. No me refiero sólo al miedo que experimentan frente a nuestros inagotables medios de represión, sino también al que les inspira su propio furor. Se encuentran acorralados entre nuestras armas que les apuntan y esos tremendos impulsos, esos deseos de matar que surgen del fondo de su .corazón y que no siempre reconocen: porque no es en principio su violencia, es la nuestra, invertida, que crece y los desgarra; y el primer movimiento de esos oprimidos es ocultar profundamente esa inaceptable cólera, reprobada por su moral y por la nuestra y que no es, sin embargo, sino el último reducto de su humanidad. Lean a Fanon: comprenderán que, en el momento de impotencia, la locura homicida es el inconsciente colectivo de los colonizados. Esa furia contenida, al no estallar, gira en redondo y daña a los propios oprimidos. Para liberarse de ella, acaban por matarse entre sí: las tribus luchan unas contra otras al no poder enfrentarse al enemigo verdadero —y, naturalmente, la política colonial fomenta sus rivalidades; el hermano, al levantar el cuchillo contra su hermano, cree destruir de una vez por todas la imagen detestada de su envilecimiento común. Pero esas víctimas expiatorias no apaciguan su sed de sangre; no evitarán lanzarse contra las ametralladoras, sino haciéndose nuestros cómplices: ellos mismos van a acelerar el progreso de esa deshumanización que rechazan. Bajo la mirada zumbona del colono, se protegerán contra sí mismos con barreras sobrenaturales, reanimando antiguos mitos terribles o atándose mediante ritos meticulosos: el obseso evade así su exigencia profunda, infligiéndose manías que lo ocupan en todo momento. Bailan: eso los ocupa; relaja sus músculos dolorosamente contraídos y además la danza simula secretamente, con frecuencia a pesar de ellos, el No que no pueden decir, los asesinatos que no se atreven a cometer. En ciertas regiones utilizan este último recurso: el trance. Lo que antes era el hecho religioso en su simplicidad, cierta comunicación del fiel con lo sagrado, lo convierten en un arma contra la desesperanza y la humillación: los zars, las loas, los santos de la santería descienden sobre ellos, gobiernan su violencia y la gastan en el trance hasta el agotamiento. Al mismo tiempo, esos altos personajes los protegen: esto quiere decir que los colonizados se defienden de la enajenación colonial acrecentando la enajenación religiosa. El único resultado a fin de cuentas, es que se acumulan ambas enajenaciones y que cada una refuerza a la otra. Así, en ciertas psicosis, cansados de ser insultados todos los días, los alucinados creen un buen día que han escuchado la voz de un ángel que los elogia; los denuestos no desaparecen, sin embargo: en lo sucesivo, alternan con el elogio. Es una defensa y el final de su aventura: la persona está disociada, el enfermo se encamina a la demencia. Hay que añadir, en el caso de algunos desgraciados rigurosamente seleccionados, ese otro trance de que he hablado más arriba: la cultura occidental. En su lugar, dirán ustedes, yo preferiría mis zars a la Acrópolis. Bueno, eso quiere decir que han comprendido. Pero no del todo, sin embargo, porque ustedes no se encuentran en su lugar. Todavía no. De otra manera sabrían que ellos no pueden escoger: acumulan. Dos mundos, es decir, dos trances: se baila toda la noche, al alba se apretujan en las iglesias para oír misa; día a día, la grieta se ensancha. Nuestro enemigo traiciona a sus hermanos y se hace nuestro cómplice; sus hermanos hacen lo mismo. La condición del indígena es una neurosis introducida y mantenida por el colono entre los colonizados, con su consentimiento. Reclamar y negar, a la vez, la condición humana: la contradicción es explosiva. Y hace explosión, ustedes lo saben lo mismo que yo. Vivimos en la época de la deflagración: basta que el aumento de los nacimientos acreciente la escasez, que los recién llegados tengan que temer a la vida un poco más que a la muerte, y el torrente de violencia rompe todas las barreras. En Argelia, en Angola, se mata al azar a los europeos. Es el momento del boomerang, el tercer tiempo de la violencia: se vuelve contra nosotros, nos alcanza y, como de costumbre, no comprendemos que es la nuestra. Los "liberales" se quedan confusos: reconocen que no éramos lo bastante corteses con los indígenas, que habría sido más justo y más prudente otorgarles ciertos derechos en la medida de lo posible; no pedían otra cosa sino que se les admitiera por hornadas y sin padrinos en ese club tan cerrado, nuestra especie: y he aquí que ese desencadenamiento bárbaro y loco no los respeta en mayor medida que a los malos colonos. La izquierda metropolitana se siente molesta: conoce la verdadera suerte de los indígenas, la opresión sin piedad de que son objeto y no condena su rebeldía, sabiendo que hemos hecho todo por provocarla. Pero de todos modos, piensa, hay límites: esos "guerrilleros" deberían esforzarse por mostrarse caballeros; sería el mejor medio de probar que son hombres. A veces los reprende: "Van ustedes demasiado lejos, no seguiremos apoyándolos;" A ellos no les importa; para lo que sirve el apoyo que les presta, ya puede hacer con él lo que más le plazca. 

Desde que empezó su guerra, comprendieron esa rigurosa verdad: todos valemos lo que somos, todos nos hemos aprovechado de ellos, no tienen que probar nada, no harán distinciones con nadie. Un solo deber, un objetivo único: expulsar al colonialismo por todos los medios. Y los más alertas entre nosotros estarían dispuestos, en rigor, a admitirlo, pero no pueden dejar de ver en esa prueba de fuerza el medio inhumano que los subhombres han asumido para lograr que se les otorgue carta de humanidad: que se les otorgue lo más pronto posible y que traten luego, por medios pacíficos, de merecerla. Nuestras almas bellas son racistas. Nos servirá la lectura de Fanon; esa violencia irreprimible, lo demuestra plenamente, no es una absurda tempestad ni la resurrección de instintos salvajes ni siquiera un efecto del resentimiento: es el hombre mismo reintegrándose. Esa verdad, me parece, la hemos conocido y la hemos olvidado: ninguna dulzura borrará las señales de la violencia; sólo la violencia puede destruirlas. Y el colonizado se cura de la neurosis colonial expulsando al colono con las armas. Cuando su ira estalla, recupera su transparencia perdida, se conoce en la medida misma en que se hace; de lejos, consideramos su guerra como el triunfo de la barbarie; pero procede por sí misma a la emancipación progresiva del combatiente, liquida en él y fuera de él, progresivamente, las tinieblas coloniales. Desde que empieza, es una guerra sin piedad. O se sigue aterrorizado o se vuelve uno terrible; es decir: o se abandona uno a las disociaciones de una vida falseada o se conquista la unidad innata. Cuando los campesinos reciben los fusiles, los viejos mitos palidecen, las prohibiciones desaparecen una por una; el arma de un combatiente es su humanidad. Porque, en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pujaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre; el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional bajo la planta de los pies. En ese instante, la Nación no se aleja de él: se encuentra dondequiera que él va, allí donde él está —nunca más lejos, se confunde con su libertad. Pero, tras la primera sorpresa, el ejército colonial reacciona: hay que unirse o dejarse matar. Las discordias tribales se atenúan, tienden a desaparecer; primero porque ponen en peligro la Revolución y, más hondamente, porque no tenían más finalidad que derivar la violencia hacia falsos enemigos. Cuando persisten —como en el Congo— es porque son alimentadas por los agentes del colonialismo. La Nación se pone en marcha: para cada hermano está en dondequiera que combaten otros hermanos. Su amor fraternal es lo contrario del odio que les tienen a ustedes: son hermanos porque cada uno de ellos ha matado o puede, de un momento a otro, haber matado. Fanon muestra a sus lectores los límites de la "espontaneidad", la necesidad y los peligros de la "organización". Pero, cualquiera que sea la inmensidad de la tarea, en cada paso de la empresa se profundiza la conciencia social. Los últimos complejos desaparecen: que nos hablen del "complejo de dependencia" en el soldado del A.L.N. Liberado de sus anteojeras, el campesino toma conciencia de sus necesidades: ellos lo mataban, pero él trataba de ignorarlos; ahora los descubre como exigencias infinitas. En esta violencia popular, para sostenerse cinco años, ocho años como han hecho los argelinos, las necesidades militares, sociales y políticas no pueden distinguirse. La guerra —aunque sólo fuera planteando el asunto del mando y las responsabilidades— instituye nuevas estructuras que serán las primeras instituciones de la paz. He aquí, pues, al hombre instaurado hasta en las nuevas tradiciones, hijas futuras de un horrible presente, helo aquí legitimado por un derecho que va a nacer, que nace cada día en el fuego mismo: con el último colono muerto, reembarcado o asimilado, la especie minoritaria desaparece y cede su lugar a la fraternidad socialista. Y esto no basta: ese combatiente quema las etapas; por supuesto no arriesga su piel para encontrarse al nivel del viejo "metropolitano". Tiene mucha paciencia: quizá sueña a veces con un nuevo Dien-Bien-Phu; pero en realidad no cuenta con eso: es un mendigo que lucha, en su miseria, contra ricos fuertemente armados. En espera de las victorias decisivas y con frecuencia sin esperar nada, hostiga a sus adversarios hasta exacerbarlos. Esto no se hace sin espantosas pérdidas; el ejército colonial se vuelve feroz: cuadrillas, ratissages,∗ concentraciones, expediciones punitivas; se asesina a mujeres y niños. Él lo sabe: ese hombre nuevo comienza su vida de hombre por el final; se sabe muerto en potencia. Lo matarán: no sólo acepta el riesgo sino que tiene la certidumbre; ese muerto en potencia ha perdido a su mujer, a sus hijos; ha visto tantas agonías que prefiere vencer a sobrevivir; otros gozarán de la victoria, él no: está demasiado cansado. Pero esa fatiga del corazón es la fuente de un increíble valor. Encontramos nuestra humanidad más acá de la muerte y de la desesperación, él la encuentra más allá de los suplicios y de la muerte. Nosotros hemos sembrado el viento, él es la tempestad. Hijo de la violencia, en ella encuentra a cada instante su humanidad: éramos hombres a sus expensas, él se hace hombre a expensas nuestras. Otro hombre: de mejor calidad. Aquí se detiene Fanon. Ha mostrado el camino: vocero de los combatientes, ha reclamado la unión, la unidad del Continente africano contra todas las discordias y todos los particularismos. Su fin está logrado. Si quisiera describir integralmente el hecho histórico de la descolonización, tendría que hablar de nosotros, y ése no es, sin duda, su propósito. Pero, cuando cerramos el libro, continúa en nosotros, a pesar de su autor, porque experimentamos la fuerza de los pueblos en revolución y respondemos con la fuerza. Hay, pues, un nuevo momento de violencia y nos es necesario volvernos hacia nosotros esta vez porque esa violencia nos está cambiando en la medida en que el falso indígena cambia a través de ella. Que cada cual reflexione como quiera, con tal de que reflexione: en la Europa de hoy, aturdida por los golpes que recibe, en Francia, en Bélgica, en Inglaterra, la menor distracción del pensamiento es una complicidad criminal con el colonialismo. Este libro no necesitaba un prefacio. Sobre todo, porque no se dirige a nosotros. Lo escribí, sin embargo, para llevar la dialéctica hasta sus últimas consecuencias: también a nosotros, los europeos, nos están descolonizando; es decir, están extirpando en una sangrienta operación al colono que vive en cada uno de nosotros. Debemos volver la mirada hacia nosotros mismos, si tenemos el valor de hacerlo, para ver qué hay en nosotros. 

Primero hay que afrontar un espectáculo inesperado: el striptease de nuestro humanismo. Helo aquí desnudo y nada hermoso: no era sino una ideología mentirosa, la exquisita justificación del pillaje; sus ternuras y su preciosismo justificaban nuestras agresiones. ¡Qué bello predicar la no violencia!: ¡Ni víctimas ni verdugos! ¡Vamos! Si no son ustedes víctimas, cuando el gobierno que han aceptado en un plebiscito, cuando el ejército en que han servido sus hermanos menores, sin vacilación ni remordimiento, han emprendido un "genocidio", indudablemente son verdugos. Y si prefieren ser víctimas, arriesgarse a uno o dos días de cárcel, simplemente optan por retirar su carta del juego. (Literalmente, "cacería de ratas", término utilizado por los colonialistas para calificar los asaltos a los barrios y viviendas argelinos). No pueden retirarla: tiene que permanecer allí hasta el final. 

Compréndanlo de una vez: si la violencia acaba de empezar, si la explotación y la opresión no han existido jamás sobre la Tierra, quizá la pregonada "no violencia" podría poner fin a la querella. Pero si el régimen todo y hasta sus ideas sobre la no violencia están condicionados por una opresión milenaria, su pasividad no sirve sino para alinearlos del lado de los opresores. Ustedes saben bien que somos explotadores. Saben que nos apoderamos del oro y los metales y el petróleo de los "continentes nuevos" para traerlos a las viejas metrópolis. No sin excelentes resultados: palacios, catedrales, capitales industriales; y cuando amenazaba la crisis, ahí estaban los mercados coloniales para amortiguarla o desviarla. Europa, cargada de riquezas, otorgó de jure la humanidad a todos sus habitantes: un hombre, entre nosotros, quiere decir un cómplice puesto que todos nos hemos beneficiado con la explotación colonial. Ese continente gordo y lívido acaba por caer en lo que Fanon llama justamente el "narcisismo". Cocteau se irritaba con París, "esa ciudad que habla todo el tiempo de sí misma". ¿Y qué otra cosa hace Europa? ¿Y ese monstruo supereuropeo, la América del Norte? Palabras: libertad, igualdad, fraternidad, amor, honor, patria. ¿Qué se yo? Esto no nos impedía pronunciar al mismo tiempo frases racistas, cochino negro, cochino judío, cochino ratón. 

Los buenos espíritus, liberales y tiernos —los neocolonialistas, en una palabra— pretendían sentirse asqueados por esa inconsecuencia; error o mala fe: nada más consecuente, entre nosotros, que un humanismo racista, puesto que el europeo no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos. Mientras existió la condición de indígena, la impostura no se descubrió; se encontraba en el género humano una abstracta formulación de universalidad que servía para encubrir prácticas más realistas: había, del otro lado del mar, una raza de subhombres que, gracias a nosotros, en mil años quizá, alcanzarían nuestra condición. En resumen, se confundía el género con la élite. Actualmente el indígena revela su verdad; de un golpe, nuestro club tan cerrado revela su debilidad: no era ni más ni menos que una minoría. Lo que es peor: puesto que los otros se hacen hombres en contra nuestra, se demuestra que somos los enemigos del género humano; la élite descubre su verdadera naturaleza: la de una pandilla. Nuestros caros valores pierden sus alas; si los contemplamos de cerca, no encontraremos uno solo que no esté manchado de sangre. Si necesitan ustedes un ejemplo, recuerden las grandes frases: ¡cuan generosa es Francia! ¿Generosos nosotros? ¿Y Setif? ¿Y esos ocho años de guerra feroz que han costado la vida a más de un millón de argelinos? Y la tortura. 

Pero comprendan que no se nos reprocha haber traicionado una misión: simplemente porque no teníamos ninguna. Es la generosidad misma la que se pone en duda; esa hermosa palabra cantarina no tiene más que un sentido: condición otorgada. Para los hombres de enfrente, nuevos y liberados, nadie tiene el poder ni el privilegio de dar nada a nadie. Cada uno tiene todos los derechos. Sobre todos; y nuestra especie, cuando un día llegue a ser, no se definirá como la suma de los habitantes del globo sino como la unidad infinita de sus reciprocidades. Aquí me detengo; ustedes pueden seguir la labor sin dificultad. Basta mirar de frente, por primera y última vez, nuestras aristocráticas virtudes: se mueren; ¿cómo podrían sobrevivir a la aristocracia de subhombres que las han engendrado? Hace años, un comentador burgués —y colonialista— para defender a Occidente no pudo decir nada mejor que esto: "No somos ángeles. Pero, al menos, tenemos remordimientos." ¡Qué declaración! En otra época, nuestro Continente tenía otros salvavidas: el Partenón, Chartres, los Derechos del Hombre, la svástica. Ahora sabemos lo que valen: y ya no pretenden salvarnos del naufragio sino a través del muy cristiano sentimiento de nuestra culpabilidad. Es el fin, como verán ustedes: Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente, que éramos los sujetos de la historia y que ahora somos sus objetos. La relación de fuerzas se ha invertido, la descolonización está en camino; lo único que pueden intentar nuestros mercenarios es retrasar su realización. Hace falta aún que las viejas "metrópolis" intervengan, que comprometan todas sus fuerzas en una batalla perdida de antemano. Esa vieja brutalidad colonial que hizo la dudosa gloria de los Bugeaud volvemos a encontrarla, al final de la aventura, decuplicada e insuficiente. Se envía al ejército a Argelia y allí se mantiene desde hace siete años sin resultado. La violencia ha cambiado de sentido; victoriosos, la ejercíamos sin que pareciera alterarnos: descomponía a los demás y en nosotros, los hombres, nuestro humanismo permanecía intacto; unidos por la ganancia, los "metropolitanos" bautizaban como fraternidad, como amor, la comunidad de sus crímenes; actualmente, bloqueada por todas partes, vuelve sobre nosotros a través de nuestros soldados, se interioriza y nos posee. La involución comienza: el colonizado se reintegra y nosotros, ultras y liberales, y colonos y "metropolitanos" nos descomponemos. Ya la rabia y el miedo están al desnudo: se muestran al descubierto en las "cacerías de ratas" de Argel. ¿Dónde están ahora los salvajes? ¿Dónde está la barbarie? Nada falta, ni siquiera el tam-tam: las bocinas corean "Argelia francesa" mientras los europeos queman vivos a los musulmanes. No hace mucho, recuerda Fanon, los psiquiatras se afligían en un congreso por la criminalidad de los indígenas: esa gente se mata entre sí, decían, eso no es normal; su corteza cerebral debe estar subdesarrollada. En África central, otros han establecido que "el africano utiliza muy poco sus lóbulos frontales". Ésos sabios deberían proseguir ahora su encuesta en Europa y particularmente entre los franceses. Porque también nosotros, desde hace algunos años, debemos estar afectados de pereza mental: los Patriotas empiezan a asesinar a sus compatriotas; en caso de ausencia, hacen volar en trozos al conserje y su casa. No es más que el principio: la guerra civil está prevista para el otoño o la próxima primavera. Nuestros lóbulos parecen, sin embargo, en perfecto estado: ¿no será, más bien, que al no poder aplastar al indígena, la violencia se vuelve sobre sí misma, se acumula en el fondo de nosotros y busca una salida? La unión del pueblo argelino produce la desunión del pueblo francés; en todo el territorio de la antigua metrópoli, las tribus danzan y se preparan para el combate. El terror ha salido de África para instalarse aquí: porque están los furiosos, que quieren hacernos pagar con nuestra sangre la vergüenza de haber sido derrotados por el indígena y están los demás, todos los demás, igualmente culpables —después de Bizerta, después de los linchamientos de septiembre ¿quién salió a la calle para decir: basta?—, pero más sosegados: los liberales, los más duros de los duros de la izquierda muelle. También a ellos les sube la fiebre. Y el malhumor. ¡Pero qué espanto! Disimulan su rabia con mitos, con ritos complicados; para retrasar el arreglo final de cuentas y la hora de la verdad, han puesto a la cabeza del país a un Gran Brujo cuyo oficio es mantenernos a cualquier precio en la oscuridad. Nada se logra; proclamada por unos, rechazada por otros, la violencia gira en redondo: un día hace explosión en Metz, al día siguiente en Burdeos; ha pasado por aquí, pasará por allá, es el juego de prendas. Ahora nos toca el turno de recorrer, paso a paso, el camino que lleva a la condición de indígena. Pero para convertirnos en indígenas del todo, sería necesario que nuestro suelo fuera ocupado por los antiguos colonizados y que nos muriéramos de hambre. Esto no sucederá: no, es el colonialismo decadente el que nos posee, el que nos cabalgará pronto, chocho y soberbio; ése es nuestro zar, nuestro loa. Y al leer el último capítulo de Fanon uno se convence de que vale más ser un indígena en el peor momento de la desdicha que un ex colono. No es bueno que un funcionario de la policía se vea obligado a torturar diez horas diarias: a ese paso, sus nervios llegarán a quebrarse a no ser que se prohíba a los verdugos, por su propio bien, el trabajo en horas suplementarias. Cuando se quiere proteger con el rigor de las leyes la moral de la Nación y del Ejército, no es bueno que éste desmoralice sistemáticamente a aquélla. Ni que un país de tradición republicana confíe a cientos de miles de sus jóvenes a oficiales putchistas. No es bueno, compatriotas, ustedes que conocen todos los crímenes cometidos en nuestro nombre, no es realmente bueno que no digan a nadie una sola palabra, ni siquiera a su propia alma, por miedo a tener que juzgarse a sí mismos. Al principio ustedes ignoraban, quiero creerlo, luego dudaron y ahora saben, pero siguen callados. Ocho años de silencio degradan. Y en vano: ahora, el sol cegador de la tortura está en el cenit, alumbra a todo el país; bajo esa luz, ninguna risa suena bien, no hay una cara que no se cubra de afeites para disimular la cólera o el miedo, no hay un acto que no traicione nuestra repugnancia y complicidad. Basta actualmente que dos franceses se encuentren para que haya entre ellos un cadáver. Y cuando digo uno... Francia era antes el nombre de un país, hay que tener cuidado de que no sea, en 1961, el nombre de una neurosis. ¿Sanaremos? Sí. La violencia, como la lanza de Aquiles, puede cicatrizar las heridas que ha infligido. En este momento estamos encadenados, humillados, enfermos de miedo: en lo más bajo. Felizmente esto no basta todavía a la aristocracia colonialista: no puede concluir su misión retardataria en Argelia sin colonizar primero a los franceses. Cada día retrocedemos frente a la contienda, pero pueden estar seguros de que no la evitaremos: ellos, los asesinos, la necesitan; van a seguir revoloteando a nuestro alrededor, a seguir golpeando el yunque. Así se acabará la época de los brujos y los fetiches: tendrán ustedes que pelear o se pudrirán en los campos de concentración. Es el momento final de la dialéctica: ustedes condenan esa guerra, pero no se atreven todavía a declararse solidarios de los combatientes argelinos; no tengan miedo, los colonos y los mercenarios los obligarán a dar este paso. Quizá entonces, acorralados contra la pared, liberarán ustedes por fin esa violencia nueva suscitada por los viejos crímenes rezumados. Pero eso, como suele decirse, es otra historia. La historia del hombre. Estoy seguro de que ya se acerca el momento en que nos uniremos a quienes la están haciendo. 

Jean-Paul Sartre 
Septiembre de 1961.
 


  En español en el original.