quinta-feira, 9 de agosto de 2012

Gracielita y el cercano agosto de 1953.








Mi viejo tampoco cree que sea verdad que me acuerde de aquel 9 de agosto. En realidad no confía demasiado en mis virtudes de Memorioso.
Pero, si yo me acuerdo clarito del verano de 1952 y del tío Rodolfo levantándome en brazos a nuestra llegada a Catamarca, cómo no me voy a acordar de un hecho tan patente, un año y medio después.
Era de noche, y el abuelo Samuel vino a buscarme a mi cama; alto y flaco,  el viejito  parecía un Quijote; o sea que, cuando me levantó, quedé mucho más alto que en los brazos del tío Rodolfo. Recuerdo muy bien la sensación de pasar con la cabeza raspando por el marco de las puertas de la casa de la calle Tucumán, en Catamarca.

Y así fue que la conocí a Graciela. Llevado a upa por don Samuel, vi por primera vez, en una cuna grandota, marrón, a la que sería mi mejor amiga en la infancia y la cómplice en la adolescencia.
Pasaron los años y le enseñé a jugar a la radio –la tele no había llegado a nuestra vida cotidiana- haciéndome pasar yo por el locutor que ofrecía sensacionales ofertas en las Casas Brener (la misma de “me cacho en Brener”); le tocaba a ella el femenino papel de ponerse un pañuelito en la cabeza y una cartera en el brazo y salir a hacer compras. El detalle es que ella tenía dos años y yo cuatro, y mi Mamá casi me mata cuando vinieron a contarle que Gracielita estaba a diez metros de la Plaza San Martín, sola.

Y después mi Papá nos llevó a todos a Buenos Aires, previo susto durante el golpe militar de la “Libertadora”, que nos obligó a dormir un par de noches en el sótano de Águila-Saint. Mientras un tanque del regimiento 17º apuntaba a la CGT, bien enfrente a la ventanita de nuestro sótano, Graciela y yo jugábamos, ajenos todavía a los odios de los botudos contra el pueblo y a los miedos de nuestros viejos, que en aquel año de 1955 aun eran muy jóvenes.

Y de Buenos Aires a Mar del Plata, de allá hacia Córdoba, Graciela y yo seguimos jugando mucho; yo mandándola a buscar maderas redonditas para levantar casas y fortines con los cajones de Saint; haciéndole subir la presión a Inés de Arreguez; muriéndonos de risa en las clases de inglés cuando llegaba la hermana de la profe, cordobesa y arrastrada con su acento serrano. Escapándonos a la siesta para ir a jugar con Carlos y Mónica Chávez.

La niñez fue larga y fantástica, llena de Catamarcas y macondos, lomas y duendes, tía Gringa y Luis, Berta, Pibe, Muñeca; Solo felicidad, chocolatines, helados Laponia y juegos. Ingredientes que en la corta adolescencia se convirtieron en amistades leales y duraderas: Alicia Pedraza, Carlos Asinari y tantos otros. 

Mientras, el país cambiaba otra vez, y los políticos honestos e ingenuos eran arrancados del poder por nuevas botas lustrosas, generales del opus dei ocupaban el lugar de los justos Illías y Favaloros. 
La política entraba como un vendaval en nuestra familia: luchas sociales, huelgas, puebladas, guerrillas y militancia no eran más una figura heroica de un combatiente cordobés en Cuba. Era un Cordobazo real: Graciela sacaba fotos después del 29 de mayo, y los milicos le arrancaban la cámara y le velaban el rollo de la película; y ocupábamos hospitales y escuelas, y Papá tenía que ir a sacarnos del Cabildo, la vieja central de la policía.
Poco tiempo pasó y Graciela se casó y tuvo sus hijos. Y yo tuve los míos, y el vendaval nos separó: ella al sur patagónico, yo al exilio de los trópicos. Nos volvimos inmigrantes, ella en nuestro propio país, que había sido robado otra vez por los monstruos de uniforme, yo en nuestra propia América, todavía prisionera de las dictaduras burras y asesinas.

Pasaron 37 años desde aquellos últimos momentos de convivencia, pero la separación no nos apartó. La familia grande se multiplicó en hijos y nietos, que reproducen a las abuelas dulces y leales, a la fuerza y tozudez de los abuelos. La clarividencia de Tina, las travesuras de los nietos mayores, los despistes de Papá y los recuerdos de la tía Raquel que jugaba con los sobrinos, se entremezclan con la novedad de los nietos brasileños y los bisnietos –los patagónicos y los tropicales- y sus nuevas historias, desconocidas ahora,  ya casi lejanas.

Te recuerdo, hermanita. Igualito al momento en que te vi por la primera vez, desde la altura de los brazos del abuelo Samuel, y te quiero más que lo que te quería entonces, compañerita de juegos y travesuras, de sueños de un país mejor, con un pueblo alegre y con justicia, trabajo, libertad y dignidad para todos. 
¡Que los cumplas feliz!

Javier Villanueva, São Paulo, 9 de agosto de 2012.


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