sábado, 30 de junho de 2012

El Fantasma y el caserón



Cuando Raúl Sánchez logró juntar la fabulosa suma de ciento cuarenta y dos mil pesos en su cuenta corriente del banco Israelita de Santa Fe, su alegría no le cabía dentro del pecho.
Raúl había soñado despierto y pensado mientras dormía durante muchas noches, por más de dos años y medio sin parar, en el fantástico castillo que quedaba enfrente al Parque de la Suerte. 
En realidad no se trataba exactamente de un castillo, era más su imaginación la que convertía la vieja casona de Ramos en una especie de sueño medieval de Raúl.
Así que, ni bien le confirmaron en el banco que la suma estaba disponible, se metió la chequera en el bolsillo trasero del gastado pantalón vaquero, se ajustó una corbata y salió en el viejo Fitito amarillo rumbo a la casa de don Manuel Arce, propietario del caserón del Parque de la Suerte.

– Mire don Sánchez – le advirtió muy serio el señor Arce – como ya se lo dije antes, en esta casona vieja habita un Fantasma, y dicen los vecinos que anda por aquí desde antes de la construcción de la misma.
– Yo no le digo que no compre la casa, más que nada por todo su entusiasmo y por el sacrificio que le costó juntar tanta plata. Pero le repito mi advertencia, cuidado con el Fantasma– concluyó, siempre serio y circunspecto, don Arce.
– No se preocupe señor Arce – le contestó Raúl. – Ud. sabe que no creo en aparecidos ni en almas en pena, pero si por acaso las hubiera, tampoco les voy a tener miedo. Vaya tranquilo, aquí está su dinero y fírmeme por favor este recibo. El escribano va a pasar por la casa de su hija para que me firme la escritura, la semana que viene .


La entrega de las llaves

Venían Raúl y su señora, dispuestos a instalarse ya en el caserón, y listos para enfrentar los largos días del feriado de Pascua con mucho trabajo de fajina; había que limpiar las escalinatas, sacar la suciedad antigua de los mármoles, las viejas piedras de granito y ónix, lavar espejos, vidrios y lustrar muebles.
Doña Rosita, la antigua empleada del “castillo” de Raúl, los esperaba a la entrada, con una amplia sonrisa; don Arce les había insistido mucho que la dejaran quedarse en la casa, que podía serles muy útil, sobre todo en relación con el Fantasma.

Pasaron por los jardines delanteros, en medio de los limoneros y sus flores de azahares, cruzaron la galería de vidrio y Rosita, luego de saludarlos con un tímido “bienvenidos al castillo”, los acompañó hasta la amplia biblioteca de madera antigua.
En el recinto de los libros, cientos de volúmenes antiguos habían sido dejados por el propietario originario; eran colecciones encuadernadas en cuero y publicaciones antiquísimas, que don Arce no quiso llevarse consigo, tal vez porque pensaba que los libros pertenecían a la casa o incluso al Fantasma, y que allí debían permanecer.

– ¡Ajá! Una colección de cuentos de Oscar Wilde; después me voy a llevar uno a la pieza, para leer antes de dormir – dijo Raúl, pasando lentamente, casi con cariño, un dedo sobre la tapa de “El fantasma de Canterbury” que estaba sobre la mesita de vidrio con patas de león.
Sobre la chimenea de piedra, un cuadro muy grande, en tonos amarillos y anaranjados, pintaba un inmenso campo de girasoles que alegraban notablemente la biblioteca.

Cansados con su primera larga jornada de dura fajina, Raúl y Susana se fueron a dormir. Antes, cerraron bien las altas ventanas y las pesadas puertas de madera de ley; soltaron los dos perros para sentirse más seguros, y entraron en la cama.
Pero ni bien cayeron en el sueño profundo de los justos, un ruido como de cadenas que se arrastran los estremeció. Raúl se enderezó en la cama y miró por la puerta de la habitación hacia el pasillo, se había olvidado una luz prendida, y pudo notar una sombra lenta que se movía hacia la puerta. No había salido de la cama todavía cuando lo vio: un viejito de barbas blancas, apoyado en un cayado de tronco nudoso lo miraba con la expresión más triste que se pudiera uno haber imaginado en un fantasma.

Para no hacer la historia demasiado larga y pesada, digamos que Raúl se encontró unas siete u ocho veces con el viejecito, cada vez más encorvado y triste, cada vez más chiquitito al lado de su cayado nudoso y fuerte, y cada vez más largas sus barbas y su cabellera.
Después de veintiún dias en la nueva residencia, Susana no aguantó; sus nervios enfermos la traicionaron un par de veces en aquellas ocasiones en las que su marido la había convencido a sentarse juntos en frente al fuego de la chimenea, esperando al Fantasma a la luz del hogar.

Desesperada y sin lograr entender la misteriosa amistad de su marido con el Fantasma, Susana se había marchado una tarde ocre de otoño, dejándole una misiva corta y enigmática:
“Ni las hogueras de la Comuna, ni los girasoles de Rusia, ni las comas de tu pincel, ni el cayado en que te apoyas me asustan, y sí los misterios del papel, las claves que no leo, los signos que se me escapan al entendimiento”.

Raúl nunca más la vio desde entonces.

FIN
Javier Villanueva, São Paulo, 2005.
Este cuento es parte del libro “Me lo conto mi abuelo”, Editora Nacional, Serie Librería Española e Hispanoamericana.

quinta-feira, 28 de junho de 2012

El Vivorazo y la deuda del pusilánime.

1.

No conseguía mantenerme despierto de tanto que había trabajado durante el día. Llegué al hospital Nove de Julho, en la avenida del mismo nombre, vecino a la avenida Paulista, poco antes de las 11 de la noche; a las doce, cuando me pusieron la inyección con el sedativo, casi ni sentí el pinchazo; me dormí enseguida. Traté de despertarme cuando ya estaba en la camilla, camino al quirófano; aunque apenas se me abrían los ojos, los párpados estaban pesados y me aplastaba un sueño plomizo. Pero al entrar en la sala de operaciones lo vi.
Estaba sentado como una lechuza, encima de la rueda del reflector de iluminación. Lo reconocí de inmediato: los bigotes y el pelo, canosos y espesos a pesar de la avanzada edad, los ojos estirados como los de un árabe o un judío palestino. Nadie más lo vio y yo, anestesiado y perdiendo los sentidos, me olvidé del viejo. ¿Era realmente Israel Villas la figura que había visto, o era el Malo? ¿O eran los dos en una sola figura?
No tardó el Malo, encarnado en la figura del Viejo Villas en aparecerse de nuevo; no lo iba a despistar yo tan fácil con la disculpa de la operación y la anestesia.

Vos me debés algo y este es un buen momento para que me pagues- me soltó el Malo, apretando los dientes y lanzando chispas por los ojos. Pero la mirada seguía siendo la de Israel y a mí no me iba a impresionar.

– Yo a vos no te debo nada, al contrario, vos me debés a mí y a mucha gente, ¿o ya te olvidaste lo de los 150 mil? – le largué sin mirarlo a la cara, pero tratando de dejarle claro mi disgusto por su presencia.
– Córdoba, un 12 de marzo de 1971 en el Barrio Güemes, en Córdoba, ¿te acordás ahora? En el medio de las barricadas del Viborazo, justo cuando la policía montada y la federal los había cercado, a vos y a Juancito, apareció la moto con side-car del gordo Lowe, ¿te acordás? La manejaba un pibe rubio, bajito, que militó en el sindicato apenas un par de meses; te largó la moto y se metió corriendo por un pasaje, y Uds. se subieron y salieron por otra cortada, sin que la policía los agarrase. ¿Te acordaste ahora? El rubito era yo, el Supay, y me debés la vida, Javier – ahora sí volvía la sonrisita irónica, la mirada seductora, el palabrerío estirado y firuleteado del Viejo en la piel del Malo.

– Bueno, pero con el Juancito y el gordo Lowe nos escapamos de varias, y no tengo porqué deberle nada a nadie, todo fue a nuestro proprio riesgo, así que no se habla más de eso – quise prepearlo al Malo, que se levantó como leche hervida, creció de golpe hasta casi la altura del techo del hospital, dio un rugido y me levantó, con cama y todo, desconectándome todos los tubos, aparatos de presión y otros cables que me ayudaban en el post operatorio.

– Hace más de treinta y cinco años que vivo en el exilio. Mi nombre, de a poco, se fue desvaneciendo, borrándose de la vida pública. Pero aún así, hubo quién ya me llamó "testigo del  siglo" – afloja la tensión el viejo, se pone sentimental y reblandecido, baja la cama al piso, y trata de ponerme de su lado, diplomáticamente.

– No viejo, vos sabés que lo que hiciste fue imperdonable– le retruco, pensando que no hay nadie, entre todos los que lo conocimos en aquélla época, ahora lejana, que lo justifique.

Y quién sabe, por los efectos de la anestesia que empezaba a pasar, me acordé de Jorge Carrión, que al comentar “J.V. se arranca los ojos”, de Juan Villoro, en El testigo, cuenta que Un hombre joven dice una mentira. El rendimiento emocional que de ella extrae es tan gratificante que no rectifica ni confiesa: sigue adelante. Todo el mundo comienza a creer que su carrera profesional es otra. Su vida entera deviene otra. Al cabo de veinte años, tanto su esposa como sus padres, sus hijos o sus suegros creen que es otra persona. Un día uno de ellos comienza a sospechar; y termina por desenmascararlo. Y él los asesina. A todos. No puede tolerar la existencia de esa mirada nueva de sus únicos testigos. Podría ser el argumento de una novela, pero es sólo un caso real entre muchos otros”.

– ¿Lo leíste Israel? – le pregunto al Viejo Villas, pero ya sé que me va a decir que sí, él lo leyó todo y lo sabe todo. No por nada el pelado Rafa decía que Israel era “el humanista”, al que nada de lo humano le era ajeno.
– ¿Me entendiste lo que quiero decirte? – insisto en provocarlo – que igual al JV del cuento de Villorio, vos también te armaste un verso; sí, un cuento. O una novela completa, en la que sobran los heroísmos: no sólo te persiguieron las 3A (como a todos nosotros y al resto de los argentinos decentes y luchadores de aquélla época, dígase de paso) y los milicos (ídem), como que toda tu familia es un árbol de próceres y prohombres criollos, españoles y judíos, pero te olvidás siempre del detalle: ¿a quién le contaste que habías decidido exiliarte, y además llevarte “prestados” 150 mil dólares, que nadie te hubiera negado si lo hubieras consultado? – le digo y le repito lo que ya le había escrito en un mail, años atrás.

– Te cuento, Javi: siendo yo un adolescente, asistí a varios hechos de coraje de mi padre; como ocurrió en un acto proselitista en Constitución, mi padre había hablado, y le tocaba la palabra al candidato a presidente de la república, cuando un grupo de provocadores trató de romper la manifestación; mi padre, al frente de un puñado de seguidores avanzó hacia ellos, y sacó un facón de mango de plata, y el grupo de asaltantes se abrió y huyeron, despavoridos – se emociona Israel, recuerda al padre, y se acuerda del hermano Daví, corajudo, valiente y peleador; y tal vez se avergüence de su pusilanimidad, de su cobardía.

–Porque todos tenemos derecho a tener miedo Viejo; todos nos moríamos de miedo en esos años, pero teníamos principios; y uno de ellos era el de hablar entre los compañeros, el de la democracia interna. Y vos eras de la dirección política Israel. Ninguno de nosotros teníamos el derecho ni la disculpa del miedo para irnos sin avisar. Y menos aún llevándonos el dinero que era de todos – lo bombardeo.
– ¿Sabés, Javier? te puede parecer que tengo una imagen de mi viejo medio parecida a la de un malevo de suburbio, tipo Juan Moreira, pero no, era al contrario; era un hombre elegante, caudillo típico del radicalismo, buen mozo, fino, buen conversador, siempre burlándose de sí mismo. Pero era de un gran valor físico, y se disponía a demostrarlo cuando fuera necesario – era un torrente irrefrenable de memorias el Viejo Villas, tratando de tapar el sol de sus flaquezas y debilidades con el tamiz de la valentía de su padre, el juez radical que defendió a los peones insurrectos de la Patagonia Trágica, y que debe haber sido una marca para sus hijos varones.
– Me acuerdo que viajé con él en una gira política por el norte de Santa Fe que en esa época era conocido como el Chaco Santafecino, y allá se armó una trifulca en la que un tipo, armado con un tridente hirió de gravedad a otro. Mi viejo lo desarmó a puro golpes de puños, y se lo cargó al herido y lo llevó en auto, manejando durante horas hasta el hospital más próximo. Lo internó, y avisó a la familia – ni me escucha Israel Villas cuando trato de cortarle el hilo de los recuerdos; y yo pienso otra vez en lo que me decía Pili Rocha: ¿es justo que yo venga ahora, 35 años después de los acontecimientos, a acusar a un viejo que hizo tanto en su época? ¿y es justo condenar a alguien que empieza a despedirse del mundo sin lograr hacerse su espacio en la historia? Pili diría que no. Diría que sigue siendo una visión estrecha y sectaria. Midiendo con la regla de los años de 1970 a un hombre que hizo sus aportes importantes y que luego fue engullido por las sombras, y ahora ya está demasiado viejo para defenderse.

–– Te cuento, Javi, a mí no me resultó nada raro cuando me contaron que, en el segundo gobierno de Yrigoyen lo encargaron a papá de llevar a Jujuy los títulos de propiedad de los indios, a los que les devolvía los derechos sobre las tierras que les que habían sido despojadas; también empezó gestiones de ese tipo en los territorios federales del Chaco y Formosa. Además, para probar cuánto valía su palabra para los indios, cruzó el río Pilcomayo atado a la cola de un caballo –– se extravía Israel Villas y se pierde en las nostalgias del viejo juez radical. Y yo me acuerdo de la más que reconocida intemperancia del otro hijo, Daví, y de lo que contaba el negro Dardo, que a la Alicita la invitaron a dar una charla a una mesa redonda en la que iban a estar León y otros intelectuales provectos, viejos colegas de Israel y de mucha chapa, de la época de  Contorno. Entonces ella preguntó: ¿y a mí porque porqué me ponen ahí?, y le contestaron "porque a vos Rozitchner no te va a pegar". Y lo mismo era con Daví, el hermano de Israel, que hasta Beatriz Sarlo se le escapó una vez de un programa de televisión, muerta de miedo de sus denuncias rigurosas. Pero él, Israel Villas no era así; siempre había sido un negociador, un vueltero, centrista en toda polémica fuerte y abierta, un conciliador nato.

–– ¿Vos sabías Javier, que en los años de la revista Contorno casi ningún autor se animaba a usar el “vos” en la Argentina? La única excepción era Arlt, con su “rajá, turrito”?. En todo el ámbito rioplatense se hablaba de “vos”, pero en los diarios y las revistas se escribía de “tú”. Incluso en las cartas familiares la gente decía “tú” y no “vos”, ¿lo sabías Javi? – y yo lo sabía, sí; pero sobre todo sabía que el Viejo trataba otra vez de embanderarse con su vanguardismo, el de su revista Contorno, que había hecho época, para defenderse de sus cobardías posteriores, de su pánico al tener que enfrentar la realidad.
–– ¿Vos lo sabías Javi? – vuelve el Viejo a hablarme con su tonito pedagógico, sobrador, y yo voy perdiendo la paciencia, olvidado por completo de que estoy recién operado, saliendo de la anestesia, y que Israel se me presentó en la piel del Demonio – a mí la Argentina se me relativizó bastante ante el exilio; me trajo la humildad de ver a mi país en dimensiones más realistas, y al castellano como un idioma de menos proyección en el mundo; también vi mis ideas políticas en un contexto más vasto y así, a mis héroes de la infancia –como San Martín y Belgrano- los vi también, en una perspectiva más amplia, volverse más modestos. Y a mí mismo, ¿sabés Javi? imagináte que al llegar al “mercaz clita”, a donde nos mandaron a vivir al llegar a Israel, vino a vernos un miembro del gabinete; eso fue todo un aprendizaje de modestia, Javier –– me miente Israel, y finge una falsa modestia que me irritaY me habla sin rubor de lo que más me duele, de su huída a Israel, y se olvida de lo que fue realmente más grave que todo lo anterior: la oficina de la calle Corrientes, en la que se escribía y editábamos la revista Manifiesto, de Orientación Socialista, estuvo abierta hasta una noche después de la desaparición de Israel Villas; el gordo Chupe y yo fuimos a cerrarla, a limpiarla de papeles y otras cosas más comprometedoras.

–– Claro que nadie se habría olvidado allí 150 mil dólares Israel, por lo menos no en aquéllas circunstancias –– le digo al viejo, y de golpe empiezo a notar un proceso de metamorfosis: del cuerpo decrépito y gastado de Israel Villas se separa lentamente, la figura del Supay:
–– Basta Israel, me cansé; vinimos a juzgarlo a Javier porque me dijiste que te debía un favor y se lo íbamos a cobrar con su alma eterna. Pero veo que vos también vas a ser juzgado, viejo. Quiero oírlos a ambos; voy a escuchar cada argumento, cada opinión, y yo voy a decidir el castigo a uno u otro –– nos largó el Demonio de repente, mientras el viejo Villas se volvía cada vez más débil, más deprimido y taciturno.
–– ¿Sabés? charlando con Américo Cristófalo sobre mi experiencia política en los años setenta, él me recordaba cómo yo había analizado con gran lucidez la dureza que el golpe de estado que se acercaba podía desatar, una consideración que no todos los grupos de izquierda tuvieron entonces y que muchos, incluso, descartaron como posibilidad –– argumenta Israel para desviar el tema, o para adjudicarse un logro más, algo que no era suyo solamente, sino de toda la organización en la que militábamos; y no sólo la nuestra: era la opinión de toda la izquierda socialista, que en ese momento crítico de finales del 75 e inicios del año del golpe, se había concentrado en Poder Obrero por un lado, y Orientación Socialista por el otro. Y me acuerdo también que Cristófalo en esa época era Quito, que poco antes había discordado con la opinión mayoritaria de Orientación, y se separó junto con un grupo de compañeros de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Quito se fue a Europa y sus posiciones, tal vez más correctas que las nuestras en ese momento, pueden haberse desarrollado más en otras tierras, pero no en Argentina; no en ésos años críticos por lo menos, ya que él ya se había exiliado. Y por eso no puede decir tampoco que la acusación al Viejo Villas era una infamia. Él no estaba allá, no vivió el drama de Israel desaparecido por una semana, y la sorpresa de saberlo huido, sin avisar a nadie y, además, llevándose un dinero que tanto necesitábamos.

2.

–– Los que vivimos hace años en los alrededores del antiguo loteo de Ramos Mejía, sabemos que los pasajes oscuros y húmedos que corren por debajo de las vías de la estación del tren son unas de las tantas entradas que vienen del infierno, ¿sabís? –– recuerdo que me contaba Israel cuando nos encontrábamos, en los primeros años después de mi vuelta a Buenos Aires, al salir de la cárcel de Encausados. Y yo me acordaba que en el valle de Traslasierra, en Córdoba, hay otra entrada famosa a las cuevas del Mandinga, un desfiladero hondo y estrecho, por donde a la noche se mueven las almas en pena de los indios comechingones que no quisieron rendirse a los soldados españoles, hace más de cuatrocientos años, y se arrojaron cuesta abajo, por el despeñadero, con sus hijos en brazos, prefiriendo la muerte antes que la esclavitud.

La fiebre está aumentando, el viejo Israel Villas y el Demonio desparecieron, y los recuerdos se me convierten en delirio; la enfermera de la media noche entra a la habitación y controla mis datos vitales.
Sueño, y la fiebre me hace acordar de una cueva que vimos un día con Victoriano, en la espesura del monte en la Falda, donde se pierde toda orientación y el cerro parece ser igual en todas las direcciones. Vimos una entrada secreta, oculta entre las breñas, cuidada por dos pumas feroces.  Nos fuimos sin entrar, pero después me contaron que lleva a una cueva amplia y lóbrega, donde baila el Mandinga cuando se celebran aquelarres y orgías. Las viejas y los viejos se transforman en jóvenes, los enfermos sanan, y la fealdad se tapa con la hermosura.
Dicen que la Salamanca es el lugar donde el Supay les enseña sus malas artes a las brujas, que  se reúnen allí tres veces por semana. Pero la fiebre se disipa, y vuelvo al viejo Israel Villas:

– Oíme bien, Israel: Pancho desapareció junto a otro compañero, el Esquizo; los dos eran tus asistentes en la oficina en la que se reunía la dirección de OS y se redactaba Manifiesto. Pancho, Esquizo y el dirigente azucarero de Tucumán -Heraldo Salvatierra, pienso yo en medio del delirio de la fiebre; el trotsko Salvatierra, que había sido dirigente del MLN, después del PRT, y se incorporó a Orientación Socialista- cayeron presos y secuestrados y no delataron a nadie, mucho menos se los vio en la calle en la tarea de entregar compañeros  le retruco al Viejo, que había murmurado bajito que se había ido “de urgencia” de la Argentina porque le habían dicho que el Pancho andaba en la calle, delatando gente de la militancia.

– Pancho te idolatraba, Ismael, casi hasta la obsecuencia; él no señaló a nadie y esta mentira tuya me indigna, porque jamás nadie comentó nada sobre esto, en una época en que la paranoia de los secuestros y la colaboraciones de algunos presos con los militares era tema de intercambio de informaciones entre todos los que sobrevivíamos y tratábamos de seguir luchando. Si hubiera sido comentado, cierto o injusto, yo y muchos de los que estamos aún vivos lo hubiéramos oído – casi le grito a Israel, y el Diablo nos mira, callado y pensativo.

– Es otra cortina de humo, Israel, la más malvada de todas. Porque pretende ocultar lo real: vos no le avisaste nada a nadie sobre tu exilio repentino, caso contrario me dirías ahora mismo a quién y en qué circunstancias lo hiciste, Viejo – me exaspero al límite de cualquier control, lo miro al Malo y veo que sigue pensativo y me callo.
 Pero el viejo  Israel  sabe que nunca será juzgado, ni entre nosotros ni en la justicia de la democracia, porque su salida del país al estilo "desaparición" (¿un delito? ¿error? ¿una simple debilidad?), que tanta gente vio de cerca, prescribió hace algunos años.

–– Lo correcto sería que contaras tu verdad; que dijeras, por ejemplo, "necesitaba dinero, tuve mucho miedo y me dio vergüenza de decirlo porque 15 días antes había condenado al Bocha cuando dejó la dirección y se fue a Italia –– el Bocha, que era uno de los dirigentes más “duros”, había sentido el apretón del miedo, dos semanas antes de la “desaparición” del viejo Villas. Lo había dicho abiertamente y, aún en desacuerdo, lo ayudamos a irse, en ese que era el primer exilio entre los camaradas más próximos–– Tendrías que reconocerlo ahora, Israel, y decirlo con todas las letras: “tuve vergüenza porque cuando Bocha se fue dije que era una traición, una defección, a diferencia de todo el resto de la dirección". 

–– Si esto fuera dicho por Israel Villas ahora, tal vez algunos entre nosotros lo entenderíamos y perdonaríamos porque después de tantos años, sólo unos pocos, entre los sobrevivientes de aquella época, nos interesaríamos por él ––Lo miro al Diablo y lo desafío: no quiero más hablar con Israel, ni sobre él; y voy a tratar de enterrar ese fantasma de una buena vez, a menos claro, que ocurra el milagro de verlo contando la parte de la verdad que a él le toca.

El Malo no se inmuta con mi desplante. Pero lo mira al viejo que, empequeñecido, derrotado por el derrumbe físico y moral de los años, se calla y se traga todo el resto de orgullo y vanidad. El Supay lanza entonces un rugido atroz y una humareda de azufre hediondo y azulado por la boca y la nariz; lo fulmina a Israel Villas con una mirada de fuego, que es de desprecio; da una risita y desaparece de mi cuarto de enfermo en el Hospital Nove de Julho. La fiebre me vuelve, llega la enfermera de la madrugada. El ruido de la avenida 9 de Julho es ensordecedor. Villas también se esfumó. Trato de relajarme y dormir.

Fin. Javier Villanueva, São Paulo, 19 de fevereiro de 2012

Variaciones sobre el mismo tema de la traición imperdonable: 



quarta-feira, 27 de junho de 2012

Las guerras calchaquíes de los siglos XVI y XVII.

 
Las guerras calchaquíes

Durante todo el período de la conquista los españoles no habían logrado entrar a los Valles Calchaquíes, donde se refugiara la cultura diaguita. Se trataba de una avanzada confederación de señoríos agro-alfareros independientes que pertenecían a la Cultura de Santa María, en la actual Catamarca. Tenían una lengua común, el kakán, y eran parte del gran grupo de la civilización andina. Los españoles los llamaron, por error, como calchaquíes, nombre de uno de los señores paziocas. Estos  se agrupaban en tres grandes naciones: pulares al norte, diaguitas al oeste y calchaquíes al este. Grupos menores eran los oclayas de unos 2.000 integrantes y los calchaquíes, unos 12.500, según estudios de Sotelo Narváez en 1583.
Un antiguo fervor independentista de los paziocas y la escasa cantidad de pobladores y soldados españoles en Tucumán, le permitió a la confederación diaguita defender mejor sus territorios. Estas luchas fueron conocidas como las Guerras Calchaquíes y duraron más de un siglo.
La Primera Guerra Calchaquí empezó en 1560, dirigida por el cacique Juan Calchaquí y los curacas Quipildor y Viltipoco. La confederación mantuvo a los europeos fuera de su territorio, arrasando tres ciudades nuevas fundadas por ellos: Cañete, Córdoba de Calchaquí y Londres. Y fue justamente esta guerra la que provocó la decisión española en 1563 de separar Tucumán de Chile para crear una enorme gobernación dependiente del virreinato del Perú.
La rebelión de Viltipoco ocurrió en 1594. El jefe de los omaguacas inició un nuevo alzamiento con un ejército de 10 mil lanzas diaguitas; sin embargo, los españoles comandados por el capitán Francisco de Argañaras y Murguía entraron y se emboscaron en la Quebrada de Humahuaca. Enseguida atacaron de sorpresa el campamento diaguita, matando a los caciques y capturando a Viltipoco, que fue llevado a San Salvador de Jujuy, en donde murió prisionero, años después.
La Segunda Guerra Calchaquí duró 7 años, de 1630 a 1637, liderada por el curaca Chalamín. Los diaguitas volvieron a destruir las ciudades que habían sido levantadas por los españoles, Londres II y Nuestra Señora de Guadalupe. En 1637 las tropas españolas capturaron y ejecutaron a Chalamín. Los habitantes del Señorío Diaguita que condujo la guerra fueron deportados y reducidos a la esclavitud por los españoles.
La Tercera Guerra Calchaquí se alargó por ocho años, de 1658 a 1667, y fue entonces que ocurrió algo fuera de lo común, al principio de los conflictos, en los que actuó un aventurero andaluz, don Pedro Bohórquez, que juraba ser el Inca Hualpa.
 Como los paziocas lo aceptaron como su líder militar, Bohórquez se movió con gran astucia. Logrado el apoyo de los jesuitas, el aventurero organizó un sólido ejército indígena de 6.000 lanzas con el que mantuvo bajo control a toda la región durante varios años. Sin embargo, en 1659 se entregó a los españoles con la intención de ser amnistiado, pero fue enviado a Lima y finalmente ejecutado.
La confederación siguió la guerra bajo el mando de José Henríquez. Derrotado el señorío de los Quilmes (*) en 1665, que condujo la tercera guerra, los españoles decidieron desarraigarlos por completo, deportándolos de sus pagos hacia los territorios pampeanos, cerca de Buenos Aires. Alrededor de 11.000 de sus miembros fueron llevados hasta donde hoy se levanta la ciudad bonaerense de Quilmes.
La guerra terminó en enero de 1667 con la derrota del último señorío pazioc. Los españoles tomaron la decisión de dividir y deportar a los pueblos diaguitas, reduciéndolos a la esclavitud.
Según crónicas del padre Pedro Lozano, los Quilmes procedían del Norte Chico, en Chile, y llegaron a los Valles Calchaquíes refugiados, huyendo ante la expansión del imperio inca.
Los calchaquíes, que no admitieron jamás el dominio extranjero ni permitieron a los vasallos del imperio inca asentarse en sus territorios, al ver a los Quilmes llegar desde Chile, los recibieron con las armas en la mano y tuvieron con ellos sangrientas guerras. Los consideraban vasallos del Inca hasta que, sabiendo que venían fugitivos de su patria por no sujetarse a aquel monarca, celebraron la paz y los acogieron en su país, y después de cierto tiempo, hasta se emparentaron con ellos.
Algunos historiadores objetan este origen, ya que los incas ya dominaban los Valles Calchaquíes y el Norte Chico cuando emprendieron la conquista de los valles centrales de Chile, no habiendo evidencias arqueológicas de la primera teoría.
Lo que sí se sabe con más certeza, es que los Quilmes entraron a los Valles Calchaquíes hacia fines del siglo XV. Su principal población –hoy en ruinas- se ubica en el extremo oeste de la provincia de Tucumán, a 2.000m sobre el mar, y era una ciudadela o marka, en el cerro Alto del Rey, que fue destruida por los españoles en 1667.
La nación de los Quilmes opuso una fuerte resistencia a los colonizadores durante los siglos XVI y XVII. La derrota final ante el gobernador de Tucumán, Alonso Mercado y Villacorta (*), luego del levantamiento del líder Quilme Felipe Calchaquí, produce el traslado al exilio de toda la comunidad. Fue entonces que las mujeres prefierieron arrojarse al vacío con sus criaturas en brazos antes de verse sometidas. Los sobrevivientes fueron llevados más de 1.200 km desde Tucumán hasta la reducción de Santa Cruz de los Quilmes, casi a orillas del Río de la Plata, hoy ciudad de Quilmes en el Sudeste del Gran Buenos Aires.
En el camino a Buenos Aires, los Quilmes habrían acampado en las inmediaciones de la actual ciudad de Carcarañá, a menos de treinta kilómetros de Rosario. Algunos estudiosos sostienen que los primeros pobladores de esta zona habrían sido entonces de la etnia Quilme.
Hasta hace poco tiempo se creía que los Quilmes estuvieran extinguidos desde 1812, cuando el gobierno argentino declaró “pueblo libre” a los habitantes de la reducción. Esto ocurrió el 14 de agosto, que es considerada la fecha de fundación de la actual ciudad bonaerense de Quilmes.
Algunos descendientes mestizos del pueblo Quilme viven todavía en el oeste de la provincia de Tucumán. Son de 200 a 500 descendientes directos de los hombres y mujeres que resistieron el sometimiento español, aunque ya muy mestizados. Habitan la zona de Colalao del Valle, en Tucumán y Fuerte Quemado, en el límite con la provincia de Catamarca, a lo largo del río Santa María, que corre entre las montañas del Aconquija y del Cajón.

En la actualidad hay en Tucumán dos pequeñas localidades, la Quilmes que se encuentra a unos 12 km al sureste de las ruinas de la antigua marka, y el sitio Rincón de Quilmes, a unos 20 km al oeste de la primera. Las ruinas fueron estudiadas y descriptas por primera vez por Samuel Lafone Quevedo en 1888. Casi cien años después, en 1978, se realizó una reconstrucción del pueblo. El idioma original de los Quilmes, el cacán, se perdió por completo como lengua hablada. Siguen practicando la adoración a la Pacha Mama, la Madre Tierra, a quien  le ofrendan regularmente sus alimentos y bebidas.

Destaque: Amaicha del Valle es una Comunidad Indígena del Pueblo Calchaquí. El poblamiento originario supera los 7 milenios, calculándose que hace unos 2.300 años se establecieron allí pueblos agricultores y recolectores antecedentes de la cultura Tafí.

En 1716 los españoles firman la Cédula real de 1716 reconociendo a los pueblos originarios como los justos poseedores de sus tierras En la cédula real de 1716 el Reino de España devuelve a las comunidades Calchaquíes la posesión de las tierras que ocuparon desde miles de años antes de su llegada.

“En esta ciudad de Buenos Aires, a los seis días del mes de Mayo de mil setecientos cincuenta y tres, ante mi el Escribano de Hacienda, Cabildo y Guerra, se presentó un Indio de edad como de setenta y cinco años con orden de su Excelencia el Señor Gobernador y Capitán General Don Antonio de Andonaegui, para que le diese testimonio de los títulos de las tierras de sus Indios: dicha orden la agrego a los títulos de su referencia, etcétera.- TESTIMONIO “Nos los Gobernadores Don Francisco de Nievar y Don Jerónimo Luis de Cabrera y los Jefes de su Majestad Real Don Pedro Díaz Doria y Don Francisco de Lamercado de Villacorta reunidos en este paraje de Encalilla para dar la posesión real al Cacique de los pueblos del Bañado de Quilmes, San Francisco, Tio-punco, Encalilla y Amaicha Don Francisco Chapurfe quien nos manifestó la Cédula Real que antes dimos, el año de mil setecientos diez y seis en el mes de Apriles, en la que se manifiesta que al ser bautizado su padre el cacique de la Ciudad de Quilmes y de todos estos Pueblos, Don Diego Utibaitina, se labró y selló con nuestros nombres un algarrobo grande, y estando reunida toda la gentilidad de Bacamaca y lagunas, se le hizo abrazar dicho algarrobo, coger agua en una timbe de asta, actos en señal de la posesión de tierras de dichos Pueblos.”

Javier Villanueva. São Paulo, 27 de junio de 2012.
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segunda-feira, 25 de junho de 2012

Güiraldes y el robo de la joya de los Romanov


Quien me viera ahora, sentado plácidamente en un banco soleado del Huerto Forestal de São Paulo, difícilmente podría saber, o imaginarse, que unos treinta y cuatro años atrás corría yo por estos mismos senderos, durante más de una hora, y a veces hasta dos horas por día.
Tampoco podría imaginarse que esta, mi prominente barriga, la he venido haciendo crecer durante largos años de vida sedentaria y de ejercicios nada más que mentales de especulación, de comparaciones entre la vida pasada en la que fui brillante, y mi existencia de hoy, sin colores ni emociones fuertes, opaca y repetitiva hasta el hartazgo.
Soy Güiraldes, actualmente un olvidado, pero fui sin dudas uno de los más grandes detectives o investigadores, como le quieran llamar a mi oficio, de la ciudad de São Paulo.
La policía debe el descubrimiento de docenas de casos al detective Güiraldes. Fueron treinta y cuatro años – miento, treinta y cinco, porque el primer año trabajé sin ningún registro laboral– treinta y cinco sí, dedicados a la investigación, hasta aquél episodio que me permitió ganar el mejor bono de toda mi carrera, y que también me hizo decidirme a abandonarla definitivamente.
Fue un error de cálculo, debo reconocerlo, porque pensé que aquél dinero iría a ser suficiente, si fuera bien administrado, para el resto de mi vida; pero la verdad es que me está sobrando mucho más tiempo después que el dinero llegó a su fin.

Anduve por muchos países, viajé o trabajé en algunos lugares remotos durante años, en otros parajes pasé nada más que unos pocos días o semanas; quise ser escritor, e insistí en esa idea durante casi diez años; tuve momentos muy gratificantes, debo reconocerlo, pero la verdad es que lo que siempre supe hacer, y hacerlo bien, la única actividad o función que me daba la clara sensación de concentrar toda mi energía vital, era la investigación.
Debo confesar también que, aunque traté de negarlo y renegar de la profesión por mucho tiempo, la investigación es un don que ahora estaba listo para reaparecer nuevamente en mi vida.

Una vibración en el bolsillo de mi chaleco me saca de los recuerdos y de la contemplación perezosa del paisaje del Huerto:
– ¿Hola? Sí, habla Güiraldes ¿Quién es? ¿Cómo? Hable más fuerte, por favor.
Salí del parque y entré en mi coche, bajé a más de ochenta por la Avenida Nueva, mientras pensaba en lo extraño de todo aquél rollo; es que la llamada del celular había sido desde una comisaría, para avisarme que Pereyra, que había colaborado conmigo en la resolución de diversos casos en épocas pasadas, estaba preso.
Sin duda que mi amigo es una persona de una integridad moral absoluta, que amaba su profesión de policía, pero que tuvo que pedir la baja después que le dieron un tiro en la rodilla; y resulta que ahora estaba preso como sospechoso, y con serios indicios de haber cometido un robo en la joyería en la que trabajaba como jefe de seguridad desde hacía más de doce años.

– Buenas tardes comisario, ¿cuánto tiempo, no?
– Ujum, hola, sentáte ahí Güiraldes – me responde el comisario Alcebíades Campos, que había sido mi jefe en las épocas en que fui subcomisario en Córdoba, en los años sesenta – ¡Cuánto tiempo Güiraldes, cómo cambiaste!¿Estás un poquito más gordo, no?¿Y por dónde anduviste todos estos años? – me pregunta, simpático, pero levemente venenoso, el comisario Campos.
– Mejor en otro momento arreglamos para encontrarnos y pasarnos una tarde entera para que trate de resumirte lo que anduve haciendo, pero ahora mi amigo Pereyra me exige toda la atención, Campos – lo corté, diplomáticamente – ¿pero, qué fue lo que pasó exactamente?
– Sí, tenés razón, vos fuiste el primero al que pidió para verlo, quiere hablar con vos porque dice que sos el único que puede probar su inocencia, que está seguro que vos lo vas a sacar de aquí. – fue directo al grano Campos.
– ¿Y dónde está Pereyra ahora?¿Puedo verlo? – le pregunto.
– En la sala de interrogatorios – me contesta.
Entramos en una salita oscura y húmeda, desde la cual podíamos verlo a Pereyra en una sala contigua, más grande, a través de un espejo de esos que se ve en las películas. Estaba sentado, bastante agitado y nervioso, y adelante de una mesa en La que había un desparramo de fotos, que luego supe que eran reproducciones de las huellas digitales encontradas en el local, que la comisaría ya había mandado para el Instituto Buschetich en Buenos Aires, y de algunas escenas del robo.
Del Rosa, que estaba dirigiendo el interrogatorio, salió unos minutos de la sala, me saludó afectuosamente y se dirigió al jefe Campos para explicarle que, en las circunstancias del caso, el único sospechoso era Pereyra.
La joyería robada, en la Avenida São João, una de las más importantes del país, estaba custodiando una joya que había pertenecido a un zar ruso y se estaba preparando para el lanzamiento de la exposición en el museo de una facultad de la USP, que había depositado en la joyería la seguridad de la joya, un huevo de oro con incrustaciones de rubíes; estaba evaluado en treinta y cinco millones de euros por el seguro. Pero ocurre que el seguro de la joyería no cubría ni de lejos el valor de la prima correspondiente a los treinta y cinco millones, lo que podía llevarlos a la bancarrota.

– ¿Y todos estos factores, Del Rosa, no están haciendo presión encima del caso? – le pregunté, ya pensando en la respuesta obvia que me esperaba, porque era imposible que un monto tan elevado como el del que se trataba no estuviera agitando a todas las oficinas y a los grandes jefes de la Secretaría de Seguridad Pública del estado de São Paulo.
– ¿Qué te parece, Güiraldes? – me miró fijo Alcebíades Campos, adelantándose a la respuesta de su nuevo subcomisario – Y para colmo, la situación de Pereyra no es nada cómoda. Te cuento que hay una cámara en la joyería, cuya existencia sólo era conocida por el dueño de la misma, y allí quedó registrado el momento exacto en que Pereyra, o por lo menos unas espaldas y un andar de rengo muy parecidos a los de Pereyra, retiraba el huevo ruso del compartimiento protegido con alarmas y claves secretas de acceso.
– Todas las otras cámaras de video que normalmente registran los corredores y pasillos, las oficinas y ascensores, fueron desconectadas o apagadas durante tres minutos, entre las 23:58 y las 0:59, que fue exactamente el momento del crimen, Güiraldes – seguía Del Rosa la explicación inicial del comisario Campos –¿Me seguís? Pereyra no contaba con esta cámara secreta, ya que él era de total confianza del Sr. Costa, el dueño, pero sí sabía todas las claves y códigos de bloqueo de las salas seguras.
– ¡Caramba! – no pude reprimir la exclamación y un suspiro profundo, de pura sorpresa.

– Sí, ya sé, yo también tuve un choque, lo conozco a Pereyra hace más de treinta años, igual que vos, Güiraldes, o como Ud. Del Rosa, pero como todo indica que... – balbució Campos, sin poder esconder un dejo de vergüenza ajena, un pudor y una pena contenida, solidaria con el amigo en apuros, el viejo Pereyra.
– No vamos a dar el veredicto sobre la culpabilidad de nuestro amigo antes de hora – le dije. Me quedé todavía otros veinte minutos mirándolo a Pereyra a través de aquél vidrio. Mi viejo amigo había cambiado mucho también desde la última vez en que nos vimos; se lo veía ya con algunas de aquellas arrugas características de los hombres y mujeres que han recibido un tratamiento nada suave por parte de la vida; estaba muy por encima del peso en que debería, para su edad y estatura; seguía casado, o al menos así parecía, porque se veía que conservaba el anillo de casamiento en la mano izquierda; también se lo notaba realmente nervioso.

– Estuve todo el tiempo en la cabina desde la cual monitoreo todos los corredores y ambientes de la joyería – me contaba Pereyra más tarde, cuando el comisario nos dejó a solas – Casi a media noche hubo una fuerte caída de tensión eléctrica, algo así como dos o tres segundos, tal vez cinco. Cuando la energía del equipo generador volvió, estuve algunos minutos regulando las cámaras, cuando de repente miro hacia atrás y veo una persona que me apunta una arma, me manda poner las manos atrás de la silla en la que me obliga a sentarme, y me aprisiona con mis propias esposas. Después me tapó la cabeza con una bolsa de plástico negro, y me dijo que iba a tener una pistola apuntándome todo el tiempo, que no me moviera. A partir de ese momento no vi ni oí nada más hasta la llegada del comisario, creo que unos quince minutos después, según puedo calcular ahora. – completó su relato Pereyra.
– Y ¿llegaste a ver cómo era el que te atacó?
– Me dijo que no lo mirara, pero pude ver que estaba con anteojos oscuros y una especie de pasamontañas negro...Mirá Güiraldes, vos sabés que yo sería incapaz de hacer algo así, de robar... – me miró fijo, suplicante, Pereyra.
– Tranquilo amigo, quedáte tranquilo, y no hables nada más a no ser en la presencia de tu abogado, y podés estar seguro que no me voy a alejar demasiado de aquí.
– Gracias, amigo, confío en la justicia, que se haga justicia – se despidió, emocionado, Pereyra, y el agente de guardia le cerró la puerta de la celda con llave y candado.

La verdad es que no había entendido casi nada de lo que me dijo Pereyra, y pensé que tal vez yo no fuera la persona más apropiada para interrogarlo; la verdad es que quería ayudarlo, en el fondo no estaba tan interesado en resolver el caso, sólo quería que él no fuera el culpable, quería saberlo inocente y verlo salir de la comisaría libre y sin cargos.
Me volví a casa con una copia del video que Del Rosa me dejó llevar y me pasé un buen par de horas mirando una y otra vez los cinco o seis segundos de grabación.

Siempre tuve el hábito de ir al lugar del crimen y de mirarlo por todos los ángulos, y examinar las pruebas exhaustivamente; y siempre sentía que cada nueva inspección me aproximaba más, con un estado diferente de conciencia, y que las evidencias simplemente empezaban a saltarme a la vista, hasta que finalmente aparecían ante mis ojos de un modo casi mágico. Pero por algún motivo esto no ocurría ahora.
Había hecho un mapa mental y luego un croquis detallado con cada centímetro cuadrado de aquella sala; observé cada uno de los detalles del uniforme de Pereyra, luego había mirado como con lupa en el video cómo se acercaba Pereyra al compartimiento de seguridad; cómo agarraba la llave del manojo que llevaba suspendido en el cinto, y cómo abría la puerta y retiraba el huevo de oro, lo colocaba luego en una valijita chica, de esas con manijas largas, que se usan para viajar; un emblema en la valija decía “OCHO”; luego se la colgaba del hombro, giraba sobre los talones y salía por dónde había entrado.
La cámara, tal vez mal instalada por el propio dueño de la joyería, tenía un ángulo de visión que hacía que el gorro del uniforme de Pereyra le tapara totalmente la cara, a él o a quienquiera que haya sido el ladrón que salía con la joya robada.

– Debería haber algo más, Del Rosa – insistía yo – me parece una situación extremamente ambigua, cuanto más veo el video, más me convenzo de que, al mismo tiempo que quién aparece en la película se parece a Pereyra, a la vez no hay ninguna prueba irrefutable de que sea él el que se ve allí; nada prueba que no sea otro.
– Quién sabe, Güiraldes, el eslabón entre ese “supuesto”, entre esas evidencias que te parecen ambiguas, y lo “probado”, seas vos mismo – me alentaba Del Rosa – y quién te dice que puedas encontrar el elemento clave, el código, que defina y haga más concretas esas incertidumbres, para bien o para mal, y ¡ojalá que sea para el bien de nuestro amigo y ex compañero Pereyra!

Armado con la confianza y la esperanza puesta en mí por el subjefe, y con la carta blanca que el comisario me daba, al menos con su no interferencia, para que pudiera disponer casi libremente de las pruebas y del fichero de la comisaría, me fui a visitar otra vez la central de la policía. A pesar de esta cierta onda positiva, no dejaba de acompañarme, durante todo el trayecto a pie hasta la comisaría, una angustia incómoda de saber que no había avanzado casi nada en mi investigación, y era como un pedazo de hielo clavado en mi subconsciente.

Nuevas evidencias

– Pereyra amaneció sintiéndose mal – me adelanta, ni bien piso en el hall de la comisaría, el subjefe Del Rosa. – La mujer vino a acompañarlo.
La verdad es que realmente me daba mucha tristeza verlo así al que fuera uno de mis mejores amigos y compañero de trabajo. Pero esto no me quitaba de la cabeza las evidencias, y la casi seguridad de las imágenes del video que jugaban tan en contra de mi antiguo colega. El rengueo de la pierna izquierda, y la enorme coincidencia en la apariencia física entre el hombre que se veía en la película y nuestro viejo amigo, a pesar de la baja calidad y la falta de nitidez y definición de la cinta, eran irrefutables.

Me volví a casa y después de otro largo día perdido en ver y rever el video, me decidí a romper la inercia y llamé a la joyería para arreglar una cita con el dueño del establecimiento, el señor Alberto Costa.
Ya en la corta y áspera conversación telefónica me fue quedando bastante claro que Costa me profesaba una nítida antipatía, tal vez por ser yo un viejo compañero de Pereyra. Al recibirme en su oficina, bastante a contragusto, fue patente que sólo me franqueaba la puerta porque sabía que tenía luz verde de parte del comisario, porque hasta en la forma de mirarme se le notaba que veía en mí a un peligroso enemigo, o a un rival de peso, que trataría a todo costo de probar la inocencia de Pereyra.
– Él era de mi total confianza, casi absoluta después de tantos años de servicio en la vigilancia, y con los buenos antecedentes como policía retirado – me espetó de entrada Costa.
– Nunca me iría a imaginar que podría ser capaz de hacer algo así.
– ¿Cuánto tiempo hacía que había instalado aquella cámara? – traté de desviarle la atención para las pruebas y sacarlo del tema de la culpabilidad o no de Pereyra.
– Un par de semanas antes que me confirmaran de la facultad la custodia del huevo de los rusos – me contestó.
– Y ¿Ud. llegó a ver la película antes de entregarla a la policía? – le indagué.
– No, entregué la cinta del mismo modo que la saqué del aparato de video. – me respondió, ahora menos agresivo y con un dejo de inseguridad que yo capté enseguida, y que él notó que yo había percibido, porque me desvió la mirada y empezó a juguetear con una birome que tomó de su mesa.

Pasé el resto de la tarde en mi departamentito y volví a rever, por la trigésima vez el video. Estuve incluso gran parte de la noche en esa faena. Miraba en cámara lenta, hacía retroceder la imagen, la congelaba, avanzaba, volvía hacia atrás, en fin, vi la película de todas las maneras posibles. Pero no se me ocurrió nada a no ser una vaga esperanza que me vino de pronto a la cabeza: obtener una lista de personas que hubieran comprado una valija de la marca “OCHO”. Llamé a algunos distribuidores y a las principales tiendas del ramo y, para mi sorpresa, todos me dieron una respuesta similar: que no trabajaban con aquella marca, y algunos que ni siquiera la conocían.

Me quedé preocupado, el único elemento que tenía a mano, la única punta del ovillo que se me había figurado como una posibilidad de avance hasta ese momento, se desvanecía o comenzaba a volverse insignificante; pero me acordé de uno de los consejos de la academia de policía, que es no largar por el medio o antes de llegar a su fin ninguna pista, y la valija era una pista posible. Pensé entonces que pudiese ser una marca importada, lo que reducía considerablemente los locales de venta de la misma. Hice una consulta en Internet, tecnología a la que he terminado por rendirme después de años de resistencia, tal vez porque ahora el tiempo me sobra, o porque un jubilado como yo tiene que abrirse nuevos intereses para no dejar que se le herrumbre el cerebro. Nada, en ningún sitio relacionado con valijas, maletas o mochilas aparecía la marca “OCHO”.
Volví a la comisaría a hablar con Pereyra, a ver si encontraba alguna otra punta menos difícil del ovillo. Mi amigo ya no estaba tan nervioso, como si se hubiera resignado a esperar el fin de las investigaciones y el juicio como culpable.
Me contó que la noche del robo la policía le había tomado una declaración rápida y que un poco después de ello, había hablado con Costa, el dueño de la joyería, que lo miraba de un modo extraño y estaba muy nervioso, “como si quisiera convencerme con su silencio y su mirada fija, inducirme la culpa del robo”, insistía, muy despacio en su habla susurrante, casi silabeando las palabras, mi amigo Pereyra.
Y lo más intrigante, tal vez la famosa “punta del ovillo” que tanto esperaba hallar para empezar a seguir una pista: Costa, que se había quedado todo el tiempo muy cerca del acusado y muy inquieto, de repente salió, apresurado y sin dar ninguna explicación a la policía que ya estaba en la joyería, buscando evidencias.
– ¿Te acordás en qué momento exactamente fue eso? – le pregunté, lleno de esperanzas de nuevo.
– No, no exactamente, pero te repito que era mientras los agentes de la seccional buscaban datos que pudieran ser importantes; incluso, sí, ahora lo recuerdo...que entre las pocas preguntas que me hicieron en la joyería, me indagaron si yo tenía algún problema al caminar, y les contesté que sí, que la pierna izquierda me molestaba un poco, que rengueo de vez en cuando – completó Pereyra.

Volví a casa; nada en la heladera, a no ser un pedazo de queso viejo y una empanada que compré en la Vila Madalena un par de noches atrás. Mi perro, “El Zorro”, me mira aburrido, tal vez tan cansado como yo de la rutina doméstica.
Me acosté, no sin antes poner otra vez la cinta de video para verla por la milésima vez. Y buscar con lupa en las imágenes del robo, tratando ahora de conectar de algún modo la nueva pista, tenue pero válida, que Pereyra me abriera al recordar la salida brusca e intempestiva de Costa la noche del crimen.
Me acordé de pronto que Pereyra es zurdo, y lo que se veía en la película era un hombre – el ladrón – vestido con un uniforme, y con la valija que ya mencioné, abriendo el compartimiento de seguridad donde estaba la joya, haciendo para ello girar la llave, y luego agarrando el huevo, siempre con la mano derecha. Bien, no significaba demasiado: un zurdo puede usar la diestra para algunas actividades, tendría que confirmarlo con Pereyra. Rengueaba, eso sí, indudablemente con la pierna izquierda, lo que sí era una característica de mi amigo, pero...un momento, ¿qué era aquéllo?
Salí corriendo para la comisaría; era casi media noche, pero el acusado aún estaría allí, claro, y uno de los dos, o el comisario o el subjefe debería estar de guardia.
Del Rosa no estaba, lo esperé dos horas, y cuando ya me caía de sueño, llegó. Nos fuimos a tomar un café. – Aquélla cinta de video, ¿es la original o una copia hecha por Uds. mismos? – le espeté.

Del Rosa bebió un último trago del cortado frío y me dijo, medio intrigado – Eso mismo, una copia hecha a partir del original. Hicimos varias para archivar para el proceso judicial.
– Y la cámara, ¿está aquí?
– Sí, ¿querés verla?
Miramos juntos la cámara, una portátil que filma en VHS en mini cintas. Me fui sin decirle al subjefe lo que se me había ocurrido ni lo que había visto en la película y que tanto me había llamado la atención.

Ya en casa, volví a la video grabadora; la marca “OCHO” -no se si lo dije antes, en portugués se escribe “OITO”- se destacaba en la imagen de la película con un número grande, “8”. La última vez que había visto la cinta, antes de salir casi corriendo hacia la comisaría, había notado que debajo del número ocho había una pequeña inscripción; congelé la imagen y me acerqué con la lupa electrónica, una maravilla que había comprado en otras épocas, cuando todavía trabajaba en Córdoba. Aunque la imagen era muy fuera de foco, se leía muy claro “OTIO”; lo que evidentemente era la palabra “ocho”, en portugués, sólo que al contrario, al revés, y si no me había llamado la atención antes, fue porque a pesar de la cantidad de años que hace que vivo en Brasil, sigo siendo un semianalfabeto en el idioma del país y, tal vez por esto, por desinterés, o porque la letra era muy chiquita, me había pasado inadvertida en las decenas de veces anteriores en que miré el video.
Lo primero que hice a las ocho y cuarto de la mañana siguiente fue correr al laboratorio técnico de la policía central y pedirles que me dieran vuelta la película y que me facilitasen una mirada a la cinta original, la mini cinta que habían retirado junto con la cámara.
No es necesario que lo haga demasiado largo, ¿verdad? Como ya lo deben haber imaginado, al rebobinar la película al revés y compararla por precaución después con la original, ¿qué descubrí?, o mejor dicho, ¿qué confirmé? Que el ladrón rengo que aparece en las imágenes filmadas robando la joya rusa, es en realidad un zurdo, que agarra las llaves del cinto con la mano izquierda, abre el compartimiento con la izquierda, y retira el huevo con la misma mano...¡pero renguea con la derecha!, y Pereyra, ya lo sabemos, ironía de la vida, es zurdo y tiene un defecto al andar que le hace arrastrar un poco la pierna izquierda.
O sea, al poner la cinta del lado correcto, el “OITO” de la maleta parece tal como debe ser, el ladrón se confirma como un zurdo, pero lo que ya no combina con nada es el arrastrar de la pierna del sospechoso que cambió de un rengueo del lado izquierdo, como es en el caso de mi amigo, para un defecto en la pierna derecha.
Si agregamos a este detalle, ya de por sí sospechosísimo, otros dos hechos reales e indiscutibles: la salida apresurada del dueño de la joyería minutos después del robo, y la innegable falsificación de una evidencia que era la principal prueba para incriminarlo a Pereyra, el cuadro parecía bastante claro.

– Alcebíades Campos, para mí es evidente que el sospechoso ahora pasa a ser Costa, que parece haber salido a adulterar la cinta para entregarla enseguida a la policía – le dije al comisario – si logramos descubrir quién pudo haber hecho el trabajito de girar la película, ya está resuelto el caso. Sólo te pido que lo sueltes a Pereyra, estoy seguro que no va a fugarse ni a molestar en la investigación – completé.
El dueño de la joyería fue detenido dos días después, cuando dejaba en la vereda del aeropuerto internacional a su secretaria, en cuya valija se encontraba nada menos que el huevo de oro robado de la colección rusa. Esto definió todo y aceleró el proceso de investigación que permitió descubrir en la casa de Anita, secretaria presa junto con Costa, que había adulterado la cinta y forjado una pista fundamental en su propia casa, menos de cuarenta minutos después de haber sido descubierto el robo. El objetivo, claro, era cobrar el seguro, y, encima, si lês fuera posible, revender la reliquia de los zares.

FIN

Javier Villanueva, São Paulo, 2005. Este cuento es basado en un original en portugués de Luciano I. Barrionuevo.

Vocabulario
Senderos: caminos estrechos.
Hartazgo: cansancio profundo.
Registro laboral: según las leyes del trabajo.
Parajes: lugares.
Más fuerte: más alto.
Rollo: lío.
Sentate, ¿me seguís?, mirá, vos sabés, quedate, ¿te
acordás? ¿querés?: son formas del voseo, que se practica
en Argentina y Uruguay, y que pueden remplazarse en la forma : siéntate, ¿me sigues? mira, tú sabes, quédate, ¿te acuerdas?, ¿quieres?
Al grano: directo al asunto.
Contigua: al lado.
Evaluado: cotizado, medido el valor.
Rengo: cojo, que camina defectuosamente con una pierna.
Esposas: artefacto para mantener presas e inmóviles las manos de la persona detenida.
Espetar: decir de pronto, sorpresivamente, sin aviso.
Birome: (Arg., Urug.) bolígrafo, lapicera esferográfica.
Faena: trabajo, tarea.
Herrumbrar: oxidar, corroerse el hierro.