sexta-feira, 1 de abril de 2011

El Español como lengua emergente y la memoria en la literatura iberoamericana














Para entender mejor el discurso del escritor argentino Mempo Giardinelli, veamos en qué contexto nace y se desarrollan las diferentes variantes del idioma español en el ámbito de Hispanoamérica.
Javier Villanueva


El Mundo Hispánico

La colonización española en América se extendió por aproximadamente tres siglos. Después de las guerras de independencia, las administraciones coloniales españolas (los virreinatos y las capitanías) se transformaron en los 19 países hispanohablantes en América: Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

Las Islas Canarias, que están mucho más cerca de África continental que de las tierras europeas, no son independientes y hoy forman parte de las 17 comunidades autónomas que forman a España. Al norte de África, cerca del Estrecho de Gibraltar, también están Ceuta y Melilla, consideradas ciudades autónomas
españolas.
El español, también llamado castellano, es el idioma oficial de todas estas comunidades aunque en algunas regiones convive con lenguas tradicionales. Tres de estas son reconocidas como idiomas oficiales de España, conjuntamente con el español: el catalán, el vasco o euskera y el gallego.

En los territorios conquistados por la corona española se habla español pero convive con algunas lenguas indígenas como el guaraní en Paraguay, el aimara y el quechua en Bolivia y Perú, el mapudungun en la Patagonia chilena y argentina. ¿Sabías que en México se hablan 62 lenguas indígenas, además del español?

Fuente y crédito: ORTIZ, Inês Graciela. Universidad del Comahue. Argentina: 17/01/2009.




  • EL ESPAÑOL COMO LENGUA EMERGENTE Y LA MEMORIA EN LA LITERATURA IBEROAMERICANA


    (Fuente: Actas del XII Congreso Brasileño de Profesores de Español)
    Por Mempo Giardinelli, Escritor y Periodista, Argentina.


    Agradezco ante todo a Víctor Barrionuevo, la Librería Española de Sao Paulo y la casa IBEP-Editora Nacional, así como a la Asociación de Profesores de Español de Mato Grosso, por permitirme el honor de hablar aquí, hoy, ante ustedes.
    Quiero comenzar reconociendo que nuestras dos lenguas, el Portugués y el Castellano, son hoy más que lenguas; son identidad. Son dos hermanas llegadas a América desde la península ibérica, hoy intensamente fraternas. Hay quien calcula que en casi un 90% las palabras de una y otra lengua son comunes. Por origen latino, y peninsular, desde mucho antes de 1492 y todo el Siglo XVI, hasta ahora. Una fraternidad, una poética, una mirada, y sobre todo una manera de concebir y de mirar el mundo. Y ahora un sentimiento que se llama, además, Mercosur.
    Todo eso nos une, por encima de las diferencias que también existen y no debemos negar, y más allá de circunstancias políticas y económicas que no siempre nos hermanaron. Y además ahora nosotros, los latinoamericanos de esta parte de Sudamérica, ya tenemos una lengua popular, muy imperfecta todavía pero muy expresiva y creciente, que se llama Portuñol. Todavía balbuceante y aún sin teoría, el Portuñol no tiene todavía ni prestigio ni destino aparente. Porque, en verdad, es un híbrido de dos lenguas muy poderosas. Pero es una lengua que se habla cada día más.
    En estos días, mientras preparaba estos apuntes, yo tuve un sueño que quiero compartir ahora. Soñé con un retorno a estas tierras en —digamos— el año 2097. Imaginen ustedes lo que sería encontrarnos aquí dentro de noventa años. ¿Qué vemos entonces, en ese 2097? Pues en mi sueño yo veo que las masas de este continente hablan Portuñol con mucha fluidez, con alegría, con la convicción que da una identidad firme y sólida.
    Lo mejor, en ese sueño, es que la Literatura todavía balbucea en esa lengua novedosa, que mezcla caló, lunfardo, expresiones paremiológicas de aquí y de allá. Y mejor aún es que esa literatura rinde tributos a Horacio Quiroga y a Monteiro Lobato, a João Guimarães-Rosa y a Juan Carlos Onetti, a Ligia Fagúndez Tellez y Pablo Neruda, a Machado de Assis y Julio Cortázar y muchos y muchas más. Una literatura que viene de Cervantes pero también de Fernando Pessoa. Y entonces, al hacerse, esa lengua que nos une también nos completa, nos identifica como lo que ya habíamos empezado a ser un siglo atrás, cuando a fines del Siglo XX comenzó nuestra integración: latinoamericanos parlantes del Portugués y el Castellano de América.
    Ahí me desperté... Y me dije que debía ocuparme de este discurso, en el que quiero y debo reflexionar acerca de una de esas dos lenguas: la que hablo y me habla; la que leo y escribo. La que me constituye: el Castellano, pero el Castellano Americano.
    Este congreso, en el que mucho me honra hablar ante ustedes, es una oportunidad extraordinaria para meditar en voz alta acerca del habla de nuestros pueblos: cómo hablan, cómo aprenden, cómo enseñamos, cómo se comunican, cómo 50
    escriben y leen... en la lengua de España que nos trajeron los Conquistadores, de igual modo que aquí a Brasil trajeron el Portugués de Portugal.
    En el caso de la Argentina, pero creo que también en toda la América hispánica, infortunadamente hay que reconocer que nuestro Castellano se ha empobrecido de manera dramática en las últimas décadas. Hace unos veinte años el gran escritor cordobés Juan Filloy —para mí uno de los mayores polígrafos del Siglo XX— señalaba que siendo el Castellano una lengua de más de 70.000 vocablos resultaba insólito que en el lenguaje coloquial los argentinos utilizaran apenas entre 1.000 y 1.500 palabras. Filloy decía que era como si el propietario de un fino guardarropas anduviera por la vida en calzoncillos y con una camiseta rotosa.
    Pero ahora resulta que en los últimos años aquello que él apuntaba se ha agudizado dramáticamente, porque ahora nuestra lengua contabiliza casi 90.000 vocablos, pero el habla del argentino medio no supera las mil palabras. Y en algunos sectores muy marginados, socioeconómica y socioculturalmente postergados, sólo usan de 300 a 500 palabras. Y estoy seguro que lo mismo sucede en las áreas marginadas de México, de Bogotá, de Caracas o de Lima.
    El problema del idioma de un pueblo no es una cuestión de buenas intenciones, como no es exclusivo asunto de especialistas, ni es tampoco ―uno de los precios de la globalización‖ (como se ha llegado a argumentar). De hecho, la lengua que habla cada sociedad es la representación fiel de su modo de vida, y muestra también cuál es su calidad de vida. De ahí la importancia de hablar y escribir correctamente nuestra riquísima lengua. De ahí la importancia de la labor de ustedes, que ayudarán a entrar a nuestro Castellano a millones de brasileños y brasileñas. De igual modo que, espero yo, en mi país y en todos los de este continente nuestros pueblos empezarán a entrar —y ya lo están haciendo— en el idioma portugués de Brasil. No hago más que celebrar esta circunstancia, al menos en mi tierra, el Chaco Argentino, que es tierra fronteriza y se nutre del Portugués y también del Guaraní. Y donde ya estamos viendo la cantidad de cursos de Portugués que se ofrecen, aunque todavía nuestras autoridades no imponen su estudio como obligatorio.
    La lengua, repito, no es sólo buenas intenciones, como tampoco es solamente un medio de comunicación. Es un instrumento esencial de relación, de cultura y de trabajo; es la vida misma de todo el pueblo. Nada puede hacerse sin la intervención del lenguaje. Por ende, todo lo que degrada la lengua que se habla, todo lo que la deforma y envilece, afecta a la nación entera. Cualquiera sea esa nación y hable la lengua que hable.
    Es cierto que vivimos en un mundo en emergencia, pero en nuestros países —en esta América injusta y desgarrada— la emergencia ha sido y es la vida cotidiana misma. Por eso el envilecimiento y deterioro de la lengua que hablan nuestros pueblos ha sido irrefrenable en por lo menos las últimas tres décadas. Las causas son múltiples y comenzaron, sin dudas, con el miedo y el silencio que impusieron las Dictaduras. La censura permanente y el cinismo oficial, el descrédito del pensamiento y de los intelectuales, el convertir a los libros en enemigos, en sospechosos, en subversivos, todo eso deterioró la capacidad lectora y, en general, fue parte de la destrucción de la educación pública.
    En mi país la Dictadura terminó hace 24 años. Es decir, en términos histórico-sociales, ayer. Y la paradoja es mayor si recordamos que las semillas perversas que 51
    sembró el terrorismo de Estado empezaron a germinar en Democracia. De donde muchísimas personas, ingenuamente, creen que los males que viven se deben a la Democracia y no ven que son los frutos malignos de los infames tiempos dictatoriales, cuando todo era miedo y autoritarismo, y persecución incluso semántica, lingüística.
    En mi país se han dilapidado no solamente recursos económicos, sino que entre el autoritarismo militar y la debilidad de la democracia nos hemos empobrecido también en materia idiomática. El empobrecimiento de nuestro Castellano, aunque nuestro pueblo no lo advierte, ha producido y produce enormes daños en nuestra sociedad.
    Por lo tanto, hay que alentar que la lengua se desarrolle y evolucione, de modo natural y dentro de los propios cánones y reglas que, cada tanto, está muy bien que se revisen. La evolución natural del idioma que se habla diariamente obliga a aceptar que cambie y se adapte a cada nueva época. Y eso incluye, por supuesto, asimilar e incorporar vocablos extranjeros: hoy los anglicismos derivados del uso masivo de Internet, como ayer latinismos o galicismos. Y también, para nosotros, esa evolución impone incorporar el Portugués de este enorme país que es Brasil, como para ustedes el Castellano de todos sus vecinos.
    Una comunidad que conoce y habla bien su lengua, siempre está en condiciones no sólo de expresar mejor sus propios deseos y de perfeccionar sus acciones; también está capacitada para recibir sin riesgo los aportes de otras lenguas y otras tecnologías. Hay ejemplos de lo que sucede cuando ello no es así, en la lengua castellana. En las Islas Filipinas, tras la derrota de España en la guerra contra los Estados Unidos (en 1898) el idioma Inglés se impuso sobre el Castellano hasta eliminarlo. Y otro caso es Puerto Rico, donde sólo la resistencia cultural de los puertorriqueños —que es colosal— ha impedido que se pierdan totalmente sus costumbres, tradiciones y lengua.
    Replantear el lenguaje coloquial como problema inmediato y urgente de nuestro pueblo es un modo de detener, primero, y enseguida contrarrestar, el embrutecimiento de nuestras masas que es fácil advertir en las últimas décadas. Basta con escuchar lo mal que hablan las nuevas generaciones y, peor aún, leer lo que escriben.
    Pero no vengo en plan apocalíptico, sino de absoluta sinceridad. Es urgente que todos los hispanoparlantes seamos concientes de que se habla mal, cada vez peor, con una utilización mínima de las enormes posibilidades de nuestra lengua, lo cual tiene consecuencias indeseables concretas y cotidianas. Hablar bien, con propiedad y corrección, es el camino más seguro para pensar mejor. Y pensar mejor es la vía más segura para obrar mejor.
    Pero para ello hace falta crear conciencia acerca del vínculo estrecho entre lengua, condiciones socioeconómicas e identidad nacional.
    La identidad lingüística es seguramente la primera señal de identidad fuerte que tenemos los seres humanos en tanto sujetos que vivimos en sociedad. Sin lengua no podríamos entendernos, discutir, intercambiar, crecer, desarrollarnos como seres inteligentes. En cualquier lugar y cualquier época de la Historia de la Humanidad, cada nación fue antes una lengua que un Estado.
    Por eso, elevar la calidad del Castellano que se habla en nuestra América es una tarea esencial y urgente para que sea un vehículo de unión más propio y más fuerte, 52
    capaz de expresar cabalmente a todos nuestros pueblos, y haciendo, a la vez, que se expresen mejor, y entonces piensen mejor y procedan mejor.
    Para mí, en tanto escritor que hace de la lengua castellana su vida y su profesión, la transversalidad fundamental consiste en advertir que la lengua que hablamos entreteje nuestras vidas, diariamente y en todas las naciones que hablan el Castellano, así como en aquellas naciones (como Brasil, cada vez más) permitiéndonos entendimiento, comunicación, expresión y otorgándonos a la vez una fuerte identidad cultural.
    Se trata de un fenomenal tejido idiomático, desde luego. Pero está en peligro, al menos si se continúa entendiendo a la lengua solamente como un precario medio de comunicación. Esa concepción utilitaria olvida que la lengua es, como dice Ivonne Bordelois en su libro La palabra amenazada, ―ante todo un placer (…y…) una forma, acaso la más elevada, de amor y conocimiento‖.
    Personalmente, desde hace más de veinte años trabajo desarrollando estrategias y emprendimientos para difundir el uso apropiado de la lengua castellana. Cada uno de los multitudinarios encuentros que convocamos desde la Fundación que presido en el Chaco Argentino se orienta, precisamente, a repensar cómo dar de leer, y por qué y para qué. Buscar las respuestas adecuadas implica, desde luego, trabajar para la construcción de una sociedad conciente de la lengua que habla, y mucho más competente en el uso de la misma.
    Puede sonar exagerado decir que sólo la lectura salvará a nuestros pueblos, pero estoy convencido de que realmente ningún país tiene destino si su gente no lee. No hay aprendizaje, crecimiento ni desarrollo cultural; no hay mejora educativa eficaz y no es posible una democracia sólida e igualadora de oportunidades, si los habitantes de esa nación no leen. Por eso leer y hacer leer es el único camino —el único— para recuperar la capacidad de pensamiento y sensibilidad de un pueblo. Y el único camino para ello es hablar bien, porque se lee más cuando mejor se habla y se habla mejor cuando más se lee.
    Por eso nos oponemos a ciertas modas pedagógicas que hicieron del placer de leer un trabajo pesado. Es necesario y urgente despojar a la lectura de ejercitaciones obligatorias y trabajosas porque, más allá de las buenas intenciones que las alientan, en muchos casos sólo entorpecen el simple y grandioso placer de leer. Del mismo modo hay que ser muy cuidadosos con la otra moda del divertimento, ésa que asocia la lectura y el aprendizaje de la lengua casi exclusivamente a los juegos. Los recursos lúdicos son válidos, sin dudas, y utilísimos. Pero atención: el aprendizaje, el conocimiento, el saber no son juegos. No todo puede se divertido. No es recomendable que incitemos a que los chicos jueguen todo el tiempo. Ni tampoco a que hagan lo que quieran. Como dice Paco Abril, el respetado promotor de lecturas español, ―divertir es apartar la atención para llevarnos hacia otra cosa. Es procurar no que la atención se centre, sino que se descentre‖.
    Es cierto que la obsesión por divertir es una reacción a cierta educación tradicional pesada, aburrida, fastidiosa y llena de didactismos indigestos. Pero cuidado, porque la diversión sólo entretiene, y su efecto dura lo que dura el instante de diversión.
    ¿Qué es lo que hace que prestemos atención, verdadera y genuinamente, sin frivolidades y sin indigestiones? Muy sencillo: es el interés. ―Lo que nos engancha —dice Abril— es el interés‖. 53
    Está bien la diversión, entonces, pero sabiendo que lo que enseña, lo que nos llena de energía y de estímulos, lo que nos lleva a esforzarnos, lo que genera el deseo de aprender, es el interés. No la diversión.
    Ya lo decía Jean Piaget hace 60 años: ―No se trata de que los niños hagan lo que quieran, sino de que quieran lo que hagan‖.
    Los que trabajamos por una nueva Pedagogía de la Lectura —esto es, la formación maciza y sostenida de lectores competentes, que a su vez sean capaces de formar a otros lectores— sabemos que la multiplicación de los panes de la lectura es maravillosa y que sólo así se forman personas libres e imaginativas, capaces de discutir internamente con los textos porque los leyeron con interés, placer, amor y ganas, y han alcanzado dimensiones superiores en el uso de la lengua.
    En nuestra Fundación estamos convencidos de que Leer y hacer leer es resistir. Y esa resistencia es lingüística porque nosotros llegamos a estas labores alarmados por lo mal que se habla, lo pésimo que se escribe y lo comprometida que está la identidad de nuestro pueblo.
    No voy a relatar todo lo que hacemos, pero me parece inevitable alguna mención, porque tenemos una experiencia rica y compartible. Nosotros mismos nos sorprendemos de lo que vienen logrando las voluntarias de nuestro Programa de Abuelas Cuenta Cuentos. Han logrado crear una mística alrededor del entusiasmo desbordante que se produce cuando se lee por placer, por amor y por ganas. La respuesta es fenomenal. En los últimos diez años hemos contribuido a instalar la problemática de la lectura como asunto prioritario, tanto para el Estado como en los niveles familiar e individual. Hemos entrenado centenares de abuelas, docentes y bibliotecarios, y hemos producido miles de experiencias de lectura. Pero el nuestro es sólo el esfuerzo de una pequeña ONG provinciana. ¿Y en qué nos apoyamos para eso?
    En la buena literatura.
    Desde que se restableció la democracia en 1983, la literatura argentina ha evolucionado mucho y los argentinos de hoy están, en mi opinión, mucho más marcados por la literatura que lo que comúnmente se cree. Nuestro Discurso Literario ha cambiado y se ha vinculado con todos los códigos sociales que expresan este tiempo. Reflexionar sobre el Discurso Literario no implica solamente pensar qué literatura hacemos, sino reflexionar qué significa hacer literatura en una sociedad que históricamente ha oscilado entre la censura y la libertad de creación y cuya producción de los últimos años es producto del dramático paso de la dictadura y el autoritarismo a la democracia. Y en democracia la crisis que vivimos es colosal y desestabilizadora: políticamente confundidos, económicamente destruidos, socialmente condenados a la injusticia, el embrutecimiento y la violencia, la crisis no deja área sin afectar. La literatura da cuenta de todo ello. Así ha sido siempre. En Don Quijote está España para el mundo. En Hamlet está toda la historia de Dinamarca. En Grande Sertão: Veredas está todo Brasil, como en Martín Fierro y en Facundo está la Argentina.
    Desde la recuperación de la Democracia la literatura argentina pasa por uno de sus mejores momentos. Estas dos décadas han sido fantásticas, si bien no tuvimos (y acaso por eso mismo) ninguna gran figura excluyente. Muertos Borges, Cortázar, Bioy Casares, las Ocampo y varios más, comenzó a surgir una narrativa mucho más plural.
    La literatura argentina de entre 1980 y nuestros días (2007) se define (en mi opinión) básicamente por cinco aspectos. A saber: 54
    a) la literatura argentina no cayó en el exotismo y supo rehuir del realismo mágico de los 60 y del boom.
    b) la literatura argentina se escribe contra la política, aunque el nuestro sigue siendo, ineludiblemente, un relato político.
    c) es una literatura que se amplió con la irrupción de las mujeres como sujeto de escritura y como escritoras;
    d) es una literatura que ejercita la memoria, para lo cual recurrió en gran medida a la recuperación de la Historia Nacional, sus episodios y personajes;
    e) es una literatura que reconoce e indaga en las corrientes inmigratorias que formaron la Argentina de los dos últimos siglos (XIX y XX).
    Dije antes que elevar la calidad del Castellano Americano es esencial y urgente, porque en él se juega nuestra identidad como nación latinoamericana, portuguesa o hispano parlante.
    El problema no es, como suele escucharse a veces con cierta liviandad, que el español está sujeto a muchas agresiones por parte del Inglés. Eso es sólo una parte de la verdad. Es cierto que por razones de dominación e influencia política y comercial esa lengua se difunde en el mundo desde hace siglos, primero por la expansión británica y luego la norteamericana. Es una lengua útil y cumple una importante función en el comercio, la industria, el turismo, la ciencia y la tecnología. Nadie lo pone en duda.
    Pero no por eso el Inglés va en contra del Castellano ni de ninguna otra lengua. Lo que en realidad sucede es que cuando una lengua es fuerte, no hay agresión que la invalide. Y una lengua es fuerte cuando está arraigada en los ciudadanos que la hablan, y estos la hablan bien. Contrario sensu, cuando la lengua pierde fuerza y arraigo, y se la habla mal y se empobrece, es entonces cuando las lenguas foráneas invaden el espacio cultural.
    Pero entonces no se trata de una lucha entre lenguas. Todo lo que hay que hacer es hablar bien la propia, dejando de lado toda forma de chovinismo lingüístico o lexical. Cuanto mejor hablemos nuestra lengua, mejor hablaremos las lenguas foráneas.
    Los pueblos, y en particular los usuarios de las nuevas tecnologías, traducen los términos como mejor les parece y esto, además de inevitable, puede ser enriquecedor. No hay nada que temer: no son más de dos o tres centenares de vocablos, que, por otra parte, en las curiosas traducciones espontáneas terminan definiendo nuevas formas originales. Yo todavía ―reenvío‖ textos, pero cuando me dicen que me lo ―forwardean‖ lo entiendo y no me siento ofendido ni me dispongo a dar batalla. Y es claro que prefiero el ―envío a domicilio‖ que el ―delivery‖, pero no doy la vida por esa causa.
    Esta cuestión de la identidad tiene que ver, desde luego, con la creación literaria. No es mi tema en este congreso, pero como es el tema de mi vida puedo decir, desde mi experiencia como escritor, que la creación literaria es en sí misma una marca de identidad. Soy en tanto escribo, y soy lo que escribo, de modo que mi escritura me identifica.
    Las reglas de la lengua no prohíben que se las quebrante, pero primero hay que conocerlas y respetarlas. Sólo entonces cabe la experimentación literaria y es aceptable su validación. La lengua que hablamos está viva y en renovación permanente, porque es un idioma que se recrea día a día puesto que la hablan y escriben más de 400 millones de personas. Y si en algunos años más el pueblo brasileño lo habla y lo lee, como 55
    nosotros en la Argentina, y Uruguay y Paraguay y otros países nos apasionamos con el Portugués, ninguna identidad se habrá debilitado sino que todas nuestras identidades nacionales se habrán fortalecido.
    El Castellano es una lengua en expansión y los escritores, periodistas, ensayistas e intelectuales en general, que trabajan y se expresan en esta lengua en nuestra América, contribuyen de manera principal a las modificaciones periódicas que acepta en España la Real Academia de la Lengua. Que a la corta o a la larga las acepta. Y las que no acepta no por eso quedan desautorizadas. De manera que es una lengua maravillosa, porque siempre está más allá de lo canónico.
    Esto recoloca sobre la mesa la provocadora opinión de Gabriel García Márquez, cuando en Valladolid propuso la jubilación de la ortografía. En aquella oportunidad, fui uno de los que respondió al Maestro y dije entonces —como digo ahora— que la cuestión no pasa por determinar cuál regla anulamos, ni por igualar la ge y la jota, abolir la hache o exterminar los acentos. No, el problema central está en el creciente desconocimiento de reglas ortográficas y hasta sintácticas que impera en las comunicaciones actuales, particularmente Internet y el llamado Ciberespacio.
    Frente a ellas, ¿debemos bajar los brazos y entregarnos sin luchar? ¿Por el hecho de que el ciberespacio esté lleno de ignorantes, vamos a proponer la ignorancia como nueva regla para todos? ¿Dado que tantos millones hablan mal y escriben peor, entonces vamos a ―democratizar‖ alegremente hacia abajo, es decir hacia la ignorancia?
    A mí me parece que el verdadero porvenir de una lengua no requiere la eliminación de sus reglas sino, al contrario, exige su cumplimiento. Las reglas siempre están para algo: tienen un sentido y éste es histórico, filosófico y cultural. La falta de reglas, o el desconocimiento de ellas, es el caos y la disgregación. De ahí que las propuestas ligeras y efectistas de eliminación de reglas son, por lo menos, peligrosas. Y esto es particularmente cierto para quienes vivimos en sociedades donde casi todas las reglas se dejaron de cumplir o se cumplen cada vez menos, y donde se aplauden estúpidamente las transgresiones televisivas, donde los eufemismos se utilizan para ocultar o disfrazar la impunidad.
    Desde luego que no pretendo ni propongo que vivamos prisioneros de las reglas, pero tampoco acuerdo con la idea de que la gente debe hablar y escribir como le da la gana. El desafío mayor es múltiple y consiste en impedir que nuestra lengua permanezca estática en la academia, perfecta e inmutable en los códices, y moribunda en la realidad de los que la hablan.
    El Castellano, que es el Español que se habla en América, ha sido a la vez lengua de encuentro y lengua de sometimiento. Desde hace años pienso y escribo que la lengua que hablamos en América es el resultado de un choque cultural. Cuando en 1992 se ―celebró‖ —entre comillas— el Quinto Centenario de la llegada de Colón a América, sostuve que no correspondía hablar de conquista ni de encuentro, sino de ―encontronazo‖. Porque cuando sucede algo así, tan traumático, el resultado incluye sometimientos y reconciliaciones, o sea grandeza y sentido común para el ejercicio de una libertad responsable. Eso mismo, libertad responsable, es lo que debe inspirar el estudio y la evolución de esta lengua —el Castellano Americano— que es parte fundamental de nuestra identidad.

     Muito obrigado. Muchísimas gracias. 
  • Mempo Giardinelli. Cuiabá, Brasil, 2007.
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