terça-feira, 31 de julho de 2012

Otra de las tantas aventuras de Esteban Unzaga.


Las aventuras de Esteban Unzaga, el vaquerito audaz, relatadas por él mismo. 


Por aquellas épocas de mi infancia –y quizás aun hoy- era motivo de risa y hasta de trampas preparadas diligentemente, burlarse de algún pariente venido de alguna gran urbe, ya sea de la Capital Federal, de Córdoba o de San Fernando mismo. Pero en este caso, el burlador debía estar seguros de que el burlado no volviera por mucho tiempo. Y así fue que alguna vez caí en las cargadas de algún primo chacarero. David era el menor de los Unzaga del tío Negro, tal como lo fue el Pistola de Victoriano. De mas esta decir que el "chico de los mandados" es un titulo que llega con placer para el penúltimo de los hermanos, y a David se lo hicieron valer durante varios años, hasta la llegada de los primeros nietos de la casta, “los viboritas”, como les llamaban a los hijos del Flaco Eduardo.
La cuestión es, que con mi primo, el gordito, o Davicito, como le decía la tía Amalia, alguna vez sufrí de su picardía gaucha. Siempre, ya sea cerca de las 11 de la mañana y luego al atardecer, había que darse una vuelta por los potreros, para controlar que todo estuviese bien, que ningún animal se cruce el alambrado, que el cauce del riego no se escape de la acequia, o que las vacas no se empasten por comer apuradas y haya que meterles un cuchillazo certero para salvarlas de morir asfixiadas. Y en una de esas mañanas, nos fuimos con Davicito al potrero de Los Santos. Caminamos por el callejón de la escuela, yo con la onda en mano y mi compañero con algún palo que a veces hacia las veces de sable ensangrentado y otras de garrocha para sortear algún arbusto de 20 cm de terrible porte. Cada tanto alguna lagartija de rápidos movimientos torácicos, asomaba entre el yuyerío para que me luciera con mi puntería de hondero; pero siempre solo terminaba viendo los arbustos moverse, al huir de mi cercano disparo piedril. -¡Ehh chango, suerte que no era una lampalagua! que si no, ya estamos muertos- me decía David, riendo por mi fracaso en la cacería. Llegando al final del callejón nos esperaba un enorme algarrobo, cuya sombra refrescaba el agua de una pequeña represa de donde bebían agua los animales a última hora por la tarde. En ese momento era todo silencio, pero al caer el sol, las ranas daban su concierto acompañando a cientos de coyuyos.
Bordeamos la represa, no sin antes hacer puntería en un estero que flotaba, para cruzar el alambrado y llegar al potrero de Los Santos, llamado así por la aparición de varias almas en pena, dudosas de abandonar esos pagos.
Y ahí estaban. Pastando al frescor de la mañana, una tropilla de caballos, mezclando especies de algún “casi” pura sangre, otros percherones con los que el tío Negro pasaba el rastrojo en alguna finca y uno o dos burros mansos, que algunas veces servían para pasear algún pariente pajuerano, tirado por las riendas de a pie, por un primo solidario.
Grande fue mi asombro al ver tamaño de los animales: ¡esos percherones a mi lado, parecían tener 3 metros de pie a orejas!! -¿Lo podré montar?- le pregunté al conocedor.       
-¡Nooo! respondió responsablemente David, -son bellacos esos tres. ¡Uhmmm!, pensé, y me quedé admirando el animal. Y el pariente luego dijo: -El mansito es aquel burrito gris-. Instantáneamente una sonrisa se adueñó de mi cara. -¡Meta!!- dije. Y al cruzar el cerco, el mansito se dio por aludido y se empezó a alejar. -¡Che!, pero no trajimos lazo ni riendas- le recordé. David saco un yuyo de su boca que había masticado desde hacía rato, lo tiro, me sonrió y me dijo: -¡No importa aquí tengo mi cinto!
Y así fue. Con cuidado y sin hacer bulla, arrinconado entre nosotros y la esquina del potrero, David le cruzó el cinto por el cogote y sin problema el burrito catamarqueño estaba a nuestra merced. -¿Y ahora?- le pregunté - ¿cómo me subo? Mi primo, a la izquierda del asno, me señaló que pisara en su muslo derecho tal como un estribo. Ya arriba del lomo del animal, me seguía preguntando como lo guiaría a falta de riendas. -¡Agarrále las orejas! Si tirás de la derecha, va para ese lado- me decía David mientras comenzaba a reírse. -¡Ya sé! Pero si no le soltás el cinto no va caminar- le dije en tono de orden. Le sacó el cinturón del cogote, y ni así el empacado quería moverse. Yo lo taconeaba con los championes y nada. Hasta que mi primo agarró una varilla verde y antes de pegarle en el cuarto a la bestia, el condenado reaccionó con toda su burrada. ¡Huiiiijaaa chee!!! Lo primero que hizo el asno fue asegurar la libertad de sus orejas y, luego de no más de ocho metros de intenso y marcado trote, se detuvo bruscamente sobre una pila de guano que parecía acomodada para concurso, ¡che!. ¡Y ahí fui a aterrizar, con toda mi humanidad, con manos y panza!. Al incorporarme rápido, para evitar un poco de vergüenza, lo veo a mi primo riendo sentado en el pasto, hasta las lágrimas. El burro un poco más lejos, mirándome sin culpa. Después de enjuagarme un poco en la represa, y con una sonrisa de dientes apretados pensaba...”ya me las va pagar...”, sin saber ciertamente quien era mi deudor,... ¿mi primo o el burro?

Autor: Esteban Unzaga, en el Blog de Javier Villanueva. 
São Paulo y Pico Truncado, 31 de julio de 2012.

O dia em que o Sete Peles visitou o meu avô Victoriano

O d



O velho se mexeu um pouco em sua cadeira de balanço de vime no canto do quarto do hospital, e então me dei conta de que tinha estado todo o tempo ali, fumando seu cigarro de palha com sementes de anis, bem devagar, e esperando que chegasse a hora da oração para ir buscar a Eufemia em San Antonio; e então começou a me contar:

-Uma noite o diabo visitou a mina casa - soltou de repente, sem aviso prévio e calculando o impacto, me olhando com seus olhos de velho pícaro, brilhando azuis na semi-penumbra da tarde, meu avô Victoriano. O entardecer era a hora ideal para contar histórias de terror, e ele adorava o tema do diabo.

-Não lembro bem o ano, mas acho que o diabo veio às Chacras durante um outono frio de rachar, depois de um verão que tinha sido muito longo, seco, caloroso, e com vento- disse Victoriano.

-E durante essa visita de Mandinga me limitei a abrir-lhe a porta, fazê-lo passar até a varanda, e tentar cumprir com o que ele me pedia, ou melhor dito, o que me exigia sua alma em pena: nunca, jamais deveria falar-lhe- acrescentou com voz misteriosa o velho. 
– Mas talvez esse tenha sido um grande erro meu, com o que iria me jogar a sorte mais tarde- diz o velho, acrescentando baixinho: - Puta merda! Não vai ser que alguma coisa me saia bem, caralho!
-Lembro muito bem daquele momento alucinante do encontro: não me esqueço de como cantavam como enlouquecidos os galos e revoavam os pássaros, como cacarejavam as galinhas e latiam os cachorros, e do repicar dos sinos da capela de San Antonio- conta Victoriano.
-As árvores mexiam os galhos com violência, agitadas ao vento, e tive a clara intuição de que aquela visita ia mudar nossas vidas, a de Eufemia e a minha, para sempre. A única bagagem do diabo era um livrinho velho- diz meu avô. -Não me animei a perguntar de onde vinha nem para onde iria depois, e também não me atrevi a falar muito com ele; mas durante essa noite as horas passaram tão rápido que, assim que terminava de servir-lhe um mate cozido e uns biscoitos no galpão, soaram as seis no campanário do povoado- 
continua o velho.
-Depois de uma longa semana de convivência forçada com o Mandinga, às vezes eu aproveitava quando o Mau saía da casa um pouco, e ia correndo ao seu quarto bisbilhotar nas suas coisas; e foi assim que tive a surpresa ao descobrir que, apesar de ter chegado sem mala nenhuma, o Diabo trocava de roupa todos os dias; suas calças, alpargatas e camisas eram sempre diferentes, cada vez que eu mexia em suas coisas; de diferentes cores e tamanhos, muitos tipos de roupas, todos os que você possa imaginar- me assustava Victoriano com uma voz que soava cada vez mais grossa e lenta.

Então, um belo dia, decidi fazer uma trapaça com o Diabo, para tentar desmascará-lo, para saber a que se dedicava e porque não falava. Eu queria descobrir pra onde ia ou que merda fazia em todas suas misteriosas saídas. Mas essa trapaça virou uma espécie de jogo; o Coisa Ruim tinha a mente mais cínica, perspicaz, inquisitiva, mordaz, intuitiva e sagaz que eu tivesse conhecido até então; e mina astucia caipira não me serviu de nada, muito pelo contrario, parece que me prendeu cada vez mais no meu próprio jogo; a tal ponto  que creio que cheguei a pensar que ele tinha tudo planejado desde sua chegada- contava o velho.

-Mesmo sabendo disto decidi jogar, porque, a final de contas, o que tinha a perder? Fiquei sentado na poltrona de vime da varanda para esperá-lo; tomei uns mates e fumei uns cigarros de palha, enquanto contava as horas com todos os seus respectivos minutos e segundos, porque de um momento a outro, o ônibus de La Falda ia parar, e ele entraria pelo portão da frente. Quando já estava bem escuro, e ele não chegava, e como no outono de Catamarca faz muito frio, fui até a sala e sentei na cadeira de balanço, tapado até o nariz com um cobertor grosso de alpaca- acende um cigarro de anis, dá umas tragadas, tosse e diz, meu avô Victoriano.
-Aos poucos foi vindo o sono e fechei os olhos, mas alguns minutos depois já ouvi o barulho agudo dos freios do ônibus número sete; e escutei os passos das alpargatas arrastadas do Mandinga por debaixo da Santa Rita. E quando esbarrou na cadeira de balanço da varanda… e depois, a chave que entra e vai girando na fechadura da porta verde da sala. 

Foi então que abri devagar os olhos e observei o jeito lento das duas voltas da chave, e vi a porta pesada de algarrobo, pela que, ao abrir-se, entrou brilhando um raio de luz da lua, que refletia nas baldosas de cerâmica. E vi o Mandinga atravessando a sala, direto na direção da minha espreguiçadeira. Fiquei quietíssimo, quase sem respiração; o Diabo se aproximou e do meio de suas roupas luxuosas tirou o que eu temi ser o instrumento de minha morte- prossegue Victoriano.

-O Diabo deixou então alguma coisa ao lado da espreguiçadeira, ao meu lado, e foi sentar-se bem em frente ao meu assento; olhou-me direto nos olhos, como se estivéssemos num jogo de chinchón ou de truco. Eu não queria ser o primeiro a quebrar o juramento e pensava que talvez outro, mais corajoso que eu, no meu lugar pularia nele. Mas não, eu não, esse não era o meu estilo; preferi esperá-lo, alerta, com o facão debaixo do cobertor, para me defender caso o Mandinga me atacasse- continuava Victoriano.
-Mas de repente o condenado fez um movimento curto, porém muito rápido em minha direção, como se fosse arrancar-me o cobertor de uma mãozada. E foi aí mesmo que vi suas garras, as mãos enormes e peludas, e devo ter dado um grito, porque ele soltou uma gargalhada. 
Então percebi que eu, sem querer, tinha acabado de romper a minha promessa, e já não poderia continuar o jogo perigoso e fatal com Satanás- terminava o seu relato o meu avô, enquanto eu morria de 
medo.
-Fui me levantando bem devagar e devolvi o pagamento ao diabo; eram treze notas novinhas, recém saídas do banco, de mil pesos cada um; treze “fragatas” que o demônio tinha colocado do meu lado, ao lado da minha cadeira de balanço.

Não sei se foi um castigo divino ou se sonhei, só sei que essa noite o diabo visitou a mina casa, e creio que para não ir embora, porque de vez em quando escuto, lá do fundo do sítio, entre as figueiras, a mesma gargalhada irônica, cínica e ameaçadora; e sinto o cheiro de enxofre que marca o passo e as pegadas do Mandinga- e até o dia de hoje me lembro da cara séria contrastando com o olhar de safado do velho, enrolando o cigarro de palha, passando lentamente a língua pela borda, e acendendo o fósforo na sola da alpargata seca, antes de ir embora, devagarzinho, até os cañizos e as chapas de zinco onde se secam e tostam ao sol as passas de figos, e antes de chegar aos montes de tunas do fundo do sítio”

Javier Villanueva.  "Crônicas de Utopias e de Amores", São Paulo, 2006.



Llega el enviado del Supay y lo sorprende a Esteban


Y Esteban recorre mentalmente los cajones de su escritorio, piensa que en algún lugar debe haber todavía una carta…sí, recuerda haber visto un papel en el que Victoriano presagiaba la llegada de un forastero con una oferta que él no podría rechazar. Se acuerda también, como entre fogonazos mentales, del cuento de Villanueva que relata la visita de un hombrecito gris que le ofrece al escritor una botella llena de un humo colorido, en el que de vez en cuando se ve pasar un diablillo; le recorren rápido por la memoria las imágenes de la familia de “Los Iguales”, aquéllos que a cada tanto renovaban su contrato con el Malo y le vendían sus pobres almas al demonio, sistemáticamente, a cada generación; y al recuperar la juventud se hacían cada vez más iguales, pagándole como tributo al Supay con la pérdida de la preciosa individualidad de cada uno de los miembros de la familia. 
—Bien, me toma Ud. de sorpresa— casi balbucea Esteban.
—Pero sí, me interesa, claro; mi mujer salió, pero yo lo puedo atender, pase—. La puerta cancel se cierra al paso del hombrecito, y él apoya en la mesa de vidrio de la salita, con cuidado, una botella con reflejos multicolores y una intrigante figura gris en su centro.
Muchos años después – yo ya me había ido de Catamarca y vivía en São Paulo hacía décadas – me cuenta Esteban cómo fue ese segundo encuentro, extrañísimo, con el hombrecito:
—Me limité a abrirle la puerta, hacerlo pasar hasta la galería, y tratar de cumplir con lo que me él me pedía, o mejor dicho, lo que de a poco me fui dando cuenta que me exigía su alma en pena: en primer lugar, nunca jamás debería hablarle –– agregó con voz misteriosa Esteban. ––Tal vez ese haya sido un gran error mío con el que me jugaría la suerte más tarde. Pero, ¡la yeta puta! ¡Si no era cosa que algo me saliera bien, carajo! –– se altera Esteban y yo me quedo callado, prefiero no interrumpirle el relato.

Javier Villanueva, São Paulo, agosto de 2001. Trecho de “Crónicas de Amor, de Utopías y de Espanto”.

sexta-feira, 27 de julho de 2012

Curiosidades de los medios de transportes.




Historia de la llegada del primer automóvil a Brasil

Alberto Santos Dumont -que sería considerado más tarde en Brasil y Francia el precursor de la aviación, por haber sido el primer hombre en despegar a bordo de un avión impulsado por un motor aeronáutico- también trajo a San Pablo en 1891 el primer auto movido por un motor a nafta. 

El coche era un Peugeot y el padre del avión, que volvía de París con su familia, tenía entonces 18 años. El vehículo motorizado de Dumont era único en aquel lejano noviembre de 1891. 

Trece años después ya había 84 autos registrados en todo el país. Y a tal punto llegó la demanda que, otros quince años más tarde, la compañía Ford se instala y empieza a fabricar sus primeras unidades en Brasil.


¡Qué curioso! 

El inglés Richard Trevithick, nacido en 1771 y muerto en 1833, proyectó y construyó en 1803 la primera máquina locomotora a vapor. 
Las que empezaron a circular con más regularidad, sin embargo, fueron proyectadas por John Blenkinsop (1783– 1831), nueve años después. 

Aún así, hay un tercer "Padre del ferrocarril", George Stephenson, que inauguró el primero a vapor y público, que circulaba a 25 km/hora.

Él y su hijo construyeron, algunos años después una locomotora que arrastraba vagones en composiciones de 14 toneladas a 45km/hora.

Cuentan que los campesinos ingleses que iban a ver la novedad pensaban que la máquina sería un verdadero "caballo de hierro”. Enseguida, la emoción se iba convirtiendo en cruel decepción cuando descubrían que la locomotora no tenía la forma de un cuadrúpedo de verdad.

Javier Villanueva. Curiosidades, São Paulo, 2003.

quinta-feira, 26 de julho de 2012

Rodolfito y el 26 de julio de 1952





Al Memorioso se le mezclan los recuerdos a veces, y no sabe decir con exactitud si un suceso ocurrió antes o después del otro; pero sí se acuerda clarito de los dos, y sabe que estaban muy próximos uno del otro. Así le pasa con Rodolfo y Evita y sus desapariciones, ambos en plena juventud, en el año de 1952.

Rodolfo Unzaga era rubio y de ojos verdes, levemente azulados. O tal vez eran ojos azules, tenuemente verdosos como ocurría, alternadamente, entre algunos de los hijos de don Victoriano. El viejo los tenía de un azul marino, sin medias tintas; a veces claros, a veces oscuros. A Doña Eufemia le brillaban un par de ojos castaños verdosos, medio grisáceos, como los de Liz Taylor. Pero los de Rodolfito eran definitivamente de un indefinido color verde.

Y las mujeres de medio San Antonio se deshacían de amores por ese par de esmeraldas y por las mechas rubias doradas. Pero él no se aprovechaba de la situación, al contrario. Tenía una clara preferencia por chicas no tan jóvenes, solteronas declaradas a veces; y sobre todo, siempre se acercaba a aquellas que decididamente no habían sido favorecidas por la naturaleza en materia de bellezas. O sea, en las fiestas del pueblo de San Antonio, Rodolfito solo sacaba a bailar a las feas, a las que nadie invitaba a la pista.

Rodolfo Unzaga era divertido y conversador; seductor a su manera, muy especial, dejaba siempre felices a las chicas del pueblo con sus cortejos inocentes.
Pero en aquella última fiesta, desde que empezó el baile, Rodolfito insistía en una de sus bromas favoritas. Hacía poco que había terminado el carnaval, y sobraban serpentinas y papel picado. Y al rubio se le había dado por enroscar a las chicas y sus amigos con las largas tiritas de papel colorido. “El que quede más enroscado con las serpentinas va a morirse este año”, decía; y como pasaba con todas las bromas y juegos de Rodolfo, este de las serpentinas y el destino también entusiasmó a las jovencitas, que en pocos minutos casi no podían moverse de tan enroscadas que estaban entre las cintas de mil colores. Y el más enroscado fue Rodolfito.

Pasaron pocas semanas y Saro -el tío que Javier imaginaba en aventuras selváticas y con sombrero de corcho- lo llamó a Rodolfo para un viaje por la cuesta de Ancasti. Irían en dos camiones, llevando frutas para una finca en la cima de la montaña. Cuando Saro volvió solo, ya todos se lo imaginaban: el camión de Rodolfito se había desbarrancado en un precipicio y nunca más lo veríamos. Su alegría juvenil se había terminado en el viaje trágico, cumpliéndose la profecía del juego de las serpentinas.  

Pocas semanas después –por lo menos en las remembranzas del Tonto Memorioso-  moría en Buenos Aires la mujer más importante, la más querida y la más odiada de su época, Evita. El año de 1952 fue muy triste para todos.

Javier Villanueva. Crónicas de Utopías y de Amores. São Paulo, marzo de 1988.





segunda-feira, 23 de julho de 2012

O repentista e o Supay

Crédito da imagem: gauchoguacho.blogspot.com


O repentista e o Supay
Fragmento do romance “Crônica de Amores e de Utopias”.

Tudo isso me conta a minha tia e se entristece um pouco porque ela também conheceu Israel, durante muitas de nossas longas reuniões em sua casa, ela escondida atrás das cortinas, assustada quando parava um Ford Falcon na calçada, um comando que fazia a ronda rotineira sem suspeitar que um de seus piores inimigos se escondesse ali tão perto. E minha tia o admirava também, sem saber tampouco que esse perigoso intelectual se assustaria tanto que fugiria um belo dia sem oferecer combate, mudaria de país e de vida, radicalmente, decepcionando a muitos, deixando num estupor absoluto vários de seus colegas mais próximos, o Cavalo Augusto, Javier, e ao mesmo Rafa.
– "Bom, che, não fique assim, se quiser posso brindar-lhe uma paixão de verão, ou o amor de qualquer outra mulher, mas não o de Viviana, ficou claro" – tentava conformá-lo o Satanás, segundo me conta agora minha tia Rosa.
– "Não, obrigado, isso eu consigo fácil, obrigado", murmurou o velho Israel, cabisbaixo e cada vez mais derrotado. – E por fim, e sempre seguindo o relato de minha tia, Vilhas foi embora, murmurando algo inaudível, sem despedir-se de ninguém.
 – O diabo não se incomodou e aproveitou para, irreverente, abaixar as calças e mostrar a bunda para uma velha beata que ia passando pela calçada em frente, a caminho da igreja, enquanto soltava novas, impudicas e estrondosas ventosidades – ruboriza-se Rosa, enquanto um reflexo dourado curiosamente cintila nos seus olhos, que agora me parecem cada vez mais claros, e sua figura continua apagada no espelho do seu quarto de Ramos Mejía.

Quando era um pouco mais das cinco da manhã, cansados de andar e mortos de fome e de frio, foram se sentar um pouco no Tortoni, na Avenida de Mayo. O Diabo, dom Mandinga, travestido de homem magro e alto, além de cansado, estava deprimido pelos sucessivos fracassos daquela noite – relata minha tia. – E dizem que Leiva estava quase tentado a presentear-lhe de uma vez por todas a alma para que fosse embora de uma vez por todas, e ele, Leiva, pudesse voltar tranquilo ao seu jogo no bar, ou ir dormir no seu quarto de hotel – diz a Rosa que lhe contaram uns vizinhos de Ramos Mejías que voltavam do trabalho no turno da noite dos trens, e os viram.

Mas de repente apareceu no café um brasileiro, mulato, alto e magro, com uma capa escura nos ombros, vermelha como a de um bispo, e um violão nas costas; vestido segundo a tradição antiga do campo: bombachas de gabardine, botas pretas sanfonadas, camisa cinza e colete de pele de ovelha, lenço no pescoço, e um gamulán velho e encardido por debaixo da capa – continua minha tia Rosa, narrando que tão de repente como tinha chegado, o homem começou a cantar bem baixinho, com os lânguidos acordes dedilhados de uma milonga; e logo depois, como se do nada, começou a improvisar um aro-aro, o que significava um claro desafio e que, como é mais que sabido, podia terminar muito bem, com todos os amigos tomando do gargalo da mesma garrafa, ou em um tremendo arranca-rabo.

"Aro-aro-arooo... yo me presento señores, eu me apresento senhores, pois sou o Coisa Ruim, el Siete Pieles, el que te roba la sombra, e nesta agradável reunião, en esta amable tertulia, me chamaram à inspiração, com um caráter de urgência. Como um assunto de grande premura, reclama la inspiraciooón, se dentre o público presente eu achasse um trovador, lo desafío, señores, eu o desafio sim senhores, pra discutir qualquer assunto, a disputar neste ponto, en versos de contrapunto, em rimas de um contraponto, pra ver quem é o melhooor", lançou o desafio o Coisa Ruim, viola em punho, olhar atrevido, testa altiva de quem sabe que tem pouco, muito pouco a perder.

O caderno do meu velho entra fundo no tema do demônio; confesso que cansa e às vezes me irrita; masmomentos em que o tema volta a me interessar e tento entender por que meu pai tinha tanto fascínio pelo Diabo. O historiador tucumano Ricardo Rojas, que passou a juventude em Santiago del Estero, contou a Fuenzalida que o Supay prefere a forma humana para aparecer: “Ele certa vez encarnou no corpo de um rapaz bonito, aparecendo do nada em um rancho para atentar os desejos de certa mulher ingênua. Mostrou-se em outra ocasião como um gaúcho rico e jovem que visitou a floresta em seu cavalo enfeitado de mágicos arreios”. Villanueva contava que Victoriano dizia que o Maligno vive nos vários lugares da tentação, em meio do jogo e do prazer. O Supay é quem rege as reuniões da salamanca, e tem como súditos sapos, víboras, duendes e os desditados que venderam suas almas em troca de alguma graça terrena. Ali vão bruxas, almas condenadas e demônios dos infernos, e ao entrar na caverna todos beijam o traseiro de um carneiro e logo se entregam à farra. De longe se ouve então o estrondo da música e as loucas gargalhadas dos condenados, que ficarão vários dias sem dormir e nem vão notar o cansaço. Além disso, disse meu pai que lhe contava Chazarreta, são agraciados pelo Supay com alguma virtude nas artes dos instrumentos, ou com a capacidade do canto, ou da oratória, e isto lhe confirmou mais tarde Israel Vilhas, que era um virtuoso da palavra. E Villanueva diza que conheceu um ferroviário que tinha beijado o carneiro numa caverna de La Quebradita de Tafí del Valle, e que depois disso, quase não envelhecia. É que os ardis e artimanhas do Supay para alcançar seus objetivos são infinitos, seja parecendo uma criancinha ingênua, seja uma mulher linda e provocadora. A história sempre acaba com um contrato assinado com tinta nanquim e com a morte do incauto que, seja por uma mulher, ou por cantar, bailar ou por dinheiro, entregou o único bem que o homem não deve descuidar: sua alma eterna. Continuo lendo.

– O Mandinga, morrendo de ciúme, e lançando uma asquerosa e azulada névoa de enxofre pela boca e pelo nariz, lançou um rugido e arrancou a viola das mãos do desafiante, e respondeu, com o queixo tremendo de fúria... – Minha tia Rosa estremece ao contar a cena, e faíscas lhe escapam do olhar.

– "Eu sou o Diabo, senhoreeeees; sou o Diabo em pessoaaaaaaaa, e por isso é que eu aceito, e banco seu desafioooo. Saiba você, dom Morenooo, saiba você que meu canto jamais foi vencido, derrotando mais de um santooo; mas eu de graça não cantoooo, nunca canto de graça; não cantooooooo. Quero é una aposta ambiciooosa: pergunte-me qualquer coisa, pergunte-me qualquer coooisa, sobre a vida e a ciência, a história e a cultuuuuura. E se o contesto, o digoooo, se respondo, beeeeem digo, levo sua alma comigo para a região mais tenebrooosaaa, até as trevas pavorosas, ao rio do cão Cerbero, cão de tríplicee cabeeeeeça, o guardião do meu jardim, do meu Jardiiiim do Infeeeeeeernooooo" – seca a testa Rosa, suando, tosse e me conta, ainda assustada, trememdo ainda, e ainda com um fulgor estranho nos olhos.

Mas o payador não se intimidou. "Por minhaalma eu aceitoooo, por mi alma se lo aceptooo, ou então por um tintilloooo; não me asusta João Sem Terra, nem Juan Perón nem Pindonga; no me asusta Juan Sin Tierra, ni Juan Perón ni Pindonga, que nem ao Diabo respeito, mas sejamos bem discretos, que o tema vai ser profundo, diga de um modo rotundo, seu pensamento fecundo, seu mais oculto temor: o que sabe você do amor? Que sabe da dor de um amor renegado, de uma paixão rejeitada, de uma boa dor de chifres? Heim? Que sabeeee?... E se não sabe não convide, senhor, e se não sabe pague a roda de ginebra, pague pa’ todo o mundo, patrão!" – esfrega as mãos com aflição, estica nervosa as mangas do pulôver, pisca os olhos e batuca na mesa da cozinha enquanto me conta a história do diabo, Rosa.

– O Diabo cuspiu fogo no chão, derrotado, fez uma careta de raiva e cansaço e levantou uma nuvem azulada e asquerosa com o rabo pontiagudo e peludo que apareceu por debaixo do sobretudo – continua a minha tia.Depois pagou a conta a todos os aterrorizados, mudos e estupefatos frequentadores do Café Tortoni e foi embora, batendo as portas do bar com tanta raiva e frustração mal contida que os velhos vidros se quebraram em mil pedaços.

Quando eram quase sete da manhã, passou pela calçada do café o escritor Villanueva – continua o conto dona Rosa. – Com hálito de enxofre, o Diabo lhe falou ao ouvido, sedutor: "Compro a sua alma, chefe, pago bem; veja, nãonada no mundo que me interesse mais do que ter uma alma, a sua alma". – E assim começou a amanhecer, conta Rosa, mas Villanueva, surdo às súplicas do Maligno, deu-lhe as costas e foi indo embora, devagar, segurando uma risadinha de desprezo.

Javier Villanuevo. São Paulo, 2006. Fragmento de “Crônica de Amores e de Utopias”.

La payada del Supay



La payada del Supay
Trecho de "Crónica de Amores y Utopías, de Héroes y Demonios de la Patria"

—Cuando ya era un poco más de las cinco de la mañana, cansados de andar y muertos de hambre y de frío, se fueron Gusmán y el Malo a sentarse un rato al Tortoni, en Avenida de Mayo. El Mandinga, harto ya, empezaba a deprimirse por los sucesivos fracasos de aquella noche— relata mi tía. —Dicen que Gusmán estaba casi tentado de regalarle el alma de una vez por todas para que el demonio se fuera por donde había venido, y él pudiera volver tranquilo a su juego en el bar, o a dormir en su pieza de hotel— cuenta.
—Pero de pronto se apareció en el café un brasileño, mulato alto y flaco, con una capa en los hombros, morada como la de un obispo, y una guitarra en la espalda; empilchado a la usanza antigua del campo: bombachas de gabardina, botas acordeón negras, camisa a cuadros y chaleco de cuero de oveja, pañuelo al cuello, y un gamulán debajo de la capa— sigue el cuento mi tía Rosa. Y tan de improviso como había llegado, de pronto se largó el hombre a cantar muy quedo, unos lánguidos acordes dedillados de milonga, tamborilleando en la guitarra con sones de candombe. Al rato, como si nada, se puso a improvisar un aro-aro, lo que significaba un claro desafío a una payada que, como ya es archi sabido, podía terminar muy bien, con todos amigos y chupando del pico de una misma botella, o en una tremenda trifulca, de sillas rotas y botellazos:

—Aro-aro-arooo...yo me presento señores, eu me apresento senhores, pois eu sou o Coisa Ruim, el Siete Pieles, el que te roba la sombra, e nesta agradável reunião, en esta amable tertulia, me chamaram à inspiração, com um caráter de urgência. Como um assunto de grande premura, reclama la inspiracióóón, se dentre o público presente eu achasse um trovador, lo desafío, señores, eu o desafio sim senhores, pra discutir qualquer assunto, a disputar neste ponto, en versos de contrapunto, em rimas de um contraponto pra ver quem é o melhooor— lanzó el desafío el mulato Coisa Ruim, viola en puño, mirada atrevida y penetrante, frente altiva de quien sabe que tiene muy poco que perder.

El cuaderno de mi viejo se mete a fondo en el tema del diablo; confieso que me cansa y a veces me irrita; pero hay momentos en que el tema me vuelve a interesar y trato de entender por qué al viejo le fascina tanto. El escritor e historiador tucumano Ricardo Rojas, que se pasó la juventud en Santiago del Estero, le cuenta a Fuenzalida que el Supay prefiere la forma humana para manifestarse; “ha encarnado alguna vez en cuerpo de hermoso mancebo, apareciéndose en un rancho de la espesura para tentar a cierta mujer ingenua. Se ha mostrado en otra ocasión como un gaucho rico y joven que visitó la selva en su caballo enjaezado de mágicos arreos”.

Villanueva contaba que Victoriano le dijo que el maligno vive en los diversos lugares de la tentación, en medio del  juego y del placer. El Supay es el que rige las reuniones de la salamanca, y tiene como sus súbditos a sapos, víboras, duendes y los desdichados que le vendieron su alma a cambio de alguna gracia terrena. Allí van brujas, almas condenadas, y demonios de los infiernos, que al entrar a la cueva le besan las ancas a un carnero y luego se entregan a la farra. De lejos ya puede oírse el estruendo de la música y las locas carcajadas de los condenados, que van a estar varios días sin dormir y ni se les va a notar el cansancio. Además, dice mi viejo que le contaba Chazarreta, son agraciados por el Supay con alguna virtud en el arte de los instrumentos, o con la capacidad del canto, o la oratoria, y esto se lo confirmó Israel Vilhas, que era un virtuoso de la palabra. Y Samuel decía que conoció un obrero ferroviario que lo había besado al carnero en una zanja de La Quebradita de Tafí del Valle, que después de eso, casi no envejecía. Es que los ardides del Supay para lograr sus objetivos son infinitos, desde parecer un niñito ingenuo, hasta una mujer linda y  tentadora, así pone al alcance de los incautos y descreídos todas sus artimañas. La historia siempre acaba con un contrato firmado con tinta china y la muerte del criollo que por una mujer, por cantar, bailar o por dinero, le entregó el único don que el hombre no debe descuidar, su alma. Sigo leyendo:

—El Mandinga, picado de celos, y lanzando al mismo tiempo un rugido de puma y una humareda de azufre hediondo y azulado por la boca y la nariz, le arrancó de las manos la guitarra al desafiante, y le contestó enseguida, el mentón temblándole de furia— se estremece mi tía Rosa que sigue el relato, y chispas de fulgor se le escapan con la mirada.
—Yo soy el Diablo, señoreees; yo soy Mandinga en persooona, y por eso es que le acepto, le banco su desafíooo; sepa Ud. don Morochito, sepaló don Tiznadito, que este mi canto ha vencido, ya ha derrotao a más de un angel. Pero sólo acepto retos por una apuesta ambiciooosa. Pregúnteme cualquier cosa, pregúnteme cualquier cooosa, sobre la vida y la ciencia, la historia y la cultuuuuura. Y si le contesto, le digooo, si le respondo bieeen digo, me llevo su alma conmigo a los abismos más escabrosos, a las nieblas pavorosas, al río del perro Cervero, al can de triple cabeeeeza, el guardián de mi Jardín, de mi Jardín del Infiernooo— se seca la frente, perlada por la transpiración, tose, resuella y me cuenta, asustada, temblorosa, con un fulgor extraño en los ojos, Rosa. Y siempre al fondo, como un telón musical difuso, se oye el canto gregoriano, y se va a nota por silaba, monocorde, el pregón del Malo.
 —Pero el brasileño payador no se le achicó— sigue mi tía:
—Por mi alma se lo acepto, por mi alma se lo aceptooo, o si no por un tintilloooo; não me apavora João Sem Terra, nem Juan Perón, nem Pindonga; no me asustan ni Juan Perón ni López Rega, que nem ao Cão eu respeito, pero seamos muy discretos, mas sejamos bem discretos, que el tema va a ser  profundo, diga de un modo sincero su pensamiento fecundo, su más oculto temor: ¿qué sabe Ud. del querer? ...o quê sabe você da dor de um amor renegado, de una pasión rechazada, de un dolor de cuernos?¿eh? ¿qué sabe?...e se não sabe, convide, amigão, y si no invite, señor, y si no lo sabe Ud. pague la vuelta ‘e ginebra, pague la vuelta pra todo o mundo, patrãoterminó el brasileño el reto, según cuenta Rosa.
—El Supay escupió fuego en el suelo, hizo una mueca de odio y cansancio, y levantó una nube azulada y hedionda con la cola puntiaguda y peluda que le asomó de pronto por debajo del sobretodo, reconociéndose vencido. Les pagó una inesperada e irrehusable vuelta de coñac en llamas a todos los estupefactos parroquianos del Tortoni y se fue, golpeando al salir las puertas del bar con tanta rabia, con tanta frustración mal contenida, que los vidrios añosos se quebraron en exactos 666 mil pedazos—.

Javier Villanueva. "Crónica de Amores y Utopías, de Héroes y demonios de la Patria", São Paulo, 2006.

quinta-feira, 19 de julho de 2012

Un 19 de julio de 1986 y otro, en 1979

 

El Tonto Memorioso me cuenta que hoy -19 de julio- se cumplen dos aniversarios importantes para su vida. Me dice, con los ojos húmedos, que en 1979 cambió una patria, la del nacimiento, por una de adopción. Una segunda patria para el emigrado, y más aun para el exiliado por motivos políticos, nunca es totalmente “por opción”, pero sin embargo puede llegar a serlo por adopción.

El envejecimiento, la memoria y hasta inclusive el remordimiento, como dice el inglés Julian Barnes, son procesos que van enroscándose y forman por fin un “campo de gravedad” fuerte y pesado. El exilio y la emigración –que son dos cosas diferentes, pero que el Memorioso funde en una única experiencia personal- son el campo gravitacional de su vida, me dice.

Al resto, como decía un argentino famoso, le echaremos una buena capa de olvido. A menos que sea algo imperdonable o inolvidable, le agrego yo y muchos otros. Cada uno construye la vida que puede dentro de los límites que las circunstancias le dejan. Y a veces no es la vida que alguien se merece. Aún así, algunos logramos vivirla lo mejor posible, dentro de los principios y la honestidad de objetivos y de medios.

Por otro lado, ya sabemos, la memoria casi siempre se acuerda del pasado por partes, de una forma segmentada, dejando “arrugas” de olvido entre los pliegues, o fragmentos de un pasado más doloroso.

Podríamos decir que la memoria es como un estómago que deja entre sus dobladuras lo que le es más difícil de digerir. Lo que los lleva a pensar a algunos, erróneamente, que quizá sea mejor olvidar aquello que ya no puede solucionarse, aquello que no se asimila. Pues, dicen ellos, no se trata de dejar de lado la historia, sino de aprender a convivir, e ir apartando sus atrocidades para poder vivir en paz con ella. Es como cuenta Tomás Eloy Martínez que el mismísimo Perón le dice, todavía en su exilio dorado en Puerta de Hierro a su secretario López Rega, el futuro jefe de las Tres A: 


—“Haremos con todo eso un buen fardo de olvido. Seamos piadosos con la memoria, López. No la asustemos.

Y también ya sabemos, desde los tiempos clásicos, que el mito tiene una cara sagrada y otra demoníaca; y los recuerdos, en una memoria más elaborada, son mitos sagrados que borran el hedor a azufre de las remembranzas más diabólicos. Nuestros infiernos particulares se esconden atrás de los sueños y fantasías, cumplidos o no durante una vida.

—Por eso mismo— me dice el Memorioso mientras empieza a cebar el mate— mi salida de Argentina y la llegada a Brasil el 19 de julio de 1979 representa una nueva etapa de mi vida. Una etapa feliz, de reencuentros y construcciones—.

—Y pocos tiempo después del exilio-emigración, siete años exactamente, el 19 de julio de 1986— pasa el segundo mate, el primero es del que ceba —empecé otra vez, de cero, una nueva arquitectura—. El amor y la familia son como una obra faraónica, me cuenta. Uno pasa años haciendo planes, y planos de construcción, con sus plantas, cortes y perspectivas, fachadas y medidas. Pero los planes, como los planos arquitectónicos son nada más que proyectos.

—La vida siempre imita al arte… y a la arquitectura— refriega con entusiasmo la punta de la bombilla con la servilleta y alguien en la rueda se ríe y le pregunta si está lustrando los microbios —y la improvisación es siempre una de las piezas fundamentales—. Y cuenta el Memorioso que, después de pasar años huyéndole a la idea de familia y casamiento, de pronto un día volvió a la rutina y a las luchas, las delicias y los dolores de cuidar a los hijos, hacer las compras del supermercado, correr atrás de un médico o internar un crío por una emergencia. 

Fue otro 19 de julio, la misma fecha en que los sandinistas entraron en Managua y derrotaron a Somoza, me dice el Tonto Memorioso, y se ríe porque sabe que alguien en la rueda del mate está pensando que él tiene que puntearlo todo con cosas de la historia. Y sí, amor y luchas, hijos y caricias, todo se mezcla en la misma cama, las mismas lágrimas, el mismo placer y dolor.

Para desear todos los días a la misma mujer, oíme bien Javi, es necesario seguir algunos pasos sencillos: poner el trabajo en penúltimo lugar, y en el medio el cuidado criterioso de las gallinas, el loro y los perros; al dinero hay que dejarlo en quinto o sexto, y a las pequeñas delicias de lo cotidiano en primero, junto con la familia. Además, es importante promover otras diversas acciones revolucionarias, como cerrar la cuenta del banco, usar siempre los mismos zapatos, comer mandarinas de una planta propia y valorizar de un modo decisivo a la pereza, -el ocio creativo y no creativo-. Es menester, eso sí, escribir por lo menos un cuento a cada tanto y, entre sueño y sueño nocturno, armarse, y armar fantasías, eróticas y sensuales fantasías— dice el Memorioso mientras vacía el mate, le pasa la servilleta a la bombilla y guarda todo en la alacena.

Y no olvidarse de mezclar historia con letras y amor con política revolucionaria, amor y fantasías: obsesión en curvas vertiginosas, en piernas largas y nalgas redondeadas; lecturas, próceres de la patria, triángulos isósceles y senos tibios y pequeños.
Y más cuentos y fantasías, y más eros y delicias soñadas, y más aún realizadas  y otras más  a realizarse. Piel e historia, senos y política, nalgas y revolución, piernas y democracia, pueblo y pubis, y frenesí y sexo— pienso yo, pero no digo nada para no interrumpirle el relato al Memorioso.

La receta es simple, aunque los ingredientes son siempre al gusto del soñador: aplíquese con moderación entre los 30 y los 40, con obstinación entre los 50 y los 60, con fervor, determinación, dedicación y precisión de allí en adelante. Desear todos los días a la misma mujer es fácil, Javier, vai por mim.

Javier Villanueva, São Paulo, 19 de julio de 2012, de 1986 y 1979.