sábado, 15 de setembro de 2012

El citroën naranja y el plenario de la desazón y el miedo.



-¿Te parece que le ponemos más aceite?- le pregunta el Gordo Chupete a J. Sánchez.
-No sé, loco…¿no le pusiste dos litros en la última parada? No hace ni veinte kilómetros que pasamos por Cañuelas- responde J. Sánchez.
-Sí, la verdad es que está gastando mucho, ¿no, ché?- el Gordo Chupete no era muy ducho en autos ni en mantenimiento de vehículos, me cuenta Javier. Y dice que el viaje desde la rotonda de San Justo hacia Miramar, por la Ruta 3, duró más de 13 horas. Habían quedado de llegar a Mar del Plata a las 4 de la tarde para pasar por un “retén” de seguridad, una especie de “fusible” para que, si uno de nosotros cayera en manos de la represión política, nos enteráramos rápido de modo de poner fuera de peligro a todo el resto de los que irían a participar en el “plenario del C.C. ampliado”, y que sumaban más de veinte.
-Me había pasado seis noches en una casilla de la villa Las Antenas, a poca distancia de mi casa en Lomas del Mirador, no muy lejos de San Justo. Era de un amigo del Negro Tony, ex metalúrgico de Materfer. Correntino y casi un indio toba, como Tony, su amigo había trabajado en Córdoba hasta que las cosas se pusieron demasiado feas después del golpe del 76- me cuenta Sánchez. -Me prestó la casilla por unos días porque la mía estaba vigilada y él se iba a La Pampa a buscar trabajo. El caso es que la pequeña vivienda no tenía puerta. Se la habían robado unos muchachotes de la villa, medio en chiste, medio en serio, porque se había peleado con uno de ellos por cuestiones de política –algo que era peligrosísimo desde antes del golpe inclusive- y otros chicos le habían querido hacer una broma. La cuestión es que allá me había refugiado yo, en una casa abierta, durmiendo toda la noche con el 38 corto debajo de la almohada de plumas y con dos sillas atajando el camino de alguien que pudiera meterse por el hueco de la puerta robada- le contaba Sánchez a Javier, años después.
-Cuando llegamos a San Miguel del Monte, el Gordo Chupete me dijo que iba a ponerle más aceite al Citröen. Por las dudas- cuenta J. Sánchez.
-Pero gordo, ¿estás seguro que el coche no está fundido? Vamos a andar unos 480, 500 kilómetros con los desvíos que estamos haciendo, ¿no te parece mucho aceite? De nafta no vamos a gastar ni 40 litros, pero si seguimos así, ¡vas a ponerle unos 10 de lubrificante!- . Así fue nomás, incluso un poco más que eso: 12 litros de aceite, entre las paradas de Azul, Benito Juárez, el desvío por la ruta 226, luego Tandil y Balcarce.
Llegamos casi al anochecer a Mar del Plata, y habíamos tardado tanto que se había pasado la hora del “retén” en la Rambla. En el Club de Golf de Tandil tuvimos que pedir un teléfono y llamar a otro “retén” en Buenos Aires –con todas las dificultades de comunicación de aquélla época- para avisar que estábamos bien y que no cancelaran el plenario.
-Ya que no vamos a llegar a tiempo a Mar del Plata y pudimos avisarle al Pelado que no había problemas, ¿qué te parece dar una zambullida en Playa Grande?- lo invito al Gordo…la tentación era enorme, me cuenta J.Sánchez.
–Mejor no, sigamos por la Ruta 11 hasta Chapadmalal, dejamos el Citröen en la colonia y nos metemos en el agua- le contesta, cauteloso, el Gordo Chupete, y acelera el autito naranja, con el motor casi fundido, a más de 50 k/h. Como era verano, entre Navidad y Año Nuevo, suponían que la represión había aflojado un poco. El sol se ponía después de las 9, así que pasaron un par de horas en el mar, sacándose el calor que habían sufrido en medio de la pampa.
-Sánchez me decía que lo peor de estar en la playa, tan cerca de Mar del Plata, era que él sabía que sus hijos habían llegado a la ciudad con sus padres el día anterior, y que estarían esperándolo- me contaba Javier.
-Los viejos los trajeron a los dos chicos a la playa porque, como mi casa estaba en peligro, yo tenía que arreglármelas solo, sin hacerlos correr riesgos- le dice Sánchez al Gordo Chupete, que comenta que si todo salía bien, a la vuelta del plenario podían pasar por Mar del Plata.
–La situación debe estar más calma por acá, ¿no? Todo lleno de turistas- comenta Sánchez, y prende la radio del coche. –“LU9, Radio Mar del Plata, transmitiendo desde la Perla del Atlántico, en plena temporada y altas temperaturas. Noticias: tropas del Comando del 1er. Cuerpo de Ejército avanzan hacia nuestra ciudad, Miramar y Mar del Sud, en el Partido de General Alvarado, advertidas de que dos organizaciones subversivas declaradas ilegales preparan ataques para disimular reuniones previstas en las tres ciudades playeras. Más informaciones en el boletín de las 21”- apaga la radio el Chupete y lo mira a Sánchez.
Sonamos, y ¿ahora?- El miedo vuelve como una sensación de aprieto en la boca del estómago de Javier, incluso ahora, 35 años después, cuando Sánchez le cuenta cómo habían llegado a la casa de Miramar donde se realizaría el plenario.
La ciudad de Miramar era mucho más chica que Mar del Plata, y se la veía bastante tranquila. Una sola vez vieron pasar una columna de camiones del ejército a unos 200m más adelante, mientras se alejaban de la costa por la Calle 11. Los militares doblaron a la izquierda por la Calle 60 y Chupete le contó a Sánchez que iban a encontrarlo al Pelado andando despacio por la Calle 80, unas diez cuadras más adelante, hacia la derecha; así que no se preocuparon demasiado, pero el miedo seguía como un gusano en el estómago.
-La camioneta roja del Pelado estaba a unos 200m de la esquina de la Calle 80 con la 3, casi donde se terminaba la ciudad y empezaba el campo- cuenta Javier que le dijo Sánchez, meses más tarde. –Y el Gordo Chupete paró el Citröen en una esquina, no muy lejos de un barcito que estaba cerrando a esa misma hora, y subimos a la Colorada –nombre cariñoso que el Pelado le daba a la chatita roja, una pick-up preparada para diversas emergencias. En menos de diez minutos, y después de unas cuantas vueltas para despistarnos, entramos en la casa- me cuenta Sánchez.
-Era un chalet grande, y como siempre que íbamos a tener una reunión con mucha gente, los compañeros habían ido llegando en grupos de a dos, con tres días de antecedencia. Así es que había algunos militantes ya cansados y un poco nerviosos por estar tanto tiempo encerrados, sin poder mostrarse por las ventanas, ni fumar, o salir al patio trasero de la casa- agrega Chupete.
Cuando ya estábamos todos, el Pelado -que era el jefe práctico del grupo, sin que existiera esta denominación, claro- repitió las medidas y normas de seguridad, y sobre todo, las disposiciones en caso de un ataque por parte del ejército que, como ya lo sabíamos todos a esa altura, estaba tratando de cercar y detener, o de eliminar, a todos los participantes en las reuniones que sus servicios de inteligencia habían detectado que ocurrirían en las ciudades balnearias de la costa.
-En caso de que nos cerquen: vos Diego, y vos, Vasquito, arriba del techo, atrás del tanque de agua. Vos, Tato, en la puerta principal. Javier va a manejar la Coloradita, y el Caballo el Falcon de Diego. Si nos cercan y contamos con un tiempo para sorprenderlos, yo voy a abrir el portón del garaje y Uds. salen al máximo de velocidad que puedan- organizaba el Pelado. -¿Y yo?- se escuchó la voz de Mauricio, también amigo y ex compañero de Tony en Máterfer, hombre de más de 100 kilos y de 1,85 m. –Vos, Mauricio vas atrás del Falcon de Diego, en el baúl. Tomá, agarrá esta 9mm- le contesta, sin vacilar y mirándolo fijo con sus ojos enormes, el Pelado.
El Vasquito y Diego se ríen bajito, Mauricio se pone pálido y traga saliva. El Pelado esboza una sonrisa amarga, se pasa la mano por la calva, despacio, y agrega: -Si conseguimos abrir el portón y romper el cerco, lo más probable es que no logremos andar más de 200m sin que nos cerquen otra vez. Ni Mauricio, ni nadie en los dos autos se va a salvar. Vamos, a dormir, y ya saben: los dos que se queden de guardia en las ventanas, en caso de peligro, van despertando al resto, uno a uno. Y le avisan a los que están en el techo- el Pelado era claro y firme; no dudaba que el momento era muy difícil. Y lo peor era el motivo de la reunión: éramos pocos –no más de cien entre Córdoba, Rosario y Buenos Aires- y la represión sistemática que los militares aplicaban desde el golpe del 76, ya en ese verano de 1977 a 1978 había logrado -aparte  de las muertes y prisiones- sembrar diferencias internas en todas las organizaciones de la resistencia. Pocos grupos se habían mantenido unidos hasta ese momento, y nosotros no seríamos la excepción. Los compañeros más cercanos al Pelado, militantes sobre todo de la capital federal, y más comprometidos con las acciones directas, pensaban que había que incrementar el ritmo de actividades, sobre todo las clandestinas y de acción para obtener recursos y mejorar la auto-defensa. Los que veníamos de Rosario y Córdoba éramos más pesimistas. Pensábamos que el proceso de reorganización de las fuerzas revolucionarias y democráticas sería muy lento, mucho más quizás que los siete años que la dictadura iría a durar; y en el mejor de los casos, decíamos, en vez de avanzar por el camino pre-revolucionario que se extendió del  69 al 75, pasaríamos por una larga etapa de recuperación de las libertades democráticas.
-En medio de la noche, serían las dos de la mañana- me cuenta J.Sánchez –un par de patrulleros de la policía de la provincia de Buenos Aires se estacionan en la esquina de la avenida sobre la que estaba el chalet. Un camión del ejército llega enseguida y se bajan unos quince soldados fuertemente armados. Colocan un fusil ametralladora pesado en un trípode apuntando para arriba, sin dirección fija. Justo había empezado mi turno de la guardia y estaba medio dormido, pero el sueño se me pasó de golpe. Fui despertando a los dos o tres que dormían en el living y, cuando ya nos preparábamos para lo peor, el capitán que dirigía el comando los llama a todos, que suben en los camiones, arrancan y se van, a gran velocidad- respira hondo Sánchez y a Javier le vuelve la sensación de golpe en el estómago.
El Gordo Chupe y J.Sánchez se volvieron apenas terminó el plenario, pero separados. Al Citröen naranja se le fundió el motor y Sánchez estaba  arrasado por la desazón, el desánimo de ver que la Utopía de la revolución, la justicia social, el respeto por los más pobres, se alejaba un poco más en el horizonte. Camaradas queridos como hermanos se separaban, se hacían blancos más fáciles del enemigo, se protegían menos entre sí delante de la noche larga que se prolongaba más de lo supuesto y deseado.
Y me cuenta Javier que en el  camino de regreso, Sánchez tuvo un ataque de audacia y se bajó del ómnibus en la misma playa en la que, a su modo siempre protector y cariñoso, sus viejos habían llevado a sus hijos; para ellos eran unas fantásticas vacaciones en Mar del Plata, a las que se habían sumado los primos Esteban, Natalia y Rebeca, aparte de un perrito callejero, todos llegando apretados dentro de un Ford, en el que supuestamente solo estarían los padres y los dos hermanos menores de Sánchez, Raquel y Alfredo.
Dicen que fue uno de los veranos más tristes aquel de 1977 para 78. El año nuevo de Sánchez, solo en Buenos Aires, sin los hijos y sin los camaradas Chupete, Pelado y el Vasco, no tuvo nada de gracia.
Poco tiempo después, en julio del 79, Sánchez, el Caballo y Javier partirían para el exilio. Y el exilio se les volvió emigración de una patria vieja y al mismo tiempo, inmigración a una patria nueva.
El Pelado no tuvo la misma suerte. Los salvajes uniformados que mandaban y desmandaban en el país, finalmente lo agarraron. Pero los tormentos de la cárcel y la tortura no lo quebraron; nadie fue preso ni perseguido después de su detención. Supo engañar a los carceleros y hacerlos creer que su fe en la revolución se había apagado. Nada de eso había ocurrido; la convicción del Pelado en un mundo mejor era como la del Viejo Topo de la historia: cava hondo, parece que se apaga, pero siempre renace. En aquel verano triste, el único que se fundió fue el motor del Citröen naranja del Gordo Chupe; el único que estaba cansado de guerra. Nadie más.
JV. São Paulo, enero de 2001.

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