segunda-feira, 13 de junho de 2011

Carlos y los años sesenta del lejano siglo XX




Carlos era simpático y dicharachero. Más bajo y más moreno que Victoriano, un tipo sonriente y conversador; de cara, era medio parecido a Perón o a al mismo Carlitos Gardel; digamos, un argentino promedio.

Era el menor de los Unzaga y, según contaban los viejos, por causa de un padre autoritario, igual que los hermanos mayores, se fue muy joven de casa.

Pero Carlos se pasó: en vez de irse a Santiago, por ejemplo, de donde provenía la familia, o quedarse en Catamarca, simplemente se tomó el ómnibus y se mandó a mudar a Buenos Aires. Y así fue que su vida se alejó durante décadas del sol ardiente, el chañar y el mistol, y se perdió en el tumulto de las calles porteñas, los colectivos ruidosos del Gran Buenos Aires, sobre todo Avellaneda, Lanús, Lomas de Zamora y La Plata.

-Carlos se casó en La Plata, tuvo varios chicos y luego se quedó viudo- cuenta Victoriano. -Casi no venía nunca a Catamarca, pero como todavía era joven, se casó otra vez, y ahí sí, volvió a visitarnos.

Una vez por año, era una fiesta: el viejo Victoriano rejuvenecía veinte o treinta años cuando llegaban Carlos, María Luisa y la nueva familia. Ruidosos, con su acento y su hablar rápido de porteños, deslumbrados con las delicias de la vida pueblerina en Las Chacras, los chicos secundaban con algarabía las aventuras de la madre, descubriendo un mundo de colores, olores, frutas y flores que nunca había visto en el recorrido urbano del sur bonaerense.

Y las Chacras con sus pueblos también era una fantasía colorida, por lo menos a los ojos de los que íbamos de afuera: yo, desde Mar del Plata primero, y desde Córdoba más tarde; Carlos Unzaga, María Luisa, y los tres chicos, desde el sur bonaerense.

Cosas y eventos fantásticos o descomunales ocurrían por esos años, mezclados con lo cotidiano: golpes de estado en Brasil, cañoneras y tanques echando a presidentes en Buenos Aires, imponiendo la proscripción de un partido o un movimiento popular, mientras en Catamarca -y sobre todo en La Falda y San Antonio- se sucedían las procesiones de santos, las misiones de la Cruz, el perro de Victoriano lo mordía a Alejandro, Javier se caia en la fuente de la plaza del pueblo, y cadenas horripilantes se arrastraban, por debajo de la casa, a la noche, mientras la Viuda Negra entraba y salía del ómnibus en La Falda, asustando a los visitantes y divirtiendo a los lugareños.

Nunca más nos vimos -bueno, nunca es demasiado fuerte, digamos que casi nunca más- y los años pasaron. Dos cartas llegaron, una del hijo menor de Carlos, y después otro de la hijita. Inocencia y candor de los dos, las cartas parecían -y lo eran- piezas inmaculadas, resumen de la pureza de los buenos, de los que han sacado de unas pocas experiencias en Las Chacras, de los cuentos de Victoriano y las mentiras folcóricas del Negro Unzaga, las mejores conclusiones posibles, los mejores aprendizajes de la vida.

Fueron los años más felices de mi vida...¿será verdad? No, también es una exageración: éramos inocentes y puros, deslumbrados por las fantasías que sólo nosotros veíamos; no habían desaparecido ni habían asesinado todavía a miles de amigos y parientes, las botas de los poderosos no habían cortado de cuajo las ilusiones de una generación y media de jóvenes; no habíamos vuelto a tener una guerra desde la derrota del indio patagónico.

Éramos puros en los años sesenta del lejano siglo XX, y Carlos Unzaga, y su hermano mayor, Victoriano, los tíos, sobrinos y primos -todo mezclado, como en Guillén- girábamos en torno de un universo que no se había roto todavía, que no tendríamos que recomponer después, como los trozos de vidrio de un cuadro familiar quebrado por la ignorancia y el afán desmedido de ganancias y poder.

Leia mais em: "De Utopias e de Amores, de Heróis e Demónios da Pátria" (JV.2006)

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