segunda-feira, 5 de novembro de 2012

Franco y los franquistas en su infierno.




El dia 26 de abril de 1937, a las cuatro y media de la tarde, la ciudad española de Guernica, en el país Vasco, fue bombardeada durante más de tres horas, muriendo unas 300 personas, según los historiadores, ya que nunca hubo cifras oficiales. 
La cabeza de un caballo junto a varios cuerpos desmembrados, una madre con su hijo muerto y una lampara, son algunas de las figuras que Pablo Picasso usó en su cuadro más famoso para describir el bombardeo de Guernica, ocurrido durante la Guerra Civil Española.
Pintado en las varias gamas del gris, y en blanco y negro, el cuadro Guernica se convirtió en el símbolo de una ciudad devastada por las bombas de la Legión de Honor alemana Condor y la Aviación Legionaria italiana que combatían a favor del general Francisco Franco.
Los bombardeos, que fueron los primeros de la historia sobre una población civil, tenían como objetivo cortar la retirada y el aprovisionamiento de las tropas de la República en el frente de Vizcaya. Era un test para las fuerzas de Hitler que luego desatarían toda su furia sobre la Europa invadida y sobre Londres durante la Segunda Guerra Mundial.
Aún con este motivo y muchos otros, sabemos que no todos detestaban a Franco, el general golpista que gobernó España durante cuatro décadas. Y todavía hoy, por lo menos entre los que gobiernan el país, hay quienes lo admiran.
Pero quienes lo detestan y abominan lo que su figura representa, lo hacen con una intensidad fuera de lo común, y esto lo convierte al tirano en uno de los personajes más odiados de toda la historia del siglo XX.
Cuando Franco murió, el 20 de noviembre de 1975, los comunistas de España desparramaron por las calles de Madrid, Barcelona, Cádiz, Sevilla, Vigo, Córdoba, Bilbao y otras ciudades, miles de panfletos con el famoso poema de Pablo Neruda: “El general Franco en los infiernos”.
Las maldiciones de Neruda a Franco fueron tan resonantes que causaron sorpresa y perplejidad; y muchos se llevaron la hoja a sus casas, para mostrársela a sus parientes y amigos.
El panfleto contaba que la Segunda República Española había sido derrotada con el golpe de los generales rebeldes comandados por Franco, que desató la cruenta Guerra Civil de 1936 al 39 y preparó las condiciones para las atrocidades de Hitler y Musolini en la 2ª Gran Guerra Mundial.
El primer gobierno socialista y republicano fue elegido popularmente y era una experiencia que ofrecía la esperanza de un nuevo orden. La República abría las posibilidades de una sociedad comunal en la cual las antiguas clases sociales y castas, sus políticas de represión y desigualdades deberían desaparecer.
Ya desde antes de la guerra Hispano-americana con los EEUU, España había dejado de ser una fuerza mundial respetada en el ámbito político y económico; tal vez por esto mismo, las promesas que ofrecía la Segunda República ganaban el interés y un apoyo ideológico combativo de todos los espíritus que compartían una visión progresista.
En América Latina toda, los políticos progresista y la intelectualidad buscaban otra España, radicalmente diferente de aquella conquistadora, y opuesta a su colonialismo cultural, para extender su apoyo al pueblo, y muchos escritores contribuyeron a los esfuerzos republicanos.
Así lo hicieron las voces literarias de César Vallejo y Pablo Neruda. Los dos vivieron de cerca la destrucción física y psicológica que la rebelión franquista provoco en el pueblo español, y ambos sintieron la responsabilidad de relatar lo que vieron y sintieron. 
Las obras que resultaron: “España, aparta de mi este cáliz”, de Vallejo, en 1937, y “España en el corazón”, de Pablo Neruda en 1938, presentan una multiplicidad de hechos, imágenes, visiones y mensajes de simpatía por la República, y de esperanza, ya que se escribieron y publicaron ambos libros antes del final de la guerra. Representaban el anhelo de hacer conocer la lucha de los trabajadores y el pueblo español contra el fascismo. 
La presencia del nombre de Franco en una obra de Neruda y su total ausencia en la de Vallejo nos muestra como se diferencia el tratamiento dado por los dos intelectuales a los protagonistas de la Guerra Civil.
Para Vallejo, a diferencia del chileno Neruda, los golpistas son tan detestables que ni siquiera merecen ser nombrados, y solo aparecen como “ellos” u otra denominación ambigua.
Pablo Neruda, por su parte, les pone adjetivos fuertes, tachándolos de “bandidos”, “chacales”, “víboras”, “crueles”, “sedientos de sangre”, y los insulta repetidamente de “traidores”.  Y en la comparsa traicionera incluye a los banqueros, a los altos oficiales del ejército junto con los jerarcas de la iglesia católica, y a los miembros de la clase alta que contribuyó, apoyado y facilitado el derrumbe del legítimo gobierno popular.

EL GENERAL FRANCO EN LOS INFIERNOS
Desventurado, ni el fuego ni el vinagre caliente
en un nido de brujas volcánicas, ni el hielo devorante,
ni la tortuga pútrida que ladrando y llorando con voz de mujer muerta te escarbe la barriga.
buscando una sortija nupcial y un juguete de niño degollado,
serán para ti una puerta oscura,
arrasada.

En efecto.
De infierno a infierno, ¿qué hay?
En el aullido de tus legiones, en la santa leche
de las madres de España, en la leche y los senos pisoteados
por los caminos, hay una aldea más, un silencio más
una puerta rota.
 Aquí estás. Triste párpado, estiércol
de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra
de traición que la sangre no borra. Quién, quién eres,
oh miserable hoja de sal, oh perro de la tierra,
oh mal nacida palidez de sombra.

Retrocede la llama sin ceniza,
la sed salina del infierno, los círculos
del dolor palidecen.

Maldito, que solo lo humano
te persiga, que dentro del absoluto fuego de las cosas,
no te consumas, que no te pierdas
en la escala del tiempo, y que no te taladre el vidrio ardiendo ni la feroz espuma.

Solo, solo, para las lágrimas
todas reunidas, para una eternidad de manos muertas
y ojos podridos, solo una cueva
de tu infierno, comiendo silenciosa pus y sangre
por una eternidad maldita y sola.
No mereces dormir
aunque sea clavados de alfileres los ojos: debes estar
despierto, general, despierto eternamente
entre la podredumbre de las recién paridas,
ametralladas en Otoño. Todas, todos los tristes niños
descuartizados,
tiesos, están colgados, esperando en tu infierno
ese día de fiesta fría: tu llegada.
Niños negros por la explosión,
trozos rojos de seso, corredores
de dulces intestinos, te esperan todos, todos, en la
misma actitud
de atravesar la calle, de patear la pelota,
de tragar una fruta, de sonreír o nacer.
Sonreír. Hay sonrisas
ya demolidas por la sangre
que esperan con dispersos dientes exterminados
y máscaras de confusa materia, rostros huecos
de pólvora perpetua, y los fantasmas
sin nombre, los oscuros
escondidos, los que nunca salieron
de su cama de escombros. Todos te esperan
para pasar la noche.
Llenan los corredores como algas corrompidas.
Son nuestros, fueron nuestra
carne, nuestra salud, nuestra
paz de herrerías, nuestro océano
de aire y pulmones. A través de ellos
las secas tierras florecían. Ahora, más allá de la tierra,
hechos substancia
destruida, materia asesinada, harina muerta,
te esperan en tu infierno.
Como el agudo espanto o el dolor se consumen,
ni espanto ni dolor te aguardan. Solo y maldito seas,
solo y despierto seas entre todos los muertos,
y que la sangre caiga en ti como la lluvia,
y que un agonizante río de ojos cortados
te resbale y recorra mirándote sin término.

Pablo Neruda, “España en el corazón”, 1936-1937.

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