terça-feira, 28 de fevereiro de 2012

Angola invadida, 2042. Crónica completa.





Angola Invadida
Crónica completa.

1ª Parte.

En los últimos días de agosto de 2042, Angola se encontraba en una grave situación económica: su deuda estimada por el Banco Central de la Confederación-BNDS el día 22 alcanzaba los 380.000 millones de Nuevos Guaraníes, contraída durante la larga guerra con Zambia y Zimbabue, a la que se había sumado algunos países del Golfo y entre ellos Qatar y Emiratos Árabes Unidos. 
Además, ante la reunión de la O.P.E.P. prevista para ocurrir en Ginebra el día 6 de septiembre, las diferencias de Lusaka y Dubai  contra Luanda se acentuaron ya que el emirato había decidido rebajar el precio del barril de petróleo a 140 Nuevos Guaraníes, mientras que Angola pretendía subirlo de 180 a 250, por lo menos. Por otro lado,  Zimbabue  le reclamaba a Angola el pago de NG$ 32.800 millones en compensación por el petróleo que, según Zimbabue, le había sustraído de su territorio en la zona de frontera con Zambia durante la larga guerra de los años 70 contra Portugal primero y contra las milicias apoyadas por los antiguos EEUU después. 

A los problemas de esas deudas dudosas y los antiguos conflictos petrolíferos se sumaron viejas rivalidades fronterizas que radicalizaron los viejos odios existentes por parte de las clases dirigentes de Zambia, país que se había abierto al decadente influjo de los capitales ingleses y de los remanentes 23 estados de los antiguos EEUU. Zambia volvió a reivindicar la soberanía sobre las tierras de Liwa Plains y  su parque nacional Sioma Ngwesi, situadas a pocos kilómetros de la línea  fronteriza oeste de Angola, que los dirigentes de Zambia consideraban aptas para instalar bases aéreas de lanzamientos de misiles tierra-tierra y que, por la misma razón, el gobierno popular de Luanda, aliado a la poderosa Confederación Brasil-Argentina, no aceptaba militarizar.

En este marco de conflictos irresolubles durante décadas por las vías diplomáticas, la crisis entre Zambia, Zimbabue y los países del Golfo Pérsico por una parte, y Angola por la otra, estalló en la madrugada del 2 de septiembre de 2042, cuando un poderoso ejército con tropas combinadas de los dos vecinos africanos, formado por 300.000 hombres fuertemente armados invadió en un ataque relámpago los territorios angolanos de las Coutadas Públicas de Luiana,  Luengué y Mavinga, a los que ocupó en menos de cuatro horas encontrando pocas resistencia, huyendo el grueso de la población rural, que se refugió a lo largo de las primeras semanas de septiembre en Lubango y Huambo, aumentando el hacinamiento urbano en las periferias de las dos ciudades.

El día 8 los invasores llegados desde África central decidieron la anexión total e irreversible del territorio ocupado; el día 10 la alianza Qatar-Emiratos Árabes Unidos hizo un llamamiento a una guerra santa contra la Confederación Brasil-Argentina, aliándose con la fracción más conservadora de los Tea Party, gobernantes de los 23 Estados Confederados de los antiguos EEUU y en favor de la recuperación definitiva de los pozos petrolíferos del Este angolano ahora en poder de Zambia-Zimbabue; es que, según los fundamentalistas norteamericanos y las oligarquías del Golfo Pérsico, la poderosa Confederación sudamericana y Angola eran dirigidas por partidos socialistas revolucionarios y sólo se podría recuperar el antiguo poderío árabe-norteamericano con la guerra total.
El 3 de septiembre de 2042, al día siguiente de la invasión de Angola por Zambia, el Consejo de Seguridad de las Nuevas Naciones Unidas exige unánimemente la retirada inmediata e incondicional de todas las fuerzas invasoras de las posiciones ocupadas. Es la Resolución 756.
El 4 de septiembre de 2042, el Consejo de Seguridad votó y estableció las condiciones para un alto el fuego definitivo: reafirmando las 19 resoluciones anteriores, exige el reconocimiento de la antigua frontera internacional de 1975 y la posesión de  Liwa Plains y  el parque nacional Sioma Ngwesi  por parte de Zambia, así como los territorios angolanos de  las Coutadas Públicas de Luiana,  Luengué y Mavinga  deben volver a permanecer bajo control de Luanda, según resoluciones del año 1963. 
De inmediato se envían fuerzas de la Nueva ONU a una zona desmilitarizada que se creará entre ambos países, 10 kilómetros en el interior de Zambia y otros 5 hacia adentro de Angola. También se invita a los países de las oligarquías del Golfo Pérsico a firmar los protocolos internacionales sobre la prohibición de fabricación, almacenamiento y uso de armas químicas y bacteriológicas y a la retirada y destrucción de sus arsenales de estas armas en los territorios de Zambia o Zimbabue, y de todos los cohetes de alcance superior a los 50 kilómetros, bajo la supervisión internacional. 

Parte 2.

La presidenta de la Confederación Brasil-Argentina, doña. Lurián da Silva, desde su sede en la capital de la alianza, Santa Maria do Rio Grande do Sul, respondió inmediatamente al urgente pedido de ayuda militar y de apoyo diplomático realizado el 2 de septiembre, casi al medio día, por la presidenta de Angola, la señora Luana de Coutinho.

A la amenaza británica del uso de la fuerza y el envío de 18 buques de su marina de guerra para apoyar a las fuerzas de Zambia y Zimbabue, la Confederación respondió enviando 37 grandes naves, incluyendo dos porta aviones nucleares que se instalaron en frente al litoral angolano, a la altura de Lubango, casi en línea recta hacia las regiones de las Coutadas Públicas de Luiana,  Luengué y Mavinga, ocupadas horas antes por los invasores de Zambia.

La noche era cerrada cuando empezó el desembarco de las primeras fuerzas argentinas y brasileñas en Namibe y Tombua, en la costa de Angola; eran las 21.30 horas del 2 de septiembre de 2042, y las dos unidades de vanguardia, la Agrupación de Comandos Anfibios y Buzos Tácticos, comandados por dos capitanes brasileños  al mando de una tropa de elite argentina de 220 hombres, partían del destructor Santa Trinidad y se internaban en los parques nacionales de Lona, Bicuar y Mupa, marchando hacia la zona ocupada por los invasores.

El 3 de septiembre, aproximadamente a las 2 de la madrugada, el Santa Trinidad detuvo nuevamente la marcha, ahora en la boca más occidental de la bahía, entre Amelia Beach y Praia Azul, y desembarcó 570 marines y 204 paracaidistas que inmediatamente tomaron el control de la reserva de Namibe.

El primer destacamento se dividió en dos grupos: el más numeroso, al mando de un teniente brasileño, comenzó una larga y penosa marcha de 28 kilómetros hacia el cuartel de las fuerzas armadas de Angola, ex-cuartel general de la SWAPO que fuera atacado tantas veces por la UNITA en las guerras civiles de mediados y fines del siglo XX; el segundo marchó hasta la antigua base del principal contingente cubano que había llegado a la ciudad de Lubango  en los años de 1970, y de la cual despegaron gran parte de los cazas cubanos que combatieron en la Guerra de Frontera contra la antigua Sudáfrica segregacionista. 

Esta vez, el 3 de septiembre de 2042, 23 cazas Sea-Harrier 2038, comandados por pilotos angolanos, brasileños y argentinos salieron en simulacro de ataque a las tropas invasoras de Zambia.

El 4 de septiembre, Gran Bretaña -alertada por los 23 estados remanentes de los antiguos EEUU- puso en marcha la réplica con una acción militar, materializada en el envío a la zona del conflicto de seis submarinos nucleares, y una aparentemente poderosa Fuerza de Tareas.
Todo esto corría paralelo a un accionar diplomático, a pedido del Presidente Gaston de Francia y Löwer de Alemania para que se disuadiera a los gobiernos de Zambia y Zimbabue, y a los Emitatos Árabes de emplear la fuerza contra las tropas brasileño-argentinas que se desplazaban en apoyo a Angola.

A partir del 5 de septiembre, Brasil, Angola y Argentina llevaron adelante una maniobra decididamente ofensiva en lo político, económico y psicológico, en tanto que, sin pausa,  ejecutaban la concentración de fuerzas para la reconquista de las áreas ocupadas.

Desde el primer momento, como en otras ocasiones de su historia pacifista y conciliadora, el planeamiento y desplazamiento de los medios militares brasileño-argentinos, se habría realizado con la intención y el convencimiento de deflagrar una acción bélica. Agotados los medios diplomáticos y las negociaciones pacíficas, estas acción  podría ser relámpago o más o menos prolongada, cruenta o incruenta, según el grado de resistencia que opusieran las fuerzas centro-africanas; en cualquiera de los casos la Confederación y Angola estaban preparadas para la guerra.

En este sentido, las negociaciones en la Nueva ONU constituían en un cierto sentido una pantalla, que les daba tiempo, y encubría las reales intenciones del país agredido y sus aliados sudamericanos, que era preparar sicológicamente a la opinión pública mundial, mientras creaba un justificativo válido –por ser real- para una probable, lamentable e ineludible guerra.
Su objetivo era la reconquista total y definitiva de los territorios angolanos invadidos, acatando de hecho las disposiciones dispuestas por la Nueva ONU.

Tanto la Armada Republicana Británica como la ex 5ª flota de los antiguos EEUU, -aunados en una última tentativa de presión sobre Brasil-Argentina y su aliado Angola- se encontraban próximos a jubilar de los servicios un 70 por ciento de sus flotas, lo que hubiera dificultado cualquier tentativa seria de ataque o de contraataque, eliminando de hecho su eventual victoria sobre las fuerzas de Brasil-Argentina, naciones con más de sesenta años sin guerras, pero permanentemente alertas ante los peligros de los viejos y caducos ex-imperios. 

Sobre la costa angolana había, al atardecer del día 4 de septiembre de 2042, dos grandes destructores misilísticos ARA Hércules B-52, de 5.400 toneladas, con 4 lanzadoras de misiles MM-38 Exocet antibuque cada una, y cada lanzadora con 12 misiles, 9 lanzamisiles dobles antiaéreos Sea Dart- 2038, 6 cañones de 114 mm, 5 antiaéreos de 20 mm, 9 lanzadores triples de torpedos de 324 mm y 24 helicópteros Westland Sea Lynx -2040. 

Por otro lado, como modo de poder neutralizar un posible ataque combinado de los Emiratos Árabes y de Qtar, Brasil y Paraguay habían apostado entre Bandar-e-Khamir y Bandar-e-Abbas, a la entrada del Golfo Pérsico, 18 corbetas misilísticas Drummond P-31, de 1.250 toneladas, 24 lanzadoras de misiles MM-2038 Exocet antibuque, cada una de ellas con 12 misiles, 6 cañones de 100 mm, y 5 doble cañones de 40 mm importados de los antiguos EEUU en 2041. 

A su vez, Uruguay, el Estado Asociado de Islas Malvinas y Argentina, desplazaron hacia la parte estrecha del Golfo de Azadi tres corbetas misilísticas Granville P-2033), de 1.350 toneladas cada una, con 8 lanzadoras de misiles MM-38 Exocet antibuque , y cada una con 15 misiles, 4 cañones de 100 mm y 3 dobles de 40 mm, producidos por Paraguay en 2036. 

El Nuevo Submarino ARA Santa Fe S-2021, de 1.526 toneladas, con 18 tubos lanzatorpedos de 254 y 533 mm, modelo 2039, se apostó en frente a las playas del parque nacional Nayband Marine de Irán, a pocos minutos de Al-Rwais y Al-Mafyar. De inmediato, Irán se declaró a favor de la Confederación y de la agredida Angola, y amenazó con cerrar el Estrecho de Ormuz, advirtiendo a los estados remanentes de los ex-Estados Unidos y a Gran Bretaña, que no enviaran sus portaaviones al Golfo Pérsico. Los 23 Estados respondieron tímidamente que sus portaaviones pueden patrullar donde sea necesaria la libertad de navegación, ante lo cual Irán empezó a realizar ejercicios navales en el área del Estrecho.

Nuevamente -y tal como había ocurrido en "la Guerra que no fue" de 2038, cuando Gran Bretaña amenazó retomar el estado Asociado de Islas Malvinas- la enorme presión internacional a favor de Brasil-Argentina y su aliada Angola desarmó el posible conflicto.

A diferencia de las viejas potencias colonialistas e imperiales, la Confederación Brasil-Argentina y su enorme red de alianzas, en América Latina y África Oeste y Sur, habían impedido los conflictos armados con solo estirar los músculos y sin necesidad de disparar un único tiro.

Las Nuevas NU enviaron tropas de Cascos Azules que se instalaron preventivamente entre los territorios de Liuwa Plains y  su parque nacional Sioma Ngwesi en Zambia, para fiscalizar el retiro pacífico y el desarme del enorme contingente militar que había invadido Angola. Y, lógicamente, se prohibió a las oligarquías de Zambia y a Zimbabue instalar cualquier tipo de bases aéreas de lanzamientos de misiles.

FIN
Javier Villanueva. São Paulo, 23 de febrero de 2012.








domingo, 26 de fevereiro de 2012

Angola invadida. 2042: la Confederación Brasil-Argentina impone un nuevo orden.






1ª Parte.

En los últimos días de agosto de 2042, Angola se encontraba en una grave situación económica: su deuda estimada por el Banco Central de la Confederación-BNDS el día 22 alcanzaba los 380.000 millones de Nuevos Guaraníes, contraída durante la larga guerra con Zambia y Zimbabue, a la que se había sumado algunos países del Golfo y entre ellos Qatar y Emiratos Árabes Unidos. 
Además, ante la reunión de la O.P.E.P. prevista para ocurrir en Ginebra el día 6 de septiembre, las diferencias de Lusaka y Dubai  contra Luanda se acentuaron ya que el emirato había decidido rebajar el precio del barril de petróleo a 140 Nuevos Guaraníes, mientras que Angola pretendía subirlo de 180 a 250, por lo menos. Por otro lado,  Zimbabue  le reclamaba a Angola el pago de NG$ 32.800 millones en compensación por el petróleo que, según Zimbabue, le había sustraído de su territorio en la zona de frontera con Zambia durante la larga guerra de los años 70 contra Portugal primero y contra las milicias apoyadas por los antiguos EEUU después. 

A los problemas de esas deudas dudosas y los antiguos conflictos petrolíferos se sumaron viejas rivalidades fronterizas que radicalizaron los viejos odios existentes por parte de las clases dirigentes de Zambia, país que se había abierto al decadente influjo de los capitales ingleses y de los remanentes 23 estados de los antiguos EEUU. Zambia volvió a reivindicar la soberanía sobre las tierras de Liwa Plains y  su parque nacional Sioma Ngwesi, situadas a pocos kilómetros de la línea  fronteriza oeste de Angola, que los dirigentes de Zambia consideraban aptas para instalar bases aéreas de lanzamientos de misiles tierra-tierra y que, por la misma razón, el gobierno popular de Luanda, aliado a la poderosa Confederación Brasil-Argentina, no aceptaba militarizar.

En este marco de conflictos irresolubles durante décadas por las vías diplomáticas, la crisis entre Zambia, Zimbabue y los países del Golfo Pérsico por una parte, y Angola por la otra, estalló en la madrugada del 2 de septiembre de 2042, cuando un poderoso ejército con tropas combinadas de los dos vecinos africanos, formado por 300.000 hombres fuertemente armados invadió en un ataque relámpago los territorios angolanos de las Coutadas Públicas de Luiana,  Luengué y Mavinga, a los que ocupó en menos de cuatro horas encontrando pocas resistencia, huyendo el grueso de la población rural, que se refugió a lo largo de las primeras semanas de septiembre en Lubango y Huambo, aumentando el hacinamiento urbano en las periferias de las dos ciudades.

El día 8 los invasores llegados desde África central decidieron la anexión total e irreversible del territorio ocupado; el día 10 la alianza Qatar-Emiratos Árabes Unidos hizo un llamamiento a una guerra santa contra la Confederación Brasil-Argentina, aliándose con la fracción más conservadora de los Tea Party, gobernantes de los 23 Estados Confederados de los antiguos EEUU y en favor de la recuperación definitiva de los pozos petrolíferos del Este angolano ahora en poder de Zambia-Zimbabue; es que, según los fundamentalistas norteamericanos y las oligarquías del Golfo Pérsico, la poderosa Confederación sudamericana y Angola eran dirigidas por partidos socialistas revolucionarios y sólo se podría recuperar el antiguo poderío árabe-norteamericano con la guerra total.
El 3 de septiembre de 2042, al día siguiente de la invasión de Angola por Zambia, el Consejo de Seguridad de las Nuevas Naciones Unidas exige unánimemente la retirada inmediata e incondicional de todas las fuerzas invasoras de las posiciones ocupadas. Es la Resolución 756.
El 4 de septiembre de 2042, el Consejo de Seguridad votó y estableció las condiciones para un alto el fuego definitivo: reafirmando las 19 resoluciones anteriores, exige el reconocimiento de la antigua frontera internacional de 1975 y la posesión de  Liwa Plains y  el parque nacional Sioma Ngwesi  por parte de Zambia, así como los territorios angolanos de  las Coutadas Públicas de Luiana,  Luengué y Mavinga  deben volver a permanecer bajo control de Luanda, según resoluciones del año 1963. 
De inmediato se envían fuerzas de la Nueva ONU a una zona desmilitarizada que se creará entre ambos países, 10 kilómetros en el interior de Zambia y otros 5 hacia adentro de Angola. También se invita a los países de las oligarquías del Golfo Pérsico a firmar los protocolos internacionales sobre la prohibición de fabricación, almacenamiento y uso de armas químicas y bacteriológicas y a la retirada y destrucción de sus arsenales de estas armas en los territorios de Zambia o Zimbabue, y de todos los cohetes de alcance superior a los 50 kilómetros, bajo la supervisión internacional. 

Continuará.
Javier Villanueva. São Paulo, 23 de febrero de 2012.

Lea también:
Perú y las Malvinas argentinas, 2022. La guerra que no fue. 

1ª parte:

2ª parte:

3ª parte:

4ª y última parte:






quinta-feira, 9 de fevereiro de 2012

Piratas de ayer, de hoy, y de siempre.


Lea más sobre las Malvinas en un relato futurista: 

- “Es un anacronismo en el siglo XXI seguir manteniendo colonias de las cuales quedan sólo 16 casos en el mundo y diez de ellos son de Inglaterra.”
- “Están depredando nuestros recursos naturales, la pesca y petróleo, sin ningún tipo de control, lo que podría terminar en desastre. Además tengamos en cuenta que las batallas que se vienen serán por los recursos naturales y nuestra región es de las más ricas y con mayor potencialidad.”
- “Si algo vamos a preservar, además de los recursos, será la paz. Todo lo que hemos resuelto entre los suramericanos fue con el diálogo y entre nosotros, sin intervención de organismos internacionales. Ellos, en cambio, están militarizando el Atlántico Sur una vez más. No podemos interpretar de ninguna otra manera, por más buena voluntad que pongamos, el envío de un destructor acompañando al heredero real, a quien nos hubiera gustado verlo con ropa civil y no de militar.”
Cristina Fernández, presidenta de Argentina, sobre el nuevo conflico.

Un poco de historia

En enero de 1833, en una de sus tantas actividades de piratería, naves inglesas produjeron el acto ilegal de ocupar las Islas Malvinas, en la actual provincia de Tierra del Fuego, en la Patagonia Argentina. En realidad fue nada más que una primera ocasión, ya que en realidad,  las invadieron 3 veces, y en esa oportunidad no estuvieron mucho tiempo usurpando el territorio insular, aunque ya habían habido otras dos tentativas graves de tomar Buenos Aires en las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807.

En ese contexto aparece la figura patriótica del Gaucho Rivero, nacido en Concepción del Uruguay, en Entre Ríos, en 1808. Fue llevado a las Malvinas por Luis Vernet, en 1827, para trabajar como peón de estancia, junto con un capataz francés y un irlandés, encargado de los negocios. El negociante Luis Vernet, nacido en Hamburgo, pero de ascendencia francesa, recibió una concesión territorial en las Malvinas, de cuya administración se hace cargo y para lo cual contrata a gauchos, negros y aborígenes, mano de obra barata que será explotada como corresponde.

La carrera de Luis Vernet es veloz: dos años después de la concesión territorial ya es el comandante político y militar de las Islas,  aunque cultiva poca lealtad hacia la patria que lo colocó en su lugar, y en sus cartas al encargado de negocios británico remite desde “Falkland Islands” en lugar de “Islas Malvinas” que es el nombre oficial del territorio que gobierna.

El Gaucho Rivero y sus compañeros  llevan  una vida dura en las Islas: Luis Vernet les paga con vales, que no siempre son aceptados por los comerciantes amigos de Vernet, o son recibidos a un valor mucho menor.

En diciembre de 1831 la corbeta de guerra estadounidense “Lexington”, capitaneada por el pirata norteamericano Silas Duncan, llegó a Puerto Luis. Portaba bandera francesa, para esconder su verdadera identidad y aprovecharse de un descuido en tierra para cañonear las defensas de la isla, destruyendo el asentamiento, usurpando edificios públicos, saqueando los abastecimientos, robando los cueros y alimentos. Por fin, queman el polvorín y detienen a un grupo de habitantes.
Rivero y sus gauchos se esconden en el interior de las islas para no ser apresados. Los piratas norteamericanos se quedan en las islas un mes. Al momento del ataque, la colonia de Puerto Luis tenía 124 habitantes: 30 negros, 34 porteños, 28 rioplatenses de origen inglés y 7 alemanes, además de una guarnición de 25 hombres. Removidas las autoridades legítimas y estropeados los bienes e instalaciones, el archipiélago queda en total desorden: los presos del penal deambulaban libres, y los piratas atracan impunemente en sus puertos y fondeaderos.

Buenos Aires vive una indignación generalizada: el diario porteño La Gaceta Mercantil llamó al atentado una "infracción al derecho de gentes" y un "ultraje al pabellón argentino". Luis Vernet, ya en Buenos Aires, propone al sargento mayor de artillería Mestivier para que lo reemplace en su ausencia y arregle los desastres creados por la “Lexington”. Mestivier viaja en la goleta de guerra “Sarandí”, comandada por el teniente coronel de marina Pinedo.
En las Islas Malvinas, el comandante Pinedo empieza a recorrer las costas de las islas en la goleta que había sido la  nave insignia y capitana del Almirante Guillermo Brown,  tratando de recomponer el desorden; pero en su ausencia, el 30 de noviembre ocurre una sublevación en Puerto Luis, en la cual el comandante Mestivier es asesinado por el sargento Manuel Sáenz Valiente. El ayudante de Pinedo, Gomila, se instala en la habitación del fallecido comandante en medio de un caos total.
Al volver al Puerto, Pinedo recompuso la cadena de mando, detuvo a los rebeldes e inició las actuaciones sumarias del caso. Días después el orden había sido restablecido.

La tragedia en Malvinas ayudó a la invasión británica posterior: aparte de la inutilización de las defensas y fortificaciones argentinas en Puerto Luis, y la destrucción de edificios y robo de materiales a manos de la norteamericana USS Lexington, el archipiélago estaba en un total caos administrativo, defendido apenas por una goleta y su pequeña dotación, varios de sus soldados presos y en estado de insubordinación, con una mayoría de habitantes que eran colonos extranjeros  recientemente incorporados a la nacionalidad argentina, y gran parte de ellos de origen británico, que dudarían en tomar las armas en contra de su país natal.

Más sobre piratas y piraterías

En 1833 llega la corbeta pirata inglesa “Clío” y toma las Islas. Su capitán ordena al teniente coronel Pinedo que arríe la bandera de Argentina y que salga de las islas. Impone como autoridades al francés, capataz de Vernet y a su encargado de negocios de nacionalidad irlandesa. El 3 de enero de 1833 desplazan a las autoridades legítimas argentinas, arrían la bandera y colocan en su lugar la  inglesa.

El 26 de agosto de 1833, el Gaucho Rivero y otros 7 patriotas, Juan Brasido, José María Luna, Luciano Flores, Manuel Godoy, Felipe Salazar, Manuel González y Pascual Latorre, cansados de tantas injusticias, y  de ver la bandera inglesa flameando en el mástil, producen un levantamiento revolucionario.
Los rebeldes, además de su desventaja numérica, estaban muy mal armados con facones, boleadoras y  mosquetes, distinto de las pistolas y fusiles con los que contaban los invasores, por lo que decidieron actuar por sorpresa. Tras un breve enfrentamiento ajusticiaron a las autoridades ilegales que los piratas ingleses habían dejado y tomaron la comandancia. Impidieron  izar  la bandera británica durante cinco meses, astearon la bandera argentina, y se hicieron cargo de las Islas.

En enero de 1834 llega otra corbeta inglesa con soldados para combatir a los insurrectos, constituyendo el segundo acto de piratería,  apresando a los gauchos argentinos y aborígenes, aunque pasaron muchos meses para capturar al Gaucho Rivero y enviarlos a todos a Gran Bretaña para ser juzgados. Por fin, en 1835 son repatriados y dejados en libertad, porque consideraron  que no habían producido actos de vandalismo - castigado con la muerte- sino una resistencia patriótica.
La última patriada del Gaucho Rivero lo encuentra combatiendo contra nuevas invasiones - esta vez de Francia, aliada a Inglaterra- en la Vuelta de Obligado de 1845.

Más historias de piratas, corsarios  y filibusteros

La piratería en América resultó de la política de despoblamiento forzoso de los españoles a comienzos de 1600 con el fin de colonizar el continente, lo que dejó el campo libre a los filibusteros. La Orden de los Piratas o Cofradía de los Hermanos de la Costa apareció en el Caribe hacia 1620.
El ingreso a la Orden de los Piratas tenía un período de prueba  de dos años, llamado "Matelotage ", en la que el aspirante o "Mamelot" trabajaba de criado y de guardaespaldas del filibustero que lo tenía a su cargo.

Los piratas británicos siempre fueron muy organizados: cuando atacaban barcos extranjeros y conseguían un botín, se separaba una parte para pagar los servicios del carpintero y del cirujano - entre 100 y 150 pesos para el primero, y de 200 a 250 pesos para el segundo. Lo siguiente era pasar revista a las heridas de la tripulación y aquellos que en el transcurso de la pelea quedaran tullidos obtenían una bonificación en su parte, equivalente a la gravedad de su herida:

Recompensa por herida en combate
• Pérdida del brazo derecho: 600 pesos o seis esclavos.
• Pérdida del brazo Izquierdo: 500 pesos o cinco esclavos.
• Pérdida de la pierna derecha: 500 pesos o cinco esclavos.
• Pérdida de la pierna izquierda: 400 pesos o cuatro esclavos.
• Pérdida de un ojo: 100 pesos o un esclavo.
• Pérdida de un dedo: 100 pesos.
El resto se dividía en cinco o seis partes, de las cuales dos eran para el capitán, y lo demás se repartía equitativamente entre la tripulación, con excepción de los aprendices, que sólo cobraban la mitad.

Éste sistema, generalmente aceptado, pocas veces se burlaba so pena de ver pasar por la quilla al muchas veces odiado capitán.
El precio por un esclavo blanco rondaba los 30 escudos, mientras que el de un esclavo negro iba de 20 a 30 escudos.

Los marineros "forzados" o "engangées" eran esclavos blancos temporales que vendían las compañías comerciales inglesas, francesas y holandesas a los filibusteros, y que en muchos casos eran simples políticas para la colonización del nuevo mundo.

Desde 1644 los barcos holandeses podían entrar en los puertos españoles en caso de necesidad, como resultado de los pactos firmados entre las coronas española y la de Holanda, momento que aprovechaban las dos partes para poder comerciar ilegalmente.
A través de la piratería, los ingleses, franceses, holandeses, daneses y suecos ya tenían colonias en el Caribe en el primer cuarto del siglo XVII. Para ser más exactos, la relación de las posesiones no castellanas, en el Caribe, por país, era la siguiente:

• Inglaterra: Trinidad, Tobago, Granada, las Granadillas, San Vicente, Barbuda, Anegada, Virgen Gorda y la Tórtola. A partir de 1655 se agregan Jamaica y las islas Bahamas.
• Francia: Martinica, Guadalupe, Marigalante, las Bantas, la Deseada, la parte norte de San Martín, y la parte occidental y norte de la Española.
• Holanda: Isla de Saba, San Eustaquio, Curacao, Bonaire y Aruba.
• Dinamarca: Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz.
• Suecia: San Bartolomé.
El monopolio sevillano del comercio europeo con América tenía como única excepción la de los puertos canarios. Fue ese carácter de puerto franco lo que permitió disfrutar a las islas Canarias, hasta el siglo XIX, de la presencia continua de comerciantes europeos de diversas nacionalidades.

A partir de 1650 empieza el declive holandés en el Caribe y de la Compañía de las Indias Occidentales, a la vez que Inglaterra establece su predominio en el mar, siempre con la inestimable ayuda de piratas, corsarios y filibusteros al servicio de su majestad.

Javier Villanueva, São Paulo, 9 de febrero de 2012.

sábado, 4 de fevereiro de 2012

Gritos aterradores

 
Dormía Juancito el sueño de los justos cuando, a eso de las tres y media de la madrugada, lo despertó un grito de dolor terrible, un grito verdaderamente desgarrador.

- Yo estaba durmiendo tranquilamente cuando me desperté escuchando la voz de una mujer – me cuenta Juancito. 
- Calculo que era una jovencita; me tapé con las sábanas hasta el cuello y estiré la mano para prender la luz, y te juro que me pareció sentir que el grito se desvanecia de a poco, como si de pronto se lo hubiera llevado el viento - agrega. 
Dos dias después, los vecinos de Juancito me comentaron que escucharon lo mismo, y entonces descarté que hubiera sido su mera imaginación, ya que todos sabemos que Juan es emotivo y un tanto exagerado.  

– Era un grito de esos que te llegan hasta el fondo del alma, mostrando el dolor, el temor y la desesperación de la persona en toda su magnitud – insiste Juan. 

 ¿Te acordas del grito de Roger Waters en la canción “Careful”? Bueno, más o menos así. ¿O ese otro, el de John Lennon en el final de "Mother"? que todavía hoy, cada vez que lo escucho siento que el corazón se me paraliza y se me ponen los pelos de la nuca de punta – me dice.


Durante la semana supimos que la policía anduvo pesquisando. Varias denuncias habían atraído a los investigadores que buscaban un cadaver de mujer. Tan claro estaba para la mayoría de los vecinos que había ocurrido un crimen horrendo. Pero no apareció ningún cuerpo.


Eso sí, la mujer del verdulero, rubia, joven y muy atractiva, había desaparecido y el marido, casi un viejo, ya había dado parte a la policía.



A la semana siguiente, otra vez a deshoras de la madrugada, mientras el pueblo entero dormía, de nuevo un grito aterrador, cortante, casi el rugido de una fiera salvaje. El grito era de una voz masculina, y venía desde las oficinas abandonadas del antiguo ferrocarril, desmontado hacía ya más de nueve años.



- Era un rugido desolado y desgarrador. No era el de alguien que se golpeó, no era un aullido de bronca, ni era tan sólo una expresión extrema de dolor ni de odio; se notaba en el aire el miedo, y el silencio después del miedo, tanto que ya estaba asustándome a mí mismo, dejándome desesperado, aterrado – cuenta Juan.



Dice Juancito que la policía volvió a las búsquedas durante toda la semana y otra vez nada. Sin cuerpo no hay crimen, y los investigadores se retiraron de manos vacías. Pero esta vez fue el marido de la farmacéutica el que desapareció.
Pasaron los años y el pueblo se olvidó de los gritos, que nunca más ocurrieron; y Juancito volvió a dormir tranquilo sus madrugadas, sin novedades que lo perturbaran.



Una linda rubia cuarentona, con dos hijos saliendo ya de la adolescencia y un marido entrecano, llegaron un día al pueblo y compraron la vieja farmacia, que estaba sin funcionar y con toda las instalaciones en orden desde que la dueña había fallecido, años atrás, desconsolada por la súbita desaparición del marido. 


El anciano esposo de la verdulera, rubia y bonita, ya la había perdonado e incluso olvidado, cuentan, años antes de su muerte.La vida en el pueblo siguió su curso, pacata y sin demasiados sobresaltos.

FIN. Javier Villanueva, São Paulo, 3 de febrero de 2012.

quinta-feira, 2 de fevereiro de 2012

La brujas del tío Luis. Esteban y la plantita. 4ª y última parte.


Doña Delicia, Doña Visitación y la Desposoria.

Tres personas, las dos primeras, curanderas, parteras, ayudaban a bien morir. La tercera, de profesión bruja y de aspecto temible cuando arrastraba los demonios a cuestas; la vi a través del cerco, caminaba agachada con todo el cabello, que lo tenía muy largo, cubriéndole la cara, murmurando y llevando en su mano un cuchillo. ¿Era bruja? ¿O simplemente le gustaba tomar unos tragos y a veces se pasaba?, el caso es que la gente, con razón o sin razón, hablaba; y todo hacía suponer que era cierto, porque vivía  cerca de la montaña donde, por esas quebradas, decían, se llegaba a la salamanca. La cuestión es que las vecinas – y eran ellas las que más sabían - escuchaban por las noches los chistidos de la bruja que volaba, y al otro día siempre encontraban alguna prenda de vestir entre los montes. ¡Pobre del dueño de esa prenda!.

Doña Delicia, o doña remedio. Mujer alta, erguida, delgada, vestida toda de negro hasta los pies, también cubría su cabeza con una tela del mismo color; era una señora de aspecto grave, de pocas palabras, que les daba confianza con su trato a los pacientes. Conocedora de las propiedades de los yuyos, de los emplastos de los saumos, y de los efectos de las lavativas, satisfacía a la vecindad que siempre acudía a ella.

Doña Visitación era otro tipo de mujer. Con los mismos conocimientos y experiencia para aliviar los males del cuerpo y las penas del corazón que tenía doña Delicia, pero con otro temperamento; parecía no dar tanta importancia a las quejas de sus pacientes, siempre tenía  respuestas alentadoras o algo que hiciera reír, casi  siempre tenía en su boca  el chala que pitaba.

Autor: Luis Unzaga, Catamarca, primavera de 2011.




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Esteban y la plantita.

La tres brujitas del tío Luis no le salen de la cabeza a Esteban, que piensa y piensa, y llega a la conclusión que el duende que se les apareció, con una propuesta que al final no les hizo – y que lo va a obligar a volver, claro – son de la misma estirpe de las brujas de las Chacras, y no se los imagina a ninguno de ellos tan peligroso. Aunque con seguridad que todos frecuentan la misma salamanca a la que se refería Luis en su descripción.

Esteban recuerda entonces que él y su mujer sintieron un calor intenso durante la presencia del enano sombrerudo, e incluso les ocurrió como al viejo Luna, de Catamarca: se quedaron como paralizados, y no pudieron gritar por más que lo quisieran. El duende, se acuerda Esteban,  vestía una ropa que no era de esta época y, diferente de la mayoría de los otros duendes que había visto la tía Gringa, que van de rojo o de verde según la ocasión, el que los visitó a ellos estaba todo de gris y usaba un sombrero grande, medio verdoso. Tenía aspecto de anciano, aunque su voz era firme como la de un hombre joven.

Pero el caso es que el hombrecito salió callado, se fue y no dejó rastros; aunque no terminó de hacer su propuesta después de comerse un plato entero de poroto sancochado. Bueno, piensa Esteban, será una de las tantas leyendas urbanas – o rurales - de Catamarca, y encoge los hombros; pero no deja de pensar en cómo encendió sus ojos el hombrecito cuando le avanzó a su mujer, brillándole como llamas rojas, fulgurantes, asustadoras,

A la mañana siguiente, sigue la lluvia; Esteban se levanta y va al living a apagar la TV que los chicos dejaron prendida en el Canal Disney. Sentado en una silla y con los ojos abiertos, está el hombrecillo de nuevo, mirando al techo. Esteban lo ve, como entre los delirios de un sueño, y nota que de pronto, rápido como un pestañeo, el duende ya está apoyado en la baranda de la galería; y ve que el hombrecito se le acerca, esta vez tímido, cabizbajo casi; en sus ojos, sin embargo, le nota un brillo astuto, diabólico, un matiz verdoso. Una sonrisita mordaz se  asoma a la comisura derecha de la boca, que a Esteban le hace acordar de inmediato del miedo que sentía cuando el tío abuelo Manuelito Arce esbozaba su sonrisa torcida, señal de que preparaba una travesura para espantarlos a los chicos.

El hombrecillo lo saluda muy respetuoso, al modo antiguo y, no sé por qué, Esteban vuelve a recordar cuando era chico y llegaba, de la mano del abuelo Victoriano, a la casa de los Ovejero. Y es que pasaban cosas extrañas en La Falda, comarca repleta de chacras luminosas, pero también llena de misterios y fantasías, allá por los años setenta.  

Bom dia jovem, com licença lo saluda, amable, extrañamente en portugués, con un lejano acento argentino, el hombre de la leve sonrisa sarcástica, y lo saca de golpe del ensueño de infancia.
— ¿Podría decirme si a la dueña de casa le interesaría comprar una botella mágica que traigo para ofrecerle?  le pregunta, ahora en castellano, y con menos humildad, cuando descubre en Esteban al inmigrante, al exiliado envejecido, añejo de saudades, de nostalgias mal contenidas, pleno de recuerdos, y de ganas de volver a sus lejanos 28 años.

—  Digame, ¿Ud. vendería su alma para volver a tener 28 años otra vez? le pregunta de sopetón, adivinándole los pensamientos y las divagaciones en las que se pierde Esteban a raíz de la pregunta.

Y Esteban recorre mentalmente los cajones de su escritorio, piensa que en algún lugar debe haber todavía una carta…sí, recuerda  haber visto un papel en el que Victoriano presagiaba la llegada de un forastero con una oferta que él no podría rehusar.  Se acuerda también, como entre fogonazos mentales, del cuento de Villanueva que relata la visita de un hombrecito gris que le ofrece al escritor una botella llena de un humo colorido, en el que de vez en cuando se ve pasar un diablillo; le recorren rápido por la memoria las imágenes de la familia de “Los Iguales”, aquéllos que  a cada tanto renovaban su contrato con el Malo y le vendían sus pobres almas al demonio, sistemáticamente, a cada generación; y al recuperar la juventud se hacían cada vez más iguales, pagándole como tributo al Supay con la pérdida de la preciosa individualidad de cada uno de los miembros de la familia. 

Bien, me toma Ud. de sorpresa — casi balbucea Esteban. — Pero sí, me interesa, claro; mi mujer salió, pero yo lo puedo atender, pase .  La puerta cancel se cierra al paso del hombrecito, y él  apoya en la mesa de vidrio de la salita, con cuidado, una botella con reflejos multicolores y una intrigante figura gris en su centro.

Muchos años después – yo ya me había ido de Catamarca y vivía en São Paulo hacía décadas – me cuenta Esteban cómo fue ese segundo encuentro, extrañísimo, con el hombrecito:

Me limité a abrirle la puerta, hacerlo pasar hasta la galería, y tratar de cumplir con lo que me él me pedía, o mejor dicho, lo que de a poco me fui dando cuenta que me exigía su alma en pena: en primer lugar, nunca jamás debería hablarle –– agregó con voz misteriosa Esteban. ––Tal vez ese haya sido un gran error mío con el que me jugaría la suerte más tarde. Pero, ¡la yeta puta! ¡Si no era cosa que algo me saliera bien, carajo! –– se altera Esteban y yo me quedo callado, prefiero no interrumpirle el relato.

––Me acuerdo clarísimo de aquel encuentro: no me puedo olvidar de cómo los gallos y los pájaros cantaban, como enloquecidos, y revoloteaban en las quintas de los vecinos, cómo cacareaban las gallinas, y ladraban los perros, y el repicar de las campanas de la capilla de San Antonio. La lluvia, que había durado 139 días, paró de pronto, y las ramas de los árboles crujían con violencia, agitadas al viento, y tuve la impresión de que aquella visita iba a cambiarnos las vidas a mi mujer y a mí, para siempre.

–– El único equipaje del hombrecito era una bolsa de las compras y un librito viejo que cargaba en la mano, aparte del sombrero. No me animé a preguntarle de dónde venía ni hacia dónde iría después; no podía hablarle, pero durante esa noche las horas pasaron tan rápido que, recién terminaba de servirle un mate cocido y unos bizcochos de grasa, allá en el galpón, cuando sonaron los redobles de las seis en el campanario de San Antonio ––.

––Después de una larga semana conviviendo a la fuerza con el Sombrerudo, a veces yo esperaba que él saliera de la finca un rato, y en seguida me iba corriendo hasta su pieza a hurgarle entre las cosas. Fue así que tuve la sorpresa de ver que, aunque había llegado a las Chacras sin equipaje, el hombrecito se cambiaba de ropa todos los días. Sus pantalones, alpargatas y camisas eran siempre diferentes, tanto las que se ponía a diario, como las que le encontraba cada vez que le revolvía sus cosas, de distintos colores y tamaños, muchos tipos de botines y ropas, todos los que te podás imaginar –– me asustaba Esteban con una voz que resonaba cada vez más gruesa y lenta.

–– Así es que un buen día decidí tenderle una trampa al duende, para tratar de sacarle la máscara, para saber a qué se dedicaba y por qué no hablaba,  adónde se iba cuando salía, o qué carajo hacía en todos esos misteriosos paseos, en los que nadie más lo veía. Pero a él se le volvió una especie de juego la trampa que quise armarle. El hombrecito tenía los pensamientos y la mente más cínicos, perpicaces e inquisitivos, y las actitudes más sagaces que yo hubiese conocido hasta entonces. Mi astucia campesina no me sirvió de nada; al contrario, me enredó cada vez más en mi propio juego; a tal punto que creo que llegué a pensar que él ya se lo traía todo planeado desde su aparición–– prosigue Esteban.

––Aún a sabiendas de esto decidí jugármela a fondo, porque, al final de cuentas, ¿qué podría perder, no?–– me mira, como desafiante, y a la vez orgulloso de su historia.
––Me senté en el sillón de mimbre de la galería a esperarlo al Mandinga. Sí, porque yo ya me había dado cuenta que el duendecillo, el hombre orejudo y sombrerudo, sólo podía ser el Malo, en persona. Tomé unos mates y armé dos chalas, mientras contaba las horas, cada minuto y cada segundo, porque de un momento al otro, el colectivo de La Falda iba a pararse, y él entraría por el portón. Cuando ya estaba muy oscuro, como no llegaba, y el otoño de Catamarca es muy frío, fui al salón y me senté en la hamaca, tapado hasta la nariz con una colcha gruesa de alpaca –– Esteban prende el cigarro de anís, le da unas pitadas y tose.

–– Me fue viniendo el sueño y cerré los ojos, pero pocos minutos después escuché el chirrido agudo de los frenos del colectivo y seguí los pasos de las alpargatas arrastradas del Mandinga pasando la tipa, después por debajo de la santarrita, y cuando rozó la hamaca en la galería. Luego percebí la llave que iba girando en la cerradura de la puerta verde del salón. Abrí despacio los ojos y observé la manera lenta de las dos vueltas de la llave. Ví la hoja pesada de algarrobo, que al abrirse dejaba filtrar un rayo de luna reflejándose en las baldosas de cerámica, y se vino el Malo cruzando el salón, derecho hacia mi reposera. Me quedé muy quieto, casi sin respirar. El diablo se me acercó y de entre sus ropas lujosas sacó lo que yo pensé que era un fierro, y recé por mi suerte – prosigue Esteban.

–– El Malo dejó entonces alguna cosa al lado de la reposera, al costado, y arrimó un banco para sentarse bien adelante mío. Me miró derecho a los ojos, como si estuviéramos en un juego de chinchón o de truco.  Yo no quería hacer el primer movimiento, y pensaba que algún otro, más churo que yo, en mi lugar ya se le hubiera tirado encima, pero no, yo no, ese no era mi estilo. Preferí esperarlo, alerta, listo con el facón por debajo de la colcha, para defenderme, por si acaso el Mandinga me atacara –– cuenta mi primo Esteban.
––De pronto el condenado hizo un movimiento corto pero muy ligero en mi dirección, como si fuera a arrancarme la colcha de un manotazo; y ahí mismo le vi las garras, las manos enormes y peludas, y debo haber dado un grito ¡carajo!, porque él soltó una carcajada.  Es que yo, sin querer, había roto mi promesa, ya no podría continuar el juego peligroso y fatal con Satanás –– terminaba su relato Esteban, mientras yo me moría de miedo.

–– Me levanté muy despacio y le devolví su pago al diablo: eran trece billetes nuevitos, recién salidos del banco, de mil pesos cada uno; trece “fragatas” que el demonio había colocado a mi costado, al lado de la hamaca reposera. No sé si fue un castigo divino o si lo soñé; sólo sé que esa noche el diablo visitó mi casa, y yo creo que para no irse más, porque de vez en cuando escucho, allá al fondo de la quinta, entre las higueras, la misma carcajada irónica, cínica y amenazadora; y siento el hedor del azufre que marca el paso y las huellas del Mandinga – termina su historia Esteban. 

Pero hasta el día de hoy recuerdo la cara seria de Esteban, y la comparo, en contraste con la mirada pícara del viejo Victoriano cuando nos contaba sus cuentos de brujas, duendes y aparecidos.  

Y de pronto lo veo atrás de la tipa a mi abuelo Victoriano, que enrolla el chala, pasándole la lengua lentamente por el borde, y prende el fósforo en la suela de la alpargata seca, antes de irse, despacito, hacia los cañizos, y las chapas de zinc donde se secan y se tuestan al sol las pasas de higos; y escucho una carcajada diabólica, viniendo de lejos, desde donde clarean las plantas de fruta, un poco antes de llegar a los tunales del fondo de la quinta.

FIN. Javier Villanueva, São Paulo, 2 de febrero de 2012. Basado en hechos reales.