domingo, 20 de janeiro de 2013

La independencia americana y la lucha de Cádiz. 2ª parte.



La independencia americana 
y la lucha de Cádiz.
2ª parte.

Cuando Pedro, el bisabuelo de don Victoriano Unzaga tomó el barco a vapor que lo llevaría desde Bilbao hacia Alejandría, en Egipto, con una larga escala de tres días en Cádiz –allá por el fin de año de 1809- no se imaginaba que pronto estaría implicado en uno de los procesos políticos más ricos de la España moderna y de la patria futura de su bisnieto, Victoriano, en la joven América.

Las primeras noticias que Pedro Unzaga tuvo, siendo muy jovencito, sobre la existencia del movimiento revolucionario en las entonces colonias españolas en América, lo dejaron pensando durante meses. Pedro viajaba a Egipto con la intención de comprar ganado a un precio mucho más bajo que el lograría en el país vasco, y en una de las visitas a los posibles vendedores, conoció al revolucionario Francisco Miranda.

Los dos hombres se encontraron en la isla de León, un poco antes que el patriota lo conociera al joven Bolívar, en esa época con veintiséis años, casi la misma edad de Pedro Unzaga, lo que era una diferencia muy marcada de edad y de experiencias, puesto que Miranda ya contaba por entonces unos sesenta, e incluso había liderado un desembarco republicano fallido en Coro, en 1806. La expedición se proponía empezar, a partir de Venezuela, una serie de acciones armadas para promover la independencia de toda la América hispana. Para esta empresa Miranda había llegado a Nueva York en noviembre de  1805, procedente de Londres, entrevistándose con notables personajes norteamericanos como Thomas Jefferson.

Unzaga y los dos americanos empezaron una estrecha amistad que duró casi dos años, hasta que el futuro libertador Bolívar lo llevó a Miranda a Venezuela y Pedro Unzaga volvió a su pueblito cerca de Bilbao, a sus vacas y caballos.
Juntos, los dos americanos fundaron en Caracas la Sociedad Patriótica, y al ser nombrado General en Jefe de los Ejércitos revolucionarios, Miranda le confió a Simón Bolívar el mando de Puerto Cabello, que era un poderoso bastión de las fuerzas republicanas.

Pedro Unzaga nunca se olvidó de esta amistad, corta pero intensa, que le permitió imaginarse cómo eran enormes las posibilidades que se abrían para los vascos en la capitanía de Caracas, en Cuba y en el lejano virreinato del Río de la Plata, el que luego sería las Provincias Unidas del Sud.

-Los hermanos Bartolomé y Antonio Wesler, banqueros alemanes de Carlos V, tuvieron en sus manos la colonización de la capitanía que luego se llamaría Venezuela. Eran los más importantes banqueros de Europa en tiempos de la conquista española de América, y disfrutaban el poder que les daba el  ser los prestamistas de un rey que alcanzó el trono de Alemania con su dinero.
-La capitanía  volvió al poder de España que le repasó la administración a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas- recuerda Pedro que le había contado Miranda a Bolívar en su presencia, mientras hablaban de política en el retiro conspirativo entre Londres y la isla de León, en Cádiz.

Pero don Pedro Unzaga era agricultor y, aunque leía de todo, nada del tema de las conspiraciones revolucionarias de los americanos  le interesaba demasiado.

En 1809, a los dos días de llegar a Cádiz, a camino de Alejandría, Pedro Unzaga, bisabuelo de Victoriano conoció en un café, a la puerta del pequeño hotel donde se había alojado, a un mercader. Era un anciano de largas barbas blancas; el viejito se apoyaba en un bastón y, haciendo un esfuerzo, le alargó un sobre grueso con matasellos del correo de Caracas.

Pedro entró al hotel y, ya en su habitación, vio que la carta tenía por remitente a Gaspar de Jovellanos, y estaba dirigida a Miranda o a Simón Bolívar. Por qué se la había entregado a él, Pedro Unzaga el viejito, era un misterio que nunca supo resolver.
Gaspar de Jovellanos era conocido en España por ser un hombre ilustrado y un gran patriota, que se había refugiado en la isla de León, en la Bahía de Cádiz, sobre la costa atlántica andaluza, para refugiarse de la persecución desatada contra los españoles que combatían por la independencia durante la última campaña del ejército napoleónico.

Jovellanos se había comunicado con su amigo Francisco Saavedra, el antiguo intendente de Venezuela, para darle instrucciones precisas sobre cómo actuar en el caso de que ocurriera lo que parecía más que previsible en ese momento: la caída de la ciudad de Cádiz en manos de las tropas francesas que la mantenían sitiada.

Y fue por causa de este intercambio epistolar que, sin tener nada que ver con el tema, Pedro se vio implicado en los sucesos de la época. Lógicamente entregó a Miranda, un par de horas después, la carta que debería haber llegado a sus manos por una mera equivocación del viejito barbudo del café.

Y Miranda, al que se agregó Bolívar media hora después, lo invitó a tomar un café y le leyó el contenido de la misteriosa esquela; contenido que Pedro Unzaga nunca reveló a Ignacio, su hijo, ni al segundo Pedro, el padre de Victoriano Unzaga.

Poco se sabía por aquél entonces – entre 1809 y 1812-  sobre aquellos personajes, que eran representantes de los diversos estamentos de la sociedad española y “de ultramar”, ante las Cortes que forjaron Constitución de Cádiz.

Sabemos que eran venidos de distintos puntos de España y de las Américas, y pertenecientes a los varios sectores que se expresaban a través del clero, el comercio, la política y la cultura, pero tenían algo en común. Todos ellos habían sido elegidos por la sociedad española de aquellos días o designados por las autoridades locales de las colonias para tratar de marcar el rumbo de un pueblo sumergido en un contexto histórico extremamente complicado, inmerso en una guerra contra un invasor extranjero en la península, dentro de un llamado “Antiguo Régimen” ya caduco, y ante colonias que empezaban a despertar para el ansia de independencia frente a modelos como los que le llegaban desde la América del Norte y la propia Francia, invasora de la metrópoli que los había sometido durante tres siglos.
Pero antes, veamos el clima de guerra en el que la nueva España que nace, y que concentra sus atenciones en la lejana Cádiz, la ciudad más excéntrica de la península, pero la más cercana a las colonias americanas.


El asedio napoleónico a Cádiz

Fueron largos treinta meses lo que duró el asedio más extenso de todas las campañas de Napoleón, proceso en el cual España se jugó al todo o nada su independencia” escribía Miranda en una de las más de doce cartas que le mandó a Pedro Unzaga durante el año de 1810.

-Rescatar del olvido la larga batalla que se desarrolló en la isla de León -la localidad que, desde el punto militar era la más importante de toda la península- es una tarea que ayuda a entender mejor el proceso paralelo de la independencia de los peninsulares contra Napoleón y la nuestra, la de los americanos contra España- le decía años más tarde Simón Bolívar a Pedro, tratando de convencerlo a que se sumase a los grupos que se preparaban para enfrentar a los realistas en suelo americano.

Continuará.
Javier Villanueva, São Paulo, 20 de enero de 2013.

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