sábado, 9 de junho de 2012

Mamá cumple 80 años.





Ochenta años no es poco. Pero me cuesta hacerme a la idea; porque como dice una amiga: "no sé cómo fue que llegué a los 60". 
Llegar a los 80 debe ser mucho más intrigante todavía. Para poder figurármelo pienso en las regletas de la alfabetización matemáticas de mi hermano Alfredo.

El número 80 sería la regleta marrón, justo la edad de doña Tina. Yo, redondeándome la edad para menos, ya andaría por la verde; mi hijo mayor por la morada. ¿Fácil no? Hernando casi llegando a la roja, y así se desarrolla la vida. ¿Sencillito, verdad? 
¡No!, sigo sin entenderlo.  ¿Y si tratara de verlo por el lado de los hechos, o las anécdotas que van puntuando la vida de cada uno de nosotros? ¿Si me imaginara esos hechos cotidianos, simples, entrecruzándose con los sucesos y anécdotas de los amigos y parientes, armando así una red compleja de memorias, que por fin tejen una enorme malla llamada La Memoria, que se entrelaza con los acontecimientos nacionales, y de a poco forman lo que se ha convenido en llamar La Historia?

Y empecé a recordar de a poco las anécdotas de doña Tina: como cuando se armó la gran trifulca en la casa de sus padres, en las Chacras. 
O cuando siendo muy chiquita, Tina se subió a cabalgar arriba de la chancha más brava de la finca, y se arañó de la cabeza a los pies, porque la chancha decidió pasar a la carrera por debajo de todos los árboles de ramas más bajas, de modo de darle un buen escarmiento a la precoz jinete.

O cuando se le puso en la cabeza -no tenía más de ocho años- que quería ir a una fiesta a la que ella había oído decir que irían sus padres, doña Eufemia y don Victoriano:

- Yo voy, ¿no?- le preguntaba a doña Eufemia cada cinco o diez minutos.
¡Ajá!- le contestaba la madre, una respuesta entre "sí", y "no", más bien todo lo contrario.
- Yo voy a ir, ¿no mamá?- insistía doña Tina, unos diez minutos después. Y así de la mañana hasta la nochecita. Hasta que llegó el sulky que a principio los llevaría a Eufemia y a Victoriano a la tan mentada fiesta.
- Yo voy también, ¿no?- repitió Tinita, por la vigésimo novena vez, sin darse cuenta que el temible Victoriano Unzaga se encontraba atrás de ella, a escaso metro y medio.
¡Entonces vos vas y yo me quedo!- tronó la voz del abuelo Victoriano, y la levantó, la sentó en el asiento del sulky, que salió enseguida, llevándolas a doña Eufemia y a Tinita, todavía asustada con su audacia, pero feliz por el triunfo.

O cuando, a la vuelta de unas compras en la ciudad, apenas llegó notó la falta de sus seis muñecas de trapo preferidas. R.I.P decían algunas de las tumbas; otras llevaban la inscripción "Q.E.P.D"...y todas ellas con la inocultable caligrafia del Negro, el hermano mayor –no mucho mayor, pero lo suficiente- que había dado cristiana sepultura a su media docena de “matacos” preferidos.

Y me acuerdo también de cuando Tina y la Gringa -ambas señoritas jóvenes, lindas y admiradas por los muchachos engominados y con varoniles jopos- habían recibido una enorme caja de bombones de un pretendiente de la Payita (otros de los apelativos juveniles de la Tía Gringa).
Tan grande era la caja que las dos niñas no se atrevían a llegar a casa con tamaño regalo; así fue que se sentaron a la orilla del camino –de tierra arenosa y sembrado de mistoles, bajo un sol de 40º- y se pusieron a comer decenas de bombones. Comieron algunos, chupetearon otros como si se tratara de uvas; pero al final, eran tantos los chocolates que sobraban, que decidieron usarlos como proyectiles en un improvisado concurso de tiro al blanco, matizado de estruendosas carcajadas que asustaban al Supay y a los duendes de la siesta chacarera.

Y los años pasaron, las regletas del tiempo ya estaban entre la roja y la verde clarito, y Tina se paseaba en Buenos Aires, dueña y señora del baile, y visitaba al tío Carlos, y se sacaba fotos con el Negro en los carritos de la costanera o en el puerto, o en frente al obelisco.

Nuevas anécdotas, graciosas unas, como las del día de la llegada de Mar del Plata a Córdoba, en que mi afición por diligencias y vaqueros me llevó a llamar un sulky para que nos llevara de la estación de trenes hasta la calle Ovidio Lagos. Nunca voy a olvidarme de la cara de mi papá y de los empleados de Águila-Saint cuando nos vieron llegar, más parecidos a personajes de Bonanza o del Cisco Kid, que eran mi mundo de sueños y fantasías por aquellos años.

También recordé otras anécdotas, no tan graciosas, como cuando doña Tina me acompañó a los funerales de Atilio López; o cuando me ayudó a esconderme y a proteger a mis hijos en unas fantásticas vacaciones en Mar del Plata, a las que se sumaron mis primos Esteban, Natalia y Rebeca, aparte del perrito callejero Gordi, todos llegando dentro de un Ford, en el que supuestamente solo estarían mis padres y mis dos hermanos menores, Raquel y Alfredo.

Y cuando las regletas del tiempo ya andaban entre la morada y la amarilla, doña Tina empezaría otra vez un largo camino que la llevaría hasta São Paulo primero y después hacia la Patagonia. En los trópicos conocería a sus nuevos nietos y casi enseguida a los primeros bisnietos. Pero pasaría también por otra gran batalla, de la que saldría de nuevo victoriosa -resucitada y renacida- con la ayuda de la querida y desconocida Cidinha.

¿Qué fue lo que entendi al final de cuentas, después del rápido raconto de las andanzas y correrías de doña Tina?
Aprendí mucho: que la vida es así nomás, simple y complicada; que el mensaje genético de la longevidad la obliga a doña Tina, a sus ochenta años –como muy probablemente nos obligará a sus descendientes- a comprender que somos eternos mientras duramos, universales aunque frágiles, inmortales porque nos entrelazamos, como las espirales del ADN, en las vidas de nuestros antepasados: la de la abuela Eufemia, que nos enseñó lo que es la lealtad, la humildad y la perseverancia; la de don Victoriano, que nos mostró las virtudes de la tozudez y la perspicácia; la de la Tía Gringa, madre universal de una treintena de primos, que tuvimos la mejor infancia que un adulto puede recordar y añorar. La del Tío Negro y sus cuentos, la Tía Berta y Ron Damón, el Tío Carlos con sus historias, sembrando imaginación y semillas de fantasías, que más tarde o temprano le darán escritores y teatrólogos a la gran familia. 
Y me acordé de las siestas largas y calientes, las lagartijas que salíamos a hondiar, siguiendo las huellas pioneras del Pistola –nombre de guerra del Tío Luis- y de las perdices que el Tío Daniel traía, colgadas en un alambre en círculo que siempre me asustaban.

Y entonces supe que todo eso es el origen y el resultado de un cariño enorme por doña Tina; y me dieron ganas de saber cantar, como el Pistola, cuando agarró la viola y le cantó a doña Eufemia “pobre mi madre querida” en la fiesta de los 50 años de casados de los abuelos.

Aunque sé que mi canto no haría falta, que los cuatro hijos, ocho nietos y siete (casi ocho) bisnietos, junto con la multitud de sobrinos y amigos, son suficientes para recrearle a Tina, por el reverso, los cien años de Macondo y la perplejidad de la abuela del libro, que no entendia muy bien cómo es que pasaban y se repetían las generaciones y los años dentro de su familia. 
Pero Tina sí lo entiende, y aprendió que la vida, larga y llena de acontecimientos, es la simple continuación, mejorada, de la existência simple y buena de doña Eufemia y don Victoriano.

¡No se cumplen 80 años todos los días!

Javier Villanueva, São Paulo, marzo de 2012

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