segunda-feira, 31 de outubro de 2011

Los vengadores de la Patagonia Trágica





        Los vengadores de la Patagonia Trágica       


El 2 de enero de 1921 llega a Puerto Santa Cruz, en la Patagonia argentina, el 10° Regimiento de Caballería. Son los "Húsares de Pueyrredón" a mando del gobierno federal; al frente está el teniente coronel H.Benigno Varela. Vienen en son de guerra, a reprimir.

Seis días más tarde llegan a Río Gallegos fuerzas de marina y una sección del 20° de Caballería; son treinta y cinco hombres que descabezan la huelga a manu militari. La Federación Obrera Marítima, oficialista, por estar vinculada a los hombres del gobrieno radical de Yrigoyen, reinicia las tareas enfrentando a Soto y a la Sociedad Obrera, que optan por levantar el paro.

El 29, llega el gobernador Yza, mediador entre la patronal y los huelguistas. Y el 16 de febrero, una asamblea de peones con 627 delegados acepta las condiciones del gobernador; el bando del Toscano y "68" continuarán sus correrías. Algunos peones entregan las armas, lo que no satisface al teniente coronel Varela: "si ustedes me traicionan, volveré y los fusilaré a todos", amenaza.

El día 22, el llamado "laudo Yza" recibe el visto bueno de las partes en conflicto. El acuerdo, favorable a los trabajadores, los obliga a deponer armas y entregar los rehenes. Los ganaderos, comerciantes y las organizaciones patrioteras no están conformes. El gallego Soto, criticado por los socialistas y comunistas, se enfrenta al Toscano y a su socio, el 68, y a los propios anarquista del Noveno Congreso que respondían a la Federación Obrera Marítima.

Veamos las condiciones del "Laudo YZA", que es aceptado por las partes y homologado por el Departamento Nacional de trabajo de Buenos Aires: 1º: Los suscriptos se obligan, dentro de términos prudenciales que las circunstancias locales y regionales impongan, proveer las condiciones de comodidades e higiene de sus trabajadores, consistentes en:

a) Las habitaciones de los obreros serán amplias y ventiladas, y dentro de lo posible, en cada pieza no dormirán más de tres hombres. Se proveerán cabinas con colchones de lana por cuenta del establecimiento.

b) La luz de la sala común será por cuenta del establecimiento y también el fuego en el invierno. Cada trabajador será provisto de un paquete de velas mensuales.

c) El sábado a la tarde será libre para los obreros; en caso de excepción será otro día de la semana.

d) La comida será de tres platos cada una.

e) Cada estancia tendrá un botiquín de auxilio con sus instrucciones en idioma nacional.

f) Los patrones quedan obligados a devolver al punto de donde los tomó a los obreros que despida o no necesite.

2º: Los carreteros

c) Tendrán un día semanal de descanso y el medio día del sábado para lavar la ropa.

3º: el pago de jornales deberá abonarse mensualmente (...)

Los obreros serán asegurados contra accidentes de trabajo.

El horario de trabajo será de ocho horas en el recinto de los respectivos establecimientos.

Los víveres en todas las salidas serán por cuenta del patrón.

Los puntos del cuarto al décimo corresponderán a las condiciones de los ovejeros, puesteros, arreos particulares, peones, carreteros, cocineros y campañistas, o domadores.

En relación a los sueldos queda establecido para los ovejeros un sueldo mensual de $140 moneda nacional; para peones de $120; y para los carreteros, $130.

Adicional: Los firmantes celebran este contrato con la Sociedad Obrera de Río Gallegos y se comprometen a reincorporar el personal que tenían empleado el 1° de noviembre de 1920, abonándosele la mitad de los sueldos que tenían asignados en las planillas de las estancias (...).

Río Gallegos, 22 de febrero de 1921


La Tragedia anunciada, día a día:

25 de marzo: empieza la huelga en el frigorífico Swift de Río Gallegos.

31 de marzo: recobran su libertad en Puerto Deseado los huelguistas presos.

Julio: en Puerto Santa Cruz hay enfrentamientos entre trabajadores y la Liga Patriótica dirigida por el comisario Sotuyo. Los ganaderos desconocen el Convenio Yza, argumentando una baja en el precio de la lana.

Septiembre: empieza la huelga la Federación Magallánica de Punta Arenas.

Día 15: Antonio Soto delega a Félix Pinto la dirección de la sociedad Obrera e inicia su gira de afiliación por el interior de Santa Cruz; rompe con el grupo de el Toscanoya y ya no volverá a Río Gallegos.

Día 20: empieza el boicot de los estibadores de Río Gallegos a la empresa Braun. Enfrentamientos con los trabajadores "libres", rompehuelgas traídos por la empresa. La Liga Patriótica allana el local de la Federación Obrera y la destruye.

1° de Octubre: la Cámara de Diputados de la Nación deroga la pena de muerte. Un hecho jurídico y político importante, que será abiertamente ignorado a la hora de "liquidar" el conflicto.

Día 8: captura de el Toscano y de su "Consejo Rojo", capturado y entregado por los peones afiliados a la Federación.

Día 20: en Puerto Santa Cruz, la Sociedad Obrera dirigida por Ramón Outerelo lanza un nuevo pliego de condiciones laborales, que, entre otros, propone la jornada de ocho horas, escala salarial que va de los peones ($120m/n por mes) a ovejeros, conductores de carros, domadores, arreadores, esquiladores, peones por día, cocineros y ayudantes; reconocimiento de horas extras, y condiciones de higiene para el personal de las estancias ya propuestos por el Laudo Yza.

Día 24: allanamiento y clausura de la Federación Obrera de Río Gallegos, Puerto Deseado, San Julián, Puerto Santa Cruz y detención de los dirigentes obreros.

Declaración de huelga general en todo el territorio.

28 de octubre: manifiesto de Antonio Soto "A los trabajadores en general":

"Acordaos de aquellas palabras del funesto Correa Falcón calificándonos de mentecatos y cobardes. Y lo seremos si ante las ignominias cometidas por las autoridades para proteger a usureros capitalistas no nos levantamos lanzando fuertes gritos de protesta (...) Compañeros: No debéis trabajar hasta que los deportados vuelvan a nuestro seno, y sean puestos en libertad los que están en la cárcel.¿Qué nada tengan que reprocharnos los sindicatos hermanos tildándonos de cobardes! ¡Imitemos a los de Comodoro Rivadavia que no volvieron al trabajo hasta obtener la libertad de los deportados!".

En un nuevo manifiesto "a los trabajadores de todo el país" expresa:

"Cuando creíamos más segura la paz y el trabajo, después los luctuosos sucesos del movimiento pasado, se alza la reacción bárbara, característica de esa cueva de Arrivistas Degenerados, de ese Club de proxenetas, llamada Liga Patriótica, con su estandarte Trabajo Libre (...) Patriotas de bolsillo cuyo lema es Patria y Carlés, tratan de frenar nuestras justas aspiraciones a un poco más de pan, con deportaciones a mansalva, haciendo caso omiso de las leyes que ellos mismos pregonan y de la constitución que al parecer pasó a la historia (...) ¡Trabajadores del campo!, neguémonos a producir para estos zánganos de la bandera...".

En Buenos Aires el gobierno radical de Yrigoyen llama nuevamente al Teniente Coronel Varela para "pacificar" el territorio.

10 de noviembre: llega Varela a Río Gallegos imponiendo "la pena de fusilamiento" contra los peones y obreros en huelga.

Día 14: fuerzas del ejército apresan y fusilan a un grupo de "revoltosos" en Punta Alta, cerca de Río Turbio y de las Fuentes del Coyle.

El gobierno chileno colabora con la represión argentina, permitiendo el paso por su territorio en persecución de los huelguistas. Hay 30 fusilados.

En Cerro Baguales, al sur de Lago Argentino, es ejecutado el Secretario de la Federación Obrera de Río Gallegos, Félix Pinto, reemplazante de Antonio Soto junto con dos compañeros. En total, tres fusilados.

Día 17: en Paso Ibáñez, hoy llamado Comandante Luis Piedra Buena, y en Río Chico, el ejército toma 500 prisioneros. Los huelguistas veían a las fuerzas del ejército como garantía de paz y solución del conflicto por lo que, en general, se entregaban en masa, actitud que se podrá comprobar más adelante.

Día 19: llega a Paso Ibáñez una columna de mil huelguistas con rehenes de las distintas estancias.

Día 21: las fuerzas de marina del crucero "Almirante Brown", que protege el frigorífico Armour se encuentran en Río Santa Cruz. Los peones que quieren entregarse a las fuerzas del ejército levantan banderas blancas.

Día 24: encuentro del represor Varela con los jefes de los huelguistas, Outerelo, Avendaño y García, que proponen condiciones para deponer la actitud que son rechazadas por el jefe militar que les exige la rendición incondicional.

Día 25: en Paso Ibáñez los huelguistas ponen en libertad a los rehenes de las estancias cordilleranas.

Cuenta Osvaldo Bayer que "centenares de peones huyen en camiones, autos y de a caballo"; Avendaño se dirige hacia Río Chico con un grupo, mientras que Outerelo se va hacia San Julián.

Del 26 al 27: Varela "procede sin consideración" fusilando en río Chico y Paso Ibáñez. Según el parte del militar: "seis muertos, entre ellos el cabecilla Avendaño".

Día 29: en el paraje El Perro, cerca del Lago Argentino, se produce una batalla entre los soldados del capitán Viñas Ibarra y la columna de huelguistas de Antonio Soto. Hay 20 muertos de éstos y un herido casual entre los soldados.

1° de diciembre: en estancia "Bella Vista", de Paso Ibáñez habrán 55 fusilamientos; en Cañadón León, ahora llamado Gobernador Gregores, serán 15 los muertos, un total de 70 huelguistas fusilados sin juicio previo, entre ellos Ramón Outerelo, secretario de la Federación de Puerto Santa Cruz.

Según el verdugo Varela: "Quedaron prisioneros 430 individuos, 4.000 caballos, unas 200 armas largas, 30 revólveres, gran cantidad de munición, mercaderías por valor de $ 50.000. Resultando en la refiega 12 individuos muertos, entre ellos el cabecilla Otorello, uno de los más peligrosos y promotor del movimiento sedicioso".

Lo que dice el teniente coronel se contradice con el testimonio del subteniente Loza que testifica: "480 individuos, 296 fusiles, 49 revólvers".

Outerelo, según cuenta el historiador Osvaldo Bayer, habría salido "al encuentro de las tropas para negociar y vuelto con un emisario militar y otro civil, arreglado las condiciones de entrega con los obreros y, una vez realizada la rendición, habría sido fusilado por el propio Varela"

Del 2 al 6, entre los lagos Viedma y Argentino acampa "el gallego" Soto con unos seiscientos huelguistas.

Del 7 al 12, en estancia "La Anita", propiedad de Menéndez Bety, cerca del Lago Argentino, en el cruce actual de las rutas N° 50 y 15, el principal grupo de Antonio Soto se entrega al capitán Viñas Ibarra. El parte militar dice: "420 revoltosos son hechos prisioneros, se rescatan 3.000 caballos, 180 armas largas".

En la zona habrán entre 250 -según relata una fuente anarquista- y 140 -según los números de la policía y de algunos pobladores-, huelguistas fusilados.

Antonio Soto huye hacia la cordillera con un pequeño grupo. Un testigo de total confianza de los hechos le dirá a Bayer cincuenta años después: "Yo estuve siempre contra la huelga, creo que hacerla fue una cosa de locos en aquellas circunstancias; pero por más culpables que hubieran sido los huelguistas no había por qué fusilarlos de esa manera, fue un crimen, un crimen horrible matar así a gente desarmada sin preguntárseles siquiera cómo se llamaban. No comprendo cómo el ejército argentino pudo hacer una cosa así". Años más tarde la costumbre fusiladora se confirmaría.

Y repitiendo las palabras del alemán Otto antes de ser fusilado: "Ni en la guerra europea se mataba a los prisioneros desarmados".

El día 15, el represor Varela viaja en tren a Las Heras atrás de una columna de unos 400 huelguistas comandados por José Font, el "Facón Grande". Un grupo de la columna se separa y asalta el comercio "La Anónima " de Pico Truncado.
Del 17 al 21, en Estancia San José, al sur del lago Cardiel -y según el parte de guerra del capitán Elvio Anaya- habrán tres muertos, entre ellos Albino Argüelles, secretario de la Sociedad Obrera de San Julián, y según cuenta un poblador: "Yo calculo que fueron muertos alrededor de cincuenta" y, según un testigo insospechado, el comisario Guadarrama, habrían sido ejecutados entre 45 a 55 peones.

El capitán encargado de la represión en la zona oeste detalla: "...fueron tomados 2.000 caballos, 140 mulas, víveres, 55 armas larga, 61 revólvers, 129 armas de filo, vestuarios y abundante equipo y munición".

Bayer aclara: "Tenían 55 armas largas, para un total presumible de 300, 61 revólveres y ¡129 armas de filo!. Llámese cuchillos. Quiere decir que ni siquiera cada uno tenía un cuchillo por persona".

Entre el 20 y el 24, en Tres Cerros, ya sobre la ruta 3, el capitán Anaya fusila a ocho huelguistas. En el parte dirá que tomó "223 prisioneros, 47 armas largas secuestradas, 53 revólvers y pistolas..."; no figuran en su informe los muertos. Establecía de esta forma, con el silencio, un cruel precedente a la tradición militar argentina de producir "desaparecidos".

Del día 18 al 20, Varela contacta en Tehuelches -al norte del territorio y sobre la línea férrea que va de Puerto Deseado a Las Heras, punta de riel- con la montonera de Facón Grande. Tras un tiroteo de cuarenta minutos, las fuerzas militares se retiran hasta Jaramillo con un soldado muerto. La causa del enfrentamiento se debió más al nerviosismo del momento que a una decisión de abrir fuego contra el ejército, ya que los huelguistas lo creían una garantía a sus reclamos, como había ocurrido el año anterior.

El día 22, igual que los demás grupos de peones rebeldes, la columna del gaucho Facón Grande se entrega a las fuerzas del Ejército, y serán fusilados sin juicio previo cuarenta personas, entre ellas, José Font, entrerriano, dueño de una numerosa tropa de carros, llamados "chatas", centenares de caballos, y de un gran carisma de caudillo popular.

Y quienes fueron los responsables por esta sucesión de traiciones, fusilamientos sin tribunales y detenciones masivas? Los grandes ganaderos latifundistas de la Sociedad Rural y a los comerciantes en la Liga de Comercio.

Las inmensas explotaciones en manos de unos pocos extranjeros, sobre todo ingleses, The Monte Dinero Sheep Farming Company, o los Braun Menéndez con 1 millón 250 mil lanares que producían 5 mil toneladas de lana, y que tenía compañías mineras, bancos, frigoríficos, barcos de gran tonelaje, puertos, empresas telefónicas, de seguro, de electricidad, curtiembres, lavaderos de lana, tanto en Chile como en Argentina: un verdadero monopolio internacional.

También había explotaciones chicas, que más sufrían con las bajas internacionales de la lana, ya que el auge de los precios pasó con la guerra de 1914-1918, y su caída provoca desocupación y baja de los sueldos.

Este frente de los grandes ganaderos y comerciantes no es homogéneo, pues los pequeños y medianos ganaderos poco tienen en común con los Menéndez Bety o la Farming.

La patronal se expresa en la Liga Patriótica, de fuerte participación en los sucesos de la Semana Trágica en el Buenos Aires de 1919, y en la Asociación Pro Patria, ferozmente antiobrera.

A su vez, los trabajadores de la FORA -Federación Obrera Regional Argentina-, dividida en el Quinto Congreso, de mayoría anarquista ortodoxa, y el Noveno Congreso, próximo al gobierno radical de Hipólito Irigoyen, organizados en la Sociedad Obrera de Río Gallegos, comandada por el anarquista español, Antonio Soto, "el gallego" Soto.

En tercer lugar, es responsble el Estado representado por el gobernador interino -de 1919 a 1920- Correa Falcón, gerente de la Sociedad Rural. Lo reemplazará el yrigoyenista Angel Yza en febrero de 1921.

Leia mais em nossas fontes: BAYER, Osvaldo: "Los vengadores de la Patagonia Trágica". Editorial Galerna. Tomo I y II 1972; T. III 1974. Editorial Planeta (1992 y 1997) "La Patagonia Rebelde" en cuatro tomos. "Vencedores y Vencidos", Cronología del movimiento huelguístico en Santa Cruz de 1920-1921, Ángel Uranga.

domingo, 30 de outubro de 2011

Patagonia rebelde. Patagonia trágica


Los bisnietos del primer Martínez de Hoz, el de la Sociedad Rural argentina, nietos del segundo, el que comandó la economía de la dictadura liberal de Videla, han abierto juicio contra Osvaldo Bayer. En solidariedad con el pensador e historiador argentino, que investigó los crímenes de la Patagonia de 1921, publico este texto. (JV)

Por Osvaldo Bayer

Ya se cumplen noventa años. Algo inexplicable. La crueldad más ocultada de nuestra historia. El fusilamiento de los peones patagónicos de 1921. Un crimen que dejó abierta una herida que no cicatrizará jamás. Llevado a cabo... por un gobierno elegido por el pueblo, el de Hipólito Yrigoyen. No hay explicación alguna. Se fusiló y ya está. Se cumplieron órdenes, dijo el Ejército. Han quedado para siempre como testigo las tumbas masivas. Ahora ya marcadas. Allí están, silenciosas pero que hablan por sí mismas y lo dicen todo. Fusilados por pedir tan poco. Y sus héroes: don José Font (Facón Grande), Albino Argüelles, Ramón Outerello, el alemán Schultz. Y cientos de chilotes, argentinos, y trabajadores llegados de más allá de los mares.

Santa Cruz se prepara. Habrá como todos los años, Memoria. Allí, junto a las tumbas masivas. Se guardará silencio mientras el viento sigue trayendo el eco de las balas de aquel 1921. Hablarán trabajadores del campo, historiadores, representantes del pueblo. Palabras y emoción.

Recuerdo cuando inicié la investigación, en 1966. Vivían protagonistas y testigos. Por primera vez comenzaron a hablar luego de medio siglo de silencio. Los soldados, los oficiales fusiladores, los estancieros, los políticos, los peones que habían salvado su vida por ser menores de edad pero que habían visto todo.

Muerte en el paraíso. Ver por última vez esos paisajes, esos cielos azules antes de morir. Morir por pedir tan poco. Fusilados por el Ejército Argentino. La orden de la pena de muerte por “subversión” fue dada por el presidente Yrigoyen. Una huelga por unos pesos más y un poco más de dignidad en el trabajo no es “subversión”, señor presidente. Los radicales explicaban en los pasillos del Congreso que sí, está bien, Yrigoyen le había dado la orden de pena de muerte al teniente coronel Varela, jefe del 10 de Caballería, pero que “a éste se le había ido la mano”. Todo está dicho en la sesión del 23 de marzo de 1922 de Diputados, donde la oposición quiso saber la verdad de todo, el porqué de los fusilamientos si la pena de muerte ya había quedado anulada en 1918 por disposición de ese mismo Congreso. La oposición exigió de inmediato el envío de una comisión investigadora para que situara las tumbas masivas y se comprobara el número de peones rurales fusilados. Pero el oficialismo radical votó en contra. No quería que se supiera la verdad. La única manera de ocultar el crimen oficial era guardar silencio y mirar para otro lado. Para que el olvido tapara el crimen. De eso no se habla.

Hasta que un año después el anarquista alemán Kurt Wilckens hará volar por el aire al obediente teniente coronel Varela con una bomba frente al Regimiento 1 de Infantería, de acuerdo con el principio: “Cuando en un país no hay justicia, el pueblo tiene derecho a hacerse justicia por su propia mano”.

La tragedia de los peones de campo patagónicos quedó oculta. Pero, lo repetimos, la Etica siempre triunfa en la historia. Y así fue. Medio siglo después la tragedia quedaba en claro. Las investigaciones históricas probaron el crimen oficial. Pese a las prohibiciones y la quema de libros de la dictadura de la desaparición de personas, la tragedia no quedó oculta nunca más. Hoy, en territorio santacruceño están marcadas todas las tumbas masivas y los héroes del movimiento rural tienen sus estatuas. Facón Grande está allí a la entrada de Jaramillo, a pocos metros de donde fue fusilado; Albino Argüelles es recordado por un monumento a la entrada de San Julián; Ramón Outerello, a la entrada de Puerto Santa Cruz. Todos los años, al llegar la fecha de las ejecuciones se realizan frente a las tumbas masivas actos recordatorios. Donde está el monumento de los fusilados en las estancia La Anita, de los Braun, todos los principios de diciembre se hace un acto al que concurren alumnos, docentes, vecinos y cantautores populares, que entonan canciones en recuerdo de los héroes que pedían tan poco por su sacrificado trabajo. Además, la tragedia ha sido llevada al cine y al teatro. Ha quedado para siempre en la conciencia del pueblo. Más todavía, hay una iniciativa para considerar a los fusilamientos de las peonadas patagónicas como un “crimen de lesa humanidad”, es decir, no prescribirá jamás. Algo para tener en cuenta por quienes recurren a las armas para dirimir los conflictos sociales.

Sí, se recuerda a las víctimas. En cambio, a los ejecutores del crimen no los recuerda nadie; hasta sus familiares se avergüenzan de ellos. Como ejemplo de la cosecha por los crímenes oficiales, el teniente coronel Varela, en su tumba en el panteón militar de la Chacarita tenía una sola placa, que decía: “La comunidad británica de Santa Cruz al teniente coronel Varela, que supo cumplir con su deber”. Esa placa fue retirada últimamente. Pero lo dice todo. Como cuando esa misma comunidad de los estancieros británicos le cantaron al militar fusilador el “For he is jolly good fellow” (“porque es un buen compañero”) como está en la crónicas del diario inglés de Punta Arenas. Es decir, el beneplácito de los dueños de la tierra.

Pero, vayamos a la verdad, el principal responsable de esta tragedia fue el presidente Yrigoyen. Sí, como dijeron sus partidarios, Yrigoyen le dio el bando de la pena de muerte a Varela pero éste se extralimitó y la usó en forma desmesurada. Si hubiese sido así, Yrigoyen tendría que haber ordenado de inmediato una investigación a fondo de los hechos. No, se cubrió todo, con el voto negativo de la bancada radical hacia una comisión parlamentaria investigadora. Además de este gravísimo atentado contra la vida impuesto desde el poder, Yrigoyen tampoco dio ninguna declaración acerca de la brutal represión de los obreros metalúrgicos en la Semana Trágica de enero de 1919, ni en la represión de los hacheros de La Forestal, también de 1921. Lo he repetido muchas veces y lo seguiré repitiendo porque la democracia verdadera exige eso: el reconocimiento de los errores, en este caso, errores que costaron centenares de víctimas y una tiránica injusticia social: el partido radical debe hacer un pedido público de autocrítica y pedir perdón a la sociedad. Como lo hemos sostenido eso no es una humillación sino una demostración de que se cree en la democracia y se hace uso de ella para prometer un “Nunca más” en crímenes políticos, que en nuestro país no sólo fue hecho por dictaduras militares sino también por políticos elegidos por el pueblo.

“Así no se mata a un criollo”, gritó en el momento de ser fusilado el gaucho Facón Grande, como era llamado don José Font. El eco quedó y nos llega cuando nos vamos acercando a Jaramillo. No hay que olvidar la gesta de estos hombres que resolvieron decir ¡basta! a la explotación del hombre por el hombre y salir a pedir más dignidad.

Todo había nacido con la concesión Grünbein, del presidente Roca, por la cual se cedieron 2.500.000 hectáreas a diecinueve estancieros británicos. Primero, para “despejar” los campos se contrataron a los “cazadores de indios”, que eliminaron a los tehuelches, y luego se comenzó con la explotación de las fuerzas de trabajo que llevó a las huelgas que terminaron con el fusilamiento de más de mil trabajadores del campo.

Estos noventa años tienen que ser recordados por todas las organizaciones obreras del país y en los institutos de enseñanza y en actos culturales de organismos oficiales. Otra vez las palabras “Nunca más” deben pronunciarse en voz alta. Sí a la palabra, no a la bala como solución. Que la “noble igualdad” que cantamos en nuestro himno vaya cobrando verdadera validez.
O. Bayer

terça-feira, 25 de outubro de 2011

Potpourri



Tiempos despiadados de amores, de demonios y de héroes de la patria

Me despierto, o salgo de a poco del delirio. Me quedo con los ojos cerrados, aunque tengo absoluta seguridad de que ahora ya puedo abrirlos. Veo pasar, de abajo para arriba, las luces fluorescentes del pasillo del sanatorio. Siento cuando los enfermeros paran y abren las puertas, y cada vez que la camilla se choca contra algún objeto en el corredor. Ya no oigo las voces con el eco lejano de la fiebre, pero los párpados me pesan, no me animo a abrirlos, después de tantos meses. Un gusto metálico en la boca, un ruido de silbato en cada movimiento de aspirar o inspirar; me duele la garganta; eso sí es nuevo. Siento un sobresalto, como un temblor involuntario en las sienes y en el pecho. De pronto veo por entre los párpados, que se abren de a poco, contra mi voluntad, un guardapolvo de médico o de un enfermero. Y al mismo tiempo me empieza un cosquilleo, un hormigueo suave en la punta de los dedos...los siento, ¡los muevo! El Chacho Rubio y Carlitos se fueron, pero me parece que me vuelve la fiebre. Me duermo otra vez.

Imaginemos una ruta estrecha, de mano doble, en dos sentidos simultáneos. En uno de ellos, un Javier Villanueva joven parte al exilio, que él prefiere llamar “emigración”. Se desencanta de la patria maltratada por las manos de los militares, pero no abandona sus antiguas convicciones.

En el otro sentido, veintiocho años después, él mismo, más maduro y descreído, vuelve a Argentina en un viaje en el que espera reencontrarse y saber algo más de su padre, al que no ve hace años y al que va descubriendo en la lectura de antiguos cuadernos de apuntes en los que el viejo trata de armar una novela. Pero ocurre un incidente inesperado y las dos manos del camino angosto se cruzan en una especie de rotonda de la vida, y se confunden. Villanueva pasa a mezclar sus sueños y fantasías, sus delirios y recuerdos en una nebulosa de pensamientos en los que conviven los personajes históricos de su infancia con los nuevos héroes de su juventud y de la de miles de otros jóvenes con los que compartió batallas y derrotas.

Como en las memorias confusas de la abuelita Mariana y su “Intentona”, que revive en los años de 1990 los hechos revolucionarios de un Rio de Janeiro de sesenta años atrás, a Javier Villanueva se le mezclan algunos episodios de su pasado con las glorias de la patria, los hombres que la construyeron, y los hechos reales o imaginarios que su padre y sus abuelos le contaron durante más de medio siglo, y que trató de recopilar en una serie de cuadernos como proyecto de una futura novela.

Las peripecias de la vida destinaron a Javier a una cama de hospital, en la que yace en coma durante meses. Los dolores y las novedades del exilio en Brasil, se confunden con los de un retorno a Argentina que había programado largamente.
Lamarca
“—Viejo, sabés que quise ser soldado, pero te juro que me cambio de ejército si el nuestro se pasa al lado de los explotadores—, le dice el capitán brasileño Carlos Lamarca a su padre, en 1956, al volver de una misión al Canal de Suez. —Y de este modo simple, en sus charlas familiares y con algunos camaradas de armas, nació el Lamarca rebelde, cuya trayectoria para algunos fue demoníaca, para muchos heroica, y que acabó trágicamente en el interior de Bahía bajo las balas de los militares— me cuenta Carlitos Fressie, que años después tendría un fin parecido, emboscado y muerto por tropas de la dictadura militar argentina.

Iara
“—Judía, revolucionaria, feminista, y psicóloga, Iara, que fue el gran amor de Lamarca, es otra de las leyendas de la guerrilla brasileña. El compromiso que Iara asumió con la misma rebeldía de toda su generación, la distinguió por su pasión también a favor de las libertades más íntimas y personales— comenta el Chacho Rubio. —Los Iavelberg eran campesinos rumanos; y los Roth, orgullosos ciudadanos de Budapest, el centro culto y politizado del antiguo imperio austro-húngaro. Ambas familias tenían una por la otra, desde siempre, un rencoroso desprecio, a pesar de que tanto unos como los otros habían padecido los mismos horrores bajo el nazismo; y lo mismo los Roth que los Iavelberg habiendo logrado huir de Europa, llegaron a Brasil aterrados y muertos de hambre. Iara, la mayor de los Iavelberg-Roth -una jovencita paulistana de la clase media, caprichosa, inteligente, y dicen que muy linda- se distinguía en la Escuela Israelita del tradicional Cambuci por su cordialidad y las buenas notas que sacaba. Estudiaba con ahínco, y la psicología le permitió ampliar sus miras; pero, aunque Brasil se sacudía con las luchas políticas y sociales de aquél tiempo tan duro, ella sólo se ocupaba en vestirse bien, ir al cine, y mantener efímeros romances. Era ardiente y provocativa, y a quien quisiera oírla le hacía saber que a ella, para disfrutar los placeres no le hacía falta el amor— le guiña un ojo a Fressie, provocándolo, se levanta para calentar agua, y sigue el relato, Juancito.
Memorias póstumas
“El autor un día, de pronto y sin ningún aviso, se muere; ya muerto, en su velorio, observa a sus seres queridos que van despidiéndolo. Ve las lágrimas, el dolor, la nostalgia que se adelanta, y el olvido irremediable, que sigue de inmediato a la pena y al luto; luego ve su propio entierro. Ya velado y enterrado, el autor retrocede en el tiempo, y se ve niño, luego adolescente, y finalmente adulto. Así escribe su libro, de vivas memorias póstumas. Algo como lo que le pasó a Bráz Cubas, en Brasil, allá por 1881, aunque el libro que mencionamos primero es mediocre, y el autor no está muerto, sino casi muerto, o medio vivo. Vivir es como escribir un libro de olvidos; estar casi muerto es como una nueva oportunidad para reescribir la memoria, olvidar y revivir”.
Garibaldi
“–En 1882, la leyenda de Garibaldi hizo que los inmigrantes italianos de Argentina, un poco después de su muerte, soñaran con levantarle una estatua– golpea el bastón de palo nudoso contra el suelo de tierra reseca, se saca el sombrero y se alisa el mechón solitario que alguna vez fue rubio, mi abuelo Victoriano. –Los oriundi juntaron plata entre los vecinos y llamaron al escultor Maccagnani, que hizo una réplica de otra obra suya en Brescia–el viejo le pasa el mate a Eufemia. –La Plaza Italia de hoy, que era entonces un paseo público llamado Plaza de los Portones rodeada de plátanos, en frente al tranway de Palermo, fue el lugar que eligieron para levantar el monumento; fantástico, con un imponente Garibaldi de sombrero y a caballo, mirando hacia el Río de la Plata; lo inauguraron en 1904, en un acto muy concurrido, con el presidente Roca y Bartolomé Mitre en el palco oficial– me sirve un mate y recuerda, mi abuelo. –Había diplomáticos de todo el mundo, divisas y estandartes de los garibaldinos, hombres rudos y humildes de la Legión Italiana, de las logias y clubes masónicos, que pelearon junto al gringo, defendiendo Montevideo cuando el sitio de Rosas– continúa Victoriano Unzaga.

Inmigrantes
–La nueva elite porteña lucró mucho con la ocupación de la Patagonia, que hasta 1879 había sido de los indios pampas. Los terratenientes les tomaron más de 800 mil km2 a las naciones tehuelche y mapuche, y forjaron patrimonios gigantes en una economía con fuerte predominio británico, que les daba superioridad sobre los tanos– le dice Ovejero a Fuenzalida. –Sí, la ocupación del Desierto fue financiada por la Sociedad Rural Argentina y de esa conquista, los Martínez de Hoz recibieron 2,5 millones de hectáreas en tierras. Aparte de los indios muertos, muchos quedaron esclavos de las familias de la alta sociedad, lo que agrandó una vez más el deterioro fatal de los inmigrantes, a los que una ola tras otra de nuevos llegados los volvía cada día más miserables y degradados. Además, la elite italiana originaria no logró superar a los nuevos colonos galeses y vascos, que también estaban ocupando extensas áreas–– dice Raúl. –Y luego, la expansión argentina hacia el sur y el centro oeste, auxiliada por los trenes ingleses, convirtió a los nuevos inmigrantes en unos molestos advenedizos, hordas de plebeyos invasores, llegados de ultramar, y que anticipaban el “aluvión zoológico” de pobres que años después invertiría la marea de llegada de los más miserables, y vendría en impetuosa migración desde el norte y el noroeste, jodiéndole de una vez por todas a la elite porteña sus sueños de ser la Europa Austral– se ríe, se ahoga con el mate, tose, y larga una carcajada, mi abuelo.
El miedo
“Se fue instalando entre nosotros de a poco, como una semilla diminuta que penetra en un terreno fértil, y empieza a crecer, casi sin que se la note. El miedo se metió en nuestras vidas como un inquilino indeseable, y creció hasta ocupar todo el espacio que pudo, o que le dejamos sin querer. El miedo se acomodó en nuestro quehacer cotidiano, y fue aumentando de tamaño como un carozo, una pepa gigante, un tumor al que sólo se lo puede extirpar con una determinación audaz e irrevocable. No saber qué puede ocurrir de un momento a otro es siempre peor que saber que algo malo va a pasar. Terror es no tener control del miedo, de la amenaza prevista cuando ignoramos en qué momento ella ocurrirá. Aún así, seguimos peleando, confiados en que en cinco o seis años, la dictadura asesina va a hacer agua, y las luchas populares van a llevarnos de nuevo a la cresta de la ola. Y quién sabe ahí sí, podamos empezar a preparar una revolución que venza al miedo de una vez.

El estado de coma
“El paciente en estado vegetativo no muestra ninguna actividad del córtex cerebral: ni asomos de lenguaje, o de cualquier tipo de movimiento voluntario; puede tener los ojos abiertos, pero no mantiene la mirada ante los estímulos complejos; pasa por ciclos normales de vigilia y de sueño, pero no hay evidencias de que pueda haber interacción con el medio. El estado vegetativo se produce por el estado de coma, que puede ser motivado por un traumatismo craneano, pero también existen casos de coma emocional.

El cerebro humano funciona en diferentes grados de conciencia; el más alto es el estado de alerta, en el que los dispositivos de la mente están listos para responder rápidamente a las más variadas exigencias, como en una guerra, o cuando se es perseguido, por ejemplo. En el otro extremo, cuando el cerebro deja de responder, decimos que llegó al estado de coma, que es el último peldaño antes de la muerte, y el más parecido con ella. El individuo en coma puede recuperarse y salir de ese estado en un plazo que varía de algunos días a varios años. El paciente parece adormecido, pero el cerebro del que duerme, diferente de quién está en coma, puede responder a los estímulos con rapidez y alcanzar en pocos instantes un estado de alerta máximo.
La Zwi Migdal
–Un día de mayo de 1906 en Avellaneda, al sur del Gran Buenos Aires, un grupo de rufianes polacos creó un club muy especial, la Sociedad de Socorros Mutuos llamada “Varsovia”– pone cara de serio y me cuenta mi tío Luis, que lo había leído en un libro de Fuenzalida, un poco para pasar el tiempo y amenizar el viaje por el camino de tierra.

–Un artículo oculto de la “Varsovia” decía que sus socios sólo serían cafetines, un oficio bastante antiguo, conocido hoy con el nombre de rufián, cafishio, o simplemente, tratante de blancas– agrega Luis, y la música de Leo Dan resurge de pronto en el aire, mientras la enfermera va entrando despacio al cuarto del sanatorio, dejando los remedios encima de la mesita de luz, y poniéndome lenta, profesionalmente, el suero en los tubitos y una inyección en el antebrazo, al mismo tiempo que me toma la temperatura y la presión arterial.

–Un aventurero llamado Noé Trauman, que se decía ser un veterano anarquista, fue el primer jefe de la “Varsovia”; arengaba a sus socios, todos rufianes, con pormenorizadas e interminables reflexiones sobre las injusticias y los males sociales del capitalismo: los verdaderos explotadores eran los patrones que pagan unos míseros pesos por largas jornadas de trabajo— cuenta que decía Trauman en sus discursos, carraspea mi tío Luis, saca el boleto del ómnibus, se lo entrega al “chancho” que subió enfrente a la casa de los Ovejero. Le dice que yo soy menor de 12 y que sólo pago medio pasaje, aunque en realidad voy a cumplir catorce, pero mi baja estatura lo convence al ingenuo inspector, que me deja seguir viaje a las Chacras sin pagar.

–El ex anarquista, ahora capo de los cafishios, solía verlo a Arlt, el escritor, ¿sabés?, y juraba haber sido él quién le inspiró Haffner, el Rufián melancólico, que es uno de los personajes de “Los siete locos”– cuenta mi tío que leyó en el mismo libro que le prestó Fuenzalida, y se hace a un lado para que las otras dos enfermeras la ayuden a la primera a pasarme la sábana por abajo de la espalda, para ponerme en la camilla y llevarme hasta el baño. –Dicen que los famosos mafiosos polacos dirigían todo el tráfico de esclavas del sexo sudamericano, trayendo a las muchachitas desde los países más pobres de Europa oriental, para vendérselas después, en exclusividad, a los elegidos con antecedencia.

Entre la página 196 y la última carilla del tercer cuaderno de apuntes de mi papá, aparece un injerto de 16 páginas, un pliego completo de un tamaño de hoja más grande que el “Laprida”, doblado prolijamente en cuatro, en el que el viejo vuelve al tema de Carlos Prestes y su tentativa de encontrarlo a Villanueva para pasarle los pasaportes y el dinero para sus compañeros de exilio en Argentina. Lo leo por encima, pero prefiero concentrarme en los apuntes sobre su retorno a Argentina; él contaba que había pasado más de dos días viajando, primero en ómnibus hasta Foz do Iguaçu, dónde se encontró con el Negro, que lo ayudó a vencer el miedo de cruzar la frontera; y más tarde tomaron un micro de Costera Criolla que iba a Rosario, donde su padre había dejado el auto. Desde de allí manejaron hasta Córdoba, muertos de susto cada vez que la gendarmería o la policía caminera los paraban y les pedían que mostraran los documentos y abrieran las valijas.

“Volví por fin a Argentina después de dos años. Pensé que fueran a pasar por lo menos tres o cuatro; y tampoco me imaginé nunca que cuando lo hiciera fuera para buscar los papeles de mi residencia en Brasil: la Modelo 19, el paso previo a la permanencia definitiva. En fin, aquí estoy de nuevo, en un café de la Avenida Colón, mirando las veredas iluminadas por el sol fuerte de la primavera, mientras espero que mi viejo me lleve al Cabildo a ver si un tipo conocido suyo de la policía de Córdoba me consigue un “laises passer” para volverme a Buenos Aires sin riesgos; los milicos siguen en el poder y no hay que jugar con fuego; sigo escribiendo:

Me despierto y escucho que Anibal le repite a Graciela lo que Raquel ya sabía de memoria: ––Los pacientes en coma profundo no sueñan, no tienen actividad mental de ningún tipo–– insiste, y por lo tanto ella no podía haber visto ningún pestañeo o sonrisas levemente esbozadas, ni nada. ––Javier es por ahora un vegetal, y los vegetales, hasta nueva orden de la ciencia, no piensan, y por lo tanto no tienen agitaciones faciales que revelen algún tipo de pensamientos o de sueños durante su estado de vida latente–– dice el doctor, y sale de la habitación, me imagino yo, muy confiante en su diagnóstico, dejándolas a Graciela y a Raquel cabizbajas, calladas y pensativas.

La militancia
“–Tuvo mucho miedo la primera vez que salió a un acto callejero en Córdoba; era 1968, primer año de arquitectura, y las noticias del Mayo Francés le llegaban por la boca de Marilén, jovencita de 19 años, militante del Comando de Resistencia Santiago Pampillón. Y aunque hubiera querido impresionarla, no se había animado a llevarle las bombas molotov que ella le había pedido, y la había dejado esperando los cuatro cócteles incendiarios en la esquina de Duarte Quirós y Velez Sársfield– dice Raúl.

–El Chacho Rubio se había pasado dos horas explicándole a Javier cómo se armaban las “molos”: que al romperse el vidrio la nafta se desparrama, entra en contacto con el ácido y la potasa, y se incendia. Si se usa aceite de motor, la nafta se agarra a cualquier tipo de superficie, y además del daño que causa el fuego, se agrega la corrosión del ácido. Pero Javier se había asustado y la dejó a Marilén esperándolo por más de quince minutos, hasta que los muchachos y chicas, que habían estado disimulados, divididos en cuatro o cinco grupos en las colas de los ómnibus, se lanzaron a la calle, gritando consignas contra la dictadura. Y Marilén no pudo llevar las molotovs porque Javier, muerto de miedo, la había dejado esperando–– completa mi primo, se levanta, mira por la ventana del sanatorio y comenta que todavía hay poca gente a esa hora en el paseo Sobremonte.

La fiebre no baja, y entre sueños escucho más voces en portugués; es mi mujer otra vez, contándole a los chicos: —O capitão da guerrilha estava triste e doente. Foi achado dormindo debaixo de uma árvore. Zequinha quiso reaccionar y murió en la tentativa. Lamarca quedó en el piso. —El mayor y Lamarca tuveron un diálogo rápido. Cerqueira le preguntó el nombre: “Capitão Carlos Lamarca!”, se identificó. Enseguida le preguntó dónde estaban su mujer e hijos: “En Cuba”, contestó. Y la última pregunta: “Você sabe que é um traidor da pátria e do exército brasileiro?”— cuenta Hernando. Y agrega: —Lamarca no respondió, según Cerqueira. Pero de acuerdo con un militar que vio de cerca lo ocurrido, Lamarca levantó los hombros, en un gesto de decir “¿qué me importa?”, y se alzó dándole la espalda a la patrulla. Morreu fuzilado no chão, aos 33 anos pelas balas atiradas pelo major Cerqueira— escucho que lee mi hijo Gabriel, siempre hablando en portugués.
—Llevaron sus cuerpos sin vida hasta el pueblo de Brotas de Macaúbas, arrastrándolos por las calles miserables durante horas; y por fin los expusieron de modo macabro, en el medio de una canchita de fútbol. La chusma soldadesca se divertía pateándolos, linchándolos después de muertos, y a cada tanto se detenían, borrachos, para disparar al aire y volver con más rabia y más ganas al juego siniestro— termina Carlitos y se levanta para irse, sin poder esconder su malestar por lo premonitorio del texto”.

Josefa Scarfó
Me despierto con el frío de quien sale de la fiebre, y escucho que Raúl le cuenta a mi hermana que doña Josefa Scarfó ya recibió esta semana del ministro del Interior todas las cartas -aquellos mismos paquetitos que habían sido requisados casi ocho décadas antes- en una pacata ceremonia en la Casa Rosada. Estaban en los archivos de la Policía Federal, desde que Di Giovanni fuera fusilado por orden del dictador Uriburu y su jefe de la policía, el famoso Ramón Falcón, en 1931:

“—Pocas veces hay noticias tan simpáticas en esta noble Casa de Gobierno— le había dicho en un tono ceremonioso y educado el ministro. Es que el funcionario se disponía a devolverle a doña Josefa América Scarfó todas las cartas y los poemas de amor que el anarquista Di Giovanni le había escrito cuando ella era todavía una adolescente, allá por el final de los años veinte del siglo pasado.

—Mire, he venido aquí a llevar algo que es muy mío, que tan sólo a mí pertenece— cuenta Raúl que le dijo ella, muy seria. —Estas cartas, que son mías, estuvieron hasta ahora en los archivos de la Policía, en un museo— completó la viejita.

—Creemos que esta solemne entrega cumple un deber moral del Estado argentino— dijo el ministro, un tanto intimidado o avergonzado, a disgusto, según Raúl. A su lado, con una expresión seria, y compenetrada en sus lejanos pensamientos, doña América Scarfó miraba la cajita azul con las 48 cartas de su amado, que seguía intacta, muy cerca de ella, como venida de otra época, a través de un túnel del tiempo.

—Tratamos de cerrar aquí algunas viejas llagas de nuestra historia— me cuenta Muñeca que reflexionó cabizbajo, como muriéndose de verguenza, el ministro.Y al hablar de Di Giovanni, el alto funcionario pintó el contexto histórico en convulsión de la que fue su época y en la que se encuadró su lucha. —Murió por sus ideales— dijo, según nos cuenta Raúl.

—Ideales que eran revolucionarios— precisó, sin ironías pero con firmeza en la voz, doña Scarfó. Tal vez para zafarse del mal momento, el funcionario comentó que la relación entre el anarquista y América Scarfó “fue una bellísima historia de amor”, aflojando algunas sonrisas entre los presentes.

Años despiadados
—Me mudé de Córdoba a Buenos Aires el 5 de febrero de 1975, el mismo día en que Isabelita firmaba el decreto secreto que ordenaba al Ejército iniciar la Operación Independencia en Tucumán— me contaba mi viejo treinta años después, ya en São Paulo. —Llovía de la mañana a la noche; y hacía un calor húmedo y sofocante, pero yo andaba feliz con el descubrimiento de la “misteriosa Buenos Aires”.

Entré a la pensión de la calle San Martín a la misma hora en que empezaban las acciones militares que completarían de a poco el genocidio cuando, en octubre de ese mismo año, el presidente interino Italo Luder las ampliara a todo el país— escribe el Negro en unas hojas sueltas que más tarde va a pegar en el cuaderno de sus apuntes para la novela, y saca una foto de la Galería Pacífico, a 50 metros de la pensión.

—Los militares usaron el territorio de la menor provincia argentina para poder aplicar los métodos de la guerra contrarrevolucionaria que habían aprendido con los franceses en las batallas de Argelia y de Vietnam, y con los yanquis en Centroamérica— dice el Indio, y paga el cafe en el Ópera, compra un diario cualquiera y salimos a tomar el 62 para ir hasta mi casa en Lomas del Mirador, cerca de San Justo, en la Matanza.

—El pretexto de los militares era neutralizar y aniquilar la guerrilla rural, y lograr destruir el combativo movimiento popular tucumano— agrega.

—Yo andaba en Buenos Aires perdido y fascinado, con citas desparramadas, entre tareas y reuniones en decenas de cafés y pizzerías por toda la ciudad, saltando de las librerías a los cines de la calle Corrientes. Disfrutaba de la enorme diferencia entre el cerco represivo de Córdoba y el relativo relajamiento de Buenos, cuando leí en “La Opinión” del 9 de febrero, durante un aburridísimo domingo de carnaval, que Tucumán había sido ocupada por tropas del ejército, gendarmería, policía federal y de la provincia. Llevavan centenas de especialistas de inteligencia, que jugarían un papel esencial en la represión feroz que se iniciaba— escribe el Negro en sus apuntes.

Y me acuerdo ahora que, la última vez en que nos vimos, Villanueva me decía que todos podemos escribir cualquier cosa: un diario, un cuaderno de notas, un poemita, algún cuento nacido de la chispa o la inspiración del momento, imaginación y audacia que en general mueren con la misma inercia con la que se va a apagar, naturalmente, esa centellita fugaz. —Pero una novela exige constancia y coherencia, inspiración y sobre todo transpiración, horas de laburo— decía mi viejo. —La mayoría de las veces, en medio del proceso, tenemos incluso la tentación de pensar todo lo contrario, y abandonamos el texto a su propia suerte, tratando de matarlo— completaba.

Veo pasar las luces blancas del techo del corredor, una atrás de la otra. Me despierto perturbado y con miedo; no sé bien cómo, pero logro levantar la cabeza un poco y abrir los ojos. Me han sacado los tubos y la sonda; no hay nadie en la habitación del sanatorio, y no se oyen voces en los pasillos, ni de las enfermeras ni de los médicos. La cama está arreglada y hay un paquetito con mi ropa encima de la almohada.

Y me acerco a la ventana; pero no veo el Paseo Sobremonte y sí una especie de escenario como de cartones o placas superpuestas; en el primer plano, un paisaje tropical: árboles frondosos y montes. Un poco hacia atrás, en un segundo plano, un claro en la selva: troncos secos, restos de fuego y gente tirada sobre la tierra polvorienta y pisada, el escenario triste de la derrota de Cerro Corá.

JB (Tiempos despiadados de amores, de demonios y de héroes de la patria)

quinta-feira, 20 de outubro de 2011

La inmigración y la venganza del Diablo




El doctor Ignacio Unzaga recostó la cabeza cansada en la almohada y cerró los ojos. No sabía –ni podría imaginar siquiera- lo que aquella noche representaría en su futuro y para el de su descendencia.



Cerró los ojos y pensó en el largo día, penosamente difícil que había tenido. Sus hijos nunca entenderían lo complicado que era todo el proceso de la finca, los cuidados que exigía el rebaño, la compra de semillas y la siembra. En fin, estaba tan agotado que ni pensar más podía. Necesitaba dormir.


Pero el aliento caliente que sintió en la nuca en ese mismo instante lo hizo espeluznarse y levantar de golpe la cabeza, casi sentándose en la cama. No se asustó, pero se le pasó el sueño; se fue calmando de a poco y volvió a pensar: cuántos familiares y amigos habían dejado ya las tierras y embarcado para América. Pedro y Victoriano, los hijos menores de su hermano, ya estaban en Santiago del Estero, en Argentina…y el pueblito de escasos 370 habitantes seguía despoblándose, y la cabeza de los jóvenes se llenaba de ilusiones, de tener en Cuba, Uruguay o Argentina lo que los campos, tan cerca de Bilbao, ya no les daban más.


Y otra vez el calor, igual al aliento de un perro, y ahora sí, el miedo. Se irguió rápido y agarró la empuñadura del revolver 32. Se apoyó contra la cabecera de la cama y miró fijo hacia los costados, en la pared del otro lado de la pieza. Y entonces lo vio, sentado en la sillita que su hija usaba para leer a las tardecitas. Ahí estaba él, el Diablo; cara flaca, angulosa y oscura.


Alto y fuerte, pero delgado, vestido de rojo y negro – como un anarquista, pensó el doctor, y le volvieron por una fracción de segundo los problemas que estaba teniendo con el grupo de peones rurales - . Pero aún en la oscuridad de la habitación, en el rincón más apartado, los ojos del Mandinga brillaban rojizos, aterradores.


Sin que le saliera una palabra de la garganta, trató de levantarse rápido y salir del lugar; pero más rápido fue el Diablo, que en menos de un segundo estaba a su lado, cara a cara, mirándole fijo a los ojos, con sus dos brasas incandescentes. Y un dedo largo y de uña afilada le apuntó con sorna, y le sacó de la mano el arma, mientras le decía, con una voz afinada, dulce, pero cavernosa: “No hace falta que huya, Unzaga, no vine a hacerle daño, ni a asustarlo. Vine a hacerle un trato”.


“Lo mismo de siempre”, pensó Ignacio, médico jubilado que ahora se dedicaba integralmente a las faenas del campo y a mantener su propiedad en medio de la crisis brutal que asolaba las tierras a pocos kilómetros del creciente centro industrial vasco. “Otra vez el Malo y sus ofertas”, pensó. Doctor y educado en Barcelona, había leído El Fausto, estaba de moda hablar sobre la venta de un alma eterna a cambio de un favor cualquiera: el amor de una mujer, el éxito en los negocios, o una carrera artística, de músico, compositor, o escritor de novelas. Ignacio Unzaga había gastado mucho la vista estudiando y sabía que el camino del éxito está lleno de trampas y atajos tentadores, pero sin estudio y trabajo, no se sale del lugar. Ya era viejo, más de sesenta y pico de años, y el Diablo no iba a tentarlo tan fácil.


“¿Qué trato?, perdone, pero no estoy interesado, y no me gusta que me asusten o me amenacen. Por favor, retírese de mi habitación” se animó a desafiarlo a Satanás, pero el Malo no se movió, ni pestañó. Ni un asomo de reacción ante la osadía del mediquito metido a campesino, ni un atisbo de ira maléfica, ni de indiferencia siquiera, nada. Pero se levantó despacio el Diablo, y se apartó de la cama de Ignacio, que aprovechó para erguirse lo más rápido posible y poder mantener una distancia segura del demonio.


“Ignacio, ¿me permite que lo trate por el nombre, no? Lo que yo quiero proponerle no es nada excesivamente lujurioso ni pecaminoso; sé que Ud. es un hombre recto, sin vicios ni demasiados pecados…nada más que los veniales, los más comunes, digamos” se largó el Diablo a tratar de seducirlo al médico, pacato y trabajador, que nunca se había salido demasiado de la línea.

“Lo que quiero ofrecerte, Ignacio -¿me permitís que te tutee, no ché? – es la vida eterna, fijáte vos, no quiero tu alma al final, simplemente porque no habrá final. No te vas a morir nunca, jamás te voy a pedir el alma, y lógicamente, tampoco vas a arder en las llamas del infierno”. Y se alejó el Maligno un par de metros, como para calcular el efecto, y medir la disposición del doctor Ignacio Unzaga a aceptarle, o no, la propuesta loca que le empezaba a ofrecer.


“¿Y qué gana Ud. don Diablo con que yo tenga una vida eterna?…y sobre todo, ¿qué gano yo con eso?”, le fue largando de a poco Ignacio al Demonio.


“Necesito un representante, un gerente general digamos; porque vos sabrás que hay diablos menores e incluso otros, grandotes, hay muchos en la Tierra”, empezó despacio, pasando un dedo largo y sucio por el bordecito de la cómoda de Ignacio, acompañado con una mirada lánguida de soslayo. “Un responsable, eso mismo, para los grandes negocios, altas finanzas, acciones en la bolsa, negocios nuevos y prometedores”, seguía Mandinga y don Ignacio se callaba, esperando el momento de salir corriendo por la puerta y agarrar la cruz que su mujer había colgado en el vestíbulo. Nunca le había parecido de gran utilidad el crucifijo nacarado, que le devolvía reflejos tornasolados al atardecer; pero ahora sabía que si había estado allí, atrás de la puerta de su pieza desde siempre, era para salvarlo justamente en este momento. “Hoy, ahora”, pensaba febrilmente Ignacio, y se acordaba de otro diablo, el que se le había aparecido a Victoriano detrás de los túneles del tren de Ramos Mejía; el Malo le había dicho “La eternidad es hoy, es este momento exacto, en que Yo estoy acá, ahora”, y el médico sesentón, aún cansado de las faenas rurales, sacaba fuerzas de no se sabe dónde, y se estiraba en un movimiento de rayo, y llegaba hasta la puerta, y agarraba el picaporte, y aceleraba el cuerpo agotado hacia afuera de la pieza y, al mismo tiempo que cerraba la puerta con furia, agarraba el crucifijo nacarado y se lo ponía con rabia en la cara del Mandinga, que gritó desesperado, y todo este corto segundo transcurría a lo largo de lentos minutos; y el rostro enrojecido, pintado de sudor y sangre del Diablo se esfumaba en un instante y don Ignacio Unzaga veía los abismos del infierno hundiéndose lentamente en pocos segundos, derritiéndole el piso de madera de roble, mansamente en centésimas de tiempo, engullendo las paredes y las vigas del tejado en lerdos y pesados movimientos instantáneos.


“Y yo sabía, Victoriano”, le escribía Ignacio a su sobrino meses después, “que este encuentro con el Malo iba a tener consecuencias atroces, que Mandinga no iba a perdonarme jamás el haberle rehusado su oferta”, me cuenta el hijo de Ignacio, Pedro, que años después también emigraría a la Argentina, dejando el país vasco a finales del siglo XIX, una tierra cada vez más despoblada, y agrega que sus noches en el barco que lo trajo hasta Montevideo fueron un verdadero suplicio, soportando los llantos que venían de la bodega, y se desparramaban por la cubierta, convirtiéndose de a poco en un lastimoso canto gregoriano, monofónico, monódico, desaforado y monocorde, que sólo podía ser el comienzo de la larga venganza del Malo.
JV

quarta-feira, 19 de outubro de 2011

Más se perdió en Cuba, y volvieron cantando!


El año de 1898 puede parecerle a la mayoría de mis lectores demasiado remoto y poco importante, pero les aseguro que no es más que un pretexto para ver la España de finales del XX y sus cambios hasta la de hoy, al borde de un derrumbe social de grandes proporciones.

El desastre de España en su conflicto armado con los Estados Unidos no fue apenas una derrota militar que confirmó la tendencia de España a alejarse cada vez más de Europa; perdía sus colonias mientras otros imperios nacientes o remanentes multiplicaban las suyas en nueva expansión imperialista. Esa derrota generó una conmoción que era la muestra no sólo de la decadencia, sino del completo hundimiento de España. La pérdida de las dos últimas colonias españolas en América y además las Filipinas, se explica sin embargo, por el clima que vivía en España y en el contexto de la última gran expansión del capitalismo europeo, junto al despertar de otros países y de los primeros desafíos norteamericanos a la vieja hegemonía europea.

España, un simple eslabón débil en aquella cadena, trató desesperadamente de conservar sus colonias y en particular Cuba, a la que desde la península, unilateralmente, no la veían como a una posesión, sino como parte de la nación española; era un sentimiento unilateral, no compartido por los cubanos, pero difundido no sólo entre las élites políticas y los comerciantes de la península asentados en Cuba, sino por los militares y hasta por las clases populares, que despidieron con emoción a las primeras tropas embarcadas al comienzo de la insurrección cubana de 1895. Y hasta la Iglesia, otra gran entusiasta de la guerra.

Cuando falló la diplomacia con la trataron de contener la invasión norteamericana, y los políticos se vieron frente el dilema que le proponía la intervención de Estados Unidos, prefirieron la derrota segura antes que un golpe militar. Justamente porque no pudo decirse que la derrota se debía a un gobierno contrario a la opinión popular, y eran muchos los que se podían sentir responsables, la derrota fue prácticamente una catarsis; no hubo la rebelión ni el golpe militar que la monarquía y las elites temían, sino un giro en aquello que la literatura del desastre generó, y que al final fue la base del pensamiento de una nueva generación.


España a finales del siglo pasado

¿Cómo era España a finales del siglo XIX? Era una economía atrasada, con una agricultura no competitiva y ultraprotegida, y algunos centros industriales en Barcelona y el país vasco, también muy protegidos. Una sociedad rural y poco urbanizada, con grandes desigualdades sociales, culturales y regionales, un alto grado de analfabetismo y una carencia de clases medias. Pero por entonces la economía española se acercaba a las de los otros países del capitalismo europeo, y los efectos económicos de la pérdida de las colonias no fueron tan negativos, incluso porque la repatriación obligada de capitales significó una importante inyección en la economía española. Merced a las reformas fiscales, el presupuesto estatal consiguió a comienzos de siglo, por primera vez, un superávit, aunque eso no significaba que el estado español dejara de ser pobre en recursos, ni que aquella sobra momentánea de dinero fuera a convertirse en habitual. España estaba muy lejos todavía de los países desarrollados, aunque el panorama no era tan enyesado como algunos sospechaban.

La Monarquía de la Restauración era llamada oligarquica y caciquista, y quedó desde entonces como sinónimo del régimen político. La sociedad y la política españolas eran oligárquicas, porque eran controladas por una minoría; y para eso se apoyaban en el clientelismo de los caciques que permitían que los dos partidos políticos vinculados a las dinástías, los conservadores y los liberales, prepararan las elecciones y acomodasen sus resultados para una rotación pacífica de unos y otros. Aquello era una democracia, altamente imperfecta, como lo eran también la mayoría de los países europeos. La Monarquía restaurada en 1875 había conseguido acabar con la profunda inestabilidad del siglo XIX y levantó un sistema casi similar a otros europeos: una Monarquía constitucional, con soberanía compartida de las Cortes con el rey. Aceptando las reglas de juego, muchos liberales se incorporaron a partir del primer gobierno de 1881, sumando a la Constitución sus conquistas políticas,y culminando en 1890 con la aceptación del sufragio universal. Había terminado el exclusivismo de un partido único, predominante durante Isabel II, en favor de la alternancia y, con ello, borraban uno de los motivos de la intervención permanente del ejército en la política.

Con el nuevo siglo aumentaron las críticas al régimen y las denuncias de la traición de sus ideales liberales y de su pobreza democrática. Las críticas cayeron sobre los dos partidos gobernantes, en toda la clase política, y crecieron como consecuencia del fracaso militar y el inicio del ocaso del colonialismo en el 98.

¿Cómo compatibilizar las leyes que habían implantado el sufragio universal con la práctica política que lo desvirtuaba? Unos pensaban que le habían puesto una superestructura política demasiado avanzada sobre un estado atrasado, de una cultura liberal poco arraigada; el resultado había sido la distorsión del voto. Otros, sin embargo, pensaban que la distorsión era la lógica consecuencia de la voluntad de dominio de aquella oligarquía dispuesta a usar todas sus armas, incluyendo la violencia, para seguir en el poder. No fue fácil en ningún país de Europa el paso del liberalismo a la democracia, y en donde salió bien, fue gracias a minuciosas obras de ingeniería política, llenas de conflictos y dificultades, que no se resolvían con un grado más avanzado de desarrollo capitalista y de modernización social.

España vivía esos cambios en una situación peculiar. En 1897 moría en un atentado anarquista el artífice de la Restauración, Antonio Cánovas del Castillo; mientras Sagasta, el viejo caudillo liberal, llegaba al fin de siglo agotado políticamente. Los partidos de ambos caciques habían sido los pilares de la estabilización restauracionista. El fracaso de la guerra con los EEUU, en 1898 y el cambio de siglo traían perspectivas oscuras para las elites dominantes: un nuevo rey, Alfonso XIII, a punto de llegar a la mayoría de edad; un cambio difícil del liderazgo político; las inercias del clientelismo, la falta de una masa electoral y de una opinión pública organizada, además del rechazo a la política de grandes sectores del pueblo, catolicos intransigentes y antiliberales, que se oponían a la Constitución de 1876, de un lado, y anarquistas y socialistas del otro. La transición que ocurría en Europa, pasando de una política de minorías a otra de masas empezaba a producirse en España, pero era aún muy incipiente. Había una desmovilización política crónica, llena de conflictos, por motivos sobre los que los historiadores dan versiones encontradas. Los políticos dinásticos que debían suceder a los viejos caudillos, sabían que ya no era suficiente la estabilidad política lograda, y que tenían que hacer de aquella monarquía constitucional otra, una que fuera parlamentaria y democrática. No lo lograron.

Los partidos monárquicos debían convertirse en otros modernos, con más capacidad de movilizar a la opinión publica que de pastorear "clientes", sacándoles el protagonismo a la corona y el ejército, y dejando vía libre a otras fuerzas emergentes. Pero éstos - los republicanos, la izquierda obrera, los regionalistass y sus nacionalismos - también tenían que asumir ese desafío y la responsabilidad de integrarse dentro de las reglas y el orden constitucional obtenido.

Nada de todo éso ocurrió. Terminó la alternancia pacífica entre conservadores y liberales y ambos partidos se dividieron; las fuerzas de oposición tuvieron cada vez más presencia y algunas entraron al gobierno. El bipartidismo original del régimen se volvió pluripartidismo en la práctica. Los caciques no desaparecieron, la lucha política aumentó y la aceptación pasiva por parte de la opinión pública del fraude electoral disminuyó. Aumentaron problemas como la cuestión catalana, la lucha social y el orden público, y la manutención de la intervención peninsular en Marruecos- que exigían el consenso de todos los partidos en cuestión, un imposible pacto social. Todo esto, en vez de ser visto como síntomas de un cambio político necesario, fue pensado como la confirmación de la decrepitud e inviabilidad del régimen. A ello contribuyó el discurso político del régimen que no hizo sino crecer desde la crisis del 98, momento en que irrumpieron en escena los intelectuales que, en generaciones sucesivas, pudieron combinar el brillo de una llamada edad de plata de la cultura y las ciencias en España, con un pesimismo radicalmente crítico, no sólo ante la vida política y el futuro de la monarquía, sino de la misma capacidad del pueblo español para salir del atraso. En 1914, José Ortega y Gasset, anuncia la creación de la Liga de Eduación Política, y habla en nombre de una generación "que nació a la atención reflexiva en la terrible fecha de 1898, y desde entonces no ha presenciado en torno suyo, no ya un día de gloria ni de plenitud, pero ni siquiera una hora de suficiencia".

Los intelectuales no fueron la causa del fracaso de la monarquía de la Restauración ni culparles de traicionar el pasado liberal y a la idea de España-nación que el liberalismo representaba. Como tampoco se puede negar importancia al discurso descalificador de los propios políticos monárquicos. En 1923 el general Primo de Rivera dio su golpe de estado, echándole la culpa de todo a los 'políticos profesionales', porque halló un terreno muy bien abonado.


España en este fin de siglo

El problema de fondo de España al pasar del siglo XIX al XX fue la búsqueda de un sistema legitimo, de aceptación generalizada y de gobierno estable. Los diferentes regímenes políticos - desde la monarquía de la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República - fallaron en su tentativa de lograr lealtad y España cayó en cuatro décadas de hierro con la dictadura feroz de Franco. El nuevo estado democrático - el actual - tenía hasta hoy una legitimidad que no tuvieron ninguno de los regímenes anteriores. Parecía haberse alcanzado una democracia estable, incluso mejor que muchas otras de Europa.

Y más significativo aún que, una vez modernizada e integrada a una más moderna aún Europa, todo el edificio empiece a mostrar grietas profundas...¿Y por qué?

Bien, termino mi perorata repitiendo lo que dije en la primera parte del anterior "Más se Perdió en Cuba": la historia no es tan linear como la cuentan hoy algunos peridistas "políticamente incorrectos" que se han metido a querer ser historiadores, repitiendo simplismos reaccionarios que no llevan en cuenta los procesos contradictorios y nunca lineales de la política, las ideologías y, sobre todo, de los movimientos sociales profundos, que siempre mueven los cursos de la historia.
JV

sábado, 15 de outubro de 2011

Más se perdió en Cuba





Luego de unos pocos días del 519º aniversario de la llegada de Colón a América se me da por escribir sobre la Guerra entre EEUU y España, al final del siglo XIX. ¿Y por qué?

Quiero mostrar que, con estas batallas ganadas por los norteamericanos, se cierra el ciclo de dominación española en América - y en las Filipinas - y surgen los EEUU como potencia mundial.

Primero, ¿por qué "hispano" y "americana"? Los españoles siempre denominaron a los estadounidenses del modo que a ellos -los habitantes de los EEUU - les gusta llamarse: "americanos", como si el resto del continente no existiera, o peor todavía, como si el resto de América les perteneciera. El tema es la guerra entre España y los Estados Unidos, que de algún modo permite a la nación del norte convertirse en una potencia extracontinental e imperialista.

España imperial

España se unifica como nación en el siglo XV. La política de alianzas matrimoniales de los Reyes de España con otras dinastías europeas y la llegada a América de Cristóbal Colón, lanzan a España a un proceso de expansión en Europa, en América y en el Pacífico. Durante los siglos XVI y XVII España es la potencia hegemónica europea; controla Holanda, Bélgica, el sur de Italia y Sicilia, parte de Alemania y Austria. Las guerras, y sus gastos en hombres y dinero, debilitan a España en Europa y en 1700, cuando muere Carlos II, último rey de los Habsburgo, pierde toda Europa salvo las Islas Canarias y Baleares. España deja de ser la primera potencia mundial. Pero sus extensas colonias en América la hacían aún una potencia importante. Bajo la dinastía francesa de los Borbones, España casi no participa en guerras salvo la de Ia independencia de los EEUU al lado de los colonos. La relativa prosperidad cesa con la Revolución Francesa. La invasión napoleónica de España reemplaza a los Borbones por el hermano del emperador francés, y provoca el alzamiento del pueblo en mayo de 1808.

Con los reyes presos en Francia, un Consejo de Regencia toma el control del país. Las influencias liberales de la Revolución Francesa generan un movimiento constitucionalista que termina en las Cortes de Cádiz de 1812. Las Cortes aprueban la constitución liberal de 1812 que suprime privilegios de la nobleza y el clero y establece un sistema democrático y liberal. Al final de la guerra contra Napoleón (1808-1814), el país está arruinado y dividido. Vuelve al trono Fernando VII, que anula la Constitución de 1812 y abre un periodo de luchas entre absolutistas y liberales. Al mismo tiempo, en la América española, empieza la lucha por la independencia. La muerte de Fernando VII en 1833, abre la guerra civil entre los absolutistas  partidarios del príncipe Don Carlos, hermano de Fernando VII, llamados los "Carlistas", y los partidarios liberales de la Reina Isabel II, hija de Fernando VII, llamados "Isabelinos". La economía se paraliza y el país se arruina. Tras la victoria de los liberales, empieza un periodo de sucesivos golpes militares, unos liberales y moderados, otros más progresistas. Cada golpe de estado produce un cambio de constitución. Sólo trás el golpe del general O'Donnell, en 1854, se implanta un régimen semidemocrático y conservador que pone por un tiempo en orden la economía y el ejército. La marina, con sus nuevas fragatas blindadas, se recupera del desastre de Trafalgar en 1805 y llega a ser la quinta del mundo. España se lanza a nuevas aventuras coloniales y olvida las penas pasadas. Salen expediciones a Méjico y a Indochina, en apoyo a Inglaterra y Francia. España ataca a Chile y Perú y gana las guerras del Pacífico, y en Africa contra los marroquíes. El ejército recupera su capacidad y el país vive la falsa ilusión de ser todavía una potencia mundial.

Pero las crisis que estallan en 1866 conducen a la Revolución de 1868 fomentada por militares positivistas como el general Serrano, Prim y el almirante Topete. Isabel II es derrocada y los Borbones expulsados del Trono. Se suceden seis años de cambios trágicos en España: una nueva monarquía, luego la Primera República y la dictadura del General Serrano. Nueva insurrección Carlista para restaurar la monarquía absoluta y revueltas "cantonalistas" en favor de una República Federal; después, la primera guerra de Cuba y las conspiraciones para restaurar a los Borbones. España vivía una época de caos.

El país, harto de las guerras, se inclina por la democracia liberal. España prospera y el ejército se mantiene al margen de la política. Los conservadores y liberales se suceden civilizadamente en elecciones. Se producen algunos pronunciamientos republicanos sin apoyo popular que son rápidamente sofocados, y el país vive con calma relativa. Así se llega a 1898, en la ilusión de ser aún una potencia mundial, hasta las revueltas en Cuba y Filipinas. Esta ilusión imperial de glorias pasadas sirve para entender la postura de España al iniciarse la guerra contra los Estados Unidos.

España y las colonias.

Los tres siglos de la colonización española de América es tan negativa como la pinta la leyenda negra que se difundió en Europa cuando España era potencia hegemónica, y menos positiva de lo que se escribía en España en los siglos XIX y XX. La monarquía española organiza los nuevos territorios a semejanza de la metrópoli: crea ayuntamientos y universidades; organiza virreinatos similares a los de la península y de las otras posesiones europeas; dicta leyes para Las Indias, incluso con algunas normas de protección a los indios y varias limitaciones al poder de los virreyes que, al menos en teoría, al terminar el mandato, eran sometidos al Juicio de Residencia para probar que su actuación había sido justa.

Sin embargo, empiezan a crecer los deseos de autogobierno en la mayoría de las provincias americanas. Con la Guerra de Independencia de los EEUU crece el deseo de autonomía de las colonias españolas, lo que será detonado definitivamente en la guerra contra los franceses entre 1808 y 1814. La ausencia de los reyes de España, secuestrados por Napoleón, obliga a crear órganos de gobierno provisorio en todas las provincias españolas, peninsulares o ultramarinas. Esta experiencia de autogobierno en las provincias americanas origina las primeras resistencia a las autoridades españolas. La vuelta al trono del absolutismo de Fernando VII mata la experiencia y mueve a América hacia un camino sin retorno en favor de su independencia. Sus promotores son indios, mulatos y colonos pobres, junto a miembros de la aristocracia criolla -europeos nacidos en América- más poderosa; y muchos de los militares nacidos en las colonias que habían luchado en España contra los franceses, como fue el caso de José de San Martín, que hizo sus armas en las batallas europeas contra Napoleón.

Las declaraciones de independencia a lo largo y ancho de América desbordan las tropas españolas en todas partes. Y tras una sangrienta lucha se proclama la independencia en cada uno de casi todos los territorios españoles después de dos décadas de guerra. La situación interna de España, y las luchas entre absolutistas y liberales, contribuye a la independencia de las colonias.

El golpe de gracia al sueño español de mantener América viene en 1820: las tropas que partirían para ultramar se sublevan en Cádiz en favor de la Constitución de 1812, acabando con el régimen absolutista.

Lograda la independencia, sólo Cuba, Puerto Rico y las Islas del Pacífico permanecen leales a España. La razón es que las dos islas del Caribe - las primeras colonizadas por España - tenían una fuerte presencia de españoles y grandes vínculos económicos con la metrópoli. En Filipinas, la permanencia era favorecida aún más por la inmensa lejanía.

Sin embargo, la reacción de las autoridades españolas en las islas tras la independencia de las demás colonias americanas fue de desconfianza. En España se decía que los reyes eran monarcas constitucionales en la península, y absolutistas en ultramar. Los nacidos en Cuba y Puerto Rico empiezan a sentir que, como españoles, no tienen las garantías de la Constitución que sólo valían en los territorios europeos. En ambas islas caribeñas surgen autonomistas y algunos quieren un autogobierno dependiente de la Corona Española, similar al de Canadá bajo la soberanía inglesa. Los miembros de la aristocracia y la burguesía peninsular con importantes intereses económicos en las dos Islas se oponen.

En Cuba, un grupo de independientistas se siente defraudado y pretende la independencia total de la isla o su anexión a los Estados Unidos. Por el contrario, otro grupo importante de cubanos es partidario de la permanencia con España y recluta voluntarios para luchar con los españoles contra los independentistas. Esto convirtie a la Guerra de Independencia Cubana en una verdadera guerra civil entre cubanos.

Sin embargo, las desastrosas políticas administrativas y económicas de España explican la frustración de cubanos y puertorriqueños y sus ansias de cambio. La administración de las islas seguía en manos de peninsulares que, en su mayoría, sólo querían enriquecerse rápido y regresar a España lo más pronto posible. Pocos cubanos o puertorriqueños integraban la administración y la mayoría de las recaudaciones fiscales de Puerto Rico y Cuba no se reinvertían en las islas. El último presupuesto de la administración española en Puerto Rico, antes de la autonomía, tenía una partida para la educación igual al sueldo del Capitán General.

En las islas del Pacífico no era distinto. Por la lejanía de la metrópoli la administración fue encomendada a los frailes que tenían más poder que los pocos funcionarios españoles. Los abusos del clero católico fue una de las causas fundamentales de la revuelta tagala. Las otras fueron la legítima aspiración de equiparar sus derechos políticos a los de los españoles y dirigir la administración de las Filipinas.


España en 1898.

Cuando se produce la voladura del crucero estadounidense Maine en el Puerto de La Habana, la opinión pública española no era consciente de las consecuencias que podría traer una guerra dirigida a tratar de conservar los restos del imperio.

A principios de 1898, España está en calma. Las obras de teatro y las zarzuelas agitan la vida cultural de las elites. Los acontecimientos de Cuba y Filipinas son algo lejano, aunque la gente apoya la presencia española en las islas. No está muy claro por que luchan los cubanos ni el poder económico y militar de los EEUU. Sigue soñando España, como en los años de Felipe II, que en un imperio donde nunca se ponía el sol.

El crucero Maine, seguía meciéndose en la bahía de La Habana más allá del tiempo de estancia previsto. Había llegado en visita de cortesía y se quedaba como garantía de la vida y la propiedad de los norteamericanos que se suponían amenazados por los conflictos en Cuba. La explosión del crucero ocurre el 15 de febrero de 1898. El Maine se hunde y el imperio español empieza a agonizar sin saberlo.

La prensa sensacionalista de ambos lado llama irresponsablemente a la guerra. El "The World" proclama: "La destrucción del crucero Maine es razón suficiente para dar orden de zarpar a nuestra flota hacia La Habana y exigir una indemnización en 24 horas bajo amenaza de bombardeo". El "New York Journal" pide acción militar. En España, "El País" replica: "El problema cubano no tendrá solución mientras no enviemos un ejército a los Estados Unidos". Los demás diarios españoles, como "El Correo Español", también piden la guerra. Desconocen el poder militar de los Estados Unidos y hacen comparaciones falsas entre las fuerzas navales de ambos países, supuestamente favorables a España.

Los EEUU encomienda a su embajador en Madrid, Woodford, negociaciar con España un armisticio, suprimiendo los "Reconcentrados", que era la concentración de campesinos en las ciudades controladas por las tropas españolas para sacarle a los rebeldes víveres y apoyo. Esas ciudades se había convertido en campos de concentración; además EEUU exigía el autogobierno cubano. La mayoría de los españoles considera el pedido una afrenta a la soberanía de España. Pero el gobierno español suprime los "Reconcentrados" y propone un armisticio.

Los EEUU, aún así no satisfecho, propone lisa y llanamente comprar a España la isla. El rechazo español deja una situación sin salida. Enseguida, la comisión americana que investiga el hundimiento del Maine, levanta la tesis de una explosión provocada y la opinión pública norteamericana presiona para que EEUU intervenga en Cuba. Mientras, en España, hay elecciones que la ganan los liberales. Las fiestas de la aristocracia y los carnavales en las calles de España muestran que se confiaba que no habría guerra.

España, presionada por las potencias europeas, acepta el armisticio, pero los rebeldes cubanos lo rechazan. El 11 de abril, MacKinley lee su mensaje al Congreso, pidiendo autorización para imponer un gobierno "capaz de mantener el orden en Cuba", con el uso del ejército y la marina de los Estados Unidos.

En España la gente sale a la calle en patrióticas a los gritos de "¡A Nueva York!". El Ministro de la Guerra declara "que el ejército americano venga España para demostrarles el heroísmo del pueblo". Patriótica estupidez que ignora el poder de los Estados Unidos.

Una semana después, el Congreso de los EEUU aprueba una resoluciónque le da plenos poderes al presidente William MacKinley. Y, en la noche del 20 al 21 de abril, las autoridades españolas en Cuba reciben ultimátum exigiendo la renuncia española a la isla en el plazo de tres días. El gobierno español rompe relaciones diplomáticas entre los dos países. La flota norteamericana ya está a 16 kilómetros de la costa cubana y captura varios barcos mercantes españoles antes de declarar la guerra.

El 23 de abril España declara la guerra, y la gente cree que Dios está con los españoles. En los púlpitos los sacerdotes invocan el auxilio divino, pero los cielos no le hacen caso a sus ruegos. Empieza el ocaso del imperio.

Igual a lo que ocurriría ocho décadas después en la guerra entre Argentina y Gran Bretaña por las Islas Malvinas, la prensa amarilla de España hizo un trabajo de desinformación sobre las capacidades militares del ejército y la marina de los EE.UU. imaginando que la flota española era superior a la norteamericana. Sólo los republicanos y socialistas advertían sobre la verdadera potencia militar de los EE.UU. y el error fatal de la guerra para España.

El gobierno de España, igual que la dictadura militar argentina en 1982, sabía la inferioridad española, pero no huyó de la guerra. El gobierno temía dejar las islas sin lucha y crear así una situación revolucionaria en España que acabara con la dinastía reinante. Otra razón era que esperaba el apoyo de las potencias europeas contra la intromisión de los EE.UU. en un asunto de una potencia europea. Ignoraba la monarquía española lo que se llamaría la doctrina Monroe de "América para los americanos", que los de EEUU siempre entendieron como "América para los norteamericanos".

El gobierno español siempre supo que la independencia de Cuba era inexorable. Pero una salida unilateral podría producir tensiones en el ejército y en el pueblo. La prolongación de la guerra contra los independentistas cubanos llevaría a la bancarrota del estadoespañol. La sangría de vidas en la guerra era insostenible - de 1895 y 1898 habían llevado a Cuba, Puerto Rico y Filipinas más de 220.000 hombres, y hubirieron unos 60.000 muertos, casi todos por enfermedad. Los conservadores querían seguir la guerra contra los independentistas "hasta el último hombre y hasta la última peseta". Los gobiernos liberales querían abandonar Cuba sin que pareciera una claudicación, pero no hallaban la ocasión. La voladura del crucero Maine y la invasión de los EE.UU. fue la excusa bélica que el gobierno esperaba para perder Cuba en una guerra rápida, a sabiendas de la inferioridad militar española.

Con la derrota, el honor español quedaba a salvo, pero habian perdido todo el imperio. Aún así, y a pesar de lo temido por el gobierno, la pérdida de todas las provincias del ultramar no produjo ninguna reacción popular contra la realeza.

Por otro lado, igual que le ocurriría a la dictadura militar argentina en la guerra de las Malvinas de 1982, ninguna de las potencias europeas apoyó a España contra los EE.UU. La diplomacia española del siglo XIX, ante el ocaso previsto de su imperio, era sencilla: habiendo un problema exterior, si Gran Bretaña y Francia se ponían de acuerdo, España apoyaría a ambas potencias; si no había acuerdo, España se abstendría siempre de intervenir. España abandonó una política exterior propia y la supeditó a las de Francia e Inglaterra. España esperaba que, en reciprocidad, Francia como Inglaterra la apoyasen contra los EEUU. La realidad probó que tal principio era falso.

Los europeos, aunque desconfiaban ya del poderío creciente de los Estados Unidos, evitaron apoyar al principio a España porque confiaban que el ejército español en Cuba, que era superior al total de las tropas regulares de los EE.UU, derrotaría facilmente a los norteamericanos. Pero al final de la guerra, cuando ya empezaron a temer un ataque contra las costas españolas europeas, las potencias del viejo continente se preocuparon por la posible intervención norteamericana en Europa y presionaron a España para que aceptase las condiciones del Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, por el que "España renuncia todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba". Además, dictaba el Tratado: "los Estados Unidos, mientras dure su ocupación, tomarán sobre sí y cumplirán las obligaciones que por el hecho de ocuparla, les impone el Derecho Internacional, para la protección de vidas y haciendas".


Más se perdió en Cuba

El final de la guerra tuvo serias consecuencias en la política española del siglo XX, porque la derrota afectó muy seriamente al país. El pueblo no entendía como una nación imperial y colonialista, de gran tradición militar, había sucumbido ante un país "de tenderos". La opinión pública, engañada por los diarios y los políticos, culpó de la derrota al ejército y la marina. A los soldados repatriados no se los recibió como héroes, si no que fueron insultados por los que habían permanecido en la península sin luchar.

La derrota trajo el enfrentamiento entre los políticos y el ejército, la pérdida de confianza de los españoles en el país, y el descrédito de los partidos tradicionales, lo que llevaría a la II República de 1931, y finalmente a la Guerra Civil de 1936 a 1939.

La crisis de 1898, sin embargo, lanzó a los más destacados intelectuales españoles de la "Generación del 98" a analizar críticamente la situación del país y a crear e movimiento del "Regeneracionismo". Querían dejar el fatalismo y luchar por un futuro mejor y más moderno. Sus efectos atravesaron los años de las guerras de Africa, la dictadura de Primo de Rivera, la II República, la Guerra Civil y la Dictadura de Franco para que España comenzara a recobrarse, ochenta años más tarde del amargo 1898.

La historia no es tan simple como la cuentan hoy algunos peridistas "políticamente incorrectos" que se han metido a querer ser historiadores, repitiendo simplismos reaccionarios que no llevan en cuenta los procesos contradictorios y nunca lineales de la política, las ideologías y, sobre todo, de los movimientos sociales profundos, que siempre mueven los cursos de la historia.

JV