segunda-feira, 8 de outubro de 2012

Mika e Hipólito Etchebèhére



La 'capitana' de la Guerra Civil

Mika e Hipólito Etchebèhére  

Lo que voy a contar ahora sobre Mika e Hipólito me lo relató hace casi 40 años el viejo Pedro Milesi. Pedro era un obrero revolucionario argentino, protagonista de luchas históricas, como el Grito de Alcorta de 1912, la Semana Trágica de 1919 y el Cordobazo  de 1969. 

Maestro de generaciones de activistas obreros y revolucionarios, Pedro Milesi, ex anarquista y socialista revolucionario consecuente, falleció con más de 90 años en la clandestinidad durante la última dictadura militar. 
Y fue él, amigo del Chacho Rubio, de Juancito, el Indio y Manuel, que un día me contó, entre mate y mate, en una reunión de apoyo al Sitrac-Sitram, lo que les relato a continuación.

No pude leer todavía la obra completa de Elsa Osorio sobre Mika, la Capitana, que cuenta la vida de esta mujer  guerrera que atravesó el siglo pasado y murió en París, en julio de 1992.

Todavía no hay una traducción del libro de Elsa Osorio al portugués, y no ha venido ningún amigo desde Argentina para traerme un ejemplar, así que he ido leyendo el libro de a pedazos, por las informaciones de prensa.
J.Villanueva.

Mika era argentina, y había nacido en la colonia judía de Santa Fe, en 1902. Conoce a su compañero Hipólito Etchebéhère en 1920, y optan por una vida revolucionaria.
Eran dontólogos de profesión, pero cambian la tranquilidad pequeño burguesa por el compromiso político revolucionario. Primero adhieren al Partido Comunista Argentino y pronto se desencantan del llamado "socialismo real". 
Por el camino de la crítica al estalinismo, entran a la oposición de izquierda trostkysta y llegan a España en plena euforia republicana, en junio de 1931. Van a París y Berlín en 1932 y conocen a Katia y Kurt Landau, quien sería asesinado por los estalinistas en Barcelona, en 1937. 
Las limitaciones y la impotencia de la izquierda ante la escalada nazi, los hace volver a París, en donde fundan la revista Que faire? en 1934, junto con otros compañeros de la Oposición de Izquierda.
Pero los problemas de salud pulmonar de Hipólito los deciden otra vez a cambiar de aires y mudarse a Madrid, donde querían conectarse con el Frente Popular que había ganado las urnas en febrero de 1936. Querían conocer la situación revolucionaria en Asturias, cuna de la revolución de 1934.

Pero a los pocos días de julio, en la madrugada del 17, el ejército fascista se rebela en Africa y, al día siguiente es Mola el que se levanta en Navarra, a los que se uniría Sanjurjo desde Lisboa, donde estaba exiliado.
Pero muere al trasladarse en avión desde Lisboa, por exceso del equipaje del general golpista, que trasportaba toda su mudanza, lo que hizo que el avión cayera en el despegue.

El golpe no logra triunfar en toda la península, y la República mantiene, después de entregarle las armas a los sindicatos y partidos populares –que eran los únicos capaces de defender la legalidad republicana- las principales capitales: Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Málaga e incluso Oviedo, donde se mantienen focos de resistencia fascista.
A la confusión que siguió a las primeras horas posteriores al golpe, y ante la demora e indecisión de los altos jefes republicanos -Casares Quiroga, Martínez Barrio y Azaña- en reaccionar frente a la sedición, Mika e Hipólito van a enrolarse en la opción más próxima a su ideología.
Es el POUM, “la organización más cercana a nuestro grupo de oposición” según Hipólito, el partido con el que marchan hacia el frente; forman parte desde entonces, el 21 de julio de 1936, de una tropa de 120 combatientes, en la conocida Columna Motorizada del POUM.

Cuenta Mika que su compañero Hipólito muere enseguida, durante el combate de Atienza, al frente de sus hombres, el 16 de agosto. Entonces Mika asume el comando de la columna que había estado al mando de su marido, apoyada por todos los milicianos y milicianas; más tarde con la militarización forzada de las milicias, llega al grado de capitana, siendo así la única mujer que tuvo mando de tropa en la guerra civil.

Mika no solamente actúa como miliciana revolucionaria, sino que también es líder en la lucha cotidiana por la igualdad femenina dentro de las tropas. Su columna es un ejemplo de participación compartida entre todos los compañeros de las tareas que en otras tropas eran encargadas solo a las mujeres, como las tareas de limpieza, sanidad o cocina. Ella cuenta sobre algunas mujeres que querían participar en su columna, porque en ella se sentían realizadas como milicianas, con el fusil en manos para luchar por su dignidad y sus derechos.
Luchó en la resistencia de Guadalajara, en las batallas en Sigüenza, Imón, Atienza, Huérmeces del Cerro, en la zona de Pelerina y en la defensa de la estación de ferrocarril de Sigüenza; finalmente, ante el ataque fascista en masa, Mika luchó en la famosa resistencia dentro de la Catedral.
Ella decía que en la guerra, “transcurren las horas, pero nadie se cuida de ellas”. El tiempo en la guerra revolucionaria, resistiendo militarmente a los oficiales sediosos, era un tiempo diferente. Mika casi no dormía y pasaba los días comiendo muy poco; lo que sufría era la falta de armas y cañones; tenía un solo mortero y sus milicianos eran niñas y niños, de 14, 15 o lo máximo 19 años, y la voluntad en la lucha era mucho más grande que los medios con que contaban. El esfuerzo de Mika frente a los hombres que tanto la respetaban y la obedecían era extraordinario. Cipriano Mera dice -en sus Memorias publicadas en 1976- que “era una mujer valiente y capaz, dando pruebas de gran serenidad y decisión: encontrándose cercada, con otros camaradas suyos en Sigüenza, logró abrirse camino y escapar al enemigo”.

Junto con Mika, muchos combatieron en Sigüenza, y en defensa de Madrid y de la República. Y aunque muchos cayeron en las muchas batallas, otros lograron sobrevivir a la dictadura de Franco, pero “no se cuidaban del transcurso de las horas”, sino que cuidaban de la dignidad revolucionaria en la lucha contra el fascismo de Franco. 
Se acuerda Mika de “Manola la Fea”, que se juntó a su columna porque en la de la Pasionaria no la dejaban usar el fusil; y de “la Chata” -que se quedó con una pierna muy malherida dentro de la Catedral, y fue un peso en la conciencia de Mika.

Junto con Mika, otros seis camaradas huyeron del cerco en Singüenza y se escaparon de la persecución franquista, logrando llegar a Madrid: Pedro, un ferroviario socialista y su mujer Luisa, Paco y Juanito, hermanos afiliados a las Juventudes Socialistas Unificadas, Mateo, un anarquista de la FAI, y Sebastián, miliciano del POUM.
Mika dice en sus Memorias: “Mi marido y yo vinimos a buscar en España la voluntad de la clase obrera de luchar contra las fuerzas de la reacción que se volcaban en el fascismo”.


Mika y la Batalla de Singüenza

El 25 de julio de 1936 un batallón de 1500 milicianos de diferentes partidos y varias organizaciones políticas, entre los que se encontraban la capitana Mika Etechebéhère y Feliciano Benito, tomó la ciudad de Sigüenza.

Sigüenza –según la etimología "la que domina el valle"- se encuentra en el alto valle del río Henares conocido como el Valle de Sigüenza.
Este emplazamiento ya era un lugar estratégico sobre la calzada romana del Henares y iria a cumplir adecuadamente su función militar y defensiva desde el medievo, lo que le daba supremacía sobre los demás lugares del valle.

Dos días más tarde, antes que llegara el mando republicano, un grupo anarquista le dio muerte al obispo y al deán. Y algunas horas después de haber entrado en Sigüenza la columna de la CNT-FAI al mando de Feliciano Benito, llega también una columna del batallón de la Pasionaria.
El 28 de julio llegan otras dos columnas más, ahorade milicianos ferroviarios de la UGT y de las JSU.
Todas estas fuerzas pertenecen a las tropas del Coronel Jiménez Orge, que el 27 de julio había reemplazado a Puigdendolas al mando de la columna que el 20 de julio salió de Madrid para aplastar la revuelta en Alcalá de Henares del 21 de julio, y enseguida la de Guadalajara el 22 de julio.

El hecho de que el frente se mantuviera inestable y bastante inactivo les hacía pensar a los milicianos que el golpe de los sediciosos había sido frustrado, y la ciudad seguía garantizada para los republicanos.
El 7 de agosto se produce el primer intento fracasado de las tropas nacionales franquistas  de tomar Sigüenza desde Alcolea del Pinar.
Mientras que el día 16 el Coronel Jiménez Orge encabeza una columna, compuesta por milicianos del POUM, estacionados en Guadalajara y mandados por el Capitán Martínez Vicente; es una compañía de Guardias de Asalto y milicianos de Sigüenza, con la intención de tomar Atienza, que fracasa.

Hacia septiembre la guerra civil empezó a definir sus rumbos con los apoyos -todavía mal escondidos- de los nazis alemanes y del fascismo italiano a los sublevados. La lucha en el frente se reactivó con nuevos refuerzos, además del decisivo apoyo de la aeronáutica nazi alemana.

Mika Etchebéhère, en su “Mi guerra de España”, hace un relato fundamental sobre la batalla de Sigüenza y el asedio a su Catedral. El 2 de septiembre fuerzas de la Columna García Escámez copan la localidad de Huérmeces del Cerro, al oeste de Sigüenza. El día 7 empiezan a caer los primeros tiros de artillería sobre Sigüenza, disparados desde Mojares por las tropas nacionales franquistas, que ya ocupan Alcuneza.
El día 21 se hace un nuevo intento por detener el avance de las fuerzas facciosas en la Riba de Santiuste, que termina en fracaso, muriendo durante los combates el marido de Mika, Hipólito, en las proximidades de Imón.
El día 28 se intentará de nuevo recuperar la localidad de Imón, que cayó en poder de los nacionales.
La batalla se estirará hasta el día siguiente, pero termina de nuevo en fracaso.

Los días 29 y 30 se producen duros bombardeos de la aviación alemana sobre la ciudad.

Martínez de Aragón pensó en conseguir refuerzos desde Madrid y se propuso resistir encerrándose en la catedral, a la que se La consideraba inexpugnable.
Los milicianos que no abandonaron la ciudad se encerraron junto a las familias de los campesinos refugiados y con todos los que tenían algún miedo de represalias por parte de los fascistas, unas 800 personas, entre mujeres y muchos niños.

El 29 de septiembre la aviación nazi lanzó un primer bombardeo indiscriminado, que destruyó el hospital y el orfanato del obispado, matando a todos los niños y a las monjas que los cuidaban.

En octubre, mientras tanto, la defensa de Madrid decidió realizar un repliegue estratégico, armando un cordón defensivo a menos de 100 km de la capital, lo que finalmente deja a la ciudad de Madrid sin posibilidades de defensa.

El 8 de octubre un nuevo bombardeo, ahora más sistemático y mejor planeado -un anticipo del que sería el más famoso, en Guernica- aniquiló casi a la mitad de la población, matando unas 300 personas.
Dos días más tarde, el mando fascista se decidió por cañonear la catedral, destruyendo parte de sus torres, la nave y la cúpula central, sin que hubiera víctimas fatales, gracias al trabajo para proteger a la población por parte de Mika Etechebéhère.

Los que se encuentran refugiados dentro de la Catedral construyen parapetos y organizan las municiones y los mantenimientos. La mayor inquietud entre los milicianos era El parque de las municiones, que se habían reducido a tan solo unos veinte cartuchos por fusil.
El día 2 de octubre llega el último tren blindado a la ciudad, cargado de munición, pero sin el esperado refuerzo de tropas.
El día 5 Martínez de Aragón abandona la ciudad. El asalto de los fascistas se produce el día 8, tras un duro bombardeo por parte de la aviación nazi, ocupándola por entero, salvo la Catedral.
En la Catedral se han encerrado un total de 550 milicianos y unos 250 civiles.
El día 10 un grupo de unos 15 hombres, encabezado por Feliciano Benito, consiguen fugarse de la Catedral por el cementerio de los Canónigos.
Ante el fracaso de los asaltos a la Catedral, las fuerzas nacionales franquistas deciden cañonearla hasta lograr su rendición.
El día 12 se intentan de nuevo dos salidas por parte de los sitiados, siendo rechazados los milicianos.
El 13 un nuevo intento: Mika y un pequeño grupo de milicianos del POUM consiguen evadirse, trepando por los altos muros del cementerio de los Canónigos.
El 14 un grupo grande se escapan por las alcantarillas, consiguiendo alcanzar un bosque de pinos entre Sigüenza y Barbatona, pero son perseguidos y capturados. El día 15 un grupo de dinamiteros logra escapar, abriéndose paso con sus cartuchos.
Ese día, los sitiados, sin agua, alimentos ni municiones, totalmente desmoralizados y con la Catedral en ruinas -parte de la nave central y el crucero destruidos, así como varios sectores próximos al claustro, las letrinas y el cementerio de los canónigos, además de la torre derecha, con peligro de que parte de las almenas se vinieran abajo- deciden negociar con las fuerzas sitiadoras, pero los fascistas sólo aceptan una rendición sin condiciones.

Cerca de las 5 y media de la mañana empiezan a salir y rendirse los primeros milicianos y civiles. Uno de los casos más dramáticos es el de una miliciana, apodada la “Chata”, que con una herida engangrenada, pide que la rematen sus propios compañeros para no caer en poder de los franquistas.
El día 16, después de una semana de asedio y cientos de cañonazos, las fuerzas sediciosas que responden a Franco entran a la catedral.

Después de una defensa gloriosa y de varias fugas espectaculares, entre ellas la de la propia Mika, y de Feliciano Benito, los fascistas penetraron en la catedral, ya en ruinas, donde no había más que unos pocos milicianos y algunos civiles hambrientos, sedientos y asustados.
Más tarde, la catedral fue restaurada y consagrada nuevamente al culto católico por la iglesia, con la presencia del propio Franco; pero la localidad fue prácticamente abandonada.
La ciudad muestra aun hoy las señales de la dura batalla, que se borró de la memoria de los españoles porque los periodistas no estuvieron presentes durante los combates, ni Picasso le pintó un cuadro, denunciando los bombardeos alemanes.
Su población, mucho más conservadora que progresista, e influenciada por la iglesia, escondió los hechos y todo lo que tuviera que ver con la guerra civil en la ciudad hasta nuestros días de hoy.

Javier Villanueva, según relatos de Pedro Milesi, Córdoba, Julio de 1972.







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