sábado, 31 de março de 2012

Cidinha, doña Tina y las premoniciones de hace 16 años


Cidinha, doña Tina y las premoniciones de hace 16 años

Cristina dio un salto hacia atrás, sin soltar el tubo del teléfono. Estaba hablando con Salete, de pie en la biblioteca, cuando vio las dos reglas salir volando, casi flotando, en un movimiento horizontal y luego cayendo a plomo, desde el estante hacia el piso.

- Salete, ¡no sabe lo que ocurrió ahora, en este instante!: ¡dos reglas que estaban apoyadas en un estante de la biblioteca salieron volando! ¡no, no se cayeron, salieron en línea recta, horizontal! - casi no le salían las palabras, de tan asustada que estaba.

- Hija, alguien debe estar muriéndose, y te pide ayuda - le contestó Salete, y Cristina tuvo que sentarse para no sufrir un desmayo.

A la misma hora, a 14 km de allí, en el H.C. de São Paulo, para ser más exactos, en la sala de cirugía de la unidad de gastro, doña Tina flotaba en el aire, a no más de un metro de altura por encima de la mesa del quirófano, y escuchaba a los médicos diciendo "se nos va, se nos va, vamos, ¡resucitador, urgente!". 

Pero Tina no se preocupaba: calma, confiada y serena, miraba su propio cuerpo desde arriba, pálido y cubierto de sábanas blancas, y a la media docena de doctores y asistentes, casi corriendo, aplicando toda su ciencia para que dejara de flotar y bajara a la mesa quirúrgica antes que fuera demasiado tarde.

Cristina todavía no había terminado de rezar y, a la misma hora, en los corredores del hospital, el hijo de Tina le preguntaba por cuarta o quinta vez a Sebastián y a Alfredo los detalles de la internación, y cómo había sido antes, la salida a las carreras en coche hasta el H.C. cuando el "bip" tocó y todos se miraron asustados. Al final ya sabíamos qué significaba el toque del aparatito: hay un hígado disponible para doña Tina, corran, tienen nada más que dos horas para operar.

Tina seguía flotando y los médicos se desesperaban; pensaba Tina en Cidinha, jovencita, menos de veinticinco años, muerta en un accidente, y en el coraje y la entereza de su familia, decidida a donar sus órganos: corneas, corazón, hígado y riñones a quién los necesitase.

Y entonces Tina bajó despacito, suavemente, y los aparatos del quirófano se calmaron, los indicadores volvieron rápidamente a la normalidad y los médicos se miraron aliviados, transpirados en pleno inicio del frío otoñal paulistano.

Ave fénix, ¿quimera?, gato félix, ¿qui lo sa? Doña Tina heredó de Victoriano el don más precioso que la inmigración vasca llevó a los valles y montañas de Catamarca: la persistencia; la insistencia y la tozudez permanente en hacer lo que sabe que tiene que ser hecho. Doña Eufemia, la dulce, la de la lealtad a los suyos, de la que tomó los ojos verdes grisáceos, la debe haber estado animando en aquellos larguísimos segundos -¿o minutos?- en que flotaba entre la vida y la eternidad: vamos m'hija, no se desanime, la vida es dura, pero a Ud. todavía le falta un largo camino.

Y los que estábamos cerca, y los que estaban lejos, llorábamos de alegría y le agradecíamos a Maria Aparecida, Cidinha, desconocida y casi anónima.



J. Villanueva, São Paulo. Marzo de 2012, en letra grande, para que pueda leerlo doña Tina.

sexta-feira, 30 de março de 2012

Águila-Saint y el tonto memorioso






La historia es una forma de extender la memoria de las personas, un recuerdo atrás del otro; es como poner una época siguiendo a la otra, hasta que la fragilidad de cada ser humano se convierte en una ilusión de eternidad.

Son los dos tipos de tiempo que se imaginaban los griegos: uno actual y mortal, finito, el de las oportunidades, y el otro, el kronos del universo, del orden mayor que parece –y sólo parece- infinito. La memoria acerca y superpone un tiempo al otro.

Por eso la historia y las matemáticas -y sus números- se entrecruzan permanentemente.
Si pienso en la 2ª guerra mundial del siglo XX, me parece un acontecimiento muy lejano. 
Pero si hago las cuentas y me acuerdo que el tío Luis nació en 1935, un año antes de la sublevación de Franco contra la república española -y que doña Tina tenía sólo siete años cuando la guerra civil terminó en España y empezó la gran contienda en toda Europa-, entonces la perspectiva cambia.

Mi viejo tenía 19 años al final de la 2ª guerra, mi mamá 13 y el tío Luis 10. Un chico y dos adolescentes.

Vos naciste un año después del Centenario del Libertador San Martín, que fue cuando me casé, 1950. Y cuando tenías un año se murieron Evita y tu tío Rodolfo. Y no me digas que te acordás de Rodolfito - dice mamá.

Sí, me acuerdo que llegamos a Catamarca desde Buenos Aires, y nos bajamos en las Chacras. Debe haber sido que fuimos en ómnibus -el Siete- porque el tío Rodolfo me levantó ahí nomás, con los brazos en alto, y yo veía la cerca en la que después salíamos a buscar huevos de gallo -las frutitas blancas y agridulces, ¿te acordás?- y la tipa enorme quedaba a la izquierda del portón, y nosotros seguíamos parados, llenos de valijas y de bolsas, más a la derecha de la entrada todavía, en la tierra blanca y arenosa - le digo y ella me contesta que no, que debo estar juntando cosas que me contaron después; y yo que no, que me acuerdo clarito.

Y también cuando se murió Evita; el Negro Tolosa, primo de papá, que andaba en la plaza San Martín poniéndoles brazaletes de luto a los que pasaban. Y los ómnibus que iban a las Chacras: "Perón cumple, Evita dignifica"; sí, me acuerdo de todo - le insistía y la contrariaba a mi mamá.

No, mentiras tuyas, no creo que te acordés- me decía ella y mi papá reforzaba la idea que sólo podía estar recordándome de las cosas que me habían contado.

¿Y cuando fue el golpe del 55? ¿te acordás papá? Uds. bajaron los colchones al sótano, y con Graciela jugábamos y corríamos en medio de los chocolatines, ¿te acordás Gra? - les retrucaba yo, nieto de vascos.

Ser el tonto memorioso de una familia tiene un precio: hay que recordar muy bien los detalles.
Pero volviendo a lo de kronos, el tiempo inmortal e infinito, y su relación con el otro, el del momento oportuno y preciso: cuando fue el golpe contra Perón, en el 55, yo tenía 4 años, papá 29, mamá 23 y Graciela era una chiquita de 2 años.
Águila-Saint, hasta entonces, era una alegría con forma de chocolatín.

Un recuerdo con la forma de muchísimas cajas llenas de deliciosos  chocolatines blancos; y también un sabor a cacau marrón  muy oscuro y olor a café: ¿café "café"? ¡Café Águila!

Y la ventanita del sótano, casi al ras de la vereda, con rejas y un alambre tejido; y desde allí -seguros, bien escondidos- Graciela y yo viendo llegar los tanques de los milicos, apuntando a la fachada de la CGT, que quedaba en la esquina, en frente a mi casa. Casa que también era donde estaban las oficinas y el sótano de Águila-Saint, la mejor fabricante y distribuidora de café y chocolate del país y del Uruguay, la vecina orilla, que en esa época era el paraiso de la importación informal, la Suiza de América. 

Mientras, Punta del Este se llenaba de argentinos, y sus bancos con cuentas anónimas con los millones de pesos que huían del "aluvión zoológico"; y pululaban felices aristócratas porteños, con sus apellidos sicilianos, calabreses y napolitanos, olvidados ya que sus padres y abuelos  habían transpirado feo, luchando para arrancarles papas y tomates a las piedras secas de sus aldeas remotas, tristes y miserables.

Y nosotros en Catamarca, desde el sótano, a través de la ventana, que era bajita en la vereda, pero alta en nuestro refugio, pensábamos en el tío Pibe, que debía haber salido ya de la CGT, cuando se convenció que el gobierno peronista no les daría las armas que esperaban para defender al pueblo, y los milicos ya dominaban otra vez, imponiendo el terror a la escena nacional.

Pero no todo fue tristezas y botas en aquéllos dias. La camionetita del Águila nos llevaba los domingos a las Chacras, y Eufemia y Victoriano nos esperaban en el portón, al lado de la tipa.
Y nosotros los chicos, amontonados atrás, en el piso de la camionetita, sin asientos ni cinturones de seguridad –que a nadie se le había ocurrido inventar todavía- saltábamos como cabritos a cada pozo del camino de tierra, y Javier gritaba “agarrensé muchos chicos”, que tampoco la Real Academia Española había llegado todavía a enseñarle a los catamarqueños que lo pulido y con brillo es "agárrense".

Pero enseguida, otra vez, de la mano de Águila-Saint, así como habíamos llegado de la Capital Federal a Catamarca, volvimos a Buenos Aires.

Esta vez estábamos lejos del Hospital Fernández dónde nací y de la casona de alquiler de cuartos, que tenía un enorme patio central, en la calle Aráos en 1951. 
Casa de inmigrantes hasta los años de 1940, y de "cabecitas negras" del aluvión zoológico que llegaba desde el norte del país, asustándolos a los hijos y nietos rubios y rosaditos de los italianos y gallegos que, pocos años antes habían bajado de sus barcos, hartos de comer papas y cebollas, a veces con cáscara y todo. ¡Tanto era el hambre en la Europa de la 2º guerra y en la España del generalísimo Franco! Pero los italianos ya no se acordaban de Musolini y los españoles se habían olvidado de los dos barcos cargados de trigo, papas y maíz que Evita le había llevado al tirano Franco para que alimentase a su pueblo.

No, esta vez estábamos lejos de los conventillos del centro, en el Águila-Saint de la ciudad de San Martín, Gran Buenos Aires, separados por la avenida General Paz y a muchos kilómetros del centro y del barrio sur de Barracas, donde quedaba la mítica fábrica de cafés y chocolates.

Ese año conocimos los helados Laponia, y Graciela que tenía 4 años conoció a Raquelita en San Martín. No fue una presentación formal. 
No. Estábamos jugando con un aparatito del Flit en el patio de Águila, que era el de nuestra casa también, y yo la había mandado a Gra a buscarme una maderita “redondita” –que no las había- en el depósito, nuestra disneylandia de cartones, cajas, clavos y cajones de maderas. Fue cuando bajó, atada a una cuerda, una canasta con un pedazo de torta y un cartelito a mano: “subite”. Claro que doña Tina no la dejó a Graciela, la más audaz de nosotros dos, que emprendiera su paseo en el ascensor de Raquel, que vivía en el piso de arriba de nuestra casa. 
Pero fue así que empezó la amistad, mi hermana se olvido del acento catamarqueño y me convenció a tratar a nuestros padres de "vos”, a tutearlos y parar con el Ustedes, tan fuera de moda en el  Buenos Aires de 1956. Y nos viciamos con los helados Laponia.
Y así también mi hermana menor, Raquel, se ganó un nombre que sólo se haría efectivo 13 años después, ya en Córdoba, y después de que hubiéramos pasado por el Águila-Saint de Mar del Plata, trayéndonos un hermanito, Alfredo, de tres años, que no debe haber entendido nada cuando, en la estación de trenes del barrio General Paz, en vez de pedirnos un táxi, llamamos un sulky a caballo.
A los empleados del Águila de Córdoba les debe haber resultado muy exótica la llegada de la familia del nuevo gerente, en sulky y tapados de valijas de cartón, como era de rigor en los años sesenta.

Confieso que la idea del sulky fue mía. En esa época yo era un fanático del Lejano Oeste norteamericano, y si bien nunca salí por los caminos polvorientos de las Chacras de cartuchera y pistolas a enfrentar a las vacas como mi primo Esteban, no pude resistir a la idea de subirme a un sulky tirado por dos caballos, tan parecido a las diligencias de mis fantasías. 
A Alfredo y a Graciela, por lo menos, me consta que les gustó nuestra llega triunfal.  
Mi mamá y papá parecían un tanto avergonzados. Pero bueno, eran cosas de chicos, ¿no?

¿Me siguen? lo que quiero decir con todo esto es que, con un recuerdo atrás del otro, hacemos nuestra memoria, la de la familia y los amigos. Con una memoria después de la otra, formamos la historia de una nación, un pueblo, y una época.

Noto que se me salteó un detalle: cuando llegamos a San Martín -casi escapándonos del golpe gorila que había apuntado los cañones de sus tanques a la CGT, nuestra vecina en Catamarca- yo tenía que ir a la escuela como todo chico de 5 años.

Primer grado superior, yo el primero de la fila, entro al aula y en el pupitre veo una hoja para llenar con mis datos. Era para la carátula del cuaderno, forrado con papel araña azul, lógico. 
En la ficha: apellido, nombre, dirección...y partido. Los tres primeros eran fáciles, pero el último, ay, ay, ay: me descubrieron, pensé.

Y como mi papá era peronista, no tuve la menor duda y anoté bien claro y con letras de imprenta: partido justicialista. Es que, en Catamarca, los municipios se llaman "departamentos". Y yo era un "cabecita negra" recién llegado, que todavía no sabía que en la provincia de Buenos Aires, las municipalidades son "partidos". 
Bueno, la maestra debe haber sido una enemiga oculta de los gorilas en el poder y no me entregó a los fusiladores.

Y de Buenos Aires a Catamarca, y de allí a San Martín, Mar del Plata y Córdoba, Águila-Saint fue enredándose en nuestras vidas, dándole un nombre a mi hermana Raquel, y un padrino y también un nombre a mi hermano marplatense, en honor a don Alfredo Bonicelli.

Y cuando el sulky nos largó en la calle Ovidio Lagos, nadie y mucho menos yo, sabía que pocos años faltaban para entrar en la facultad de arquitectura y en el inglés de la escuela de lenguas. Y que en una ganaría una conciencia y un destino, y en la otra el gusto por los idiomas, y que todo eso me llevaría en menos de otros 15 años al exilio y a ser un inmigrante en una nueva patria y con una nueva familia.

¿Me siguen, no? ¿Concuerdan con que los recuerdos son una forma de extender las memorias de las personas, hasta que la fragilidad de lo humano se convierte en una dulce ilusión de eternidad?
¿O me estaré volviendo viejo y no me doy cuenta?


Javier Villanueva, São Paulo, 30 de marzo de 2012. En el cumpleaño simultáneo de 16 y 80 años de Tina, y en letras enormes, para que mis viejos y la Tía Gringa puedan leerlo todo.

terça-feira, 20 de março de 2012

El reloj que atrasa. Parte 2.

 

El Reloj que atrasa. Parte 1.
 Se despertó de golpe, un poco sobresaltado con el clac del despertador, que siempre  da un saltito a la hora señalada -las 5:30- probablemente porque se cruzan  las agujas, y se traban por un instante, produciendo el ruido seco que nunca lo había asustado antes.
 Pero lo más extraño no fue ese sobresalto inédito sino lo que vino después, y todo lo que estaba por venir.
No se levantó de inmediato sino que, como siempre, se dio unos cinco minutos de pereza; después estiró el brazo para abajo de la cama y agarró el celular para ver la hora exacta.
Eran las 5:36, pero del día anterior.
Debería aparecer, al lado de la hora, el día martes 18 de abril de 2009. Aparecía, sin embargo, el 17/04/09.
Bueno, pensó, es uno de los tantos errores de la Tim: como los mensajes urgentes que llegan dos días después; o los avisos de atrasos en la factura que uno recibe cuando ya venció la segunda fecha para pagar; o las ofertas de planes de minutos y de mensajes que el cliente  ya se posee hace años.
 En fin, nada preocupante hasta abrir la Folha de  São Paulo y confirmar la fecha: ¡17/04/09! pero no, no era una equivocación suya. No podía ser: hoy, el 18 de abril era -o debería ser- el cumpleaños de su mujer. ¡No había error posible! El día anterior le había comprado un regalo, y el tícket de la tienda lo confirmaba: ¡17 de abril, 18:46 de la tarde!
 ¿Cómo podía ser que ahora fuera el mismo día pero por la mañana? Se le ocurrió que no, que aparte del celular descompuesto, también el diario sería viejo, el del día anterior. ¡Marinalva se debía haber confundido, y subió el diario de ayer, claro!
 Al leer las noticias notó que, además de ser un diario del día anterior - y que él sabía con absoluta seguridad que el día 17 ya había pasado, entero y con todas sus horas- las noticias estaban cambiadas. Había ocurrido un maremoto en las costas de California y el diario anunciaba que el hecho ocurriera en Laos, del otro lado del mundo. ¡Nada que ver!
 - Dale, Pá, apurate que tengo una prueba de matemáticas y no puedo llegar tarde ni un minuto - le dice la hija.
- ¡Pero nena, si ésa prueba fue ayer!- le contesta y empieza a preocuparse.
- Viejo, ¡abril, primera prueba bimestral del año! Te debés haber confundido con las del año pasado. ¡Siempre tan distraído, Pá!- y entra al auto para que la lleve a la escuela.
 Prende el motor, se fija en la hora: 6: 48...día: 17/04/09!. No puede ser.
Llegan al colegio.
- Nena, ¿estudiaste bastante para matemáticas? - le pregunta Fê.
 No hay dudas, el confundido es él y no la hija: la prueba es de matemáticas. pero él insiste: ¿ésa prueba no fue ayer?
 - No tío, esta es la primera del año: números fraccionados y triángulos equiláteros- ¡joder!, piensa y se acuerda que ayer estuvo un par de horas con la prima gallega, una señora de más de 65 años, arquitecta, que vino a buscar trabajo a São Paulo. ¡Joder! ahí tengo la prueba.
Y justo toca el celular:
 - ¿Negro? Soy yo, Paquita, estoy en Guarulhos, el avión se atrasó dos horas. ¿Podrás venir a buscarme? -  la prima; pero no, no puede ser, si eso todo fue ayer: la prueba de matemáticas, tres cuartos de hora para estacionar y buscar a la prima en el aeropuerto; horas conversando sobre sus planes y proyectos de una segunda emigración. 
Continuará. J.Villanueva. São Paulo, 19 de marzo de 2012.

El reloj que atrasa. Parte 2.

Al día siguiente, se levantó a las 5:35 como siempre. Ni le prestó atención a la fecha. En su cabeza, el día anterior debería haber sido 18 de abril de 2009. Pero según el celular, el diario, la televisión, toda su familia y los compañeros del trabajo, había sido el 17 de abril.
Incluso tenía como prueba –en su memoria, y nada más- que su hija había rendido examen de matemáticas el día anterior; incluso le había comentado que no le había ido muy bien; y también sabía que había recibido a su prima recién llegada de Galicia; y que la primera vez había esperado dos horas en Guarulhos, y sólo 45 minutos la segunda vez.
Pero no, la prueba de la hija y la visita de la prima –repetidas a su entender- ocurrieron una sola y única vez, el día anterior. O sea, hubo un “antes de ayer” en su cabeza, que no ocurrió en la realidad.

Bien, hoy debería ser -según el calendario, el celular de la Tim y la Folha de São Paulo- el día del cumpleaños de su mujer, 18 de abril, y punto. Eso era lo que importaba.

Mientras su mujer dormía, corrió hasta la panadería de la esquina. Pidió la misma media docena de panes de queso que siempre compraba desde que había vuelto de Minas Gerais, viciado con los pancitos. Se acordaba, con una cierta vergüenza, que el día anterior –el de las confusiones con el almanaque- en vez de seis, le habían dado ocho pancitos de queso. Como se le hacía tarde, no volvió para devolver los dos que no le habían cobrado. Pero hoy se fijó bien: seis panes y ni uno más. Además, notó una cierta ironía en la mirada y en el tono de voz de la chica que lo había atendido el día anterior y hoy: ¿sólo seis, no? ¿Ni uno más? Qué extraño, pensó, pero fue lo que oyó.

Al llegar a casa -feliz por haberse preparado dos días seguidos para el cumpleaños de su mujer, le lleva la bandeja con el jugo de manzana, una flor, y sus tres pancitos de queso con mermelada. Nueva sorpresa:
- ¿Pero, vos nunca te acordás de nada, no? ¿Sabés que día fue ayer? – no lo puede creer, mira el celular: 7:43, 19 de abril de 2009.

Conclusión: se quedó callado y pensó; pensó mucho: llegó a la conclusión de que, o lo soñó todo, o realmente el tiempo tiene sus arrugas. Leyó que hay pliegues en el plano temporal; una cuarta dimensión, aparte del largo, ancho y altura. Hay pliegues que hacen que, a veces, un día se toque con otro, como una hoja de papel que se dobla; o que se confunda una fecha con otra, como superponiéndose, mezclando los hechos y  los acontecimientos. Recordó que había leído en un cuento de Villanueva que, durante la guerra civil española, una brigada de cubanos, barbudos y vestidos de verde oliva, habían aparecido durante la Batalla del Ebro, ayudándolos a  los combatientes republicanos a vencer a las tropas franquistas.

¿Otra conclusión? Que cuando eso ocurre, los hechos equivocados tienen una especie de segunda oportunidad; o sea: si la mujer del pan le había dado ocho pancitos de queso en lugar de seis el día anterior –el día que nunca ocurrió- en su segunda ocasión iría a corregir lo que hizo mal antes. El maremoto en California, que según la primera noticia del día 17 de abril –el primero, el que nunca ocurrió- hubiera matado millares de personas. Por eso fue que en su segunda oportunidad –el día 17 corregido- el maremoto fue en Laos, a ciento noventa kilómetros de la costa, en unas playas semidesérticas, y no había habido víctimas.
Pero, ¿y el cumpleaños de su mujer? ¿Por qué si él se había preparado tan bien –dos veces incluso- las cosas le salieron doblemente mal con ella?

Pensó y pensó, otra vez, y llegó a la conclusión que era porque su modo de llevarse bien con su mujer era ese y no otro: ella pensaba que él se lo olvidaba todo; y no importaba que no fuera así; pero así se llevaban bien. Ese era el equilibrio de ambos, y de su micro universo.
El tiempo tiene sus pliegues, y entre ellos se esconden los pedacitos de felicidad.

FIN
Javier Villanueva. São Paulo, 20 de marzo de 2012. Extraño inicio del todavía más extraño otoño tropical.

segunda-feira, 19 de março de 2012

El reloj que atrasa

 
Se despertó de golpe, un poco sobresaltado con el clac del despertador, que siempre  da un saltito a la hora señalada -las 5:30- probablemente porque se cruzan  las agujas, y se traban por un instante, produciendo el ruido seco que nunca lo había asustado antes.

Pero lo más extraño no fue ese sobresalto inédito sino lo que vino después, y todo lo que estaba por venir.
No se levantó de inmediato sino que, como siempre, se dio unos cinco minutos de pereza; después estiró el brazo para abajo de la cama y agarró el celular para ver la hora exacta.
Eran las 5:36, pero del día anterior.

Debería aparecer, al lado de la hora, el día martes 18 de abril de 2009. Aparecía, sin embargo, el 17/04/09.
Bueno, pensó, es uno de los tantos errores de la Tim: como los mensajes urgentes que llegan dos días después; o los avisos de atrasos en la factura que uno recibe cuando ya venció la segunda fecha para pagar; o las ofertas de planes de minutos y de mensajes que el cliente  ya se posee hace años.

En fin, nada preocupante hasta abrir la Folha de  São Paulo y confirmar la fecha: ¡17/04/09! pero no, no era una equivocación suya. No podía ser: hoy, el 18 de abril era -o debería ser- el cumpleaños de su mujer. ¡No había error posible! El día anterior le había comprado un regalo, y el tícket de la tienda lo confirmaba: ¡17 de abril, 18:46 de la tarde!

¿Cómo podía ser que ahora fuera el mismo día pero por la mañana? Se le ocurrió que no, que aparte del celular descompuesto, también el diario sería viejo, el del día anterior. ¡Marinalva se debía haber confundido, y subió el diario de ayer, claro!

Al leer las noticias notó que, además de ser un diario del día anterior - y que él sabía con absoluta seguridad que el día 17 ya había pasado, entero y con todas sus horas- las noticias estaban cambiadas. Había ocurrido un maremoto en las costas de California y el diario anunciaba que el hecho ocurriera en Laos, del otro lado del mundo. ¡Nada que ver!
 - Dale, Pá, apurate que tengo una prueba de matemáticas y no puedo llegar tarde ni un minuto - le dice la hija.
¡Pero nena, si ésa prueba fue ayer!- le contesta y empieza a preocuparse.
- Viejo, ¡abril, primera prueba bimestral del año! Te debés haber confundido con las del año pasado. ¡Siempre tan distraído, Pá!- y entra al auto para que la lleve a la escuela.

Prende el motor, se fija en la hora: 6: 48...día: 17/04/09!. No puede ser.
Llegan al colegio.
- Nena, ¿estudiaste bastante para matemáticas? - le pregunta Fê.

No hay dudas, el confundido es él y no la hija: la prueba es de matemáticas. pero él insiste: ¿ésa prueba no fue ayer?

- No tío, esta es la primera del año: números fraccionados y triángulos equiláteros- ¡joder!, piensa y se acuerda que ayer estuvo un par de horas con la prima gallega, una señora de más de 65 años, arquitecta, que vino a buscar trabajo a São Paulo. ¡Joder! ahí tengo la prueba. 
Y justo toca el celular:

¿Negro? Soy yo, Paquita, estoy en Guarulhos, el avión se atrasó dos horas. ¿Podrás venir a buscarme? -  la prima; pero no, no puede ser, si eso todo fue ayer: la prueba de matemáticas, tres cuartos de hora para estacionar y buscar a la prima en el aeropuerto; horas conversando sobre sus planes y proyectos de una segunda emigración.

Continuará. J.Villanueva. São Paulo, 19 de marzo de 2012.


quinta-feira, 15 de março de 2012

Y dónde está el diablo?

 



Por Guillermo Levy *

Videla habla: lejos del demonio, fundamentalista, lleno de odio e irracionalidad, como se lo debe representar la enorme cantidad de jóvenes que aprendieron a poner en ese nombre y en esa cara el mal, el terror, la muerte y la opresión, se nos aparece como un hombre calmado que nos habla de la historia y sus personajes sin pasiones ni arrebatos.

Muchos deben de haber sentido un impacto al leerlo. Impacto que quizá no hayan podido entender o explicitar. Leyeron a un hombre gris, como siempre fue, que habla con tranquilidad y produciendo un relato histórico que muchos en la Argentina comparten.

Habla de un Perón que no puede controlar a la juventud, de un gobierno de Isabel ineficiente, corrupto, incapaz de gestionar el país, pero que al mismo tiempo les había dado carta blanca para reprimir la “subversión”.

Sugiere, quizás –en la única parte algo reveladora de su primera entrevista– lo que muchos ya sabemos y sostenemos desde hace rato. Que el Proceso de Reorganización Nacional no vino solo a combatir la guerrilla sino, como su nombre lo explicita, a reorganizar el país. Lo que significa “reorganizar” ya lo intuía Rodolfo Walsh en su extraordinaria carta y fue sistematizado durante todos estos años por muchos de los que creemos que lo que ocurrió en la Argentina fue un genocidio.

El moderado Videla, con su versión de la Historia reciente, remite a las palabras que le dedicó Ernesto Sábato tras la reunión que algunos escritores tuvieron con el presidente de entonces “preocupado por la cultura”, como fueron las expresiones del escritor a la salida de ese encuentro en 1977.

Esa moderación, que aparece cuando habla de política democrática, cuando le pide a la oposición unidad, o comenta el rol clave de los medios de comunicación, pero que muestra cierta radicalización cuando dice que éste es un gobierno socialista, no es una actuación para lograr mostrarse frente a lectores desprevenidos como lo que no es.

Las demonizaciones nunca son buenas y la imagen que se ha construido sobre muchos de estos personajes no ayuda a entender lo que ellos han representado ni a los que ellos han servido.

Videla no es un simulador, porque tampoco es un nazi, ni un racista, ni un salvaje sediento de sangre.

El problema es nuestro: para calificarlo de criminal, para mostrar su deshumanización, necesitamos esas figuras sacadas de lo más repudiado de la historia. Ahí está el problema.

Videla es un conservador-liberal en tiempos de la Guerra Fría.

Videla, con su mediocridad a cuestas, no fue más que un exponente de una fuerza social que tomó el poder en la Argentina con un importante consenso social. Empresarios, Iglesia y dirigentes políticos de primera línea, como afirma en su primera entrevista.

Martínez de Hoz, su ministro de economía, fue un modernizador, lo que implica adaptar lo viejo a las condiciones de una época nueva. La Argentina vieja era, para muchos, la Argentina de la industria “artificial e ineficiente”, la Argentina populista con un estado grande y controlador y una clase obrera organizada que había conseguido porciones de poder y riqueza inaceptables para muchos sectores de la sociedad.

El fin de esa Argentina industrial e integradora nacida con el peronismo era el objetivo central y a ese objetivo más abierta o más solapadamente adhería una parte importante del país, por conveniencia, por antiperonismo, por anticomunismo, por antitercermundismo, por haber creído en el relato de que la industria y el Estado interventor eran el centro de los males de la Argentina, o simplemente por estupidez.

La tarea de la deshumanización era remodelar esa Argentina, era tarea para liberales y conservadores, que no podían ganar elecciones. Una Argentina integrada al mercado mundial solo como productora de materias primas y una clase obrera y media disciplinadas, desarticuladas y menos politizadas no eran una tarea para nazis llenos de odio.

Videla, en la entrevista, nos dice mucho más con su forma que con su contenido. Su forma saca a la luz que su demonización tiene un punto oscuro. Ocultar que lo criminal en la Argentina fue justamente eso, algo que tenemos mucho más cerca y que está mucho más extendido. Algo que abarca mucho más que algunos militares anticomunistas adoctrinados en escuelas francesas y norteamericanas.

La criminalidad de una planificación del exterminio de miles de argentinos no fue la criminalidad solo de sus ejecutores, que no estaban locos ni manejados por un odio irrefrenable, por lo menos la mayoría de ellos. Es la criminalidad de nuestras clases dominantes, de nuestra cúpula eclesiástica, y de una gran cantidad de argentinos que asintieron, acompañaron, usufructuaron y lograron, vía demonización de sus ejecutores directos o vía la igualación de los represores con las víctimas, la amnistía más extendida que existió: una amnistía no jurídica sino histórica para los que sí supieron y avalaron.

Videla nos golpea con eso: el monstruo puede ser un columnista de un diario importante que con otro nombre y sacando algunos comentarios pasaría inadvertido.

El Adolf Eichmann, organizador del exterminio de millones de judíos, que describió Hannah Arendt en Jerusalén era un hombre sencillo, gris, buen padre de familia y no el salvaje que muchos esperaban. Sí, efectivamente era un criminal, pero lo terrible es que era un criminal demasiado parecido a nosotros. No busquemos simulación en las formas civilizadas de Videla, la monstruosidad puede estar latente en esa normalidad civilizada. El entrevistador lo ayuda a lucirse. Se nota su empatía con el entrevistado, caso contrario podría sacarlo del discurso general e indagar más a fondo con los desaparecidos, cuando improvisa cínicamente unas frases parecidas a las que se ven en tantos videos cuando era presidente, hurgar en el tema de los chicos robados, en la deuda externa, con datos de la colaboración empresaria y clerical, pero no. El periodista le deja pasar complacientemente los lugares donde el discurso del historiador deja entrever al criminal, pero no un criminal excepcional sino uno mucho peor: un criminal normal.

El criminal condujo o representó a una cantidad de criminales que habrán creído distintas cosas acerca de su accionar, pero solo a una contribuyeron: hacer que la Argentina deje de ser un país “excepcional” y pase a ser una país subdesarrollado “normal”: sin fuerzas políticas y sociales transformadoras, sin clase obrera con peso, sin distribución progresiva del ingreso, sin industria poderosa, con política internacional amoldada a los Estados Unidos y sin un Estado que pueda ponerles limites a los sectores de poder.

Ese fue el programa del Proceso. No fue un programa nazi, no fue un programa de psicópatas lunáticos, fue un programa racional que unió a nuestra clase empresaria, al sector financiero, a la Iglesia católica, a los organismos financieros internacionales, a Estados Unidos, a gran parte de nuestra dirigencia política, a muchos comunicadores sociales y una cantidad no menor de argentinos que vieron en Videla y cía. no solo el fin de la “violencia” sino el fin de esa Argentina ingobernable para nuestras clases dominantes.

* Docente de la carrera de Sociología (UBA), investigador de la Untref.
Publicado por Casapueblos - AEDD en 00:12 

terça-feira, 13 de março de 2012

El cumpleaños capicúa.


 

São Paulo, 20 de abril de 2052

Hoy me desperté contento. Como se decía antes: saltando en una pata de tan feliz. 
Es que dentro de dos días voy a cumplir años. Y no es una conmemoración cualquiera. Es un cumpleaños capicúa. 

Para el que no sabe, el palíndromo, o "pista de carreras circular", o el capicúa, del catalán "cap": cabeza y "cua": cola, culo o trasero, es un número o una frase que se puede leer igual de atrás para adelante, o al revés. 

O sea, voy a cumplir un número de años que es simétrico y reversible. Curioso, ¿no? A mi abuelo Samuel, que aunque sabía de todo un poco, era bastante callado, le oí decir un par de veces en la panadería: "a Mercedes, ese de crema". Pero nadie le entendía los chistes al viejo.

Pasado los años, y metido a estudiar de todo un poco, como el abuelo Samuel, descubrí que la frase de Mercedes y la crema era un palíndromo. 
Y ahora mi cumpleaños va a ser capicúa, que como ya sabrán, es un casi sinónimo de palíndromo. 
Pero no son ni 11, ni 22, ni 33 años los que cumplo; hace rato que dejé esos numeritos de dos dígitos.

¡Ciento un años...101!...¿no es para saltar en una pata? Dicen por ahí que soy un testiglo del siglo. ¿De qué siglo? en realidad conocí bien dos medio siglos. Cuando nací, había terminado la 2ª guerra mundial, y estábamos en plena guerra fría.
Crecí como Mafalda, con miedo a las bombas atómicas, la bomba H; y mirando al cielo para ver el Sputnik de los rusos, a los que nadie llamaba soviéticos; y a mí se me confundían con los "rusos", que en realidad eran los judíos, y que recién habían formado su estado para reagruparse después del genocidio del Holocausto. 

Ví también cuando Israel se enfrentaba a todos los árabes juntos. Y derrotaba a Násser, líder pan-arabista de Egipto y la RAU, en unión con Siria. Násser era amigo y se carteaba con la Beba, mujer del tío Pibe, y la RAU lideraba a Jordania y a los otros estados que habían terminado de salir del dominio colonial de Inglaterra y Francia. 

Ni yo, que era un chico de diez años en esa época, ni nadie, entendíamos entonces por qué los israelitas atacaban y oprimían a los palestinos del mismo modo que los nazis habían oprimido y aniquilado a los judíos en Europa. Y, la verdad, seguimos sin entender.

Después a los norteamericanos se les ocurrió meterse en el avispero del que los franceses habían huído en Indochina y la Cochinchina, que ya para entonces se llamaba Vietnam, Laos y Camboya. Igual que Mafalda, leía atónito que los democráticos estadounidenses soltaban bombas devastadoras encima de un pueblo que calzaba sandalias y vestía unas camisas y pantalones blancos o grises, y se tapaban del sol en los arrozales debajo de unos sombreros de paja. ¿Por qué les tiraban bombas "naranja"?

Y a los diez años también, me alegré junto con mi abuelo Samuel, mi tío Pibe  y mi viejo, el Negro, cuando un montón de barbudos - todos de la misma edad del Negro - entraban en la Habana y lo sacaban al tirano Batista, que huía para Florida llevándose sus prostitutas, sus juegos de póker, sus contactos con la mafia y muchos millones de dólares.

Y casi sin darme cuenta, entramos en el siglo XXI. Las dictaduras en América Latina quedaban cada vez más para atrás en el tiempo, con sus resquicios y sus escombros autoritarios. Los viejos sufrimientos de nuestros combates a las dictaduras y las amarguras del exilio, también. 
Y hacíamos entre todos, yo incluso -un exiliado casi inmigrante- patrias nuevas de dolores viejos.
Vi la alianza Brasil-Argentina convertirse en Confederación; vi a la orgullosa Albión, la altiva Gran Bretaña de los principitos aviadores, perder una guerra sin tirar un sólo tiro, en 2042; y aplaudí cuando Angola, el estado Libre de las Islas Malvinas, el Paraguay y Uruguay adhirieron a la Confederación. Y sobre todo, cuando 28 estados de los antiguos y decadentes ex-EEUU se incorporaron a la alianza, afianzando los lazos con la otra confederación, la de Cuba-México.

En fin, "que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos" ya lo sabemos desde antes de la mitad del siglo XX. Pero que las cosas han ido mejorando muchísimo, sobre todo desde fines del año 2034 en adelante, ya nadie lo puede negar. 
Los últimos 15 años los viví mejor que muchos viejitos, por lo menos los de la época de don Victoriano Unzaga, o de mi otro abuelo, don Samuel. 
La medicina socializada; las empresas pagando con una alta participación de sus ganancias a sus trabajadores y a los ministerios de educación y de salud.
Y por fin, la Confederación Brasil-Argentina también impuso un sistema internacional en que se neutralizaron todas las tentativas belicosas de los antiguos imperios y finalmente, hay paz y colaboración mundial desde entonces.

¡No se cumplen 101 años todos los días!

Javier Villanueva, São Paulo, marzo de 2012