quinta-feira, 21 de junho de 2012

Pesadillas extrañamente conectadas


Doña Tina se despertó, pintando. Como casi nunca le había ocurrido en sus largos 97 años de vida, podía recordar cada detalle del sueño que acababa de tener. Era un sueño que se había convertido en algo tremendamente vivo, y que todavía parecía seguir muy presente, a los pocos minutos después de haber terminado.
La vieja señora no se animaba a contarle a sus hijas lo que le había ocurrido, y durante el desayuno, ocasión en que las tres se juntan para conversar, ni siquiera hizo la mínima referencia al sueño que había tenido. Tal vez ellas querrían convencerla a tomar algún remedio para librarse de lo que seguramente llamarían “síntomas extraños” y Doña Tina, en realidad, no quería librarse en absoluto de ninguno de sus sueños.
Es que hacía un tiempo que casi todo lo que le pasaba a ella misma, o lo que les ocurría a los otros en sus sueños, luego se volvía realidad. Y, por más increíble que pueda parecer, ella quería que eso siguiera ocurriendo, quería continuar así con sus sueños, porque de algún modo con ellos, o a través de ellos, Doña Tina tenía la sensación, que era bastante realista por otro lado, de poder saber por adelantado, y de antemano, o en primera mano, todo lo que iba a suceder.

Le fascinaba a doña Doña Tina ver que todo lo que pasaba en sus sueños o en sus pesadillas, luego iba a desarrollarse del mismo y exacto modo en la realidad.
En su vida real se iban sucediendo de a poco, como en una película, repitiendo en carne y hueso, en los sucesos cotidianos, reales y concretos, en sentimientos y en hechos, las mismas imágenes, casi siempre muy confusas y a veces casi ininteligibles de sus aventuras nocturnas.

Había empezado a ocurrirle también, como ya lo dije antes, algo poco común: recordar casi de inmediato, minutos después de despertarse, y muy espontáneamente, cada uno de los detalles de sus sueños o pesadillas. No era siempre, o por lo menos no había sido siempre así; cuando había hecho algún esfuerzo especial por recordar todo un sueño (o una pesadilla), o por acordarse de algo en particular, sus esfuerzos habían sido inútiles.
En síntesis, cuanto menos se preocupaba por acordarse de lo soñado, más rápido y más nítidamente le llegaban las imágenes a Doña Tina; y cuanto más se esforzaba por llamar los recuerdos de la noche anterior, peor eran los resultados.

Y como Doña Tina estaba muy lúcida y por causa de su avanzada edad le empezaban a faltar las diversiones, ya se había dado cuenta de este mecanismo extraño que describo, y había aprendido, incluso, a aprovecharlo y a disfrutarlo, como si disfrutara un placer más de los tantos que los años le habían ido quitando.
Pero en este sueño en particular, Doña Tina había “sentido” minuciosamente por primera vez, o mejor dicho, había visto con todos los colores y detalles cromáticos imaginables, había olido el hedor y palpado la densidad de la maldad, del horror y el miedo pánico que el principal personaje de su sueño irradiaba. Un hombrecillo de no más de un metro y medio de altura, con un bigote espeso, una mirada penetrante, piel brillante y en general un aspecto que se diría agradable y atractivo, si no fuera por dos cuernitos agudos que le apuntaban en cada lado de la frente.
El hombrecito del sueño entraba y salía con sorprendente facilidad de una botella, un garrafón de unos cuarenta centímetros de altura y medio metro de diámetro, con una boca larga y estrecha. Mientras el diablo se perdía en el botellón, una nube se movía dentro del mismo, como si el demonio se hubiera transformado en una mancha que pasaba del gris al verde y producía intensos reflejos dorados.
Y cada vez que el diablillo salía, pasaba al lado de Doña Tina y la saludaba, o simplemente le amagaba una leve inclinación de cabeza, y en una de tantas entradas y salidas, hasta le guiñó un ojo. Por fin, tal vez cansado de la rutina de entrar y salir del estrecho cuello de la botella, se sentó al lado de la vieja señora que, a pesar del aspecto casi agradable del diablo, no pudo reprimir un estremecimiento rápido, probablemente producto del olor fuerte, del hedor mejor dicho, de azufre y almizque.

¿Me creería Ud. si le cuento que hace hoy exactamente ciento sesenta y cuatro años, dos meses y cinco días que estaba encerrado en esa botella? – le espetó, a boca de jarro, el demonio.
¿No me diga? – le contestó con una elegancia fuera de circunstancia Doña Tina, que en realidad pensaba rápidamente cómo seguir una conversación, tan insólita y sin propósito, nada menos que con el diablo.
– Un pecador, al que había venido a buscar en 1839, para llevarlo al fuego eterno, me hizo una
 propuesta – empezó su relato Satanás, tomando de pronto un aire distraído, mirando a lo lejos, como alguien que se acuerda de cosas pasadas... ¡y cuántas no tendría este demonio para recordar! Pasaron muchos minutos, o tal vez horas en esta situación: el diablo meditando, y  Doña Tina esperando con paciencia; nunca se puede saber cuál es el tiempo exacto de los sueños, pero a ella le pareció una eternidad.

– Finalmente el pecador, para salvarse, me propuso algo insólito, incluso para mí, que como Ud. ya debe haber oído, el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo: que me encerrara aquí dentro, y que él me vendería por el precio más alto que pudiera; yo, dentro de la botella, sería como el genio que otorga todos los deseos a su amo, al dueño de la botella; pero cuantos más deseos fueran concedidos, más seguro estaría el dueño de pagar en el infierno sus pecados, sin la menor posibilidad de salvación – siguió contándole el diablo.
– Como forma de agregar un valor al negocio, de por sí carísimo, de la compra de la botella, quien la adquiriera podría venderla, siempre a un precio más bajo que el que él mismo pagó – agregó el diablillo.
¿Y con esta operación de venta el ex propietario de la botella conseguiría huir de su condena? – preguntó Doña Tina.
– Sí, siempre y cuando la vendiera más barato – le contestó el diablillo, que con un leve estremecimiento salió de su sopor y siguió contando:
– Pero algo bastante extraño ocurrió entonces: el condenado que se había salvado gracias a su genial idea de multiplicar las condenas con el incentivo de la ambición de nuevos compradores de la botella, la vendió de primera mano al administrador de una hacienda en el interior de Tras las Sierras, en Córdoba – continuó el diablo.
Y Doña Tina se acordó de un caso raro que le habían contado en su juventud, pasada a unas cuantas leguas de Capilla del Monte, al N.O. de Córdoba; una familia de agricultores y ganaderos, que a cada generación perdía más y más sus propiedades y riquezas, se había ido sucediendo en la administración de varias haciendas en las estancias de la región. Lo insólito consistía en dos hechos que parecían estar vinculados: la familia pasaba de una generación a la siguiente y, no importa con quién se casaran las mujeres y los hombres de la casa, si fueran criollos, gringos, turcos o medio indios, porque las caras, los gestos, las expresiones, y sobre todo, el color de los ojos, la piel y el pelo, iban repitiéndose, cada vez más idénticos; cada generación era gemela de la anterior, y sus hijos, sobrinos, nietos y bisnietos eran cada vez más la copia fiel, el mellizo, o trillizo o cuatrillizo, de sus antepasados.

El otro hecho raro en la historia de la familia de “Los Iguales” -como habían empezado a llamarlos en todo el pueblo- era que el gerente, o administrador general de la estancia, siempre guardaba celosamente una botella, una especie de damajuana de medio metro de diámetro, con una boca angosta y alargada, en cuyo interior se movía una nube colorida, a veces gris del color de las perlas. La familia, que al principio era decadente y perdía sin remedio sus propiedades, de repente fue recuperándolas, enriqueciéndose hasta recobrar el antiguo poderío; pero a pesar de haber salido de los aprietos económicos, los miembros de la familia conservaban una creciente tristeza en el andar, en el modo de hablar, en la mirada y en el aspecto general de cada mujer, cada niño o niña, y cada hombre de la prole de “Los Iguales”.

– Ocurre que cada nuevo administrador, empleado de la familia, había vendido la botella en la cuál yo habité estos 164 últimos años, cada vez a un precio más bajo, y mientras tanto cada uno había hecho sus pedidos, ganando casa, joyas, campos y dinero; o sea, todo lo que la ambición les había pedido, y yo, el diablo en persona, se lo concedí – agregó el demonio.
– Y yo me acuerdo que mi abuelo Victoriano contaba que, mientras más ricos se volvían “Los Iguales”, y a la vez que desaparecían todas las diferencias entre los rasgos de cara, de timbre de voz y de actitudes entre los miembros de esa raza extraña y hermosa, más tristes, más ensimismados y circunspectos se veían – completó Doña Tina.

El diablo del sueño de la vieja señora se desperezó con un largo bostezo, estirando cada brazo y pierna, y al final rugió, despertando todo el terror que la voz de un diablo puede generar en una persona.
Y Doña Tina se despertó.

Esa mañana, como dijimos al principio,  Doña Tina se despertó pintando. Es verdad que había pasado largos años de su juventud en la Faculdade de Belas Artes, en su lejana São Paulo, de la que había emigrado cuando en sus cabellos todavía no habían pintado las canas; pero las técnicas aprendidas de dibujo a la carbonilla o al pastel, y las horas pasadas con los pinceles suaves y livianos de las acuarelas, o los más pesados de la pintura al óleo, no habían dejado grandes marcas en su espíritu, y ella las consideraba una parte relativamente poco útil en su acervo espiritual o cultural, ya que hacía mucho tiempo que no pintaba en serio, ocupando tardes y hasta noches enteras, como lo hiciera en su juventud, sumergida en el olor de la trementina y las paletas.

Doña Tina, muy extrañamente se despertó, pintando el mismo cuadro que había soñado la noche entera, y durante el sueño, como ahora le parecía obvio que había ocurrido, ella había buscado su estuche  viejo, había separado los pinceles y espátulas y abierto los tubos de diversos pomos  de óleo, los había mezclado con parte de un viejo frasco de trementina y había llenado casi la mitad de un lienzo de 60 x 80 centímetros, clavado en un bastidor también antiguo y olvidado en lo más oculto del desván de su casa de la  sierra.


FIN



Javier Villanueva, Córdoba, 2005.

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