quarta-feira, 30 de novembro de 2011

Artigas, exiliado en el Paraguay

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“De las flores que engalanan mi jardín sos la más linda paraguaya, che cambá. Yo te idolatro mujercita guaraní, y en mi suspiro voy diciendo roipotá.
"Paraguaya linda”, de José Pierpauli y de Mauricio Cardozo Ocampo.

—El abuelo Victoriano comentaba que Artigas y Sarmiento fueron los más conocidos entre muchos extranjeros que se asilaron en Paraguay, pero no fueron los únicos— le dice Raúl a Muñeca mientras salen de la habitación del sanatorio Sobremonte y me dejan con las enfermeras.

Lo que cuenta el viejo sobre los exilios en Paraguay es verdad; hasta hace poco era frecuente que muchos brasileños, bolivianos, y argentinos –según las persecusiones políticas en sus países– se abrigaran en Asunción como en su refugio más seguro. No sólo Juan Perón, Lechín Oquendo o Andrés Sellich, sino muchos otros eligieron al Paraguay para sobrevivir a la intolerancia de sus opositores. O cuando la culpa era demasiado grande, para gozar al amparo de la impunidad sus malhabidas fortunas, guardadas en el anonimato de la banca suiza o uruguaya. No fue así con Somoza, tirano nicaragüense que, enroscado en líos familiares y de polleras, y aislado por la corte del propio dictador Stroesner que le diera asilo, terminó muerto por un comando de guerrilleros argentinos del ERP, en los años 80. Sigo leyendo:


“—Pero Artigas fue el pionero de los exiliados— solía decir mi abuelo Victoriano. —Desde Tranqueras de San Miguel, luego de ser traicionado por su lugarteniente, el Pancho Ramírez, Artigas le había pedido asilo al Dictador Francia. Acompañado por sus oficiales Ansina y Joaquín Martínez, y unos cien soldados, casi todos mulatos y negros libertos, el Protector de los Pueblos Libres llegó a la frontera de Itapúa, en la primavera de 1820— completaba su relato Victoriano.

—¿Vos sabís? Artigas, vencido por los portugueses-brasileños en Tacuarembó, retrocedió hacia Entre Ríos. Pero Ramírez -que había batido en Cepeda al Directorio porteño, que luego sería el partido “unitario”- y cuya comarca de origen, Arroyo de la China, ya había sido saqueada por las tropas imperiales riograndenses, con miedo de que su jefe invadiera su territorio, lo enfrentó en una rápida secuencia de combates— dice don Samuel. —Sí, Ramírez fue vencido por Artigas en Las Guachas pero, casi de inmediato, lo derrotó en Las Tunas— agrega Andrés Chazarreta. — Ramírez venció en Goya, y atacó el propio campamento de Artigas cerca de Curuzú Cuatiá, en Corrientes, y lo derrotó por completo, terminando así el liderazgo del Protector de los Pueblos Libres en el litoral— dice mi abuelo Samuel. —Y mientras sus tropas perseguían a Artigas sin piedad a lo largo del interior, Ramírez ocupó la capital de Corrientes y se nombró gobernador. Poco después, más recompuesto, Artigas trató de hacerse fuerte y resistir en Misiones, pero finalmente tuvo que refugiarse en el destierro del Paraguay— tose, apaga el chala y se pone un poncho de vicuña sobre las piernas, mi abuelo Victoriano. El viento se arremolina entre las hojas ocres del Paseo Sobremonte y se filtra por las banderolas altas del cuarto del sanatorio.

—La desgracia de Artigas y su liderazgo culminaron con el pacto de Pilar impuesto a los porteños por su antiguo delegado, Ramírez, y que establecía la paz por medio de un acuerdo Federal. El Protector Enterriano, como se lo conocía al Pancho Ramírez desde esa época, lo invitó a Artigas a firmarlo, pero no en su calidad de “Protector de los Pueblos Libres”, ni como jefe de las Provincias Federales. Se lo mencionaba apenas como un mero jefe de provincia, casi con ironía: “Su Excelencia, el capitán general de la Banda Oriental”, una provincia que estaba ocupada completamente por los invasores portugueses— oigo que me cuenta don Samuel, y siento que me baja la fiebre.


Dice mi abuelo Victoriano que se lo había contado el inglés Robertson, que después de las batallas de Tacuarembó y Cambay, entre muertos, cautivos, oficiales desertores con sus tropas, de los 8.000 combatientes de Artigas le quedaban sólo los lanceros, en su mayoría libertos, indios, y unos pocos oficiales. Los caciques del Chaco se ofrecieron para seguir luchando, pero Artigas, cercado por el ejército portugués y las tropas de Ramírez, y bloqueado en los bañados de Iberá, sabía que su única salida era cruzar al Paraguay y acudir a Gaspar Rodríguez de Francia, el Dictador Supremo Perpetuo. Primero envió los 4.000 patacones que le quedaban para los orientales prisioneros en Río de Janeiro, y enseguida le escribió a Rodríguez de Francia pidiéndole asilo.

Y dice el viejo que el inglés relataba que el Dictador Supremo había escrito el 12 de mayo de 1821 que “reducido a la última fatalidad, vino como fugitivo al paso de Itapúa, y me hizo decir que le permitiese pasar el resto de sus días en algún punto de la República, por verse perseguido aun de los suyos, y que si no se le concedía ese refugio, iría a meterse en los bosques”. Y cuenta Robertson que todavía en 1833 recordaba el dictador: “viniendo sin rubor después de tanto ruido, alboroto y fanfarronadas, ya que se vio arruinado y perseguido”.

“—Pero Artigas todavía tuvo que esperar unas dos semanas, y concedido el asilo por Francia, el 5 de septiembre de 1820 entró a Paraguay cruzando el Paraná por el paso, acompañado por los últimos lanceros y lanceras, muchos negros y mulatos libertos, que se llamaron a sí mismos “Artigas Cue”, o pueblo de Artigas, y algunos oficiales— dice don Samuel. —Sí, y según le relató Manuel Antonio Ledesma al inglés Robertson: “Cuando nos separamos Artigas y varios compañeros llorábamos”— comenta Victoriano.

—Venían derrotados, agotados, casi sin ropas, bienes o recursos. El dictador Francia les envió un oficial y 20 húsares a la frontera para llevarlos hasta Asunción. Artigas fue alojado en el Convento de la Merced, donde hoy está la Escuela Normal, y en donde se hospedaban por aquél entonces las visitas más ilustres— le agrega Fuenzalida, mientras Eufemia le trae los botines y el sombrero a Victoriano.

—Y a pesar de pedir con insistencia un encuentro con su anfitrión, el caudillo oriental jamás fue llamado a palacio por Francia— sigue la historia mi abuelo. —Dicen que el dictador, en cambio, mientras el caudillo uruguayo vivió en la ciudad, le impuso la fría mediación burocrática de su secretario. Y para completarla, le recomendó al Prior del Convento que su huésped hiciera los más duros ejercicios espirituales “para purificar su alma atormentada”— termina su relato el viejo, prende un pucho de chala, lo chupa despacio, se arregla la chalina sobre los hombros y se levanta de la mesa.

––En 1821, Artigas fue llevado a la Villa de San Isidro de Curuguaty. El estado paraguayo le cedió una casa y una pensión para poder sobrevivir holgadamente, y Francia le dio también algunas instrucciones al Comandante de la Villa, para que se ocupara de “extremar la hospitalidad con el ilustre asilado”–– lee despacio y se sonríe capcioso Carlos Fressie, porque es sabido que esta forma de cuidados con los desterrados es lo que garantiza que no vayan a meterse en política nuevamente, y menos en los manejos locales.

––Aunque había sido su adversario político, Francia le dio a Artigas toda la protección, buen trato y generosidad posibles en su largo exilio–– sigue Victoriano al día siguiente, mientras espera que Eufemia le alcance el segundo mate de la mañana. Va clareando en el cuarto del sanatorio, y mis abuelos se levantan y salen sin que los noten las enfermeras y las empleadas de la limpieza que parecen estar arreglando la pieza.
––Se puede decir que Francia le dio a Artigas una cierta lección con su contacto distante, mostrándole que sus obligaciones de gobierno no le permitían un trato más personal, lo que la anterior hostilidad de Artigas hacia el autoritarismo paraguayo le habrían hecho imposible–– me devuelve el libro, cierra lentamente los ojos, cansado de leer, y se recuesta en el catre de campaña de la celda de Encausados de Córdoba, Carlos Fressie.

––Sí, y es que cuentan que siendo jefe de la rebelión provinciana, era vital para la diplomacia de Artigas aliarse al dictador paraguayo–– le comenta Juancito a Carlos Fressie. ––Por su posición y potencia económica, Paraguay era esencial para el proyecto de los Pueblos Libres, contra el Directorio porteño–– agrega. ––Ya desde 1812, en el auge de su poder, Artigas había insistido una y otra vez a las autoridades paraguayas, pero el dictador no quería saber nada de tratos–– dice Juancito. ––No quiero paz ni guerra con nadie”, le había contestado, rechazando todo tipo de alianzas.

––Así es, el Dictador Supremo no recibía visitantes, y cuando el uruguayo se exilió en Paraguay, no respondió a la solicitud de Artigas de entrevistarse con él–– dice Victoriano que, según contó Artigas en 1845 a su hijo José María, “todos los días mandaba Francia uno de sus empleados a saludar al general y preguntarle cómo iba”.

Alentado por los relatos de mi abuelo, y siempre interesado en historia, recuerdo haber leído que, pese a la frialdad oficial del dictador paraguayo con el caudillo desterrado, los uruguayos retribuyeron el gesto solidario del asilo. Incluso con un afecto que ni la posterior Guerra de la Triple Alianza, en la que Uruguay peleó contra los paraguayos, pudo llegar a desmerecer.
También me enteré más tarde, años después de la muerte de mi abuelo y leyendo en uno de los pocos libros que me llegaban a la cárcel, que al final del conflicto bélico hubo varias visitas de delegaciones uruguayas, para devolverle a Paraguay los trofeos que le habían tomado en la guerra y perdonar las deudas del litigio armado. O para compartir los recuerdos, siempre más amargos que alegres, en las largas fiestas. En una de ellas, en 1913, el poeta paraguayo Eloy Fariña Núñez los dejó conmovidos a los visitantes charrúas, con sus versos emotivos:


“…Sed bienvenidos, nobles uruguayos, hijos de la gentil Montevideo, a la
tierra solar donde durmiera el gran Artigas su glorioso sueño, donde no seréis jamás
extraños desde que disteis el viril ejemplo de perdonar la deuda de
la Guerra y de restituirnos los trofeos.”

A su vez, también los uruguayos se acuerdan todavía, después de tantos años, del tiempo doloroso de la Guerra de la Triple Alianza, en la que el imperio brasileño arrastró a los liberales argentinos y uruguayos contra sus hermanos más pobres del norte. Como cuando el poeta Carlos Molina se reprocha, con la verguenza que la guerra les impuso a los vencedores:


“…vuelve Solano López, ¡soberbio, erguido, trágico!
contra la Triple Alianza, ¡qué irredimible escarnio!”

Siempre quise saber de dónde sacaba tanta información mi abuelo; y hablando años después con su primo Fuenzalida, el historiador santiagueño, me enteré de cómo había logrado Victoriano hacer su retrato de Artigas. Y es que el viejo había conocido en uno de sus viajes, al hijo de John Robertson, un gringo que le supo pintar en las largas charlas al lado del fogón, en Rosario de Santa Fe, uno de los más interesantes retratos sobre el caudillo uruguayo José Artigas.”
––Y el inglés también le contó a tu abuelo que, aunque Artigas nunca lo supo, su vencedor y antiguo subordinado, el Pancho Ramírez, también fue traicionado y derrotado por sus aliados. Huyendo de las tropas santafesinas y cordobesas después de su derrota en Frayle Muerto, Ramirez fue sorprendido en Río Seco, y su amada Delfina capturada por soldados enemigos. Pancho Ramírez, que había escapado con vida del combate, al saber que su compañera había caído prisionera, volvió para rescatarla y fue muerto–– me dice Fuenzalida.

––Cuentan que la amante de Ramírez era una pelirroja riograndense conocida por la Delfina, supuestamente hija del virrey portugués en Brasil, a la que el entrerriano capturó en uno de los tantos enfrentamientos de Artigas contra los invasores imperiales del Uruguay. Se dice que pertenecía a la nobleza portuguesa de San Pedro del Río Grande.

––Comentan que cuando la conoció, cautiva, Ramírez se enamoró de ella y rompió su compromiso con Norberta Calvento, hermana de uno de sus camaradas. La Delfina estuvo junto a Ramírez desde entonces en el frente de batalla; cuentan que era hábil como amazona y en el uso de las armas, vestía uniforme militar de chaquetilla roja y azul, un chambergo con una pluma y charreteras de coronel. La pluma era de avestruz, y formó parte del escudo de Entre Ríos como un gesto de amor de Ramírez por la Delfina–– dice Fuenzalida que el gringo Robertson le había contado a mi abuelo, según se lo había pasado su padre, el viajero.

––Al morir Ramírez, Delfina tuvo que huir, cruzando el Chaco hasta lograr volver a Concepción del Uruguay–– le escucho decir a Victoriano. ––Dicen que se escapó a grupas del legendario Anacleto Medina, lugarteniente de Ramírez y de Artigas, que moriría con más de noventa años; por fin, las ironías del destino la llevarían a la brasileña a refugiarse en casa de Norberta, antigua prometida de Ramírez–– le escucho decir a Fuenzalida mientras entra el enfermero y me toma la temperatura y la presión.

capítulo diecisiete.

Hayan sido sus manuscritos las bases de un proyecto para una futura novela, como dicen por ahí, o una simple recopilación de cuentos y anotaciones, la cosa es que entre el cuarto y el quinto cuaderno “Laprida” en que mi padre escribía sus apuntes, hay un vacío. Tal vez se le habrían traspapelado las carátulas del cuaderno 4 y el 5, o quizás uno de los dos cuadernos se le habrá perdido; sigo la lectura:

Córdoba, noviembre de 2006.

Me despierto y me doy cuenta, sin frustraciones ni penas, que sigo atado a la cama, en el maldito estado de coma, que algunos piensan que tuvo origen emocional, y otros dicen que fue diabético. Pasa la enfermera, me pone una inyección y se va. Me quedo solo otra vez, y se me aparece el Chacho Rubio, se despereza y se decide por fin a leerme un trecho cualquiera del quinto cuaderno:


“––Fue en la época en que tu abuelo viajó a Santa Fe a comprar semillas para la finca del Negro en La Cocha–– me cuenta Fuenzalida. ––Sí, es cierto, y me parece que también anduve por traer un toro reproductor. En el mismo viaje en que lo ví al abuelo de Liborio Justo lo conocí a Robertson, un viejo inglés orgulloso de poder contar la visita de su padre en sus años mozos al campamento de Artigas en Corrientes, antes del exilio–– confirma mi abuelo. ––El inglés y su hermano eran dos jovencitos, aventureros o comerciantes, vaya uno a saber, que pasaron por Montevideo y Buenos Aires un poco antes de las invasiones inglesas. Viajaron mucho, y John, el mayor de ellos, había anotado todo lo que había visto sobre la vida del poderoso Protector, el modo que tenía de dar sus órdenes y todo lo cotidiano de sus actividades en el campamento–– agrega Victoriano.

––“Yo quería la autonomía de las Provincias, darle a cada Estado su propio gobierno, su constitución, su bandera y el derecho de elegir sus representantes, sus jueces y gobernadores entre los ciudadanos naturales de cada Estado”–– le dijo en una ocasión Artigas al general Paz, según cuenta Fuenzalida que le relató Robertson a mi abuelo.

––Sí, y dicen que se volvió caudillo, metido en política y en guerras, después pasar años en las estancias de su padre, y de ganarse la vida comprando cueros en la campaña para vendérselos a los exportadores de Montevideo o a los contrabandistas de la frontera norte–– dice Andrés Chazarreta.

––En las estancias campo afuera aprendió a conocer bien al hombre de su país, el gaucho y el indio charrúa; y desde entonces sólo halló gusto en las rudas faenas de la tierra: enlazar pingos chúcaros, bolear ñandúes, correr en el rodeo y en el campo, domando potros bravíos, cruzando a nado los arroyos. Su destreza con armas y caballos, y su fuerza corporal, le dieron un gran prestigio sobre sus peones y compañeros–– le devuelve el mate a Eufemia, me mira en la cama, y agrega Victoriano. ––A los 16 años, Artigas se va a las cuchillas, serranías adentro, en plena campaña oriental, e inicia una amistad con los charrúas que va a aumentar en años posteriores–– tose y se levanta para cerrar la ventana, Chazarreta.

––Después entró a los Blandengues, el regimiento de frontera, como cabo de caballería.Era un cuerpo de gendarmes de los españoles para combatir el robo de ganado y el contrabando en la Banda Oriental, y también para ayudar a proteger un poco mejor la frontera norte con el Brasil de los portugueses–– le agrega mi abuelo.

––En las invasiones inglesas de 1806, combatió para reconquistar Buenos Aires y en la defensa de Montevideo a las órdenes del francés Liniers que servía a la colonia–– comenta Fuenzalida. ––En 1811, Elío, gobernador español de Montevideo y virrey del Río de la Plata después de la Revolución de Mayo en Buenos Aires, le declaró guerra a la Junta Revolucionaria creada por los porteños en 1810–– dice Fuenzalida. ––Fue entonces que Artigas desertó de la guarnición de Colonia, cruzó el Arroyo de la China, hoy llamado Concepción del Uruguay, y quedó a las órdenes del gobierno de Buenos Aires, que le ofreció el grado de teniente coronel, además de 150 hombres y 200 pesos fuertes para poder levantar la Banda Oriental contra el poder español y portugués–– me cuenta mi abuelo.

––Y así, de a poco, Artigas que fue el primero a rechazar la farsa de la “máscara de Fernando VII” y a exigir la independencia de las provincias, fue alistando un verdadero ejército popular de gauchos orientales, empobrecidos por la gestión del virrey Elío–– agrega Andrés Chazarreta y le pasa un mate amargo a Victoriano. ––Dicen que repartió entre sus paisanos las tierras y el ganado que les iba sacando a los chapetones; como cuando los charrúas de su tropa le llevaron 2700 caballos con gran habilidad al porteño Manuel Sarratea. Y con las fuerzas criollas, en mayo de 1811 derrotó a los realistas en Las Piedras y le puso sitio a Montevideo. Pero, de sorpresa y por miedo a la popularidad de Artigas, el Triunvirato porteño firmó un armisticio con Elío, levantando el sitio de las tropas patriotas–– dice mi abuelo Victoriano.

––Sorprendido y enojado con el desenlace imprevisto, pero seguido siempre por sus fieles milicianos y por la mayoría de la población oriental, Artigas se replegó hacia Entre Ríos para reorganizar la lucha. De todos lados le llegaban familias huyendo de los españoles y cobijándose bajo su protección, ofreciéndose para luchar contra los chapetones y los portugueses, que ya habían empezado la invasión desde el norte de la Banda Oriental a pedido del virrey Elío–– agrega Chazarreta.

––Unas mil carretas y más de 16 mil exiliados, entre hombres, mujeres y niños, con sus pocas vacas y pobres pertenencias, vadearon el río Uruguay y se emplazaron bajo los palmares del arroyo Ayuí, cerca de la actual Concordia, en Entre Ríos, dispuestos a seguir la lucha–– dice Fuenzalida que contaba el hijo de Robertson.

––El mismo John Robertson que, según relataría su hijo años más tarde, y a tu abuelo le encantaba oír y repetir mil veces la misma historia–– prosigue–– había juntado unas cuantas cartas de recomendación de un tal capitán Percy, jefe de la flota inglesa anclada entre Montevideo y Buenos Aires, pidiendo tímidamente el reintegro de los bienes incautados por la tropa del caudillo en la Bajada. Pretendía, con ingenuidad, que Artigas lo indemnizara, y así fue que remontó el río Uruguay rumbo al norte, hasta llegar al cuartel general del Protector en el pueblo de la Purificación–– completa mi ilustre pariente Fuenzalida.

––Cuentan que, mucho antes de todo ésto, Artigas había dejado la tribu de los charrúa al entrar a los Blandengues. Quería recibir el indulto que amnistiaba los delitos de contrabando para atraer a hombres diestros, buenos jinetes, que hubieran “andado en el trajin clandestino” y formar el cuerpo de policía de frontera–– agrega ahora mi tío Luis. ––Es verdad, Artigas era un criollo que conocía muy bien la campaña y su gente por ser él mismo un gaucho más, de muchos amigos y hasta con un hijo en las tolderías. Dicen que su abuela materna descendía de una princesa inca llamada Beatríz Tupac Yipanqui. Hablaba el idioma guaraní, y se sentía a gusto al aire libre o en una choza–– comenta Chazarreta. ––Y sabía tanto de plantas y de curas milagrosas como cualquier indio charrúa, pero además, tocaba la viola, bailaba y cantaba–– lo pinta con simpatía mi tío Luis.

––Y ahora que lo pienso mejor, aguzando la memoria me acuerdo que el inglés contaba que llegó al campamento de Artigas y lo vio al Protector de media Sudamérica, sentado en un cráneo de vaca, junto a un fogón de brasas, prendido sobre el piso de tierra del rancho, comiendo carne en la punta del facón y chupando traguitos de ginebra del pico de una guampa–– y se reía Victoriano, y tosía, mordiendo el cigarro de chala con anís.
––Según decía el padre de Robertson, y después lo repetía tu abuelo–– retoma el hilo Fuenzalida, ––estaba rodeado de unos oficiales harapientos, sentados en troncos, en el suelo de barro seco o en las guampas. Fumaban chala, tomaban ginebra del cuerno, comían charqui y charlaban ruidosamente. El Protector les dictaba sus esquelas simultáneas a dos escribas indios, sentados a una mesita de quebracho, en las dos únicas sillas con asiento de paja que había en la choza–– el hijo de John Robertson le había contado a Victoriano Unzaga.

––Y debe ser así nomás, porque como dijo una vez el historiador uruguayo Washington Reyes Abadie, desde su campamento Artigas regía el sueño de unas Misiones que eran, en su utopía emancipadora, la clave de todo el sistema federal. Quería ganarlo a Paraguay para la integración del Plata, salvándolo del dominio estrangulador del puerto de Buenos Aires–– decía el inglés Robertson. ––Sí, señor, y además sus proyectos libertarios unían las rutas orientales con la provincia brasileña del Rio Grande do Sul, dándole a su economía ganadera y del salitre una salida por los otros puertos platenses: Maldonado, Montevideo y Colonia–– coincidía Victoriano.

––Con eso abrían al comercio legal, las rutas de los troperos de mulas, que desde siempre habían surcado los campos que van desde Córdoba, Santiago y Tucumán hasta Goiás y Minas Gerais–– le agrega Andrés Chazarreta.

––Desde las Misiones -donde el hijo indio Andresito aguanta la invasión portuguesa- el destino de Corrientes y Entre Ríos se unía a las tierras uruguayas, mientras Santa Fe recobraba su historia de enlace con el tráfico de yerba mate, cueros, tabaco y caña, como un centro importante en el camino al Tucumán–– acota Robertson. ––Y le ofrecía a los pueblos del norte y del Alto Perú, y al de Cuyo y Córdoba, el desahogo de su minería y de su agricultura frente a la competencia feroz de la manufactura inglesa llegada por el puerto de Buenos Aires–– agrega Robertson, en cuyas venas corría sangre inglesa, pero que había heredado del viejo John, su padre, la admiración por Artigas y su gesta emancipadora de tantos pueblos.

––El rancho del libertador, según relatos del viejo Robertson a su hijo, era la copia fiel de la miserable cárcel de la Bajada, donde el gringo había estado preso–– dice Raúl. ––El ambiente único era una habitación bastante grande; y el piso, sobre el que Artigas, todo su estado mayor y sus escribas se reunían, estaba sembrado con decenas de cartas y de sobres sellados o abiertos, venidos desde todas las provincias platenses–– agrega. ––Muchos de esos papeles habían andado más de dos mil leguas hasta el centro de las operaciones, y todos eran dirigidos al Protector de los Pueblos–– completa Fuenzalida.

––Atados al palenque, había siempre potros de refresco de los chasquis que partían con la misma frecuencia invariable–– tose, suelta el pucho del chala y me cuenta, bajito, Victoriano. ––Según decía Robertson, durante todo el día había soldados, ayudantes, indios bombistas y escuchas, siempre llegando al galope o al paso, desde todas partes. Todos hablaban con el Protector que, sentado en una cabeza de guampas mochas, dictaba, charlaba y despachaba en guaraní, en castellano o en charrúa, los más diferentes asuntos con aquellos hombres rudos que le traían y llevaban las noticias más diversas–– agrega Carlitos Fressie.

––La rutina del caudillo revelaba lo exacto del viejo dicho del abuelo Victoriano: “esperáte un poco que andoy con prisa”–– dice Raúl Sánchez. ––Artigas era un hombre muy sensato y mesurado, incapaz de actuar por impulsos, o con atropellamiento–– me pasa el mate y se despereza el Chacho Rubio.

––Aparte de la carta de Percy, traía el viejo Robertson otra, de un amigo de José de Artigas. Así fue que el viajero le entregó primero ésta esquela, como un modo amable de empezar el tema, antes de abordar aquél otro asunto sobre un reclamo de indemnización, que prometía ser menos agradable para el general–– dice Fuenzalida.

––Luego de haber leído el mensaje del amigo, el Libertador se levantó y recibió a Robertson con gran amabilidad–– le contaba Victoriano al primo Fuenzalida. ––Así fue que le habló Artigas muy alegre sobre varios asuntos, y le mostró su improvisado cuartel y casa de gobierno en Purificación. Para el viajero, que tal vez no tendría hábito de sentarse en cuclillas, le arrimó un catre a la rueda del fogón–– relataba Robertson a mi abuelo Victoriano. ––Y le pasó su facón con un pedazo de carne medio cruda, invitándolo a que comiese y tomase un mate amargo–– dice Cacho.

––Y fue así que el joven viajante inglés, casi sin darse cuenta, se sintió en pocos minutos como si fuera un auténtico gaucho. Antes de que hubiera pasado media hora en el cuartel, Artigas estaba de nuevo dictándoles a sus notarios y expidiendo un montón de otros asuntos urgentes. Se condolía con Robertson por la fiereza con que lo habían tratado sus soldados en La Bajada. Reprochaba a los autores del abuso, diciéndole al viajero portador de la queja, que al recibir la reclamación del capitán Percy, él personalmente había ordenado que lo soltaran de inmediato.

Leia mais em "Crônicas de Utopias e Amores, de Demônio e Heróis da Patria" JV. 2006.

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