terça-feira, 25 de setembro de 2012

Omar Parrado, un hombre nuevo.



Luciano había llegado al mundo en julio, en medio de grandes huelgas obreras y movilizaciones populares nunca antes vistas, que  se extendieron desde el interior del país hasta Buenos Aires y cortaron de cuajo las pretensiones fascistas del Brujo López Rega y su Triple A. 

La nueva situación dejaba sola y emparedada entre los militares golpistas de Videla y la derecha sindicalista a la primera presidente de Argentina, Isabelita, una inutilidad no decorativa que Perón había elegido como su sucesora, confiando que el Brujo y sus grupos parapoliciales la ayudarían a gobernar.

El año de 1975, en que nació Luciano, fue algo fuera de lo común, porque el 30 de abril ocurrió la entrada del ejército Viet Cong en la capital survietnamita, fecha conocida como Liberación de Saigón. Y el 20 de noviembre moría el tirano Franco en España, después de una larga agonía, tal como se la había anunciado en su maldición el poeta chileno Pablo Neruda.

Pero decía antes que se equivocó Perón, y otra vez la pagaron los 25 millones de argentinos de aquellos años; ignoraban que, al apagarse las movilizaciones populares, empezarían a oírse los sordos ruidos de armas saliendo de los cuarteles, copando Tucumán, Rosario y Villa Constitución, ensayando los primeros campos de concentración y aplicando las técnicas del secuestro y el “desaparecimiento” de militantes y de gente simple del pueblo.

Sebastián y su hermanito menor, Luciano -que eran demasiado chicos entonces para saber que su casa en Córdoba ya había sido invadida por milicos que buscaban no se sabe a quién- partieron con urgencia para una nueva vida en Buenos Aires.

Entre agosto de 1975 y febrero del año siguiente, la relativa “paz” en la capital federal parecía una tregua si se la comparaba con el clima que se vivía en Córdoba. Pero cambió el año, y en la noche del 28 de marzo, exactamente cinco días después del golpe militar de Videla, un compañero desaparece en Córdoba; era Enrique, que se había refugiado durante un par de semanas en el departamento en el que estábamos en Buenos Aires, a unos escasos doscientos metros de la tenebrosa Escuela de Mecánica de la Armada. Su madre había fallecido y él, a pesar de nuestra oposición, había ido al velorio, donde fue capturado por los militares.

Sin valijas ni bolsos de viaje, ni más pertrechos que un par de mamaderas y varios pañales de tela –tampoco se habían inventado los descartables todavía- salimos todos, familiares y refugiados, del amplio departamento que nos había prestado una tía. Próxima estación: la casa del buen amigo y mejor compañero, Omar Parrado.

-En esta casa nos vamos a quedar tres meses- pronosticó Sebastián desde sus escasos 90 cm. de altura, 4 años inocentes, abrigado en su sobretodo del Principito y estirándose entre los barrotes de la puerta de Omar, a las dos de la madrugada, para poder tocar el timbre que los adultos no alcanzábamos.

No llegar hasta el timbre no era el mayor de los  problemas: había empezado a llover fuerte, y el único de la comitiva de fugitivos que podría pasar entre las rejas y golpear a la puerta, gritando hasta que nos abrieran era, claro, Sebastián. Luciano era un bebé y ni siquiera estaba en condiciones de acordarse de las dos tortuguitas que habían quedado en el departamento abandonado de  la calle Grecia, a dos cuadras de la Esma, en Puente Saavedra. Pude ponerlo a Seba del otro lado de las rejas de la puerta y en pocos minutos ya bajaba a abrirnos, solícito y con cara de sueño, nuestro compañero.

-¡Sabias palabras, Sebita!- dijo Omar, simpático pero parco, entre preocupado y resignado a su función de padre adoptivo bonachón y dueño de una casa excesivamente familiar para los patrones de clandestinidad del momento. Suegra y suegro, primos y vecinos alternaban casi el día entero, de la mañana a la noche, con los recién llegados, refugiados y fugitivos. Un entre y salga bullicioso y alegremente doméstico, que atentaba contra todas las normas de seguridad.
Y en el centro del hogar-aguantadero, el querido Omar, “Catalán” inolvidable, que se multiplicaba por dos o tres para levantarse temprano, comprarle la leche a Seba y Luciano, despertarla a la remolona de la mujer para que se fuera a trabajar y no perdiera el día, organizar las citas y reuniones, contactando a los compañeros "guardados" con que seguían en la calle, todos firmes en una lucha que de a poco se haría cada vez más utópica, con resultados más lejanos y aparentemente intangibles.

Pero al cabo del trimestre sabiamente previsto por Sebita, el bueno de Omar pudo volver a su vida normal de suegros, cuñados y sobrinos, sin el peso de los clandestinos de mi familia.
Tres años después del golpe militar, y todavía sobrevivientes, foragidos aunque inocentes, Seba y Luciano ya habían pasado su largo mes y medio en una casa de playa en Mar del Plata. El propietario se la había alquilado a mi viejo y anotado en el contrato: una pareja (mis padres) y dos niños (mis hermanos menores). Nadie más. Pero... ¿cómo no iba a llevarlos a sus nietos?, y claro, ¿por qué no sumarlos al jolgorio a mis primos menores? ¡Nada que el Negro no pudiera resolver!

Para doña Tina, hacerlos bajar del Falcon a sus tres sobrinos, los dos hijos y sus dos nietos mientras el Negro lo distraía al dueño de la casa no fue tanto problema. Más complicado resultó esconderlo al “Gordi”, un perro callejero del cual los siete chicos se habían enamorado, y que también llegaba en el coche, atiborrado de valijas, carpa, sombrillas ¡y cajas de Helados Laponia! La clandestinidad era un estado de espíritu, y ni el perro “Gordi” se escapaba!

El año de 1976 avanzaba y la represión contra los militantes populares se ensandecía; no había día en que no se contaran noticias aterradores de los niveles que iba alcanzando la guerra de los militares contra el pueblo. Pero Omar seguía firme en sus acciones de solidariedad y militancia revolucionaria. Muchísimas veces después de dejar la casa de Omar tuve que volver a pasar horas seguidas haciendo tiempo, entre una cita y otra, porque volverse a casa a cualquier hora del día era una forma de declarar que uno no estaba trabajando regularmente, porque era imposible trabajar con normalidad en esos primeros meses después del golpe.

Muchos años después, cuando el exílio se convirtió en inmigración, volví un par de veces a Buenos Aires, siempre a ver a Omar. Porque podía dejar de ver a cualquier otro, pero no podía desconectarme de Omar, que nunca salió del país, ni siquiera de su lugar de trabajo habitual, y nunca renunció a sus convicciones; Omar era mi modelo de "hombre nuevo", como dijo el Vasquito cuando, un año atrás y en una nueva visita a Argentina, supe que el gran amigo había fallecido.

Omar sufría de una deficiencia cardíaca. Él lo sabía ya en los años de 1975 y en 76, cuando convimos en su casa y desarrollamos juntos  diversas tareas sindicales. Y hasta 1979, cuando nos fuimos del país, Omar hacía bromas sobre su "asma", que no le permitiría sobrevivir en el caso de una prisión, mucho menos a las torturas atroces que la dictadura reservaba para sus víctimas. 

No era un chiste: lo operaron del corazón y algo falló; no se sabe bien qué fue, pero algo salió mal en la operación y Omar empezó a perderse, a tener problemas de diversos tipos que casi lo llevaron a la invalidez siendo todavía un hombre de poco más de 50 años. Pero no abandonó su trabajo, sus tareas domésticas, ni su buen humor de siempre. 
Finalmente murió, y nos deja el recuerdo de uno de los compañeros más queridos, nobles y desinteresados que conocimos. Los que lo acompañaron en AC y después en OS saben de qué hablo: un hombre íntegro, sin vanidades ni orgullos o resentimientos. Un hombre nuevo, como dijo el Vasquito cuando le conté la infausta noticia.

Un abrazo, Omar. Te recordaremos siempre!

JV, São Paulo, julio de 2012.

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