quarta-feira, 30 de março de 2011

Los Quilmes y los jugadores de fútbol


19-04-2005. Reflexiones del prof. Víctor Barrionuevo (Librería Española e Hispanoamericana, SP) publicada originalmente en la lista E/LE Brasil el 18 de abril de 2004, a propósito de la detención de un futbolista argentino acusado de racismo contra un brasileño en un partido.

Estimados compañeros de Lista, la detención de un jugador argentino por ofensas racistas a un brasileño, me trae a la memoria dos asuntos que pueden ayudarnos a la reflexión y al combate a los prejuicios e intolerancias que siempre afectaron a las relaciones entre los dos pueblos. El primero se refiere al origen de Quilmes.

Es que pocos saben en Brasil que la "marca"  de cervezas y el club de fútbol traen sun nombren de la tribu de los indios Quilmes que, (se supone que entre 1450 y 1480, cuando Colón todavía no había llegado al suelo americano) escapándose desde Chile del acoso de los Incas que trataban de dominarlos, cruzaron los Andes y se establecieron en los Valles Calchaquíes de Tucumán, donde estaban por entonces otros indios, menos guerreros, dedicados a la alfarería y la agricultura, los diaguitas. Los Quilmes se convirtieron en la tribu más belicosa de la región, luchando contra las autoridades del Virreinato que respondían a España. Luego de una prolongada resistencia, en 1666, el Gobernador de Tucumán preparó unos 500 soldados con los que atacó por sorpresa a los Quilmes. Los indios mandaron a las mujeres y niños a los cerros Altos Pucarás, decididos a entablar batalla, pero por falta de alimentos y agua, el cacique Martín Iquín bajó al pueblo para rendirse. Acto seguido se firmó un tratado que les perdonaba la vida, pero los castigaba con su expulsión del territorio que habían ocupado desde su llegada a los Valles Calchaquíes.


El Gobernador de Tucumán ordenó el traslado de 2.000 familias hacia la Provincia de Buenos Aires a una reserva (lo que en aquélla época se llamaba una Reducción) en la Ribera del Río de la Plata. La caravana viajó más de 1000 kilómetros, durante un año y medio, desde los Valles Calchaquíes hasta la orilla del Río del Plata. Luego del penoso viaje, fue fundada la "Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los Indios Quilmes".


El cambio brusco de un clima seco y montañoso hacia un lugar húmedo, con brumas constantes hizo que muchos de los aguerridos indios fueran muriendo, y en 1812 quedaban tan sólo tres familias descendientes de la tribu fundadora. Ese año, el Primer Triunvirato, que era el primer gobierno republicano argentino, autónomo de España, declaró extinguida la antigua Reducción, creándose en su lugar el Pueblo de Quilmes, cabecera del Partido (municipio) del mismo nombre. Hoy, más de trescientos treinta años después de su fundación, la Ciudad de Quilmes forma parte de una mega constelación urbana entre las ciudades de Buenos Aires y La Plata, y tiene una población de más de medio millón de personas (censo de 2001), mientras que en el Departamento (municipio) Tucumano de Tafí del Valle encontramos a la Comunidad India Quilmes con cerca de 2.000 habitantes.
Primera reflexión: está mal que un deportista abuse de su falta de educación, agrediendo con palabras o gestos, y es pésimo si lo hace incitando odios y prejuicios como los que vimos; pero es más extraño cuando nos enteramos que el pueblo Quilmes, que dio origen al nombre de su ciudad y de su club, sufrió tanto con la intolerancia y el prejuicio; esto hoy es difícil de juzgar, lo que no invalida los pedidos de perdones históricos, como el de Lula en África, por las culpas tangenciales que el Brasil de hoy tiene con la esclavitud de ayer; o como las disculpas de la Iglesia por la Inquisición.

Segunda reflexión: en la Argentina de 1810, época de la revolución que dio origen a la independencia, había en Buenos Aires una población compuesta por un tercio de negros y mulatos, que en 1813 recibirían el beneficio de la " libertad de vientres" para los nacidos a partir de esa fecha, cuando se realizó la quema de todos los instrumentos de tortura y castigo. ¿Qué pasó con los negros y mulatos en Argentina? Bueno, sabemos que tanto las guerras de la Independencia como las columnas que el ejército argentino lanzó contra los indios de la Patagonia (en la Campaña del Desierto, 1879) llevaban en la primera línea los "batallones de morenos", que se destacaron por su valentía lo que, junto con las pestes que asolaban al puerto en aquellos años, deben haber sido las grandes causas del "blanqueamiento" de la población argentina. La guerra fraticida contra el Paraguay también contribuyó a disminuir la población negra y mulata. El enorme flujo de inmigrantes italianos y europeos en general a fines del siglo XIX e comienzos del XX completó el cuadro.

Reflexión final: el racismo, como una de las tantas muestras de la ignorancia humana puede ser combatido con sus antídotos, el estudio, el diálogo, la tolerancia basada en las luces del conocimiento que se lanzan sobre las sombras, ¡quién sabe el recuerdo de los indios Quilmes y de los "morenos"  que cambiaron la esclavitud por la "gloria" en los campos de batalla nos haga sentir más orgullosos de todos nuestros ancestrales, y no sólo de aquellos que hoy puedan reportarnos una eventual "doble nacionalidad" en Europa.

Víctor Barrionuevo
Librería Española e Hispanoamericana
desde 1984 ofreciendo libros y servicios al profesor de Español
libreriaespanola@terra.com.br             www.libreriaespanola.com.br
* Fotos históricas de Quilmes en www.quilmesadiario.com.ar/ qlmes_galeria1.asp 
Ver también la letra de "Milonga de los morenos", de Jorge Luis Borges aquí.
Fuente: http://www.quadernsdigitals.net/index.php?accionMenu=secciones.VisualizaArticuloSeccionIU.visualiza&proyecto_id=3&articuloSeccion_id=4406

 

El español pisa fuerte en Brasil


http://www.lanacion.com.ar/926938-el-espanol-pisa-fuerte-en-brasil 

Susana Reinoso
Jueves 19 de julio de 2007 Publicado en edición impresa de La Nación

Apenas concluya en el Chaco el 12° Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, que el escritor argentino Mempo Giardinelli -su alma máter- ve crecer cada año en convocatoria, el autor de El santo oficio de la memoria partirá rumbo a Brasil, especialmente invitado como expositor en el ciclo Pensar Iberoamérica, propiciado por el Instituto Cervantes, ubicado en San Pablo. De la iniciativa de pensar la región desde la lengua participan también el Plan Nacional del Libro y la Lectura, de Brasil, el Consulado Argentino de San Pablo y la Librería Española e Hispanoamericana, cuyo director es el argentino Víctor Barrionuevo.
* * *
Hace 24 años, Barrionuevo se convirtió en importador de libros básicamente españoles en San Pablo. Su principal nicho son los libros de textos, porque, según cuenta el librero desde Brasil, "el gran mercado brasileño es el del libro escolar. El promedio de libro por brasileño es de 1,9 ejemplares, lo que incluye el texto didáctico. Es muy poco. Y eso que el gobierno brasileño compra entre 80 y 110 millones de libros por año". Barrionuevo dice que el español está volviendo a pisar fuerte en Brasil, luego del boom de los años noventa. Entonces, la venta de libros en español creció exponencialmente. "Nosotros fuimos líderes durante unos 14 años, hasta que las editoriales brasileñas comprendieron la importancia de editar libros en español y hoy la industria brasileña concentra el 80% del mercado de texto". Después vinieron sucesivas crisis económicas, el impulso que el español había tomado en el vecino país decayó, hasta que el Instituto Cervantes comenzó su andadura en tierras de Drummond de Andrade.
El Grupo Santillana decidió entonces su radicación en Brasil, para lo cual adquirió un sello brasileño. Y el español volvió a convertirse en materia de interés para editoriales, libreros, universidades e instituciones culturales. Dice Barrionuevo que "a los brasileños les fastidia un poco la exageración de ciertas cifras en relación con la enseñanza del español en Brasil. Es cierto que para 2010 la lengua castellana será obligatoria en la enseñanza básica, pero de allí a que se precisen miles de maestros hay una distancia". Se refiere, sin decirlo, a los 200.000 profesores de español como lengua extranjera que el Instituto Cervantes advierte que hay que capacitar para cubrir la millonaria demanda de niños y adolescentes en edad escolar. Sin embargo, la cifra surge de cruzar los datos de la matrícula estudiantil existente con la de los profesores capacitados para la enseñanza en el sistema escolar. No obstante, si el interés por el castellano existe y es palpable "en la calle, en las universidades", como dice el librero argentino -en cuya habla se mezclan palabras en la bella lengua portuguesa-, no ocurre lo mismo con nuestra literatura. A los títulos clásicos de la literatura en español, que se demandan en la Librería Española e Hispanoamericana, se suman las obras de Gabriel García Márquez, Isabel Allende, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Es decir, los clásicos. De la nueva narrativa poco y nada se conoce.
¿Cuál es la razón? Según Barrionuevo, no hay tradición traductora de la literatura argentina al portugués. Como tampoco disfrutan los lectores argentinos de una vasta oferta de narrativa brasileña en la Argentina. "Por eso con la visita de Mempo Giardinelli procuramos mostrar los trabajos literarios de buenos escritores argentinos desconocidos en este país", dice el librero argentino, para quien una mayor presencia de canales de TV argentinos ayudaría a la difusión de la cultura local en la tierra de Rubem Fonseca.

Por Susana Reinoso
sreinoso@lanacion.com.ar

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/926938 Acceso el 30 de marzo de 2011

O Taxista




O Taxista
Luto para conseguir sair do sono, quando ouço a porta abrindo e entram várias  pessoas na sala, e há vozes no corredor do sanatório. Fecham a porta e alguem se senta na beira da minha cama; ouço a voz do meu primo: ––Na noite passada sonhei que era um motorista de táxi––  ouço dizer, deixo o sonho e as lembranças de Victoriano e presto mais atenção ao que Raul começa a contar, enquanto faz tempo para esperar Raquel. Minha irmã deve vir a qualquer momento para aliviá-lo da nada agradável tarefa de passar horas me acompanhando em silencio, arrumando o travesseiro e os lençois, ou me beliscando para provar, de vez em quando, discretamente, se realmente estou totalmente insensível, morto para a dor, os odores e ruídos, para os toques ou as imagens, como dizem os médicos.

 
––Um motorista de táxi–– disse meu primo, ou melhor, repete para mim, porque, embora a tarefa de cuidar de mim pareça chata, eu sei que Raul não me considera um mero vegetal ao que tem a obrigação de acompanhar. ––Um motorista de táxi em um Fiat 600, meio ridículo, né!?–– E ri, surpreendendo Raquel, que naquele momento acaba de entrar no quarto, e acredita que Raul se esquece de que, com certeza, eu não posso ouvir e muito menos responder às suas observações.

––Você acha mesmo que vai se recuperar?–– Raquel pergunta, mas Raúl sorri sem ligar para a pergunta, olha para ela e depois para mim, e continua com a história do sonho ––um Fiat 600 sim, bem minúsculo, embora pareça incrível. Dirijo cerca de dois quarteirões lentamente e paro na esquina, porque uma cliente me faz um aceno. Abaixo a bandeira da corrida e quando ela entra no carro, olho de soslaio pelo espelho retrovisor: é loira, bonita, e esconde parcialmente o rosto entre as abas levantadas de uma capa de chuva, como se estivéssemos num filme antigo de Humphry Bogar em preto e branco, ou num texto de Manuel Puig–– Raul completa.


O estado de coma parece que me aguça a memória, e de repente lembro que eu escrevi uma história parecida com o sonho do meu primo. Lembro até de ter enviado o texto por e-mail porque eu queria a opinião do Raúl para presentá-lo num concurso literário. Na minha história, a loira sai do táxi e deixa perplexo o motorista com um "até logo". E a poucos quarteirões antes de chegar a sua casa, um par de horas mais tarde, volta a encontrá-la, e já não entende mais nada. Aquela noite, ao dormir, morto de cansaço e tentando não fazer barulho para não acordar Ana, sua esposa, ele sente uma forte opresão no peito. Mais tarde, no meio da noite, acorda assustado e suando, depois de ter sonhado que a mulher do táxi lhe deixa cair, macia, solta e perfumada, uma mecha loira e espessa sobre seus ombros. Ele cai no sono novamente, e nos sonhos sente que uns dedos longos tocam seu peito e pescoço, e um par de olhos escuros olham para ele, curiosos, e os cabelos loiros se espalham sobre o travesseiro; o despertador toca e ele se levanta, morto de preguiça e com uma dor aguda e esquisita no braço direito.

––Que sonho estranho!–– Raquel diz quando o meu primo termina de contar que, no dia seguinte, a loira vai até o táxi, entra, desvia os olhos várias vezes quando ele tenta olhá-la pelo espelho; e, finalmente, quando se vira para receber o pagamento pela viagem, a vê chorar, segurando o peito, quase que se contorcendo de dor, e diz que tinha sofrido um ataque cardíaco no dia anterior, mas que já estava melhor.

Finalmente, todos vão embora do meu quarto no hospital, e desligam a luz do teto; estou sozinho com as minhas lembranças. Repensando o fim do conto do Raúl, ou o final do sonho, percebo que desde a infância, eu tinha uma certa claustrofobia, um medo atroz de ser enterrado vivo, ou ser soterrado em um terremoto, ou sofrer um colapso e ficar preso debaixo de um edifício, por exemplo. Minha fobia tinha aumentado durante os anos de terror, e sempre me pegava pensando que não poderia aguentar ficar trancafiado numa cela, ou que não iria suportar a supressão da visão debaixo de um capuz.

Quando nós levaram presos, junto com outros 1500 estudantes e ativistas que nos havíamos concentrado na faculdade de arquitetura para protestar contra o assassinato de Trelew, em agosto de 1972, a polícia de Córdoba nos trancou de a cinquenta, dentro de cada camburão onde em circunstâncias normais não poderiam se encaixar mais do que 15 ou 20 pessoas. A sensação de ter o corpo separado em várias partes me lembrou de imediato “A 25ª hora” de Virgil Gheorghiu, em que o personagem, ao ser transportado com outros presos em condições idênticas à minha, se sentia como num quadro cubista de Picasso, com os braços separados e desconexos do tronco, pernas e cabeça.

Mas agora, sozinho no escuro do meu quarto de hospital, contido dentro das quatro paredes do meu corpo em estado vegetativo, estranhamente não sinto para nada aquele antigo medo claustrofóbico pelo isolamento e o silêncio. E na escuridão, em meio ao silêncio absoluto, e sem medos ou fobias, percebo que me lembro muito bem do final do conto do “Motorista do Taxi” que, tal como tinha acontecido a Raquel com o sonho do Raúl, também me parecia estranho o desfecho da história que tinha escrito e queria enviar ao concurso:

A mulher volta a tomar o táxi e o motorista -que é o Raúl no seu sonho, ou o protagonista do meu conto, já não sei- se assusta ao vê-la, mas está contente de ter outra oportunidade de falar com ela; e a observa mais uma vez pelo espelho retrovisor, mas ela não o rejeita agora, e ao invés de fazer uma careta de contrariedade, ele lhe devolve um sorriso lindo, levemente esboçado. O motorista não consegue tirar os olhos do espelho, mas lhe chama a atenção uma betoneira que desce lentamente pela curva do morro, a umas poucas centenas de metros. Ele olha de volta para a loira e os olhos da estranha voltam a sorrir no espelho,...e como é difícil olhar para a estrada! e ver a betoneira em ziguezague, sem freios, pelo que parece. A loira não tira os olhos fora, o perturba e seduz, enquanto a ponta do pára-choque traseiro da betoneira, que fez uma volta completa de 180 graus, se crava lentamente sobre o capô do táxi, e uma crescente pressão se vai instalando entre o ombro esquerdo e no peito, enquanto que o cimento é descarregado lentamente, com todo o seu peso, criando grandes inclusive rachaduras no vidro que explode em mil pedaços, enquanto a loira lhe pisca um olho, perturbadora, sedutoramente atraente. Ana, a mulher, o sacode com violencia e grita, histérica. Mas ele já não pode mais ouvi-la, braços e pernas se entregam à crescente rididez, e um sonho triste, um cansaço brutal, e uma grande melacolia, o afundam num pesadelo, um longo e eterno sonho".

El taxista y la Hormigonera
Duermo y lucho para salir del sueño cuando escucho que abren la puerta de la habitación y entra gente; hay voces en el pasillo del sanatorio. Cierran la puerta y alguien se sienta en el borde de mi cama; escucho la voz de mi primo:  ––Anoche soñé que era taxista–– le oigo contar, salgo del ensueño y de los recuerdos de Victoriano y le presto más atención a lo que dice Raúl, mientras hace hora para esperarla a Raquel. Mi hermana debe venir a cualquier momento a relevarlo de la ingrata tarea de acompañarme en silencio, arreglarme una sábana o pellizcarme para probar, de vez en cuando y discretamente, si de veras estoy totalmente insensible, muerto para el dolor, el olor, los ruidos, el tacto o las imágenes, como afirman los médicos.
 ––Un taxista–– dice mi primo, o mejor dicho, me repite; porque, aunque el cuidarme parezca una tarea aburrida,  yo sé que Raúl no me considera un mero vegetal al que tiene que acompañar. ––¡Un taxista en un Fiat 600!, medio rídiculo, ¿no?–– y se ríe, sorprendiéndola a Raquel, que en ése instante entra en la habitación, y piensa que Raúl se olvida que, muy probablemente, no puedo oírlo, ni mucho menos contestarle sus comentarios.
––¿Pensás que se va a recuperar?–– le pregunta Raquel, pero Raúl sonríe sin inmutarse, la mira, enseguida me mira y sigue con el relato del sueño: ––Un Fiat 600, sí, aunque te parezca increible; manejo despacio unas dos cuadras y paro en la esquina porque una cliente me hace señas; bajo la bandera y cuando entra, la miro de reojo por el espejo retrovisor; es rubia, linda, y se esconde parcialmente, como en una película en blanco y negro, o un texto de Manuel Puig, entre las solapas levantadas de un piloto azul marino–– completa Raúl.
El estado de coma parece que me aguza la memoria, y de pronto me acuerdo que ya escribí un cuento parecido al sueño de mi primo, incluso que se lo mandé por e-mail porque quería su opinión para enviarlo a un concurso. En mi cuento, la rubia se baja del taxi y lo deja perplejo al chofer con un “hasta luego”. Y a pocas cuadras antes de llegar a su casa, un par de horas después, vuelve a verla, y ya no entiende nada. Esa noche, cuando va a dormirse, muerto de cansancio y tratando de no hacer ruido para no despertarla a Ana, su mujer, siente que el pecho se le oprime. Más tarde, en medio de la noche, se despierta asustado y transpirando, después de haber soñado que la mujer del taxi le deja caer, suelto y perfumado, un mechón muy rubio y espeso sobre los hombros. Se duerme otra vez, y sueña que unos dedos largos le tocan el pecho y el cuello, los ojos negros lo miran, curiosos, y la melena rubia se desparrama sobre la almohada; el despertador toca y se levanta, muerto de pereza y con un dolor agudo en el brazo derecho.
––¡Qué sueño más raro!–– dice Raquel, cuando mi primo termina de contar que, al día siguiente, la rubia vuelve a subir al taxi; le esquiva la mirada un par de veces cuando él trata de espiarla por el retrovisor; y por fin, al darse vuelta para recibir el pago por el viaje, la ve llorar, apretándose el pecho, retorciéndose de dolor y le cuenta que había sufrido un infarto el día anterior, pero que ya estaba mejor.

Por fin, se van todos y  apagan la luz de la habitación; me quedo solo con mis recuerdos. Repensando el final del cuento –o del sueño-, me doy cuenta que siempre, desde chico, tuve una cierta claustrofobia, miedo de ser enterrado vivo, o de quedar sepultado durante un terremoto, o de ser víctima de un derrumbe de un edificio, por ejemplo. Mis fobias se habían multiplicado en los años del terror; pensaba que no podría soportar el encierro de una celda, o la sofocación de una capucha. Cuando nos llevaron presos a los mil quinientos alumnos y militantes que nos habíamos concentrado en la facultad de arquitectura para protestar contra el fusilamiento de Trelew, el 22 de agosto de 1972, la policía de Córdoba nos había metido de a cincuenta en unos carros de asalto en los que quizá no cabrían, en otras circunstancias, ni veinte personas de pie. La sensación de tener el cuerpo separado en varias partes me había recordado de inmediato “La Hora 25” de Virgil Gheorghiu, cuando el personaje cuenta que, al ser transportado con otros prisioneros, en condiciones idénticas a las mías, se había sentido como en un cuadro cubista de Picasso, con los brazos desconectados del tronco, las piernas y la cabeza.

terça-feira, 29 de março de 2011

Colección Contando Cuentos

Colección Contando Cuentos * Crónicas
Esta colección que cuenta las aventuras y correrías de Javier Villanueva, el periodista trotamundos, por varios países de Hispanoamérica, trae abundante léxico regional y muchas referencias culturales de Latinoamérica y del mundo hispano, siempre en contraste con el habla rioplatense del protagonista.
Los íconos culturales más significativos y diversas referencias modernas de América Hispánica son visitados en cada viaje y aventura.






Los parientes de Cuba
Autor: Javier Villanueva
Um misterioso telefonema de Cuba tira Javier da sua pachorra na redação da revista cultural Pro-Hispam e o leva até Havana e Cayo Largo, no azul do Caribe.
Formato: 13 x 19





Pichones en el Altiplano
Autor: Javier Villanueva
Filhotes roubados e outros contrabandos ecológicos são assuntos que o papa-léguas Javier vai ter de resolver, passando pela Ilha de Páscoa, Bolívia e Cuzco.
Formato: 13 x 19



En las salinas Calchaquíes
En las salinas Calchaquíes
Autor: Javier Villanueva
Viajando pela estrada dos incas, ao norte da Argentina e rumo ao altiplano, Javier é envolvido numa enigmática trama de mendigos e ladrões de gado.
Formato: 13 x 19




 
Aventuras en Yucatán, Méjico
Autor: Javier Villanueva
Um jornalista argentino, redator de um semanário cultural, é enviado ao México para investigar um misterioso sumiço de dinheiro de uma instituição beneficente.
Formato: 13 x 19





Correrías en Méjico
Autor: Javier Villanueva
Um fotógrafo mexicano e Javier, o redator argentino, visitam Acapulco e a Cidade do México e, sem querer, entre pirâmides astecas e quadros de Frida Kahlo, desvendam um mistério.
Formato: 13 x 19




Me lo contó mi abuelo
Autor: Javier Villanueva e M. Cristina G. Pacheco

Aos pés dos Andes, um menino ouve as histórias do avô; mais tarde, os contos de   Edgar A. Poe, R.Luis Stevenson, Oscar Wilde e as lembranças da adolescência se mesclam com suas próprias aventuras. Sonhos, premonições e fantasmas que falam com os personagens, fazem parte do realismo mágico da América Latina.
Formato: 13 x 19

El girasol amarillo
El girasol amarillo
Autor: Javier Villanueva e M. Cristina G. Pacheco

Documentos antigos encontrados no Egito, o roubo de milhares de livros recém lançados, uma carga de dinheiro falso encontrada num caminhão e a misteriosa paralização dos habitantes de um vilarejo,   são parte de uma trama fantástica que o leitor terá que desvendar. Será uma conspiração?
Formato: 13 x 19




Relatos fantásticos
Autor: Javier Villanueva e M. Cristina G. Pacheco

Sonhos e pesadelos que unem diferentes pessoas enquanto dormem, um diabinho que se aproveita da ambição humana, o sumiço misterioso de uma jóia russa da dinastia Romanov, e as premonições de uma mulher, levam o leitor a aventurar-se por novos mundos.
Formato: 13 x 19
   




Tomaron la casa
Autor: Javier Villanueva e M. Cristina G. Pacheco

Influenciado pelos personagens da Casa de Usher de Edgar A. Poe e da Casa Tomada de Julio Cortázar, um casal ouve vozes e ruídos noturnos num velho imóvel. Um hipnotizador que percorre a fronteira do Brasil e Argentina e um escritor que viaja mais de 1.200 km para ver um amigo de seu avô, completam os três contos do livro.
Formato: 13 x 19


Literatura comentada

Literatura comentada

Javier Villanueva prepara un nuevo libro. Esta vez es una novela, después de publicar diversos cuentos y lecturas para estudiantes de idiomas. "Crónicas de utopías y amores, de demonios y héroes de la patria" es el nombre de la obra. Veamos a continuación un trecho, adelanto de "Crónicas...", escrito por el editor.

"La verdad es que estaba ansioso. Fui editor de Villanueva hace años, publicándole obras poco importantes para el gran público, algunos cuentos o crónicas para lecturas escolares. Pero ahora Villanueva me había pedido que le leyera su primer libro en formato de novela; lo leí y no quise editárselo; no me insistió, pero me rogó que lo mandara a algunos lectores críticos. Lo hice, y se lo pasé a una conocida profesora de literatura de la Universidad de Córdoba. A Villanueva le gustó: fueron muchos comentarios interesantes, que le mejoraron bastante el original; pero él quería una crítica fuerte, y me pidió que le intermediara una lectura de Estévez, un especialista brasileño en letras latinoamericanas, destacado entre los hispanistas del país y conocedor de los temas por los que Villanueva se aventura en su texto.

Así había empezado mi compromiso con el libro de Villanueva, al que hoy le hago esta presentación, a pesar de mi negativa a editárselo. Pero todavía hubo algunos pasos más, antes de llegar a la antesala en la que espero ahora, nervioso, al que fue en otra época director de mi principal cliente, la editorial paulistana que había fundado Monteiro Lobato.

Los detalles siempre me parecieron importantes, por eso me puse la mejor ropa que tenía en el placard. Tomaba ya el tercer cafezinho en el patio lateral de la oficina mientras esperaba ansioso el “puede entrar” del joven secretario que se concentraba en su i-pod, a leguas de distancia de mis inquietudes literarias. Mientras, mis pensamientos recorrían con obsesión el itinerario que me trajera hasta aquí. Recordé cómo había empezado todo, dos meses atrás, aquel miércoles en que el teléfono me despertó temprano; era mi amigo de la productora de cine: –A uno de los directores le gustó tu idea. Traéme mañana el guión y dentro de una semana volvemos a conversar–. Al día siguiente le dejé el original a otra empleada indiferente y aburrida, que por toda respuesta dijo: –Acá tiene el comprobante de la entrega. Por favor, llámenos la semana que viene, o dentro de 10 días, más o menos–.

Así había llegado hasta este momento y estaba ansioso como un adolescente esperando ser recibido para su primer trabajo. El muchachito tuvo que insistir: –Señor, por favor, puede pasar– En el despacho estaban mi amigo y otros dos hombres más.

Aunque me gustaba la idea de ver la novela de Villanueva en el cine, seguía con un dilema que me partía al medio entre la fidelidad a los seis o siete conocidos y críticos que habían leído los originales antes que me animase a llevárselos a Maldonado en Córdoba y sugerirle que pensara en editar y publicar el libro de mi amigo.

Sí, porque, aunque durante años Villanueva y yo no fuimos más que autor y editor, sin demasiados vínculos, de pronto su nuevo libro nos creó lazos de amistad y camaradería. Y yo me imaginaba por qué, al leer parte de sus memorias, que se camuflaban en la novela que ahora me disponía a promoverle para una versión cinematográfica.

Pero, volviendo a lo de los lectores críticos, ocurrió que a Villanueva le gustó el análisis que le hizo Estévez, que era bastante duro: – Recorte y reorganize todo, saque mitad de los adjetivos, o no lo publique. Relea y recórtelo de nuevo antes de volverlo a armar. Cuelgue cada parte del libro en una soga, como las que se usan para secar la ropa, o como en los cuentos de cordel del nordeste– fue lo que le aconsejó el profesor e hispanista, y a Villanueva le gustó. Recortó la novela de arriba abajo y la reordenó después de otro largo año de investigaciones y lecturas paralelas. Y cuando le pareció que ya “casi” estaba lista, se la pasó a Raúl, el actor cordobés, que la leyó y le criticó duramente todo de nuevo. Y otra vez, con paciencia, Javier Villanueva rehizo cada texto, realineó todos los diálogos, agregó correcciones, recortó más todavía. Pero se le ocurrió tener el prurito de hacer una última búsqueda en internet sobre la vida de uno de los personajes a los que más critica en su novela..., y entonces todo había cambiado de nuevo al encontrarse con Pili Rocha, también hispanista y lingüísta, que le había estremecido los cimientos de la obra diciéndole que esas bases tal vez se asentasen en el terreno pantanoso de la ceguera para criticar el pasado y analizar con el alma desarmada los momentos históricos que la novela quería rescatar. Villanueva se había hundido en un limbo de indecisiones, como si se partiera al medio, porque al final había pasado cuatro años metido en esta obra, investigando más de doscientos textos; había molestado a los cuatro o cinco parientes próximos más dedicados a la literatura y la historia, y buscado a tres de los mejores críticos que tuvieron la paciencia de leer la obra y criticarle sus temores e incertidumbres como autor.

Ocurrió que, cuando ya parecía que Villanueva había logrado equilibrar textos, arquitectura de la novela, veracidad histórica y un sinfín de detalles, hete aquí que un pudor desmedido lo lleva a pedir una opinión más, no de toda la obra, sino de una pieza clave de la misma. Es que uno de los personajes, siniestro para muchos, enigmático para otros, seductor y valiosísimo para unos cuantos más, se pasea a lo largo del texto como un convidado de piedra, un crítico de los errores que una generación de jóvenes cometió, en medio de la soberbia juvenil de querer un mundo mejor. Personaje controvertido y conquistador si los hay, en la novela que ahora presento es el único al que se critica desde varios ángulos; y por eso el tal personaje se diferencia del grupo de los otros, los que salen airosos de la prueba de los treinta y cinco años de memoria del autor, porque murieron jóvenes, heroicos y generosos, mientras que el seductor pertinaz sobrevive, y por algun motivo imposible de evaluar se escabulle a la crítica y al juicio improbable de una justicia imposible.

La duda que lo carcomía a Villanueva era simple: ¿era justo condenar -35 años después de algunos de los hechos que va a narrar la novela-, a un hombre viejo que empieza a despedirse del mundo sin lograr hacerse su espacio en la historia? Pili, a la que había consultado después de la referida busca en Internet, le diría que no. Diría que mi amigo autor sigue siendo estrecho y sectario. Que mide con la regla de los años de 1970 a un hombre que hizo sus aportes importantes y luego fue engullido por las sombras, y ahora ya está demasiado viejo para defenderse.

Al final, lo que lo dividía a Villanueva, por supuesto que no se resolvió, y Javier logró nada más que Pili le dijera que tenía libertad absoluta para convertirla en un personaje literario junto a los otros que pueblan su libro, “todos riquísimos”, según ella. Ya le han dicho a Pili que su vida bien valdría una novela, mientras que ella misma se veía absolutamente prosaica y rutinaria. Pero esto es algo que se verá mejor luego, en el libro que voy a presentar.

En el fondo, no me sorprendió tampoco lo que oí en la oficina de los productores. Yo no resolvía el dilema moral que me transfería Villanueva, el de ser justo con la historia y con sus convicciones y al mismo tiempo ahorrarle amarguras al tal personaje que, no jorobemos, ya está olvidado por la gran mayoría de los protagonistas de su época y no pasa de ser un fantasma triste y a salvo de cualquier juicio porque, al final de cuentas, no hay justicia revolucionaria de los años setenta que lo alcance, como diría nuestro autor, “porque aquel momento histórico y sus protagonistas ya no existen -no existimos- como revolucionarios, transformadores radicales de la realidad. Y ni siquiera la justicia de la democracia que supimos conquistar lo pondría en un banquillo de juicio: cualquier delito se extingue y caduca después de tres décadas como las que sobrevivimos y vivimos desde entonces”.

Al final, la película no va a salir. Sería mucha ingenuidad pensar que los productores irían a aceptar todo, sin imponer condiciones, una vez que a Villanueva se le puso que no va a dejar que saquen ni una coma de su texto original.

Puesto todo esto, vamos a la presentación prometida. Dicen que la memoria es un tesoro falso que se guarda en lo más hondo de la conciencia, para auto engañarnos y ser complacientes con nuestros errores; por eso, cuando Villanueva me pidió una introducción a este libro, le dije que sólo lo haría a condición de ser independiente en mis opiniones, poder criticar sus puntos de vista, y que su editor no me recortara nada. Accedió y aquí van mis comentarios:

La memoria de Villanueva es complaciente, pero con dudas y vacilaciones. Se apoya en una lectura histórica parcial o con simpatías dudosas. La Guerra del Paraguay o las vidas de Felipe Varela, Luis Carlos Prestes, Severino de Giovanni, Carlos Lamarca y otros tantos personajes y episodios reales brasileños y argentinos, que juegan como telón de fondo del texto son casi mitos, o al menos, son referencias cuestionables, emotivas, pero que proponen una línea que a veces es equívoca.

Sobre la Gran Guerra, o Guerra de la Triple Alianza, por ejemplo, Villanueva apunta sus dudas pero no las confirma: el dictador del Paraguay era autoritario y atrasado, y llevó a su pueblo a un sacrificio innecesario. Su orgullo de tirano aislado del mundo lo hizo atacar a los dos países más poderosos de Sudamérica, que se unieron para destruir al vecino presuntuoso, y finalmente lograron imponer la política de sus respectivas oligarquías. Inglaterra sacó grandes ventajas pero no se dedicó a incentivar el conflico bélico.

Villanueva cuenta las tentativas de paz británica y norteamericana, pero no deja claro que éso mismo aparta a Gran Bretaña de la responsabilidad directa de la guerra, más de lo que su relato deja entender. ¿Hubo un genocidio? Sí, porque una enorme parte del pueblo paraguayo fue exterminado por los imperiales brasileños secundadas por los batallones porteños. Pero quien llevó 90% de la población masculina a la guerra fue el dictador paraguayo. Al final, hasta el mismo Marx diría que un sistema político y social casi misionario, heredero de las relaciones jesuíticas coloniales, no podía sino caer bajo el yugo del proto capitalismo liberal que se enseñoró en Rio de Janeiro y Buenos Aires.

¿Y Prestes? ¿Era un héroe de verdad? ¿Un militar “tenientista” que luego se convierte en un fiel representante del estalinismo puede ser levantado a la categoría de Caballero de la Esperanza? ¿Y sus confusiones con relación a Getúlio Vargas?

Villanueva confesó que, durante los seis años que pasó investigando y escribiendo borradores, de 1999 a 2005, estaba muy influido por algunas personalidades a las que admiraba. Todos ellos eran convencidos de que sólo con que ciertos grupos sociales y políticos, o algunos individuos o núcleos dirigentes hubieran actuado de modo diferente en sus momentos históricos clave, el destino de Argentina y de Brasil -los dos países que más le importaban a Villanueva, sin duda- podría haber sido completamente distinto. Varios pensadores -y no sólo Israel Vilhas que poco parece haber influido a Villanueva y a sus compañeros entre 1974 y 1976, sino otros, como Indalecio Prieto, líder de la República Española, o incluso Milcíades Peña, Osvaldo Bayer, David Viñas o Félix Luna, todos lo llevaban a Villanueva a pensar que, aparte de las fuerzas económicas y sociales profundas, o las grandes tendencias de una época, lo que importan son los hombres y mujeres de cada período, sus acciones en favor o contra su pueblo.

La polémica que este libro de Villanueva viene generando por Internet, a través de su blog y el de algunos de sus ex compañeros, ha hecho que se le conteste a veces con mesura por parte de gente como Vilhas, o los editores que publicaron sus obras anteriores en São Paulo. Aunque en otras ocasiones es atacado violentamente por los conservadores que no quieren ver la historia reciente, la de los últimos 35 ó 40 años, y qué dirá analizar la gran historia, con H mayúscula, como dice el autor. Son los revisionistas del revisionismo, los que quieren por ejemplo, que la Guerra del Paraguay tenga como único culpado al dictador Solano López y como víctimas a los ejércitos vencedores del Brasil y Argentina. Esos escritores mediocres y mal informados, son los que más han atacado a Villanueva y a su libro. Las memorias más recientes, de las últimas cuatro décadas, que al decir de diversos historiadores, ya merecen entrar en las páginas de los estudios e investigaciones, son pocas veces atacadas por los críticos de Villanueva. Es que ponerse del lado de las dictaduras de Videla o de los generales brasileños no es fácil para sus opositores. Aún así se insinúan tibiamente los comentarios críticos, y siempre lo que reaparece es lo de los dos demonios: la dictadura era uno de los ellos, el otro era la insurgencia que habría “provocado” a los militares.

Como en La noche de los tiempos, novela que pinta el primer año de la guerra civil española de 1936, por la que transitan personajes de la vida real, como Negrín, o Moreno Villa, y otros de ficción, que van tejiendo una red que pone en contexto la vivencia personal y convierte a la narración en una secuencia de asociaciones y sugerencias, el libro de Villanueva se presenta como una caja de resonancia en la que suenan épocas pasadas, y también las que al autor le tocó vivir.

Villanueva me dice que, por encima de las polémicas que el libro haya generado, él quería sobre todo homenajear a sus muchos fantasmas, los prohombres de la patria, héroes de su niñez y su juventud. Y poner a la misma altura a otras figuras, oscurecidas por las sombras de la historia, poco conocidas, por la época convulsionada que vivieron. Villanueva lo hace, y lleva a varios de sus compañeros a las dimensiones exactas de un momento histórico en que sólo podrían haber hecho lo que hicieron, con la mejor buena voluntad, con el máximo de entrega personal por la causa que en aquél momento era la más justa. Y si entre los héroes más conocidos, los que ya llegaron a las páginas de los textos escolares y a la literatura, no hay ángeles ni demonios, tampoco puede haberlo entre las mujeres y hombres de los años de 1970.

Villanueva no deja de analizar el momento, y ver quiénes eran los grandes demonios. ¿Serían los que rodeaban al hombre que comandó directamente tres décadas de la vida política argentina? ¿Lo serían también los generales y oficiales que, antes y después de Perón, prepararon con lujos de detalles y luego ejecutaron el exterminio de toda una generación de argentinos?

Por otro lado, hay algo que ninguno de los críticos más feroces, ni los aduladores más complacientes de Villanueva han comentado. Es que, aparte del hilo conductor que hilvana los retazos del relato -el de lo social, de la lucha revolucionaria o contestataria en la América del Sur de los siglos XIX y XX-, existe otro eje, que se enrosca como en una trenza, con el de la lucha social o política. Es el de los sentimientos, el del amor de mujeres valerosas, comunes o incomunes, que al lado o por detrás de sus hombres, han dado ejemplos heroicos, que Villanueva rescata a lo largo del libro.

No son sólo las más conocidas, como la Manuelita de Bolívar, doña Josefina Scarfó de Di Giovanni, la Tigra de Felipe Varela, las lanceras de Artigas, o Elisa Lynch, la irlandesa hermosa de Solano López, u Olga Benário de Prestes, o Iara, compañera de luchas y de amores de Carlos Lamarca.

Villanueva recuerda sobre todo a otras mujeres, más de carne y hueso, contemporáneas y muchas de ellas, llevando la vida que siguió a la derrota y a la vuelta a la democracia en Argentina; como la Negrita del Chacho Rubio, o la mujer del Pelado Rafa, la Negra de Juancito, sobrevivientes, con hijos, nietos y recuerdos a cuesta. Piensa en Cristina de Carlitos, o en la Petiza del Gordo Lowe, muertas en combate lado a lado con sus maridos. Piensa en los hijos de todos ellos, jóvenes, y cargando el fardo de un mito, mientras saben que sus padres les dirían que no debe ser así, que ellos no fueron héroes, sino mujeres y hombres que hicieron lo que debían y lo que podían, en una época maravillosa y terrible, difícil por lo menos.

Dicen que hay instantes de la historia en que algunos o muchos hombres y mujeres, en un rapto de lucidez, comprenden y proponen sus acciones sabiendo que lo correcto y lo lícito sólo lo son en determinado contexto. El libro muestra esas buenas intenciones de su generación y las de otras que la precedieron en la tentativa de hacer un mundo mejor. Y aunque a veces parezca pesimista, la novela también rescata el amor como otra fuerza de la voluntad, que mueve montañas.

VB, ex Editor de J. Villanueva. São Paulo, 22 de agosto de 2009."



Muñeca

“Muñeca Unzaga y Ariel Seferino habían sido compañeros de escuela primaria entre los años 50 y comienzo de los 60; pero después Muñeca se fue a São Paulo y terminó su curso en el “Belas Artes” de la avenida Tiradentes, a principio de los 80; llegó a abrir un estudio en Santana. Pero la vida no siempre imita los colores del arte, y el arte de vivir a veces se hace más urgente y apremiante de lo que a uno le gustaría.

Habían pasado más de veinte años sin encontrarse, y cuando se vieron de nuevo en el micro de la Cacorba, en julio del 88, Muñeca y Ariel no se reconocieron. ¿Muñeca? ––Sí, sí, Muñeca, la misma que en un atardecer frío en el cementerio de París se lo encontró a Cortázar, o al abuelo de Cortázar, que debería tener por entonces unos 85 ó 90 años. Si bien que ella cuenta que le pasó lo mismo que a aquel escritor peruano, Bryce Echenique, que creyó haber  visto al padre o al abuelo de Cortázar, porque el argentino no representaba más de 28, y cuando por fin se lo presentaron pensó que no, que al que había visto antes era el hijo de Cortázar. Bueno, en fin, que a Muñeca se le apareció entre las tumbas de Montparnasse un señor muy alto, que a cada cien metros de recorrido  le parecía más y más alto; con una cara de chico perverso, metido en un largo sobretodo negro; y cuando Muñeca se topó con el viejito que, en pleno invierno, en un atardecer oscuro le hablaba en un diáfano castellano matizado por un lejano acento francés notó que, como contaba García Márquez del escritor argentino, el misterioso anciano también tenía unos ojos “muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo”. Pero Muñeca no tuvo tiempo de asustarse porque de pronto el viejito le mostró con una gran reverencia la tumba de Cortázar, y desapareció entre las sombras. ––Y sí–– dice Muñeca ––por eso y otras tantas cosas que cuentan que pasan en París es que cuando uno anda por la calle, en cualquier esquina se atraviesa el espejo de Alicia, y uno continúa hasta un café en  Córdoba donde nuevamente cruza el espejo, ¿el retrovisor, tal vez?, que te trae de vuelta al punto de partida–– sueño que me dice Muñeca, o la escucho en el delirio de la fiebre. ––Las historias verdaderas se nos mezclan con las de los escritores que nos habitan y siguen su recorrido perfecto, rotundo, perplejo–– me dice, y yo pienso que tiene razón.  


Começando a escrever em português

Literatura

Javier Villanueva começou a produzir parte das suas crônicas e contos em português. Às vezes, como no caso do romance de pronta edição "Crônica de Utopias e de amores, de demônios e heróis da Pátria", eles  vêm do espanhol para o português. Vejam este trecho


Nas salinas de Chumbicha
“Pensar é a única coisa que me sobrou: sonhar ou pensar, pensar em Catamarca e sonhar com o vô Victoriano. Viajo quarenta, cinquenta anos para trás. Pensar no futuro? Lembrar-me dele? Será que é o mesmo que fechar o círculo de cachorro mordendo o próprio rabo? Fazer um prólogo para o futuro, ou um epílogo do passado? O que importa! Se agora tenho todo o tempo do mundo, e na ausência de fala ou de leitura, bons são os sonhos e as memórias. Tio Luis e Raquel deixam o quarto do hospital, mas os fantasmas do avô e do tio Pibe ficam, falando baixinho, contando histórias para velar os meus sonhos:
  
“As curvas da estrada da capital para Piedra Blanca, mantiveram partes do nevoeiro na noite passada. O Pibe Barrionuevo disse adeus à vovó Rosa e deixou a casa dos Jaime um pouco antes das oito horas. Dirigindo seu jipe vermelho com cuidado, pois podia aparecer de repente alguém a cavalo, um ciclista ou um motoqueiro. Iria se reunir com Daniel Unzaga para ler um artigo que queriam republicar em La Unión, no jornal do domingo. Daniel era muito grave e circunspecto, e divertia o Pibe que sempre lembrava da sua história mais famosa quando, menino ainda, se aproveitava da bondade da dona Eufemia, a mãe, com o conto de ser “doente do coração”. Enquanto todos os seus irmãos tomavam chá mate e comiam pão seco, Daniel passou sua primeira infância tomando o café da manhã com churrasquinho grelhado.
O Pibe ainda estava rindo com as memórias de Daniel quando teve de pregar os freios para evitar colidir com uma charrete que, a cerca de cinco metros, estava parada com o homem que conduzia o cavalo, ambos imóveis, olhando fixo para algum lugar no lado das montanhas. O Pibe era muito calmo, mas já estava assustado e gritou com o homem para que se mexesse, que não podia passar. Mas o homem nem pestanejou mesmo, e tanto o animal como o condutor ficaram tão duros como estavam antes da chegada do Pibe à curva. Passou pelo acostamento se estreitando contra a cerca para ultrapassar a charrete pela direita.
Na próxima curva, a cerca de vinte metros, um caminhão dos Jaime estava atravessado na estrada. Outra vez buzinou e novamente foi surpreendido ao ver que Julio, seu primo, estava quieto, duro no volante. O Pibe desceu para ver o que tinha acontecido, mas aí percebeu que dois outros carros, a menos de uma centena de metros de distância, também estavam parados, estáticos, com seus condutores quietos e silenciosos.
O Pibe chegou até o caminhão do Julio Jaime, escalou o degrau do estribo e ficou surpreso ao ver que seu primo estava ainda olhando para o horizonte, com o queixo ligeiramente levantado para o espelho, mas rígido, mudo e sem respiração. Tocou no pulso do rapaz, pensando na possibilidade de síncope, parada cardíaca, ou um acidente vascular cerebral repentino. Mas não, Julio estava com o corpo morno, normal, sem febre ou quente, nem frio como um morto. Parecia apenas um homem dormindo, só que no meio da estrada e com o caminhão atravessado de ponta a ponta no caminho. O Pibe rapidamente virou-se para a charrete, e o homem estava igual! Correu para o cavalo e o condutor do veículo: ambos estavam rígidos e calados, como Julio Jaime. O cavalo tinha a cabeça ligeiramente virada para trás, mas os olhos estavam duros, o focinho sem respiração e o corpo quente, como se o cavalo e o condutor da charrete tivessem acabado de morrer, mas sem cair, sem perder o prumo, nem o homem as suas cores, e tal como no caso do Julio, como se estivessem simplesmente dormindo, mas com os olhos abertos.
O Pibe começou a se desesperar, nem uma viva alma passava e já era quase 8:20 da manhã. Todos os vizinhos deveriam estar levantados fazia mais de duas horas, trazendo o leite para as casas, começando os trabalhos nas leitarias e nos sítios.
Mas não, não havia nenhum tráfego de automóveis e o ônibus das 08:15 não tinha passado. O Pibe correu uns cem metros até os outros carros que continuavam parados, e em todos a mesma coisa: em um, um casal de moradores de La Falda, os dois loiros e com caras de gringos -el Pibe não os conhecia, deviam ser novos no lugar- estavam como falando um com o outro, mas em silêncio e imóveis, como Julio Jaime e igual que o homem e o cavalo da charrete.

Ele sentiu um calafrio na espinha. Quis saber se o outro carro estava nas mesmas condições, mas de longe viu que dentro havia um rapaz gordo, que também nem se mexia. Correu para o jipe, entrou e deu partida com toda a velocidade que a estrada, obstruída pelos carros parados lhe permitia, e em alguns lugares, teve até que subir na calçada. Dirigiu-se à polícia de trânsito em Tres Puentes, para dar parte do que já era uma constatação da realidade terrível que ele tinha visto ao longo de mais de seis quilômetros de terror: todos os carros, e o ônibus das 8:00 estavam parados, com o motor ligado e os seus condutores e passageiros duros, estáticos e silenciosos. Não havia nenhum sinal de acidente ou de algo incomum, a não ser as mais de vinte pessoas que tinham sido transformadas em estátuas, os cavalos e vacas que pareciam bonecos de cera e centenas de pássaros e borboletas -também viu dois morcegos e três preás no chão-, todos como as pessoas, sem uma gota de sangue derramado.
Quase morreu de susto quando viu, na porta do destacamento o Jorgito Avalos, que era polícia de trânsito e neto do florista que tinha um viveiro ao lado da casa dos Ovejero, estava duro como um manequim, ainda com uma lanterna para dissipar a névoa da manhã , acesa na mão esquerda e com o braço direito levantado, como fazendo um sinal para pedir a algum veículo que parasse ou descesse a velocidade.
Meu tio lembrou que o filho Fabian e a Beba, sua esposa, tinham falado muito sobre a série americana "Twilight Zone" que ela tinha assistido no ano anterior em uma viagem ao Egito, quando foi entrevistar Nasser. O Pibe pensava que as histórias de sua esposa e seu filho acabariam por influenciá-lo um dia, tanto que lhe falavam de H.G.Wells e sua Máquina do Tempo da série Além da Imaginação. Mas isso que ele estava vivendo agora já era demais. Ele deixou o destacamento, subiu no jipe e cobriu os dois quilometros e meio que faltava para chegar à cidade em mais de 20 minutos, tamanho era o congestionamento de carros, caminhões e ônibus estacionados no meio do caminho para Catamarca.
Os motoristas da Cacorba e da Chevalier tinha abandonado dois ônibus de linhas interprovinciais, um atravessado na ponte e o outro no Hospital da Criança. O Pibe saiu do jipe e foi procurar um telefone público. Não funcionou nenhum dos três que ficavam perto da escola de Fray Mamerto Esquiú.
Desesperado, foi esquivando com o jipe todos os corpos que ainda pareciam estar querendo atravessar a rua San Martin. Driblou carros e ônibus largados no meio das ruas e calçadas e dirigiu lentamente em direção à praça. Mas o que eu viu foi a mesma coisa. Não pensou duas vezes e entrou no primeiro posto de gasolina, encheu o tanque, e ainda levou dois tambores de vinte litros cada um, já que não havia ninguém se mexendo por perto para pagar o que havia consumido, ou para impedi-lo, e embarcou em uma corrida louca para o sul de Córdoba em direção a Buenos Aires, ou até que encontrasse alguém com quem falar, que se mexesse, e que pudesse contar em detalhes o que tinha acontecido realmente.
Na penumbra da noite de Catamarca, e com a tristeza invadindo seu espírito, deixou a cidade bem para atrás, cheio de um medo indefinido. Muito cansado, parou algumas horas depois para descansar e esfriar a cabeça, e só teve força para conduzir outra vez quando o sol já estava alto.
Já em pleno caminho das salinas, e ao longo de todo o percurso, não havia encontrado ninguém, a não ser um carro parado, também com três homens dentro, rígidos e silenciosos. Ao chegar a Chumbicha um condor no meio do asfalto, duro, parecia pronto para alçar vôo. Uma mala, por trás do enorme pássaro ainda o obrigou a sair do jipe. Limpou o suor e sacudiu a poeira que se juntara nos ombros e sapatos; já passava das onze e meia e o sol lhe queimava a cabeça. O Pibe calculou que fazia mais de 40 graus.
Debaixo de um arbusto seco e espinhoso, sem sombras sob o sol do meio-dia, um velho olhava para ele. Apesar de seus esforços, não conseguiu arrancar uma palavra sequer, mas de repente, da boca do velho, escapou um som quase vazio.
Se inclinou para ouvir melhor, ele repetiu algo ininteligível e lentamente fechou os olhos para finalmente ficar quieto e calado, como uma das muitas pessoas feito manequins que ele havia visto em Catamarca.
O Pibe agachou-se e perguntou:
––Você está dormindo? Está se sentindo bem?.
––Estou dormindo, mas eu estou morrendo–– respondeu o velho com um sussurro fraco.

––O que aconteceu com todas essas pessoas duras e mudas?–– perguntou.
––Não me acorde, deixe-me morrer dormindo!–– disse o velho.
––Dói alguma coisa?–– Interrogou.
––Eu não sinto nada; estou dormindo, e estou bem, mas vou morrer–– disse o velho, enquanto sua pele escura, queimada pelo sol e o frio dos invernos impiedosos nas Salinas, foi se tornando mais pálida.
––O que aconteceu com todos?–– o Pibe insistiu. ––E você, porque você acha que vai morrer assim, tão de repente?
––Estou bem–– e o sussurro virou uma voz cavernosa, grossa, que estremeceu o Pibe, deixando-o assustadíssimo e com os cabelos em pé.
––Você está acordado? Ou dorme? –– disse, já mais recuperado do terror.
––Eu estava dormindo, você me acordou, mas agora eu estou...morto–– e a voz áspera e forte, oca, rouca e retumbante do velho arrepiou os cabelos do pescoço do Pibe.
Antes fraca e inaudível, suas palavras pareciam vir agora do fundo de uma caverna nas profundezas da terra. E o Pibe, homem forte e corajoso, sentiu que o medo causado por essa voz  o imobilizava.
Deixou o velho de cócoras e subiu ao jipe, mas depois se arrependeu e voltou para esticá-lo com cuidado na relva fina e salgada; o corpo do homem se mantinha aquecido, ainda sem a rigidez do corpo morto que já era. Um carro passou a mais de cem por hora, e o Pibe logo percebeu que este era o único sinal de vida ativa -além do velho moribundo até minutos atrás, e dele próprio, claro- que tinha notado nas últimas cinco ou seis horas.