terça-feira, 30 de outubro de 2012

El español en Brasil.


  
LOJA VIRTUAL.
TUDO EM ESPANHOL




El artículo de Susana Reinoso ya es un tanto antiguo, pero aunque el exitismo de los primeros 10 ó 15 años del "boom" del castellano en Brasil ya se disipó un poco, los principales conceptos siguen actuales; por eso lo reproduzco ahora.
J.V.
Vea luego el artículo siguiente, de Mempo Giardinelli, que fue editado por Librería Española e Hispanoamericana para las Atas do XII Congresso das Associações de Professores de Espanhol em Cuiabá:




El español pisa fuerte en Brasil
Susana Reinoso 

Jueves 19 de julio de 2007.
Publicado en edición impresa de La Nación

Apenas concluya en el Chaco el 12° Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, que el escritor argentino Mempo Giardinelli -su alma máter- ve crecer cada año en convocatoria, el autor de El santo oficio de la memoria partirá rumbo a Brasil, especialmente invitado como expositor en el ciclo Pensar Iberoamérica, propiciado por el Instituto Cervantes, ubicado en San Pablo. De la iniciativa de pensar la región desde la lengua participan también el Plan Nacional del Libro y la Lectura, de Brasil, el Consulado Argentino de San Pablo y la Librería Española e Hispanoamericana, cuyo director es el argentino Víctor Barrionuevo.

Hace 24 años, Barrionuevo se convirtió en importador de libros básicamente españoles en San Pablo. Su principal nicho son los libros de textos, porque, según cuenta el librero desde Brasil, "el gran mercado brasileño es el del libro escolar. El promedio de libro por brasileño es de 1,9 ejemplares, lo que incluye el texto didáctico. Es muy poco. Y eso que el gobierno brasileño compra entre 80 y 110 millones de libros por año". Barrionuevo dice que el español está volviendo a pisar fuerte en Brasil, luego del boom de los años noventa. Entonces, la venta de libros en español creció exponencialmente. "Nosotros fuimos líderes durante unos 14 años, hasta que las editoriales brasileñas comprendieron la importancia de editar libros en español y hoy la industria brasileña concentra el 80% del mercado de texto". Después vinieron sucesivas crisis económicas, el impulso que el español había tomado en el vecino país decayó, hasta que el Instituto Cervantes comenzó su andadura en tierras de Drummond de Andrade.

El Grupo Santillana decidió entonces su radicación en Brasil, para lo cual adquirió un sello brasileño. Y el español volvió a convertirse en materia de interés para editoriales, libreros, universidades e instituciones culturales. Dice Barrionuevo que "a los brasileños les fastidia un poco la exageración de ciertas cifras en relación con la enseñanza del español en Brasil. Es cierto que para 2010 la lengua castellana será obligatoria en la enseñanza básica, pero de allí a que se precisen miles de maestros hay una distancia". Se refiere, sin decirlo, a los 200.000 profesores de español como lengua extranjera que el Instituto Cervantes advierte que hay que capacitar para cubrir la millonaria demanda de niños y adolescentes en edad escolar. Sin embargo, la cifra surge de cruzar los datos de la matrícula estudiantil existente con la de los profesores capacitados para la enseñanza en el sistema escolar. No obstante, si el interés por el castellano existe y es palpable "en la calle, en las universidades", como dice el librero argentino -en cuya habla se mezclan palabras en la bella lengua portuguesa-, no ocurre lo mismo con nuestra literatura. A los títulos clásicos de la literatura en español, que se demandan en la Librería Española e Hispanoamericana, se suman las obras de Gabriel García Márquez, Isabel Allende, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Es decir, los clásicos. De la nueva narrativa poco y nada se conoce. 
¿Cuál es la razón? Según Barrionuevo, no hay tradición traductora de la literatura argentina al portugués. Como tampoco disfrutan los lectores argentinos de una vasta oferta de narrativa brasileña en la Argentina. "Por eso con la visita de Mempo Giardinelli procuramos mostrar los trabajos literarios de buenos escritores argentinos desconocidos en este país", dice el librero argentino, para quien una mayor presencia de canales de TV argentinos ayudaría a la difusión de la cultura local en la tierra de Rubem Fonseca. 

Por Susana Reinoso 
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/926938 Acceso el 30 de marzo de 2011

quinta-feira, 25 de outubro de 2012

Almacén y Almacenero





Y siguen las semblanzas y la poesía de Luis Unzaga, siempre recorriendo despacito los senderos de las Chacras, en especial las huellas añosas de la Falda y San Antonio. J.V.

Almacén y Almacenero 2 . 
      
El almacén de Don Ernesto estaba en la esquina más transitada del pueblo.  
Don Ernesto, hombre  bajo y con una cabeza  grande, poco asomaba por detrás del mostrador; dicen que las medidas de la altura y del ancho del almacenero eran casi iguales.  Mientras atendía  su negocio, Don Ernesto mantenía la esperanza de rehacer su vida matrimonial; había quedado viudo hacía mucho tiempo. 

Para demostrar su  buen estado físico, y como tenía cerca de ochenta años, saltaba hasta los estantes más altos para alcanzar lo que le pedían los clientes; y cuando lo hacía, dejaba ver el 38 que siempre llevaba en la cintura; también sacaba con frecuencia su billetera del bolsillo interno del saco, eternamente gorda  de billetes o de papeles. 

Con su buena disposición de contraer matrimonio, cuando se enteraba de alguna posible candidata, enviaba un emisario con el serio propósito de ofrecer su mano.
La misma táctica empleaba Don Carlos, su vecino, que también era viudo, pero era más distinguido por que usaba galera y bastón. Los años pasaron, y ninguno de los dos lograron alcanzar la ansiada meta de un segundo casamiento.  

Almacén y  Almacenero 3

Don Severo era un hombre alto, delgado, del tipo de un Quijote. Tenía su  almacén  por la otra de las calles principales del  pueblo.

Íbamos a Don Severo cuando en los otros almacenes cercanos  faltaba algún artículo.  El almacén no era de los más ordenados; teníamos  que sortear unas bolsas y canastos hasta poder llegar al mostrador. Y este también gozaba del mismo   aspecto, siempre tapado de papeles; y  lo más importante, la balanza, de dos platos metálicos y sus pesas de distinto tamaño en su espacio circular en la base de madera.  

El hombre experimentado –y pícaro-  rápido levantaba el producto que le habían pedido antes de que el fiel indicara el equilibrio, y siempre la balanza se inclinaba hacia el lado de las pesas.  Luego vinieron  las balanzas Bianchi,  en las que el  cliente podía ver los gramos que indicaba la aguja. 

La yerba venía en unos cilindros de papel duro, y dos rueditas de madera cerraban  sus  extremos. Los fideos se ofrecían en canastos de caña, y los que más se vendían eran los cinta angosta, todo al menudeo.

Cuando Don Severo tenía que vender sus fideos de cinta angosta, primero sacaba los gatos del canasto; los otros dormían sobre las bolsas, sin preocuparse con los clientes; había como cinco.

Autor: Luis Unzaga


El  Ultimo  Rosal

Tirado  en  la  vereda
agoniza el  último  rosal.
El viento,  como un niño
despoja de sus rosas los
pétalos que vuelan, más  allá
Más allá.
No están, también se  fueron
aquellos  que cuidaban el rosal.
Ya  poco queda de la casa y
sigue la picota,  golpeando sin cesar.
Más allá, más allá
florecerá otro rosal.

L.U. 



quarta-feira, 24 de outubro de 2012

51 años después.






Alfredo y las regletas


Pienso otra vez en las regletas de la alfabetización matemáticas de mi hermano Alfredo, y me acuerdo de nuestro paso familiar por el Águila-Saint de Mar del Plata, que resultó que termináriamos trayéndonos de allá un nuevo hermanito de tres años.

Sí, Alfredito, el mismo que un día en que venían visitas, y justo cuando se había terminado toda el agua del tanque, en pleno verano marplatense, no tuvo mejor idea que escribirse el cuerpo entero, en un largo tatuaje de las orejas a los pies con una birome negra. 

El mismo que, fanático por los autitos de juguete y por memorizar las marcas de todos los coches que circulaban por el país en los tempranos años de 1960, guardaba una montaña de sus pequeños vehículos rodados en un placard que permanentemente nos amenazaba con peligrosas avalanchas. 
Pienso que Alfredito no debe haber entendido nada cuando, en la estación de trenes del barrio General Paz de Córdoba, en vez de pedirnos un táxi, llamamos un sulky a caballo.

Y me acuerdo de cuando, ya en Córdoba, alegre y con una sonrisa al estilo Mad, entró en el living en el que estudiábamos con Carlos Asinari y nos contó, feliz: -Me peleé com Guillermito!-. Y tan feliz lo veíamos que le preguntamos: -Entonces, ¿le ganaste?- Y su respuesta rápida, sin perder la sonrisa y el aplomo: -No, me pegó por todos lados!-. Siempre el espíritu deportivo en primer lugar.
Alfredito, el primero de la familia que dominó el griego y el latín antes que el castellano: -¿Tate pío palda voch?, Quelo taté pí, Guinga no!, ¿Calet? Bonito et atito!

Nada nos podía sorprender entonces cuando un buen dia empezó a aprender a mover las piezas del ajedrez y en poco tiempo convertirse en un campeón. O cuando se puso a estudiar alemán y a los meses ya estaba embarcando en un vuelo que lo llevaría a pasar parte de su adolescencia en la antigua Alemania Occidental. 

O cuando lo veíamos tipear concienzudamente en los teclados de unas máquinas extrañas y muy enigmáticas, con unas pantallas oscuras y letritas blancas, en el comienzo nebuloso que luego se populizaría con los criptográficos nombres de “informática”, “computación”, y otras yerbas.

Creciste Alfredito, y nos separamos, y nos encontramos después en la larga emigración brasileña; y nos volvimos a separar. Pero seguimos juntos, porque el guión familiar es único, y los caminos se bifurcan, pero siempre se vuelven a entrecruzar, y la saga semilegendaria de doña Tina y el Negro, o Tatá, y sus numerosos hijos, nietos y bisnietos, nunca se corta. 
Al contrario, se rehace con cada nueva aventura, anécdota, acontecimiento feliz o no tanto; y cada miembro del clan o tribu lleva dentro de su historia a todos y cada uno de sus miembros, viejos, jóvenes o por venir. ¿No es verdad?

Javier Villanueva, 23 de octubre de 2012.


quinta-feira, 18 de outubro de 2012

La chica de la foto del Mayo Francés del 68***




***Y para seguir con las viejas costumbres: me gustas cuando luchas.
JV, São Paulo, octubre de 2012.




La chica de la foto

Fue portada de Paris Match y Life. Emblema del Mayo. Hoy vive en un pequeño pueblo de Normandía.
La manifestación se dirige a la plaza de la Bastilla.

Preguntan quién puede llevar la bandera. Y ella se ofrece porque le duelen los pies. La bandera no es ni roja ni negra. Es la de Vietnam, símbolo de una guerra a la que se opone la juventud de medio mundo.

Ella no es ni estudiante ni francesa. Hija de una noble familia inglesa, será desheredada cuando su abuelo vea la foto. La han expulsado de los más selectos colegios, ha frecuentado en Nueva York a Otis Redding, Andy Warhol y Lou Reed. Se gana la vida como maniquí. Después vendrán el jazz y África. La lleva sobre sus hombros Jean Jacques Lebel que tuvo la idea de ocupar el teatro del Odeón y hoy es un artista plástico de vanguardia.

Fuente: La revista, de El Mundo
 http://www.elmundo.es/magazine/num132/textos/fue4.html)
Affiche: del sueño a la imagen

El Mayo Francés

La joven que destaca en la foto que fue tapa de las principales revistas del mundo estaba allí por casualidad, posó y la pagó muy caro.

París, 13 de mayo de 1968. La ciudad toda, Francia entera, y buena parte del mundo se halla estremecida por la revuelta de los estudiantes de la Sorbona. Ese día, en la marcha de la Unión Estudiantil de Francia hacia la Bastilla, una imagen es transformada en foto, y pasa a ser la portada de Time y Life alrededor del mundo. Se trata de una bella joven, subida a los hombros de un amigo suyo, que con la mirada decidida hacia adelante, ondea una bandera del Frente para la Liberación de Vietnam del Sur.

Se la apoda "la Marianne de Mai ’68", comparándola con el símbolo mismo de Francia, y pasa a ser uno de los íconos de la revuelta. Pero Caroline de Bender no es francesa ni estudiante, sino una modelo inglesa, heredera de una muy aristocrática y adinerada familia de Gran Bretaña.

Como ella misma contará, el hecho fue fruto tanto de la casualidad como de sus instintos de modelo. Jean-Jacques Lebel, amigo suyo, artista plástico, literato, traductor y organizador de happenings, fue quien la llevó a la marcha y a hombros de quien subió, porque le dolían los pies de tanto caminar. Alguien le pidió llevar una bandera, a lo que accedió. De pronto, percibió que algunos fotógrafos habían posado sus cámaras en ella. "Cuando yo siento varios objetivos apuntados en mí... entonces, yo tengo como un reflejo profesional. Instintivamente, me enderezo, y pongo mi cara más seria, mi gesto más solemne", dirá luego. El resto es una foto que entra en la historia.

Antes de ser inmortalizada en varios rollos fotográficos, Caroline, luego de una infancia en cuna de oro, se las ha ingeniado con su mala conducta para ser expulsada de los más aristocráticos colegios ingleses para niñas bien.

Es por ello que, en lugar de concluir sus estudios, se dedica al modelaje al otro lado del Atlántico, en Nueva York. Allí, además de lucir sus dotes naturales en la pasarela, frecuenta a la bohemia de la época, vinculándose con Otis Redding, Andy Warhol y Lou Reed. Es de casualidad, y por un romance, que se halla en París cuando el mundo universitario parece estallarles a los galos.

Si a ella le conmovió verse en las primeras planas de todo el mundo, más le impacto la foto a su abuelo, el conde De Bender. Que su Caroline hubiera sido expulsada de casi todo noble colegio de niñas, vaya y pase; que dedicase su vida a modelar ropa, con amistades bizarras que hubieran escandalizado a su difunda abuela, también era algo disculpable; pero verla en las tapas de la prensa vulgar de medio mundo, como abanderada de una de esas revueltas protestonas con que los franceses buscan destacarse de siglo en siglo en el mundo, era mucho más de lo que el conde podía soportar.

Es por eso que la primera De Bender que había participado en una manifestación popular en los varios siglos de historia familiar, fue desheredada de todo bien material o título nobiliario al que pudiera aspirar. "You´re cut off" (traducción en buen y plebeyo castellano actual: tómatelas) fueron las últimas palabras del conde a su nieta consentida. Hasta su muerte, no volvió a cruzar palabra con ella, ni recibirla en su casa.

Condenada a tener que vivir de su trabajo, y a nunca recibirse de condesa, la joven incursionó en el jazz, viajó por el África, y realizó algunas películas independientes, residiendo en la actualidad en un pequeño pueblo en Normandía.

Al ser entrevistada por una revista francesa, al cumplirse 40 años de los sucesos de mayo del ’68, y consultada si lo haría de nuevo, respondió con honestidad: "De haber sabido todo lo que me habría acarreado, lo hubiera pensado más seriamente, pero quizá lo hubiese hecho de todas formas".

Tal vez, como escribió Oscar Wilde, en Fingal O`Flahertie Wills, eso sea porque "los viejos lo creen todo; los adultos todo lo sospechan; mientras que los jóvenes todo lo saben".
Fuente:
http://www.lavoz.com.ar/suplementos/temas/09/05/17/nota.asp?nota_id=517055

terça-feira, 16 de outubro de 2012

Del arcón de doña Eufemia y la abuela Casilda.




Sigue la producción literaria de don Luis Unzaga, desde el fondo de la memoria.
JV.

Almacén
y Almacenero  1     

Para llegar al almacén de Don Ramón  teníamos que cruzar el potrero con alfalfa, siempre por la misma senda.
Adelante iban mis hermanas que hacían las compras; ellas sabían contar las monedas; detrás iba el “Ben Hur”, el perro de la abuela  Casilda, y  yo.  

El almacén de Don Ramón quedaba en Villa Refugium Pecatorum, en una curva que hace el camino vecino de los upitudos.
Me gustaba ir al almacén de Don Ramón, hombre muy bueno, siempre nos daba la yapa, unos huevitos de colores que me gustaban mucho; creo que la ganancia se le iba con la yapa. También era medio profeta: decía “ya lo verís” por lo que iba a acontecer. 
Como él no vivía en el mismo lugar, para su desgracia una noche entraron los ladrones rompiendo el techo de cañas. Al otro día, la novedad y los comentarios. Don Facundo, hombre muy entrado en años, decía que esa noche, cagaba y cagaba  el pello; los vecinos se miraban  pensando, pobre perro cómo habrá quedado.  Lo que quería decir era que cargaba y cargaba el perro, por causa de los ladrones.     



El Arcón de la Abuela  
  
Forrado con fina chapa, pintado de negro y gris, detalles de madera en color cedro, manijas de cuero, de hierro el cerrojo.
Doblada con delicado esmero, la mantilla negra de fino algodón. Un billete moneda nacional, escondido entre  los pliegues prolijos del faldón.

Un par de aros para bordar, polainas de paño que cierran hileras de botones.  En  el fondo, una pequeña caja que abro con curiosa emoción.
En ella, unos lentes redonditos de plateada armazón, un escapulario, un rosario con cuentas de nácar, un par de trenzas doradas, ¿tal vez del hijo mayor?
Un  sobre con palidez  de viejo, borrosa letra de varón. Levanto la solapa…se quiebra un seco  pétalo de rosa. Guardo el sobre, cierro la caja y  tapo el arcón.

Autor: Luis Unzaga

¿Que quiere decir?

Upitudo: El vocablo upiti es un sustantivo quichua que significa ano y, por extensión, cola, culo o asentaderas.

La yapa: muy usado en la Argentina del siglo pasado, ahora se generalizó en la expresión oral. Significa un regalo extra, una “cortesia”, generalmente con el cliente. Curiosidad: en Colombia se dice: la ñapa.

Ya lo verís: forma arcaica del voseo del norte argentino y boliviano. No andís, no estís, en lugar de no andes, no estés.

El pello: por la pronunciación del sonido rr en la zona norteña argentina, en Chile, Bolivia y Perú, es muy común confundirlo con y o ll.




segunda-feira, 15 de outubro de 2012

Los dos Ignacios, Luciano y el Mandinga.




Luciano entró al hospital no por voluntad propia, sino por acaso, o por azar. Un accidente, nada más. Medio adormecido por el dolor, después de tres horas de esperar al socorro médico, o porque ya se había resignado a su suerte, no le prestó demasiada atención al enorme Parque de “A Casa Modernista” cuando la ambulancia hizo la curva, pero sí miró el cartel con el nombre del hospital -Santa Cruz- y enseguida se puso a pensar en un cuento.

Se acordó de Ignacio de Loyola descubriendo el método de los ejercicios espirituales que lo hicieron sospechoso de heterodoxia ante los ojos de la iglesia; igual que a los seguidores de Erasmo,  lo procesaron en Castilla, y se le prohibió la predicación en 1524; tuvo que interrumpir sus estudios. Pero no renunció a su misión.

Y se acordó Luciano que, justamente en la película "La Misión" se pinta la traición y el aplastamiento de los jesuitas por parte de los portugueses, con el pleno consentimiento de España, que quería dejar libres a los traficantes de esclavos para que siguiesen cazando y capturando indios guaraníes de las misiones sin que la Compañía de Jesús los molestase.

La Compañía, recuerda Luciano, había sido fundada por Ignacio de Loyola después de pasar un largo tiempo internado en un hospital de campaña, luego de resultar gravemente herido en la defensa de la ciudad de Pamplona contra los franceses en 1521.

Luciano pensó –en los pocos minutos en que lo sacaban de la ambulancia y pasaba por los enfermeros y médicos de guardia y otra vez leía el nombre del hospital, Santa Cruz-  que a veces un hecho simple del azar puede cambiar por completo la orientación de una vida; la lectura de libros piadosos durante la convalecencia de Ignacio de Loyola lo decidió a consagrarse a las misiones de ayuda a los pueblos más apartados de la vieja Europa.

Los bandeirantes paulistas y los lusitanos destruyeron una civilización comunitaria avanzada en las Misiones, y empezaron el aniquilamiento de un pueblo que hoy se confunde en las favelas de São Paulo y en las barriadas pobres de Curitiba y Asunción. Y los jesuítas, con su jefe, llamado El Papa Negro, por sus hábitos oscuros, fueron cien veces perseguidos por su influencia “nefasta” a favor de los indios y en contra de los esclavizadores colonialistas. Pero insistieron y persistieron.

Se acordó Luciano de Ignacio de Loyola y su misión, y cuando la enfermera le puso la inyección con el sedativo para prepararlo para la operación, le vino a la memoria lo que le había ocurrido a otro Ignacio -su antepasado Ignacio Unzaga- mucho tiempo atrás, cuando su familia todavía no había dejado el País Vasco y no sabía lo que era la emigración y los dolores de tener que abandonar la patria. 

Luciano recostó la cabeza cansada en la almohada y cerró los ojos; pensó en el largo día, penosamente difícil que había tenido y en lo que estaba empezando a vivir. Se acordo de Ignacio Unzaga, que se quejaba de que sus hijos nunca entenderían lo complicado que era todo el proceso de la finca, los cuidados que exigía el rebaño, la compra de semillas y la siembra. En fin, Luciano estaba tan agotado que ni pensar más podía. Necesitaba dormir y la inyección con el calmante empezó a surtir efecto, ayudándolo a aplacar los dolores y a hundirse en el merecido sueño.

Pero el aliento caliente que sintió en la nuca en ese mismo instante lo hizo espeluznarse y levantar de golpe la cabeza, casi sentándose en la cama. No se asustó, pero se le pasó de golpe el sueño y el efecto de la anestesia; se fue calmando de a poco y volvió a pensar en Ignacio Unzaga: cuántos familiares y amigos habían dejado ya las tierras vascas y embarcado hacia América. Pedro y Victoriano, los hijos menores de su hermano, ya estaban en Santiago del Estero, en Argentina; y el pueblito vasco de escasos 370 habitantes seguía despoblándose, y la cabeza de los jóvenes se llenaba de ilusiones, de tener en Cuba, Uruguay o Argentina lo que sus campos, tan cerca de Bilbao, ya no les daban más.

Y otra vez sintió Luciano el calor, igual al aliento de un perro, y ahora sí, tuvo miedo. Se irguió rápido y agarró la empuñadura del revolver 32. Se apoyó contra la cabecera de la cama de hospital, y miró fijo hacia los costados, en la pared del otro lado de la pieza. Y entonces lo vio, sentado en la sillita que su hija usaba para leer a las tardecitas. Ahí estaba él, el Diablo; cara flaca, angulosa y oscura.

Alto y fuerte pero delgado, vestido de rojo y negro –como un anarquista, pensó Luciano y se imaginó el susto de su pariente Ignacio, y le volvieron por una fracción de segundo los problemas que su tío tatarabuelo vasco estaba teniendo con el grupo de peones rurales- . Y vio que, aún en la oscuridad de la habitación, en el rincón más apartado, los ojos del Mandinga brillaban rojizos, aterradores.

Sin que le saliera una palabra de la garganta, trató de levantarse rápido y salir del lugar; pero más rápido fue el Diablo, que en menos de un segundo estaba a su lado, cara a cara, mirándole fijo a los ojos, con sus dos brasas incandescentes. Y un dedo largo y de uña afilada le apuntó con sorna, y le sacó de la mano el arma, mientras le decía, con una voz bien afinada, dulce, pero cavernosa: “No hace falta que huya, Unzaga, no vine a hacerle daño, ni a asustarlo. Vine a hacerle un trato”.

“Lo mismo de siempre”, pensó Luciano. Y se acordo que algo parecido le había pasado a su antepasado Ignacio, médico jubilado que se dedicaba integralmente a las faenas del campo y a mantener su propiedad en medio de la crisis brutal que asolaba las tierras a pocos kilómetros del creciente centro industrial vasco.
“Otra vez el Malo y sus ofertas”, penso Luciano, y se lo imaginó a su pariente; un doctor educado en Barcelona, que había leído El Fausto, y sabía que estaba de moda hablar sobre la venta del alma eterna a cambio de un favor cualquiera: el amor de una mujer, el éxito en los negocios, o una carrera artística, de músico, compositor, o escritor de novelas. Ignacio Unzaga había gastado mucho la vista estudiando y sabía que el camino del éxito está lleno de trampas y atajos tentadores, pero que sin estudio y trabajo, no se sale del lugar. Ya era viejo, más de sesenta y pico de años, y el Diablo no iba a tentarlo tan fácil.

“¿Qué trato?” –dijo Luciano- “perdone, pero no estoy interesado, y no me gusta que me asusten o me amenacen. Por favor, retírese de mi habitación o llamo a los enfermeros”- se animó a desafiarlo a Satanás. Pero el Malo no se movió, ni pestañó. Lo mismo que le había pasado a su pariente lejano, Ignacio: Mandinga no había tenido ni un asomo de reacción ante la osadía del mediquito metido a campesino, ni un atisbo de ira maléfica, ni de indiferencia siquiera, nada. Pero se levantó despacio el Diablo, y se apartó de la cama de Luciano, que aprovechó para erguirse lo más rápido posible y poder mantener una distancia segura del demonio.

“Luciano, ¿me permite que lo trate por el nombre, no? Lo que yo quiero proponerle no es nada excesivamente lujurioso ni pecaminoso; sé que Ud. es un hombre recto, sin vicios ni demasiados pecados…nada más que los veniales, los más comunes, digamos”- se largó el Diablo a tratar de seducirlo al joven profesor, pacato y trabajador, que nunca se había salido demasiado de la línea.

“Lo que quiero ofrecerte, -¿me permitís que te tutee, no ché? – es la vida eterna, fijáte vos, no quiero tu alma al final, simplemente porque no habrá final. No te vas a morir nunca, jamás te voy a pedir el alma, y lógicamente, tampoco vas a arder en las llamas del infierno”- se alejó el Maligno un par de metros, como para calcular el efecto, y medir la disposición de Luciano, exactamente como le había hecho al doctor Ignacio Unzaga, más de cien años atrás, a aceptarle, o no, la propuesta loca que le empezaba a ofrecer.

“¿Y qué gana Ud. don Diablo con que yo tenga una vida eterna?…y sobre todo, ¿qué gano yo con eso?”, le fue largando de a poco Luciano al Demonio.

“Necesito un representante, un gerente general digamos; porque vos sabrás que hay diablos menores e incluso otros, grandotes, hay muchos en la Tierra”- empezó despacio, pasando un dedo largo y sucio por el bordecito de la cómoda de hospital en la que yacía Luciano, acompañado con una mirada lánguida de soslayo.
“Un responsable, eso mismo, para los grandes negocios, altas finanzas, acciones en la bolsa, negocios nuevos y prometedores”- seguía Mandinga y Luciano se callaba, tal como se había callado don Ignacio ciento diez años atrás, esperando el momento de salir corriendo por la puerta y agarrar la cruz que su novia había colgado en el vestíbulo.

Nunca le había parecido de gran utilidad el crucifijo nacarado, que le devolvía reflejos tornasolados al atardecer; pero ahora sabía que si había estado allí, atrás de la puerta de esa pieza, era para salvarlo justamente en este momento. “Hoy, ahora”, pensaba febrilmente Luciano, como antes había pensado Ignacio, y se acordaba de otro diablo, el que se le había aparecido a Victoriano detrás de los túneles del tren de Ramos Mejía; el Malo le había dicho “La eternidad es hoy, es este momento exacto, en que Yo estoy acá, ahora”, y el pariente distante de Luciano, médico sesentón, aún cansado de las faenas rurales, sacaba fuerzas de no se sabe dónde, y se estiraba en un movimiento de rayo, y llegaba hasta la puerta, y agarraba el picaporte, y aceleraba el cuerpo agotado hacia afuera de la pieza y, al mismo tiempo que cerraba la puerta con furia, agarraba el crucifijo nacarado y se lo ponía con rabia en la cara del Mandinga, que gritó desesperado, y todo este corto segundo transcurría a lo largo de lentos minutos; y el rostro enrojecido, pintado de sudor y sangre del Diablo se esfumaba en un instante y Luciano, exactamente igual a lo que había pasado su pariente don Ignacio Unzaga un siglo antes, veía los abismos del infierno hundiéndose lentamente en pocos segundos, derritiéndole el piso de madera de roble del hospital Santa Cruz, mansamente en centésimas de tiempo, engullendo las paredes y las vigas del tejado en lerdos y pesados movimientos instantáneos.

“Y yo sabía, Victoriano”, le escribía Ignacio a su sobrino meses después“- que este encuentro con el Malo iba a tener consecuencias atroces, que Mandinga no iba a perdonarme jamás el haberle rehusado su oferta”, le cuenta a Luciano el hijo de Ignacio, Pedro, que años después también emigraría a la Argentina, dejando el país vasco a finales del siglo XIX, una tierra cada vez más despoblada. Y dice que sus noches en el barco que lo trajo hasta Montevideo fueron un verdadero suplicio, soportando los llantos que venían de la bodega, y se desparramaban por la cubierta, convirtiéndose de a poco en un lastimoso canto gregoriano, monofónico, monódico, desaforado y monocorde, que sólo podía ser el comienzo de la larga venganza del Malo.

Luciano sale de a poco del delírio que le causó la anestesia y comprueba que el Mandinga ya se fue. Y piensa que la vida es difícil y llena de desafios, y que también él –como Ignacio de Loyoya y su tío tatarabuelo, Ignacio Unzaga, va a tener que armarse de mucha paciencia, y vencer el desafío de la convalescencia y el hospital, como quién vence un Mandinga nuevo cada dia.

JV. Bilbao, primavera de 1898.

segunda-feira, 8 de outubro de 2012

Mika e Hipólito Etchebèhére



La 'capitana' de la Guerra Civil

Mika e Hipólito Etchebèhére  

Lo que voy a contar ahora sobre Mika e Hipólito me lo relató hace casi 40 años el viejo Pedro Milesi. Pedro era un obrero revolucionario argentino, protagonista de luchas históricas, como el Grito de Alcorta de 1912, la Semana Trágica de 1919 y el Cordobazo  de 1969. 

Maestro de generaciones de activistas obreros y revolucionarios, Pedro Milesi, ex anarquista y socialista revolucionario consecuente, falleció con más de 90 años en la clandestinidad durante la última dictadura militar. 
Y fue él, amigo del Chacho Rubio, de Juancito, el Indio y Manuel, que un día me contó, entre mate y mate, en una reunión de apoyo al Sitrac-Sitram, lo que les relato a continuación.

No pude leer todavía la obra completa de Elsa Osorio sobre Mika, la Capitana, que cuenta la vida de esta mujer  guerrera que atravesó el siglo pasado y murió en París, en julio de 1992.

Todavía no hay una traducción del libro de Elsa Osorio al portugués, y no ha venido ningún amigo desde Argentina para traerme un ejemplar, así que he ido leyendo el libro de a pedazos, por las informaciones de prensa.
J.Villanueva.

Mika era argentina, y había nacido en la colonia judía de Santa Fe, en 1902. Conoce a su compañero Hipólito Etchebéhère en 1920, y optan por una vida revolucionaria.
Eran dontólogos de profesión, pero cambian la tranquilidad pequeño burguesa por el compromiso político revolucionario. Primero adhieren al Partido Comunista Argentino y pronto se desencantan del llamado "socialismo real". 
Por el camino de la crítica al estalinismo, entran a la oposición de izquierda trostkysta y llegan a España en plena euforia republicana, en junio de 1931. Van a París y Berlín en 1932 y conocen a Katia y Kurt Landau, quien sería asesinado por los estalinistas en Barcelona, en 1937. 
Las limitaciones y la impotencia de la izquierda ante la escalada nazi, los hace volver a París, en donde fundan la revista Que faire? en 1934, junto con otros compañeros de la Oposición de Izquierda.
Pero los problemas de salud pulmonar de Hipólito los deciden otra vez a cambiar de aires y mudarse a Madrid, donde querían conectarse con el Frente Popular que había ganado las urnas en febrero de 1936. Querían conocer la situación revolucionaria en Asturias, cuna de la revolución de 1934.

Pero a los pocos días de julio, en la madrugada del 17, el ejército fascista se rebela en Africa y, al día siguiente es Mola el que se levanta en Navarra, a los que se uniría Sanjurjo desde Lisboa, donde estaba exiliado.
Pero muere al trasladarse en avión desde Lisboa, por exceso del equipaje del general golpista, que trasportaba toda su mudanza, lo que hizo que el avión cayera en el despegue.

El golpe no logra triunfar en toda la península, y la República mantiene, después de entregarle las armas a los sindicatos y partidos populares –que eran los únicos capaces de defender la legalidad republicana- las principales capitales: Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Málaga e incluso Oviedo, donde se mantienen focos de resistencia fascista.
A la confusión que siguió a las primeras horas posteriores al golpe, y ante la demora e indecisión de los altos jefes republicanos -Casares Quiroga, Martínez Barrio y Azaña- en reaccionar frente a la sedición, Mika e Hipólito van a enrolarse en la opción más próxima a su ideología.
Es el POUM, “la organización más cercana a nuestro grupo de oposición” según Hipólito, el partido con el que marchan hacia el frente; forman parte desde entonces, el 21 de julio de 1936, de una tropa de 120 combatientes, en la conocida Columna Motorizada del POUM.

Cuenta Mika que su compañero Hipólito muere enseguida, durante el combate de Atienza, al frente de sus hombres, el 16 de agosto. Entonces Mika asume el comando de la columna que había estado al mando de su marido, apoyada por todos los milicianos y milicianas; más tarde con la militarización forzada de las milicias, llega al grado de capitana, siendo así la única mujer que tuvo mando de tropa en la guerra civil.

Mika no solamente actúa como miliciana revolucionaria, sino que también es líder en la lucha cotidiana por la igualdad femenina dentro de las tropas. Su columna es un ejemplo de participación compartida entre todos los compañeros de las tareas que en otras tropas eran encargadas solo a las mujeres, como las tareas de limpieza, sanidad o cocina. Ella cuenta sobre algunas mujeres que querían participar en su columna, porque en ella se sentían realizadas como milicianas, con el fusil en manos para luchar por su dignidad y sus derechos.
Luchó en la resistencia de Guadalajara, en las batallas en Sigüenza, Imón, Atienza, Huérmeces del Cerro, en la zona de Pelerina y en la defensa de la estación de ferrocarril de Sigüenza; finalmente, ante el ataque fascista en masa, Mika luchó en la famosa resistencia dentro de la Catedral.
Ella decía que en la guerra, “transcurren las horas, pero nadie se cuida de ellas”. El tiempo en la guerra revolucionaria, resistiendo militarmente a los oficiales sediosos, era un tiempo diferente. Mika casi no dormía y pasaba los días comiendo muy poco; lo que sufría era la falta de armas y cañones; tenía un solo mortero y sus milicianos eran niñas y niños, de 14, 15 o lo máximo 19 años, y la voluntad en la lucha era mucho más grande que los medios con que contaban. El esfuerzo de Mika frente a los hombres que tanto la respetaban y la obedecían era extraordinario. Cipriano Mera dice -en sus Memorias publicadas en 1976- que “era una mujer valiente y capaz, dando pruebas de gran serenidad y decisión: encontrándose cercada, con otros camaradas suyos en Sigüenza, logró abrirse camino y escapar al enemigo”.

Junto con Mika, muchos combatieron en Sigüenza, y en defensa de Madrid y de la República. Y aunque muchos cayeron en las muchas batallas, otros lograron sobrevivir a la dictadura de Franco, pero “no se cuidaban del transcurso de las horas”, sino que cuidaban de la dignidad revolucionaria en la lucha contra el fascismo de Franco. 
Se acuerda Mika de “Manola la Fea”, que se juntó a su columna porque en la de la Pasionaria no la dejaban usar el fusil; y de “la Chata” -que se quedó con una pierna muy malherida dentro de la Catedral, y fue un peso en la conciencia de Mika.

Junto con Mika, otros seis camaradas huyeron del cerco en Singüenza y se escaparon de la persecución franquista, logrando llegar a Madrid: Pedro, un ferroviario socialista y su mujer Luisa, Paco y Juanito, hermanos afiliados a las Juventudes Socialistas Unificadas, Mateo, un anarquista de la FAI, y Sebastián, miliciano del POUM.
Mika dice en sus Memorias: “Mi marido y yo vinimos a buscar en España la voluntad de la clase obrera de luchar contra las fuerzas de la reacción que se volcaban en el fascismo”.


Mika y la Batalla de Singüenza

El 25 de julio de 1936 un batallón de 1500 milicianos de diferentes partidos y varias organizaciones políticas, entre los que se encontraban la capitana Mika Etechebéhère y Feliciano Benito, tomó la ciudad de Sigüenza.

Sigüenza –según la etimología "la que domina el valle"- se encuentra en el alto valle del río Henares conocido como el Valle de Sigüenza.
Este emplazamiento ya era un lugar estratégico sobre la calzada romana del Henares y iria a cumplir adecuadamente su función militar y defensiva desde el medievo, lo que le daba supremacía sobre los demás lugares del valle.

Dos días más tarde, antes que llegara el mando republicano, un grupo anarquista le dio muerte al obispo y al deán. Y algunas horas después de haber entrado en Sigüenza la columna de la CNT-FAI al mando de Feliciano Benito, llega también una columna del batallón de la Pasionaria.
El 28 de julio llegan otras dos columnas más, ahorade milicianos ferroviarios de la UGT y de las JSU.
Todas estas fuerzas pertenecen a las tropas del Coronel Jiménez Orge, que el 27 de julio había reemplazado a Puigdendolas al mando de la columna que el 20 de julio salió de Madrid para aplastar la revuelta en Alcalá de Henares del 21 de julio, y enseguida la de Guadalajara el 22 de julio.

El hecho de que el frente se mantuviera inestable y bastante inactivo les hacía pensar a los milicianos que el golpe de los sediciosos había sido frustrado, y la ciudad seguía garantizada para los republicanos.
El 7 de agosto se produce el primer intento fracasado de las tropas nacionales franquistas  de tomar Sigüenza desde Alcolea del Pinar.
Mientras que el día 16 el Coronel Jiménez Orge encabeza una columna, compuesta por milicianos del POUM, estacionados en Guadalajara y mandados por el Capitán Martínez Vicente; es una compañía de Guardias de Asalto y milicianos de Sigüenza, con la intención de tomar Atienza, que fracasa.

Hacia septiembre la guerra civil empezó a definir sus rumbos con los apoyos -todavía mal escondidos- de los nazis alemanes y del fascismo italiano a los sublevados. La lucha en el frente se reactivó con nuevos refuerzos, además del decisivo apoyo de la aeronáutica nazi alemana.

Mika Etchebéhère, en su “Mi guerra de España”, hace un relato fundamental sobre la batalla de Sigüenza y el asedio a su Catedral. El 2 de septiembre fuerzas de la Columna García Escámez copan la localidad de Huérmeces del Cerro, al oeste de Sigüenza. El día 7 empiezan a caer los primeros tiros de artillería sobre Sigüenza, disparados desde Mojares por las tropas nacionales franquistas, que ya ocupan Alcuneza.
El día 21 se hace un nuevo intento por detener el avance de las fuerzas facciosas en la Riba de Santiuste, que termina en fracaso, muriendo durante los combates el marido de Mika, Hipólito, en las proximidades de Imón.
El día 28 se intentará de nuevo recuperar la localidad de Imón, que cayó en poder de los nacionales.
La batalla se estirará hasta el día siguiente, pero termina de nuevo en fracaso.

Los días 29 y 30 se producen duros bombardeos de la aviación alemana sobre la ciudad.

Martínez de Aragón pensó en conseguir refuerzos desde Madrid y se propuso resistir encerrándose en la catedral, a la que se La consideraba inexpugnable.
Los milicianos que no abandonaron la ciudad se encerraron junto a las familias de los campesinos refugiados y con todos los que tenían algún miedo de represalias por parte de los fascistas, unas 800 personas, entre mujeres y muchos niños.

El 29 de septiembre la aviación nazi lanzó un primer bombardeo indiscriminado, que destruyó el hospital y el orfanato del obispado, matando a todos los niños y a las monjas que los cuidaban.

En octubre, mientras tanto, la defensa de Madrid decidió realizar un repliegue estratégico, armando un cordón defensivo a menos de 100 km de la capital, lo que finalmente deja a la ciudad de Madrid sin posibilidades de defensa.

El 8 de octubre un nuevo bombardeo, ahora más sistemático y mejor planeado -un anticipo del que sería el más famoso, en Guernica- aniquiló casi a la mitad de la población, matando unas 300 personas.
Dos días más tarde, el mando fascista se decidió por cañonear la catedral, destruyendo parte de sus torres, la nave y la cúpula central, sin que hubiera víctimas fatales, gracias al trabajo para proteger a la población por parte de Mika Etechebéhère.

Los que se encuentran refugiados dentro de la Catedral construyen parapetos y organizan las municiones y los mantenimientos. La mayor inquietud entre los milicianos era El parque de las municiones, que se habían reducido a tan solo unos veinte cartuchos por fusil.
El día 2 de octubre llega el último tren blindado a la ciudad, cargado de munición, pero sin el esperado refuerzo de tropas.
El día 5 Martínez de Aragón abandona la ciudad. El asalto de los fascistas se produce el día 8, tras un duro bombardeo por parte de la aviación nazi, ocupándola por entero, salvo la Catedral.
En la Catedral se han encerrado un total de 550 milicianos y unos 250 civiles.
El día 10 un grupo de unos 15 hombres, encabezado por Feliciano Benito, consiguen fugarse de la Catedral por el cementerio de los Canónigos.
Ante el fracaso de los asaltos a la Catedral, las fuerzas nacionales franquistas deciden cañonearla hasta lograr su rendición.
El día 12 se intentan de nuevo dos salidas por parte de los sitiados, siendo rechazados los milicianos.
El 13 un nuevo intento: Mika y un pequeño grupo de milicianos del POUM consiguen evadirse, trepando por los altos muros del cementerio de los Canónigos.
El 14 un grupo grande se escapan por las alcantarillas, consiguiendo alcanzar un bosque de pinos entre Sigüenza y Barbatona, pero son perseguidos y capturados. El día 15 un grupo de dinamiteros logra escapar, abriéndose paso con sus cartuchos.
Ese día, los sitiados, sin agua, alimentos ni municiones, totalmente desmoralizados y con la Catedral en ruinas -parte de la nave central y el crucero destruidos, así como varios sectores próximos al claustro, las letrinas y el cementerio de los canónigos, además de la torre derecha, con peligro de que parte de las almenas se vinieran abajo- deciden negociar con las fuerzas sitiadoras, pero los fascistas sólo aceptan una rendición sin condiciones.

Cerca de las 5 y media de la mañana empiezan a salir y rendirse los primeros milicianos y civiles. Uno de los casos más dramáticos es el de una miliciana, apodada la “Chata”, que con una herida engangrenada, pide que la rematen sus propios compañeros para no caer en poder de los franquistas.
El día 16, después de una semana de asedio y cientos de cañonazos, las fuerzas sediciosas que responden a Franco entran a la catedral.

Después de una defensa gloriosa y de varias fugas espectaculares, entre ellas la de la propia Mika, y de Feliciano Benito, los fascistas penetraron en la catedral, ya en ruinas, donde no había más que unos pocos milicianos y algunos civiles hambrientos, sedientos y asustados.
Más tarde, la catedral fue restaurada y consagrada nuevamente al culto católico por la iglesia, con la presencia del propio Franco; pero la localidad fue prácticamente abandonada.
La ciudad muestra aun hoy las señales de la dura batalla, que se borró de la memoria de los españoles porque los periodistas no estuvieron presentes durante los combates, ni Picasso le pintó un cuadro, denunciando los bombardeos alemanes.
Su población, mucho más conservadora que progresista, e influenciada por la iglesia, escondió los hechos y todo lo que tuviera que ver con la guerra civil en la ciudad hasta nuestros días de hoy.

Javier Villanueva, según relatos de Pedro Milesi, Córdoba, Julio de 1972.







domingo, 7 de outubro de 2012

Banderas victoriosas. Por M. Teresa García Banús





2ª parte de la autobiografía de Maria Teresa García Banús  
      
Una vida bien vivida 
Dedicatoria 

Ha pasado ya tanto tiempo desde aquellos años, tan tristes y desesperados, en que te debatías con el destino doloroso de tu hijo; días sin descanso físico ni moral, en los que te veía consumirte y me sentía impotente para poder prestarte ayuda. 
Todas las noches te llamaba por teléfono, con el único fin de distraerte con mi charla, contándote mil historias de mi vida para hacerte olvidar momentáneamente tu drama. 
Tú me instabas siempre para que escribiera todo aquello, pero yo no lo hice nunca y, como te lo prometí, lo hago ahora ya medio ciega y con "los pies en el estribo". 
Estos recuerdos son todos vividos o sentidos; mi vida no ha sido realmente trágica. Ha estado llena de las actividades más diversas, de trabajos de toda clase, de situaciones buenas y malas, de momentos difíciles que parecían no tener solución; apasionante exultantes, de pobreza a veces y también de persecución y cárcel. Una vida un poco fuera de lo corriente, pero llena de todos los sentimientos que puede experimentar un ser humano. Hermosa pues, hasta el punto de que la volvería a vivir sin cambiar nada. 

Hoy, ya en la senectud, cuando el porvenir se queda reducido a lo más mínimo y el presente apenas se vive a causa del desgaste normal del cuerpo y de la mente, el pasado adquiere toda la preponderancia y yo, como todos los viejos, me recreo en él. De ese pasado nacen estos cuentos, hechos reales que se recuerdan ahora placidamente, sin los sentimientos alegres, tristes o agobiantes que los acompañaban entonces.
M.T.G.B.

Volverán banderas victoriosas
Introducción

Para aclarar el texto es necesario recordar que en el momento de los hechos referidos en el cuento estábamos tres compañeras en la cárcel de Barcelona como consecuencia de la persecución estaliniana de los comunistas, persecución feroz, que llegó al asesinato de Andreu Nin y de otros compañeros. Nuestra situación en la cárcel en el momento del derrumbamiento de Barcelona era pues muy peligrosa. Tres presas en medio de una multitud de presas fascistas y de elementos oficiales del orden dominados por los comunistas. Nuestra salida de la cárcel estaba pues condicionada si no salíamos antes de la llegada de las tropas franquistas, a lo que las presas fascistas mayoritarias y dueñas de la cárcel, hubieran podido hacer de nosotras, y gracias a la intervención de la CNT pudimos salir antes de la llegada de los fascistas lo que nos salvó la vida.


      ¡Están aquí!

Aquél 25 de enero de 1939, cuando empezaba a amanecer, atronadores disparos de cañón detrás del Tibidabo, despertaron a todo el personal carcelario aterrorizado. Ya están aquí. Fue el grito unánime de las fascistas enardecidas y de las "rojas" angustiadas. 
    
Que aquello se acercaba, hacía días que lo presentíamos. La noche anterior las guardianas nos habían contado que Companys, en un llamamiento a todos los catalanes, había afirmado que Cataluña se defendería hasta el último hombre y Barcelona casa a casa. No nos impresionó mucho aquél discurso, porque sonaba a falso y, aún más, cuando supimos que lo había lanzado desde Figueras. También sabíamos que no se levantaban trincheras ni ningún otro medio de defensa y, por otra parte, tampoco dónde estaban los combatientes. Tras las rejas de la cárcel, veíamos la Diagonal ya urbanizada y hasta con faroles, desierta de edificios. Es cierto que la tarde anterior habíamos visto desfilar soldados, muchos, pero soldados cansinos, mal pergeñados, que arrastraban los pies y que más daban bien la impresión de buscar un sitio dónde tumbarse para dormir un sueño infinito y no de futuros héroes salvadores, lanzando metralla desde una trinchera; lo más probable es que, sacando fuerzas de flaqueza, siguieran andando hasta la frontera. También sabíamos que se había iniciado un éxodo de la población y que miles de personas abandonaban la ciudad. 

 Al oír los cañonazos matinales las fascistas, seguras de su triunfo, rompieron los candados, cerrojos y dueñas de la situación circulaban libremente por todo el caserón ante la mirada cómplices y pasiva de las guardianas, personal que es siempre el mejor barómetro en las cárceles cuando hay una contienda política, y se va con el que considera vencedor.

En aquél momento las "rojas" militantes éramos solamente tres: Natalia, Carmen y  yo. Estaba también la "rojísima" Dinamita, mechera de profesión y algunas presas comunes,  entre las cuales una joven que había herido o matado a su amante, un guardia de asalto.  Así pues, nuestra situación era inquietante; el POUM estaba fuera de la ley, con sus militantes más destacados en la cárcel y muchos otros perseguidos o escondidos. Poco nos podrían ayudar. 

En el curso de aquella mañana se presentó en la prisión una delegación de la CNT-FAl con una orden para que fueran puestas en libertad inmediatamente todas las presas con carnet de la CNT.
La subdirectora, amiga nuestra (1), les preguntó qué hacía con las presas del POUM: podía ponerlas en libertad si compañeras de la CNT las avalaban como antifascistas, lo cual hicieron encantadas Dinamita, mechera profesional, y la joven  amante de un guardia de asalto al que había asesinado. ¡Ironías del destino! 

La noticia circuló por toda la cárcel con una rapidez vertiginosa y más de 60 fascistas sacaron de sus corpiños carnés de la CNT. Fascistas bien precavidas, mucho más que nosotras, a las que jamás se nos hubiera ocurrido ante una posibilidad futura, tener un carnet de la Falange.  Era casi de noche cuando las "rojas" salimos en libertad. A Natalia le esperaba una hermana y a Carmen su hijo con su compañera y también "S", su ex marido, casado de nuevo, pero conservando siempre su amistad, quería llevarse a Carmen a su casa. A mí no me esperaba nadie, pero también cordialmente me ofreció asilo. 

Una vez en la casa, nos planteamos la cuestión de que era preciso salir de Barcelona, pero no sabíamos cómo. Un camarada nos indicó que nos pondría en contacto con un compañero que había logrado un puesto de chofer en uno de los camiones que tenían que evacuar a las mujeres y niños de guardias de asalto; antes de las cuatro de la mañana. Los encontramos con él, quien nos hizo subir al camión, recomendándonos parquedad en las palabras y no entablar discusión con las futuras ocupantes del camión. Arrebujados en las mantas, hacía frío y el camión era descubierto, íbamos Carmen, su hijo con su compañera y yo. Pasó un tiempo interminable sin que apareciese nadie. Comenzaba a clarear cuando empezaron a subir al camión, mujeres con chiquillos y toda clase de bultos insólitos, dadas las circunstancias: subían y bajaban para buscar algo o a alguien y ¡qué cosas cargaban! 

No se me olvidará nunca una pequeña lamparita de mesilla de noche, con una pantalla de seda rosa, que su dueña no sabía dónde colocar. Ya era casi de día cuando el camión se puso en marcha. Permanecíamos silenciosos, con la mirada dirigida hacia la carretera que bordea el mar, como una especie de meca de salvación. 

Pero no llegamos nunca; antes tropezamos con el cuartel "Carlos Marx", ocupado por los comunistas que colocados en fila, cerraban el paso con las ametralladoras dispuestas a disparar, instándonos a que abandonásemos inmediatamente el camión, que era, según decían, material de guerra, pero que lo querían para poder huir ellos. Las mujeres, con los chiquillos en alto, daban gritos pidiendo compasión, pero las ametralladoras siguieron apuntando, prontas a disparar. Bajamos precipitadamente y allí se quedaron en la acera las mujeres llorando, con sus chiquillos y sus bultos y seguramente también la lamparita, mientras nuestro pequeño grupo desaparecía rápidamente, porque sabíamos lo que no podía ocurrir si averiguaban nuestra identidad.

Sigue la odisea

Me despedí de Carmen y los suyos, pues había decidido ir a la Plaza de Trilla, donde había vivido unos meses con Juan, piso ocupado posteriormente por una pareja amiga de Madrid. La mujer me recibió llorando porque su compañero se había marchado ya a Francia con otra. Sin darme por vencida y después de descansar un poco, me dirigí a casa de la familia de Natalia, pues era posible que hubiera encontrado algún medio para salir de Barcelona. Nuevo fracaso; Natalia había partido no hacía una hora con un cuñado que había venido a buscarla. Sin desanimarme demasiado y como no estaba muy lejos, me fui a casa de Nin, donde la portera me comunicó que Oiga y las niñas habían partido la noche antes con un compañero. 

Casi sin fuerzas y con el ansia de encontrar una solución, fui de nuevo a casa de “S”, de donde había salido de madrugada.  Allí se seguía discutiendo sobre lo que había que hacer. Carmen, que también había vuelto a la casa, estaba decidida a ir de nuevo a su piso en Gracia. Su hijo y compañera creían haber encontrado un buen refugio para ocultarse, pero todos coincidían en que yo tenía que marcharme. Providencialmente, como si el destino me quisiera ayudar, se presentó en la casa el camarada Rodes, jefe de las milicias del POUM en el frente de guerra, reincorporado después en el ejército regular con el mismo mando, pero que había sido detenido últimamente y se acababa de escapar. Con su optimismo de siempre, afirmaba que los fascistas aún tardarían un día o dos en entrar en Barcelona. Él pensaba partir aquella tarde y propuso llevarme con él; yo le dije que no podría andar mucho: pero no le dio importancia porque, dada su  naturaleza emprendedora y audaz, ya encontraríamos un burro, un carro o un coche. Yo debería irme inmediatamente a casa a hacer un paquete con lo indispensable, nada pesado, y acudir a las cuatro de la tarde a casa de unos compañeros que vivían en el paseo de San Joan.

    Ciudad fantasmal

De regreso a casa, con aquella maravillosa perspectiva, no hacía más que repetir: "a las cuatro de la tarde, en el paseo de San Joan". 

De repente me volvió a la realidad el silencio inconcebible de una ciudad como Barcelona, que además parecía estar envuelta en una especie de neblina sonrosada, que le daba el aspecto de un espejismo: sin el cañoneo matutino que había cesado, ningún ruido perturbaba la ciudad desierta, muerta, sin circulación; de vez en cuando, a toda velocidad, un coche en dirección al norte o algún peatón al parecer sin rumbo. Una mujer casi doblada con el peso de un enorme bulto sobre los hombros; un hombre de mirada inquieta con un cajón lleno de barras de jabón; unos niños arrastrando un pesado saco: eran las únicas señales de vida de aquella ciudad. Sin embargo, no me pregunté lo que todo aquello podía significar.
(2) 

Igualmente estaban desiertos, con una soledad impresionante, todos los locales de las organizaciones y partidos políticos, tantos y tan llenos no hacía tanto tiempo. El único testimonio de su pasado eran grandes montones de papeles y fotografías medio calcinados; algunas hogueras todavía ardían y, entre pequeñas columnas de humo, podían verse medio quemados y retorcidos, retratos de revolucionarios. Yo seguía mi camino registrando todo aquello visualmente, pero sin hacerme ninguna interrogación mental. Así llegué a la calle Mayor de Gracia, estrecha y empinada y, de nuevo, volví a repetir maquinalmente: "a las cuatro de la tarde, en el paseo de San Joan". 

Un gran estrépito de ruedas me sorprendió: tres enormes camiones descubiertos bajaban a toda velocidad y, sobre cada uno de ellos, un hombre enloquecido al volante. En cada uno de los camiones, un cañón y otros hombres descamisados, lívidos, algunos con vendas sanguinolentas en la cabeza, y otros tumbados o muertos. Tampoco me interrogué sobre lo que estaba viendo. El horror de la visión me impedía pensar y hoy día, cuando pienso en aquél momento, veo siempre el cuadro de Goya de Los fusilamientos del tres de mayo: las mismas caras de horror, lívidas. 

 Seguí y, al llegar al metro Fontana, en un lugar donde la calle tuerce y no se ve la recta final, unas mujeres corriendo y gritando se metieron en el metro, tampoco me  interrogué sobre lo que veía y seguí subiendo. Fue entonces, donde la calle ya no se tuerce hasta el Tibídabo, cuando apareció una columna de tanques fascistas que descendía majestuosamente con el portaestandarte en pie, ondeando el aire bien desplegada bandera nacional.
Pegada a la pared, en una calle desierta, los vi descender lentamente. A su paso se abrían ventanas y balcones, con gente que aplaudían y cantaban ondeando igualmente pequeñas banderas. Ya no había por qué interrogarse: aprovechando un claro entre los tanques crucé la calle y llegué a la Plaza de Trilla.


     Demasiado tarde

Sin hacer caso a los llantos de desesperación de la amiga ocupante del piso, hice un hatillo y, por las callejuelas de detrás de la plaza, llegué al Paseo de San Juan. Demasiado tarde, aunque no debían ser más que las tres. Rodes y otros camaradas habían partido ya. 

En aquella casa obrera reinaba el terror y el desconcierto. Se quemaban papeles en el hogar y los hombres hacían paquetes, dispuestos a partir  o a esconderse. Las mujeres, asustadas, veían ya a los fascistas que entraban por las puertas: “Vete María Teresa, vete, no puedes quedarte aquí”, y una de aquellas camaradas, mientras me llevaba a la puerta, puso un billete en la mano, pensando ayudarme de alguna manera (3). ¿Dónde ir? 

Y en la calle, con mi hatillo, sentí que era imposible estar sola. Tenía que compartir aquella tragedia con alguien. Decidí volver a casa de “S”, de donde había partido poco antes de la madrugada. Tenía necesariamente que atravesar el Paseo de Gracia, que ofrecía un espectáculo indescriptible: tanques y tanques y más tanques, con las banderas desplegadas, rodeados por una multitud delirante que cantaba y gritaban con los brazos en alto, pero que los doblaba con rapidez, como mendigos, para recoger las latas de conserva, chorizos, pan o jabón con los que los vencedores pagaban su entusiasmo. Entre el estrépito de bandas de música se oían también las salvas de los cañones en el puerto, celebrando la victoria. 

Cuando me encontré al otro lado, ya en el ensanche, me di cuenta que tenía la cara cubierta de lágrimas y así llegué a aquella casa acogedora. La radio marchaba resonando triunfos y discursos altisonantes. Nadie hablaba porque queríamos conservar la serenidad. 

Había que enfrentase con la situación. Carmen estaba dispuesta a volver a su casa en Gracia al día siguiente. "No puedes quedarte en la Plaza de Trilla, María Teresa, vente a casa", me dijo. Confortada por esa prueba de solidaridad, aún recibí otro ofrecimiento, insólito, y no esperado, pero que era la expresión de la mejor buena voluntad para ayudarme, ofreciéndome un refugio seguro: podía ocuparme de la recepción, administración o algo por el estilo en una casa de citas, especializada en menores, de esas funcionan siempre, sea cual sea el régimen político imperante, ya que sus clientes no van a ellas por las ideas. Efectivamente, era un buen refugio, pero algo también que no podía aceptar.

Anochecía ya cuando emprendí el regreso por segunda vez hacia la Plaza de Trilla, hacia las callejuelas de la izquierda. Llena de curiosidad, seguí a la gente y aquello valía la pena: en pocas horas se había instalado un verdadero "zoco moro", con sus tenderetes de todas clases, los burros, pequeñas tiendas de campaña: no faltaba nada. Por un duro se podía comprar todo aquello que los barceloneses no habían visto desde hacía muchos meses. Para los vencedores fue un gran negocio, porque en dos días los fascistas se apoderaron de la plata que entonces tenían los duros, escondidos por la población durante la guerra. Cuando se acabaron los duros, continuó el negocio con las pesetas, que también entonces tenían plata. Aquél zoco desapareció cuando la gente se quedó sin monedas con qué traficar. 

Al llegar a la Plaza de Trilla,  Montserrat, la portera, uno de mis "ángeles custodios" durante malas épocas de mi existencia, me hizo compartir la cena con su familia, pero me advirtió seriamente que tenía que irme de la casa porque había vecinos que me habían visto y podían denunciarme. Estaba tan cansada que no pude decidir nada. 

Me acosté inmediatamente, sin hacer caso de la amiga que habitaba en el piso que tenía por su seguridad si yo estaba en la casa, y caí en un sueño profundo, sin pensar ni en los fascistas ni en el triunfo. Creo que  no había dormido mejor desde mucho tiempo. Bien es verdad que aquél 26 de enero de 1939, desde antes de las cuatro de la madrugada, había pasado quizás, por las emociones más diversas, más emocionantes y más dolorosas de mi vida.

Los días que siguieron fueron alucinantes. Creo que todavía dormí una noche más en la Plaza de Trilla, pero al fin hice unas maletas que dejé en la portería y me fui a casa de Carmen. Sabía muy bien que aquél refugio era transitorio y, a la larga, igualmente peligroso como así fue. Carmen y su hija fueron detenidas un mes o dos después. 

Por otra parte, la situación económica no era buena y yo no podía contribuir con nada. Aparentemente la ciudad volvía a tener un aspecto normal. Se había restablecido el metro, circulaban coches, en su mayoría oficiales, y las gentes llenaban las calles pero se respiraba una atmósfera de tensión y de inquietud oculta, que no lograban disipar multitud de manifestaciones triunfalistas, los cantos de "Cara al sol”, ni la arrogancia de los vencedores. Porque se sabía que había multitud de detenciones, de juicios sumarísimos y de fusilamientos. Una gran parte de la población vivía aterrorizada. 

Yo pasaba la mayor parte del día en la calle; con la ansiedad que me invadía de ponerme en contacto con algún amigo o camarada, fui de nuevo a casa de Nin. La calle estaba llena de coches oficiales y el gran portal invadido por altos mandos franquistas. A pesar de todo entré, pero la portera, muy inquieta al verme, me instó para que me fuera inmediatamente y no volviera más por allí; sabían que su marido era de la CNT y yo podía comprometerla. En aquél momento estaban incautándose del piso de Nin y del de Gironella, que vivía en la misma casa. Había perdido el último contacto posible. 

 No me quedaba más recurso para llenar los días, que sentarme en un banco y dejar que pasasen las horas, banco que servía de descanso para el cuerpo y para la mente, pero que, a la vez, dejaba correr la imaginación. En aquellos bancos nadie se atrevía a entablar esas típicas y amenas conversaciones que constituyen su encanto, porque había que ser precavido y no hablar de nada de lo que estaba ocurriendo. Todo el mundo desconfiaba. Sola en mi banco, en un divagar sin fin de la imaginación, vi de repente que me rodeaba un alto muro blanco por todos los lados, que me aprisionaba sin escape posible.

Comprendí que si no podía traspasarlo, perdería todo lo que había sido mi existencia hasta ahora, todo por lo que había luchado, por lo que había vivido, bueno o malo; la imagen de Juan igualmente, todo desaparecía detrás. Con angustia sentía que yo ya no era nadie, que mi cuerpo y me mente estaban vacíos de contenido y que ya no era posible esperar nada. Si en aquellos momentos hubiera venido el verdugo y me hubiera obligado a seguirlo, no habría vacilado ni un momento, porque al fin habría encontrado la solución. 

Pero el azar, la suerte, o la casualidad intervienen a veces en nuestras vidas sin saber por qué y sin que por otra parte, hayamos hecho el más mínimo esfuerzo para cambiar la situación. Inesperadamente, en aquél enorme muro onírico, se abrió una pequeña grieta por donde pude deslizarme y pasar al otro lado. 

     Y este cuento se ha acabado.

(1)     La directora de la cárcel, que era del P0UM, nombrada para ese cargo por Nin cuando era ministro de justicia, se encontraba en aquellos momentos detenida en la Dirección General de Seguridad. 

(2) Los almacenes de víveres del ejército fueron asaltados en los últimos momentos por la población hambrienta: incluso se dijo después que una mujer se había ahogado en una tinaja de aceite. 

(3) Era un billete de 25 pesetas, pero no válido. Durante los últimos meses había circulado el rumor de que los fascistas, cuando entrasen en Barcelona, no reconocerían determinada serie de billetes de bancos. Una amiga mía tenía otro billete de 50 que ya le había dado a guardar, pero ninguna de ellos valió, porque eran de la seria azulada. Me quedé sin un céntimo. 

 
Siguen las memorias:

En aquella casa podía disfrutar de todo: cariño, solidaridad, comprensión, alimento...de todo menos de la tranquilidad de mi mente que no me dejaba descansar pensando en la realidad de lo ocurrido. Todo perdido, absolutamente todo: perdida la guerra, perdida la lucha política, perdido el hogar y todo cuanto había sido mi vida. Desaparecido en la nada el compañero de mi existencia.

Tierra de nadie

El período que sigue a la ocupación de Barcelona y el avance de las tropas franquistas hasta la frontera, con lo cual se consolida la derrota aunque no el fin de la guerra puesto que Madrid va a resistir todavía algún tiempo más, es para mí un período de no existencia. De no existencia hasta el punto que al sentir mi desaliento, venía a mi mente el célebre verso "vivo sin vivir en mí".

Abandoné la casa donde había residido en los pocos meses de libertad (era el piso de mi hermano mayor, que había partido para Colombia), a instancias de la portera que temía que vinieran a detenerme de un momento a otro, y así fue: los fascistas sellaron el piso y al no encontrarme se llevaron a la portera para que declarase donde estaba escondida. Esta buena mujer, Montserrat, que sabía mi refugio, no me delató aunque le quitaron a una niñita de dos años y la amenazaron con todos los males posibles. En mi vida he encontrado seres de una tal humanidad que sin obligaciones de ninguna clase son incapaces de causar mal a otro; Montserrat supo aún darme pruebas de su sentido humano. 

Sin saber donde ir, me refugié en casa de Carmen, compañera del partido, con la que había compartido la prisión en los últimos meses de nuestra lucha. Pero no era un refugio muy seguro puesto que la policía podía buscarla, como así fue algún tiempo después. Además, la situación económica no era muy buena y la mía era nula y en nada podía ayudar. Aunque parezca extraño, tengo que decir que casi estoy segura de algo desconocido, de un sino o de un destino que sin saber por qué se manifiesta en un momento dado. Yo me pasaba la mayor parte del día en la calle sentada en un banco. Había estado en mis búsquedas de relaciones que pudieran prestarme alguna ayuda, en la casa donde había vivido Nin, cuya portera le quería y además conocía a todos aquellos con los que se trataba. Y en mi desamparo, acudí a esa portería a ver si había visto a algún compañero. 

La última vez que pasé, la calle, el portal y los pisos de la casa estaban llenas de oficiales franquistas y de policías, que registraban el piso de Nin y el de Gironella que vivía en la misma casa. Viendo uno de los pisos se podía comprobar la sencillez y  la honradez de vida de un revolucionario, el otro podía servirles de demostración de la mentalidad de los rojos, ladrones incautándose de muebles, lámparas y todo aquello que de valor puede haber en la casa de un gran capitoste nacional; era la demostración de lo que ellos pensaban que eran los rojos. 

Nada más verme, la portera me dijo que me fuera y que no volviera más por allí porque corría peligro también su marido que era de la CNT-FAI. Para mí significaba la pérdida de posibles contactos. Pero mi buen hado, o destino, me ayudó una vez más. De regreso a casa de Carmen, al anochecer, oí que me llamaban y una mujer se lanzó a mis brazos. Era la portera de Nin, en medio de explosiones de alegría, me contó que una compañera había estado en su casa, que sabía que yo estaba en Barcelona y para encontrarnos en el caso de que ella me viera, iría todos los domingos por la tarde, a las 4, a la portería, Creo que el domingo era el día siguiente y allí encontré a Luisa Carbonell, que ofreció ocultarme asegurándome que en su casa no corría ningún riesgo, como así fue. Hay pues que creer en el destino porque un minuto más o un minuto menos hubieran bastado para que yo no encontrase en la calle aquel hilo salvador.


Empezó una nueva etapa, una de las más crueles de mi existencia. En aquella casa podía disfrutar de todo: cariño, solidaridad, comprensión, alimento...de todo menos de la tranquilidad de mi mente que no me dejaba descansar pensando en la realidad de lo ocurrido. Todo perdido, absolutamente todo: perdida la guerra, perdida la lucha política, perdido el hogar y todo cuanto había sido mi vida. Desaparecido en la nada el compañero de mi existencia. Era yo como un epave carcomido flotando en un mar tempestuoso. Las noticias de lo que sucedía con la ocupación franquista, detenciones y persecuciones de todo género, alimentaban mi estado mental; Luisa y los suyos, aquellos chicos encantadores que con unas tijeras, trozos de papel y lápices de colores, inventaban los juegos más fantásticos, no podían comprender aquel estado mío de apatía cuando me habían visto siempre desbordante de actividad. Pero, como siempre en mi vida, aquella situación desapareció. Bastó para que a finales de abril, según creo, se restableciesen las comunicaciones postales y aquel mismo día, Juan me dirigió una  carta a nuestro antiguo domicilio de Barcelona y yo le escribiese una postal preguntando por él a la única dirección que tenía de París, que más bien parecía la de un organismo sindical o de partido pero que utilicé a todo azar por que no tenía otra. La buena de Montserrat me trajo la carta a mi escondite y el hecho inesperado en un local obrero de una postal llegada de España, que causó sensación, hizo que mis noticias llegaran a manos de Juan. 

A partir de entonces, la correspondencia entre nosotros, aunque no muy seguida, fue lo bastante para exponer más o menos nuestros planes, y desde ese momento también, yo comencé a buscar las posibilidades y los medios de pasar a Francia. Indagando y buscando relaciones con gentes que, de una manera u otra, habían pasado la frontera. La mayor parte eran mujeres que no habían podido adaptarse a la vida precaria y difícil del exilio pero cuyas informaciones me servían para el proyecto de partida.
Luisa tenia muchas relaciones y entre ellas llegó un día la mujer de un compañero, escritor, íntimo amigo de Nin y editor de obras suyas, que estaba en un campo de concentración francés. Ella, maestra de escuela se había quedado en Barcelona con los seis hijos del matrimonio. Destituida de su cargo inmediatamente, sin medios para vivir, tenía que pasar a Francia con los niños para reunirse la familia. Decidimos indagar y organizar nuestra partida para pasar juntas la frontera. El medio más fácil era el llegar a Puigcerdá y desde allí pasar con algún guía a La Tour de Caro bien al enclave de Llivia, pueblo mitad España mitad Francia atravesando una calle. Todo lo estudiamos detenidamente y lo primero que había que hacer era resolver el modo de llegar a Puigcerdá que era zona de guerra y para lo cual se necesitaba un permiso especial de la comandancia militar instalada en Ripoll. 

Yo conseguí, no sé cómo, declarando que tenía que ir a buscar a un hijo en una masía de La Seu de Urgell, para lo cual tenía que ir en tren por Puigcerdá, el pase. Ella hizo que un médico visitase a los niños y le diera un papel diciendo que necesitaban alimentos y aire sano, recomendando su traslado a Llivia, donde ella declaró tener familiares. Pero había que pensar también en el dinero: yo no tenía una gorda y Luisa no podía desprenderse de una suma importante. Supe que un antiguo discípulo de mi hermano, catedrático en la Universidad de Barcelona y amigo mío porque fuimos en el mismo barco a los Estados Unidos, estaba en Barcelona. Le escribí una carta que Luisa se encargó de entregarle, e inmediatamente le dio 300 pesetas, cantidad que ahora puede parecer ridícula pero que entonces era el sueldo de un catedrático de instituto. Mi amiga vendió todo lo vendible para reunir el dinero del viaje y posiblemente de sus primeros días en Francia.

Partimos alegremente de Barcelona; debió ser el 9 de julio, despedidos por todos los amigos y sobre todo por Luisa y todos los suyos, que tanto habían hecho por mí. Yo no llevaba equipaje, sólo un pequeño bolso de mano con unas mudas y ropa indispensable; ella una maleta con las cosas de los chicos. Llegamos a Ripoll y las cosas se complicaron: la comandancia militar no dejaba pasar a nadie sin un sello especial. Decidimos obrar independientemente: ella con sus certificados médicos y sus seis críos logró fácilmente el sello que le permitía seguir el viaje hasta Puigcerdá; a  mí me lo negaron, me proponían volver a Barcelona y coger otro camino que me llevaría igualmente a La Seu de Urgell donde yo pretendía ir a buscar a un hijo. La desesperación interior es madre de las mayores audacias. 
    [...]
El 11 de julio de 1939 pude abrazar a Andrade después de meses de habernos visto sólo entre rejas y otros muchos en que ni siquiera tuvimos esa suerte, puesto que estaba cada uno en una cárcel, pasando por un período, no muy largo, es cierto, en que ni siquiera sabíamos si estábamos muertos o vivos. 

El 14 de julio, día memorable en Francia, llegamos a Paris multitud de exiliados, sin papeles, pero con nuevas ilusiones. Teníamos la suerte de disfrutar de un pequeño pisito que nos había ofrecido un joven militante de la organización de Marceau Pivert, refugio que ofrecía muchas garantías de seguridad. En una vieja calle del casco antiguo que se encontraba en proyecto de reconstrucción, estaba la casa, que pertenecía al ayuntamiento de Paris y que, como otras, iba a ser demolida. Pero mientras llegaba ese momento, el ayuntamiento, que había despedido a todos los inquilinos, dejaba que continuasen algunos que no habían encontrado acomodo a su gusto. La portera era en realidad la dueña de aquel inmueble vacío; tía o pariente del joven que le había ofrecido el albergue a Juan, puso a nuestra disposición el piso desocupado en el mismo rellano del primer piso, donde ella habitaba. Aquella madame fue uno de nuestros ángeles custodios; en realidad era la casa de la solidaridad: tía, sobrino y hasta el gato acudían en ayuda de todo aquel que lo necesitaba.
El Mike, era un gatazo enorme como tienen fama de ser los gatos de todas las porteras de Paris, llegaba casi todos los días seguido de un gato hambriento que había encontrado por las calles; el comensal era muy bien recibido, recibía su pitanza pero cuando ya empezaba a relamerse y buscar un sitio blando donde dormir, el Mike le hacía ver muy claro que tenía que marcharse pues sólo había sido una invitación. Sólo una vez cambió el Mike su conducta de solidaridad: un día llegó con un gatito chiquitín, hambriento, que no tendría más de dos meses. Recibido como todos sus invitados el festín, pero esta vez el Mike le dejó que durmiese en un blando almohadón y el gatito se quedó para siempre en la casa. 

En esta casa de solidaridad nos sentíamos felices y dispuestos a emprender nuevas actividades; pero el 1 de septiembre oímos por la radio, a las 7 de la mañana, que se había declarado la movilización general por el conflicto de Dantzing y era el comienzo de una nueva guerra y para nosotros no cabía duda que el comienzo de nuevas situaciones más o menos trágicas. Imposible quedarse en Paris sin papeles, a pesar de la protección de nuestros huéspedes. Supimos que en Chartres el prefecto Jean Moulins daba papeles a todos los españoles que iban a la ciudad, y allí nos fuimos inmediatamente y conseguimos un "laissez passer", papel que había que renovar todos los meses pero que nos daba una situación legal. Si el prefecto Jean Moulins, "jefe" más tarde de la resistencia gaullista asesinado por los alemanes, protegía a los rojos españoles, la ciudad era lo más antirojo y reaccionario que pueda imaginarse: enormes dificultades para encontrar una habitación donde dormir, complicado todo ello con una serie de contrariedades debidas al ambiente de la ciudad. Todo el que no era de Chartres era un extranjero aunque hubiera nacido en París. 

Habiendo logrado una pequeña habitación donde podíamos estar tranquilos, inmediatamente se me ocurrió un medio para ganar algún dinero: Juan tenía pocas posibilidades o ninguna de hacer algo, intentó escribir algún artículo para Inglaterra pero creo que nunca llegó a cobrar nada; a mí se me ocurrió pedir a todos nuestros amigos franceses que me enviasen todos los retales de cualquier género que tuviesen por los cajones, y con ellos (recibí cantidades) me puse a fabricar muñecas de trapo de tipos españoles de unos 25 centímetros de altura, y pronto reuní toda una colección: parejas gallegas, vascas, catalanas, baturras, valencianas, madrileñas, andaluzas, toreros, bailarinas de traje de cola... en suma, una colección fantástica que envíe a New York a mi amiga Amelia del Río, profesora de universidad, que las vendió inmediatamente recibiendo su importe en dólares, lo que era una salvación. El problema económico iba a resolverse pero el avance de las tropas alemanas nos obligó a abandonar Chartres en un éxodo hasta Burdeos, en tierra de nadie y se terminó el negocio de las muñecas y una etapa diferente del "yo y mis circunstancias". 
La ocupación alemana y el gobierno de Petain, que determinó la división de Francia en zona ocupada y zona no ocupada, determinaron también nuestra instalación en Toulouse, después de una pequeña estancia en Burdeos, donde habíamos acudido en masa miles de españoles Con la idea, sin pies ni cabeza, de encontrar un barco para irnos a América sin dinero y sin papeles. 

 En Toulouse, donde se habían refugiado también centenares de españoles huyendo de los alemanes, se inició un período de la caza al hombre: todos los días habían redadas para detener a los indocumentados que, sin embargo, sabían defenderse y que avisaban que iba haber redada por tal calle o tal sitio para que no fueses. En Toulouse supimos el asesinato de Trotsky y la gran emoción de todos aquellos españoles que se comunicaban unos a otros:  Han matado a Trotsky. 
Nosotros pudimos alojarnos aunque durmiendo en tierra, en casa de unos compañeros, y yo logré nuevamente poder sacar algunos francos cosiendo para gente que había tenido la suerte de procurarse papeles para irse a América.  Hice vestidos, blusas y no sé cuantas cosas más y también tuve ocasión de dar algunas lecciones, pero todo se terminó en un mal día en el que fuimos a la policía porque habíamos iniciado los trámites para que nos dieran algún papel de identidad y un policía que odiaba a los españoles nos cogió allí mismo y nos llevó a un presunto refugio de extranjeros que en realidad era un campo de detenidos más o menos disimulado. Se vivía en barracones, en dormitorios comunes sin distinción de sexos, con lavabos igualmente comunes y sin puertas, y con retretes a unos 200 metros; la comida era un rancho que se hervía dos veces al día y podías pedir autorización por unas horas para ir a Toulouse. Como nuestras casas estaban en una esquina, logré con unas mantas y cuerdas hacer un simulacro de habitación independiente, incluso llevé cacharros para lavarme y hasta un infernillo. No era un “hogar” pero tampoco era la promiscuidad. 

 Autora: María Teresa García Banús