segunda-feira, 17 de dezembro de 2012

La venganza de los Mayas. Completo.

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Lea la 1ª parte:
http://javiervillanuevaliteratura.blogspot.com.br/2012/12/la-venganza-de-los-mayas.html?spref=fb


2ª parte

Mientras transcurrían las últimas 48 horas antes del fin del mundo -que la mayoría pensaba haber interpretado de los mayas que ocurriría en la fecha del 21 de diciembre de 2012- los grupos de acción directa comandados por Juancito, Milesi y el Indio tomaban 14 batallones de la policía militar y seis bancos de los que recogían más de dos millones de reales.

-La predicción maya del fin del mundo ha sido un error histórico de interpretación- escucho que dice en la GloboNews el arqueólogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, Orlando Casares, que explicó que la medición temporal de esta antigua cultura era basada em la observación de los astros. –Ellos se fijaban en los movimientos cíclicos del sol, la luna o venus, y de la misma forma medían sus eras, que tenían un principio y un final.
-Para los mayas no existía la concepción del fin del mundo, por su visión cíclica- me cuenta Juan mientras termina de empaquetar las molos con las que tendríamos que detener a los militares en las calles y avenidas cercanas, en caso de querer acercarse a los centros recuperados- y aclara: 
-La era toda cuenta con 5.125 días, y cuando esta se termina, comienza otra nueva, lo que no significa que durante ese momento vayan a ocurrir grandes catástrofes; simplemente los hechos cotidianos, que pueden ser buenos o malos, pueden volver a repetirse-.

-El año de los mayas se dividía entre un calendario de 365 días, llamado Haab, que medía las tareas cotidianas -la agricultura, las ceremonias caseras o domésticas-. Pero por otra parte también había otro menor, de 260 días, que regía la vida ritual, llamado el Tzolkin. La mezcla de ambos calendarios permitía que los ciudadanos se organizasen. De este modo, por ejemplo, el agricultor podía salir a sembrar, pero sabía que tenía que preparar también las festividades de sus dioses, o sea: no podía separar lo religioso de lo cotidiano- cuenta Juan y me entrega dos bolsas llenas de molos.

Ambos calendarios formaban la Rueda Calendárica, con un ciclo de 52 años, que era el tiempo que los dos tardaban en coincidir en un mismo día. Para hacer el cálculo de períodos más largos usaban la Cuenta Larga, que era dividida en varias unidades de tiempo. La más importante era el "baktun", un período de 144.000 días; en la mayoría de las ciudades 13 "baktunes" formaban una era y, según sus cálculos, el 22 de diciembre de 2012 –o sea, mañana, agrega Juancito- terminará la presente.

Mientras tanto, los comandos populares dirigidos por Juancito, el Viejo Pedro y el Indio seguían acumulando éxitos en cada acción. Y ya estaban cercando el aeropuerto de Congonhas cuando se sintió un enorme temblor.
Las luces del hall se volvieron mortecinas; se prendieron y apagaron unas cuatro o cinco veces, mientras un viento feroz, extemporáneo, violento y helado sacudía desde el sur todos los árboles de la ciudad de São Paulo, en pleno 21 de diciembre, casi a las vísperas de la Navidad de 2012.

La tierra se abrió debajo de los pies de Juancito, y de golpe todo se puso oscuro. Abrió los ojos, todavía aferrado a la Uzi en la mano derecha y con una de las bolsas de molos en la otra, y sin tiempo de sentir miedo. Estaba delante de una especie de hall subterráneo, quizá a muchos metros debajo de la superficie. Un hombrecito muy viejo barría con una escoba de pichana una pila enorme, descomunal, de basura y escombros. Juan se asomó a una entrada en la que se escondía una cueva oscura, de la que salían ruidos y gritos, llantos y maldiciones.

El Maligno vive en los diversos lugares de la tentación, en medio del  juego y del placer desmedido, pensó Juan. Miró hacia adentro de la caverna y se animó a andar unos metros. Cuando los ojos se le acostumbraron a la semipenumbra pudo ver algunas figuras conocidas.
En medio de las llamas más altas y antiguas ardían los cuerpos envejecidos y enfermos de varios dictadores, todavía con sus uniformes y medallas relucientes: Franco, Pinochet y Videla se destacaban del conjunto, pero sin esforzarse mucho, Juancito pudo contar otros doce o quince milicos, todos ardiendo y aullando de dolor eterno.

El Supay –alto y orgulloso de su papel central- parecía estar dirigiendo la parte más lúdica de la reunión en la salamanca, y conversaba con sus súbditos más cercanos, los sapos, víboras, duendes y otros desdichados que le vendieron su alma a cambio de alguna gracia terrena. En el fondo del primer gran salón, poco antes de las fogatas en que ardían los tiranos, pasaban brujas, almas condenadas, y demonios de otros infiernos. Juan se agacha y se encoge para no ser visto, ahora sí, un tanto asustado; ve que al entrar a la cueva los condenados le besan las ancas a un carnero y luego se entregan a la farra. De lejos ya puede oírse el estruendo de la música y las locas carcajadas de los condenados, que van a estar varios días sin dormir y ni se les va a notar el cansancio.
Además, dice Juancito que le contaba don Andrés Chazarreta, los de la primera sala son los agraciados por el Supay con alguna virtud en el arte de los instrumentos, o con la capacidad del canto, o la oratoria, y esto se lo había confirmado muchos años atrás Israel Vilhas, que era un virtuoso de la palabra. Y debe ser verdad, porque mi abuelo Samuel decía que conoció un obrero ferroviario que lo había besado al carnero en una zanja de La Quebradita de Tafí del Valle, que después de eso, casi no envejecía.
-Es que los ardides del Supay para lograr sus objetivos son infinitos- nos cuenta Juan -desde aparecerse como un niñito ingenuo, o incluso en la figura de una mujer linda y  tentadora, así pone al alcance de los incautos y descreídos todas sus artimañas.

Pero no tuvo coraje Juancito para seguir espiando las farras del Mandinga, ni estómago suficiente para presenciar los tormentos de Videla, Franco y Pinochet, ardiendo en el fuego eterno. Le dio las espaldas y salió, no sin antes encontrarse con decenas de comandantes de la policía militar y centenas de narcotraficantes, capitalistas salvajes, ambiciosos y sin escrúpulos. Bajó por otra entrada que encontró a unos pocos metros de la primera, ya que no veía nada que lo llevase hacia arriba, a la superficie de la tierra. Y después de un largo andar en las penumbras, se vio adelante de otro círculo de lo que después vino a saber que era nada menos que el infierno de los muertos.

La entrada de este segundo círculo estaba tapado, como el primero, por una montaña descomunal de escombros, en la que dos viejitas se esmeraban por separar las partes reciclables de lo que podría llamarse basura; plásticos, cajas, latas, cartones y botellas se acumulaban del otro lado de la cueva, más iluminada y fresca que la anterior, lo que le permitió a Juancito avanzar casi veinte metros antes que un calor húmedo y sofocante lo parara de golpe. En una especie de trono, una silla alta de esas de las antiguas cátedras universitarias, un señor con más de noventa años, pelo blanco ondulado y gruesos bigotes, dictaba largas y ponderadas sentencias:

- Balzac, el de La Comedia Humana,  decía que el novelista es un historiador privado que hurga en la vida cotidiana de las naciones. Quiere decir que, mientras los historiadores narran la gran Historia, con H mayúscula, sus batallas, gobiernos, y  personajes notables, el novelista remueve la memoria privada, los hechos y costumbres de los innúmeros personajes menores que la pueblan y la construyen. Nuestro compañero Villanueva parece ser un historiador de cosas más bien pequeñas, y a veces el personaje narrador de la historia -o los varios que la cuentan, mirando a través de sus “ventanas”- es un tanto autobiográfico. Villanueva y su narrador se asoman en varias partes del relato, contando el pasado como una realidad vivida, o como una ficción literaria, hecha de la misma materia fantástica con la que se fabrica un sueño y su hermana malvada, la pesadilla. Su historia es un entrecruzar de diversos discursos y de miradas variadas, relatada por los abuelos y los tíos, por los compañeros, políticos y guerrilleros, y a veces por sus hijos, hermanos y primos. Ellos transparentan el interior, lo privado y cotidiano con lo exterior, lo público; cruzan lo real y lo imaginario, la conciencia y lo emotivo; el amor y la fatalidad del desamor con la decisión firme y tenaz del héroe que no sabe que lo es; o se cree, incluso, un antihéroe. A veces parece que nuestro compañero ve que con la memoria puede iluminar un determinado momento con más fuerza que a través de la reconstrucción histórica, pintando en detalles “la morada vital” –como diría Camilo Cela- de un pueblo en un instante dado, algo que le es exclusivo e especial, distinto de cualquier otro tiempo, sitio o comunidad-escucha Juan y la voz del viejo le parece conocida.
Se acerca más, y de a poco reconoce la voz; hay un timbre especial en la falsedad y la traición, la pusilanimidad del que tuvo miedo y engañó a sus compañeros para salvarse; Israel Vilhas hace su discurso y se relame los bigotes, feliz de contar con una audiencia de pequeños condenados al purgatorio de los intelectuales.

Juancito, harto de los devaneos literarios de Israel, no logra contenerse y sale de su escondrijo detrás de las paredes de piedra de la caverna y lo increpa al viejo:

-Veo que la estás pagando…pero no te voy a juzgar ahora, después de tantos años; no tendría sentido; además te zafarías diciendo que lo que hiciste eran “pecadillos de juventud”, ¿no?
—Tiene Ud. razón, no acepto que nadie me condene— le dice Vilhas, sonriéndose irónico, acordándose tal vez de la sutil satisfacción de saberse buscado, querido, respetado, y de ser el causante de la preocupación de tantos amigos y camaradas, a los que había dejado sin noticias, creyéndolo secuestrado, desaparecido y muerto. Pero su tono quejoso le dice a Juan que sintió remordimiento, un profundo sentimiento cristiano y judaico de culpa, de vergüenza por haber huido y largarnos a todos.
—Pero igual le agradezco su comprensión, Juan— casi murmuró, avergonzado, Vilhas, todavía sin reconocer en Juancito al revolucionario, valiente e íntegro, que nunca le podría perdonar la traición y la fuga.

Y de pronto apareció otra vez el Supay, y se acordó el Viejo que no se había presentado todavía: —Israel Vilhas, encantado— hizo un gesto elegante y mundano el Viejo Vilhas.
—Y yo soy el Demonio, mucho gusto— cuenta Juan que con un rugido le arrebató el Malo la presentación al Viejo. 
—Ya nos conocemos, lo vi a Ud. escondido, espiándome atrás del galpón de un kibutz, cuando me fui de Buenos Aires, en el  76, ¿se acuerda?— le dijo Israel al diablo.
—Pero, señor Mandinga, ¿podría decirme por qué estoy acá? ¿no le interesa mi alma? Si se trata de hacer un trueque, le cuento que lo único que quiero es el amor de la mujer que me enloquece hace años. Se llama Vivi— baja la mirada el Viejo, púdico, y el hedor a azufre se filtra por debajo de las piedras de la caverna.
—Sí, sí, Vilhas, ya lo sé, Vivi...Vivi, linda mina, ché, medio parecida a Sofía Loren, ¿no? Dientes blancos, fuertes... dientes y músculos, como diría Caetano. Me acuerdo, pero a esa chica se la entregué hace un buen tiempo a otro intelectual, que también se dedicó a la política en la misma época que Ud. El Pelado Rafa, ¿lo recuerda? sólo que él era un hombre de acción, decidido y viril, un verdadero revolucionario; el Rafa murió hace poco en el mar, en una lancha, ¿sabía?— el diablo lo entristece y lo sorprende a Israel con la noticia. 
—Pero, aunque su rival se murió, Vivi sigue enamorada de él, ¿sabe?, y por eso no lo quiere a Ud. Lo lamento mucho— terminó el Mandinga, dejándolo mudo, triste y en el declive definitivo rumbo a la muerte al viejo escritor, al político tránsfuga de su propia clase social, que se arrepintió, tal vez por humano temor, por un terror exagerado, por decepción o por simple cansancio, y huyó de nuevo; pero esta vez sus pasos iban hacia la jubilación, el destierro de la vejez, el piyama y las pantuflas, el exilio de la decrepitud y la muerte solitaria.

—Claro, sí, entiendo— repetía, cabizbajo y abatido, ya girando lentamente sobre sus talones para perderse en la oscuridad del segundo círculo del infierno, el viejo Vilhas- cuenta Juan y se entristece al recordar que el peligroso intelectual de los años sesenta y principio de los setenta se asustaría tanto que huiría un buen día sin ofrecer combate, cambiaría de país y de vida, decepcionando a muchos, dejando en el estupor absoluto a varios de sus camaradas más próximos, al Yuyo, al Caballo Augusto, a Agustín y Javier, y al mismo Rafa.

Pero pronto se olvida Juancito del Viejo Vilhas y su pusilanimidad, y avanza a tientas hacia el tercer círculo de los infiernos. Y otra vez se topa con la montaña de escombros y basuras. Una entrada más estrecha esta vez, menos iluminada, pero sin tanto calor. Avanza y empieza a sentir frío, por primera vez desde el temblor que anunció el tan esperado Fin del Mundo de los mayas, y que lo había arrojado en las profundidades de los círculos dantescos. Era el tercer círculo, el de los mentirosos y los falsarios más peligrosos. El de los traidores de grueso calibre. Y allí los vio a Palmiro Togliatti y a dos o tres de sus jefes partisanos, congelados para toda la eternidad por haber entregado los sueños de casi 300 mil guerrilleros que vencieron a los nazis que habían invadido su patria, Italia. Congelados hasta la cintura y picoteados por pájaros del pecho para arriba, los viejos comunistas italianos pagaban sus traiciones al pueblo que tanto había confiado en ellos.
Cien o doscientos metros más al fondo, pero todavía en el tercer círculo, vio Juancito la cabeza grande, los hombros fuertes de campesino de José Stalin. Solo la cabeza y los hombros, porque el resto del cuerpo había desaparecido, comido por las aves negras que no paraban de revolotear a su alrededor, desde 1953. Y también vio Juan a varios jefes del PCE, los estalinistas españoles que desarmaron a los combatientes del POUM y asesinaron a Andrés Nin.

Nuevo temblor y más oscuridad: Juancito se arrastra por los túneles del tercer círculo de los infiernos y sale, casi reptando, a un claro, a pocos metros de la montaña y debajo de enormes árboles.
Se fija mejor y nota que está en Córdoba, en el Paseo Sobremonte, a menos de tres cuadras de las oficinas de Vialidad. Ve una especie de escenario como de cartones o placas superpuestas; se le nubla la vista, pero distingue en el primer plano, un paisaje tropical: árboles frondosos y montes. Un poco hacia atrás, en un segundo plano, un claro en la selva: troncos secos, restos de fuego y gente muy pobre, tirada sobre la tierra polvorienta y pisada; reconoce el escenario triste de la derrota paraguaya de Cerro Corá.
Solano López y Felipe Varela descansan y conversan a la sombra de un árbol quemado; Liborio Justo y Severino Di Giovani discuten a unos pasos de allí. Luis Carlos Prestes y Lamarca lo escuchan atentamente a Garibaldi. Los paraguayos se pasean hablando en guaraní, con sus enormes termos con tereré. A los uruguayos de Artigas se los ve reunidos, con muchos niños a su alrededor, sin largar el mate y la yerba. Más cerca de la entrada principal de la caverna, el Chacho Rubio y el Pelado Rafa lo miran raro a Juancito, con benevolencia o simpatía, no logra distinguirlo, pero le hacen unas señas que él no entiende y trata de acercarse un poco más.

Se levanta de pronto un viento glacial, pero Juancito ya puede escucharlos: —No tengás miedo Juan, es la ley de la vida— dice el Rafa. Carlitos Fressie está un poco más atrás, se acerca y le habla: —Es así que son las cosas, nomás; preparáte para el viaje, hermano—. En el centro de la escena se aparece el Diablo, semidesnudo a pesar de la nieve rala que empieza a caer en el Paseo Sobremonte, que de pronto ya no está más en Córdoba, sino al lado de la bahía, en la costa de San Julián.

Y el frío patagónico no lo conmueve al Malo, que se ríe y lo provoca al Juan:  
¿Y? ¿Ya preparaste la valija? ¿Vamos a empezar el largo viaje?—.
Pero los camaradas, héroes de la juventud del Juancito -que se han mantenido fuertes y saludables porque murieron cuando eran todavía muy jóvenes, y tal vez lo entienden y respetan aún más ahora, que ya es un viejo- junto con Prestes, Lamarca y Severino de Giovani, lo despiden, y le dan coraje; lo saludan con cariño y le dicen que se cuide para no confundirse. Que no vaya a perderse por los caminos enmarañados del Demonio.  
La profecía de los mayas por fin se cumplió, 29 horas y media más tarde que lo que había sido prevista. Juancito tenía razón nomás.

FIN
J.V. São Paulo, 18 de diciembre de 2012.
Lea más en: "Crônicas de Utopias e Amores, de Demônios e Heróis da Pátria" J.V. São Paulo, 2006.

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