domingo, 25 de agosto de 2013

Iara y Lamarca.



La amiga y las opciones difíciles

“—Judía, revolucionaria, feminista, y psicóloga, Iara, que fue el gran amor de Lamarca, es otra de las leyendas de la guerrilla brasileña. El compromiso que Iara asumió con la misma rebeldía de toda su generación, la distinguió por su pasión también a favor de las libertades más íntimas y personales— comenta el Chacho Rubio. —Los Iavelberg  eran campesinos rumanos; y los Roth, orgullosos ciudadanos de Budapest, el centro culto y politizado del antiguo imperio austro-húngaro. Ambas familias tenían una por la otra, desde siempre, un rencoroso desprecio, a pesar de que tanto unos como los otros habían padecido los mismos horrores bajo el nazismo; y lo mismo los Roth que los Iavelberg habiendo logrado huir de Europa, llegaron a Brasil aterrados y muertos de hambre. Iara, la mayor de los Iavelberg-Roth -una jovencita paulistana de la clase media, caprichosa, inteligente, y dicen que muy linda- se distinguía en la Escuela Israelita del tradicional Cambuci por su cordialidad y las buenas notas que sacaba. Estudiaba con ahínco, y la psicología le permitió ampliar sus miras; pero, aunque Brasil se sacudía con las luchas políticas y sociales de aquél tiempo tan duro, ella sólo se ocupaba en vestirse bien, ir al cine, y mantener efímeros romances. Era ardiente y provocativa, y a quien quisiera oírla le hacía saber que a ella, para disfrutar los placeres no le hacía falta el amor— le guiña un ojo a Fressie, provocándolo, se levanta para calentar agua, y sigue el relato, Juancito.
––Cuando el golpe de marzo del 64 lo sacó a João Goulart, las grandes industrias, los jefes de la iglesia y los latifundistas, saludaron con euforia a la “revolución” que venía para salvarlos del peligro rojo–– sigue Carlitos, ––Iara, como muchos jóvenes brasileños de su época, inició la dura marcha de la radicalización política que cambiaría totalmente su vida. Y del eclectisismo, la vanidad y la indiferencia, pasó al cuestionamiento y a la acción.

 23 de abril de 2006, tres y cinco de la tarde

Sigo en el taxi; abro la valija y me quedo mirando el embotellamiento de autos, con el cuaderno en mano. Leo que, igual que en Argentina, una parte de la izquierda brasileña criticaba la política conciliadora de los comunistas del “partidão”. Para romper con el reformismo del PCB, los jóvenes optaban por la vía armada, la única que parecía una resistencia real a la dictadura militar para transformar la sociedad. Uno de los primeros grupos nacidos en la búsqueda de alternativas fue el Polop, Política Operária, fundado por intelectuales como Theotônio dos Santos y Ruy Mauro Marini.
En la misma época, mi viejo se había juntado en Córdoba al grupo de Carlitos Fressie, el Chacho Rubio, Juancito, el gordo Lowe y el Indio; una amalgama tenaz de alegría, inteligencia, compromiso revolucionario e irreverencia; todo mezclado, como en la poesía de Nicolás Guillén: estudiaban y cuestionaban los dogmas del marxismo, leían a Isaac Deutsch y a Gramsci, participaban en las luchas sindicales y universitarias, con sensibilidad y espíritu crítico al extremo de caricaturizar los propios errores y defectos, discutir a muerte una posición hoy y repensarla mañana. Habían fundado un grupo político activísimo, que debe haber sido una marca en la vida del viejo, que ahora escribe sus textos desordenados y los mezcla en sus largos meses de letargo en una cama de hospital, donde sus camaradas, algunos vivos y actuantes, otros muertos hace años en el calor de la lucha, lo visitan y lo distraen. Leo más:
                                                                                                                                                     
                                                                                      San Pablo, Brasil, 10 de agosto de 1979
“––Iara entró al Polop en la escuela de psicología, e igual a miles de jóvenes en toda Latinoamérica, casi sin darse cuenta se zambulló en el torbellino social y político que vivían sus países. Empezó a hacer psicoterapia y a dar clases en la facultad; siempre hallaba un buen tema de debate: la moral burguesa, los celos, la competencia individualista, la virginidad o el amor; y por eso sus clases se llenaban de jóvenes. Aunque trataba de cumplir sus tareas militantes, tenía poca base teórica, y evitaba los temas más ideológicos. Además, era insumisa, se aburría y le huía a las reuniones por motivos que entonces parecían fútiles, pero que veinte años más tarde, sus amigos y compañeros irían a considerar bastante razonables–– agrega Carlitos.
––Según dirían después los más cercanos entre sus camaradas de militancia, la riqueza existencial de Iara nunca podría encuadrarse “en un grupo reducido y centralizador”; y por eso le criticaban tanto sus gustos y su liberalismo, su modo de hablar y de gastar el tiempo en ropas, peluquero y maquillaje–– se ríe Juan, y se acuerda de las largas discusiones de moral, después de la salida del Malena, antes de formar los grupos socialistas de base.

––Iara nunca aceptó el moralismo perimido de aquella juventud que maduró a la fuerza, y subestimaba lo personal y todo lo que fuera subjetivo–– agrega Juan. ––Iara decía que la militanciareprimía con perversión la afectividad”––alza la voz y se anima en su defensa de la brasileña. ––¡Una perversión!  ¿Oís? Según ella, los afectos se mezclan en todo, con lo ideológico y político. “Creer que basta con luchar es el colmo del espontaneísmo y el voluntarismo. Yo me siento como una marciana al insistir en el valor de lo íntimo y de las confidencias”, decía siempre–– y Carlitos les daba la razón a Juan y a Iara, ahora que los duros años 70 ya empiezan a pasar a la historia, y se puede reflexionar sobre la rigidez de ciertos conceptos que también los jóvenes argentinos defendíamos en aquellos años.


En el IV Congreso del Polop, a las mujeres les tocó ejecutar las llamadas “tareas militantes de infraestructura”, que eran arreglar camas, hacer compras y cuidar a los chicos y la cocina; y Iara, una vez más, como en tantas otras ocasiones, alzó la voz contra el machismo de sus compañeros— dice Carlos. —El congreso debatió el carácter de la revolución en Brasil y las formas de lucha; pero una fracción se escindió y con otros discidentes, crearon la VPR. Y aunque, como siempre, tenía grandes dudas y cuestionamientos, Iara entró a la Vanguardia Popular Revolucionaria — agrega.


Atreverse a luchar es empezar a atreverse a vencer

–Uma coisa é absoluta, inexorável: você é minha mulher e isso é o mais lindo que me aconteceu na vida. Se é antidialético crêr no absoluto, no eterno, sou, nesse caso um antidialético ferrenho. Saudade imensa, muito amor; sou só teu. (Hay algo que es absoluto e inexorable: sos mi mujer, y éso es lo mejor que me ocurrió en la vida. Si es antidialéctico creer en lo absoluto, en lo eterno, soy en éste caso, un antidialéctico feroz. Nostalgia inmensa, mucho amor; soy tuyo, solamente.)
En el calor de enero de 1969, en uno de los tantos baldíos de un barrio de las afueras de São Paulo, unos jóvenes retocaban con pintura verde oliva un camión viejo; esto le llamó la atención a un chico que, sin querer, terminó desencadenando una sucesión de hechos que, con la sincronía perfecta que siempre acompaña a la mala suerte, lo que ahora se denomina “la Ley de Murphy”, culminó en un verdadero desastrecuenta Fuenzalida, y Carlitos lo escucha con atención, sentado en un rincón del cuarto del sanatorio.

Al ver al curioso acercándoseles, uno de los pintores perdió la calma y le pegó un cachetazo al chico; sí, un bofetón así, a lo bestia, como se hacía antes con los críos cuando molestaban. El niño salió llorando del baldío y le contó a la madre lo que le había pasado, y ella se fue corriendo a la comisaría a hacer la denuncia; enseguida llegó un agente con la mera intención de intimidarlo al joven, pero le llamó la atención y se sorprendió al ver el color con el que los muchachos estaban cubriendo el vehículodice Fuenzalida.
—El camión había quedado igualito a los del ejército; como hombre de pocas luces que era, pero lleno de sospechas y bien entrenado que estaba, el policía salió a pedir refuerzos, y en pocas horas los jóvenes caían presos. Durante días sostuvieron que eran contrabandistas, pero luego, la tortura les arrancó la verdad: el ejército acababa así de frustrar un audaz golpe guerrillero para tomar el arsenal del Regimiento de Infantería de Quitaúnale da una última chupada al mate, se lo devuelve a Juancito, que limpia la bombilla con una servilleta, y prosigue su relato, Carlitos Fressie.
Si la acción les hubiera salido bien, la VPR se hubiera alzado con 360 fusiles ametralladoras del tipo FAL, 60 fusiles automáticos pesados, tres decenas de ametralladoras, y doscientas o trescientas armas cortas y municioneslee Carlitos Fressie en el viejo ejemplar del “O Cruzeiro”.  Pero además, la caída de los militantes los puso a Lamarca y al sargento Rodrigues del regimiento en cuestión, como cómplices del frustrado operativo, en la disyuntiva de huir y pasarse de inmediato a la clandestinidad, o a exponerse a volver al cuartel antes que los detenidos contasen todo, y llevarse cuantas armas pudierancompleta Cacho Fuenzalida. —Sin pensarlo demasiado, eligieron la segunda opción, la más arriesgada— se ríe Carlitos.

Lamarca hablaba poco, no iba jamás al casino de oficiales ni comentaba sus opiniones políticas. Como campeón de tiro, y por ser un militar íntegro, era apreciado por todos sus superiores y subalternos. Era un soldado tan intachable que incluso, unos pocos días antes de su forzada deserción, su superior le mandó que instruyera a las empleadas del banco Bradesco a usar las armas dice Carlitos Fressie. —Sí, yo vi la revista “Manchete” con las fotos a todo color en las que el capitán les muestra a las graciosas bancarias cómo protegerse de los asaltos organizados por los grupos armados, que eran cada vez más frecuentes por aquéllos díasconcluye Victoriano, y los ojitos azules se le achican en una sonrisa, irónicos.
Pero lo que por fin terminó en la deserción, convirtiéndolo en un mito de la guerrilla, ya tenía su historia previa. Como muchos militares brasileños, desde 1962 Lamarca leía la prensa clandestina del “Partidão”, el PCB, y estudiaba el marximo, seriamente persuadido de su opción por la vía armada. Y tanto lo había madurado que habló con Maria, su mujer, y la envió con los chicos  fuera de Brasil para prevenirlos de las revanchas que seguramente ocurriríansigue Carlitos Fressie.

La Navidad de 1968 fue la última que los Lamarca pasarían todos juntos, en familia. Unos días después, María y sus hijos viajaron hacia Cuba. El ex sargento Onofre Pinto, comandante de la VPR, lo había convencido de que existían todas las condiciones políticas y sociales, para empezar a instalar el foco rural, para lo cuál necesitaban organizar de inmediato el robo al arsenalsigue Juancito. Pero al salir con las armas del cuartel, Lamarca descubrió con tristeza que el territorio y las condiciones para el foco aún no estaban listas, y que la VPR en realidad estaba siendo destruída de a poco, acribillada por las balas de la represiónCarlitos aparta el mate y la pava, guarda los apuntes y se levanta.

Hacia esa misma época, Iara también se pasó a la clandestinidad; aprendió a tirar con armas cortas y largas, hizo relevamientos de terreno y levantó datos para varias acciones armadas de propaganda revolucionaria, y también se sofocó en las largas horas de tedio que le representaban el encierro forzado de las reuniones y las esperas de la vida clandestinaagrega Juancito.  
Iara no estaba de acuerdo para nada con la acción de Quitaúna, y pensaba que era una locura mayúscula largarse a la lucha armada sin tener la más mínima infraestructura; ¿en dónde esconderse después de la operación, y cómo guardar un camión lleno de armas, por ejemplo, con las que además, no alcanzaba ni siquiera para empezar el foco? Y tenía razón porque el pequeño arsenal les había significado, como saldo inmediato, la caída de varios locales que antes habían sido bastante seguros; y en tal situación, la VPR incluso fue obligada a entregarle por un tiempo todas las armas y algunos recursos económicos a la ALN de Carlos Marighelladice Carlitos Fressie.
Y así, perseguido a muerte por la dictadura y sin poder abrir de inmediato el foco en el campo que se había propuesto, Lamarca tuvo que esconderse, no haciendo otra cosa que ejercitarse y estudiar, una rutina más parecida a la de un preso que a la de un jefe revolucionario. Pero en esta época tan adversa la conoció a Iarahace cara de picardía, carraspea y se levanta a calentar la pava del mate, mi abuelo Victoriano.

Al principio Iara y Lamarca discutían la política brasileña y mundial; hablaban de Fidel y Sierra Maestra, o de las luchas en Colombia, la guerrilla uruguaya Tupamara, el peronismo en Argentina, y sobre la candente realidad local. Iara, por su lado, le contaba a Lamarca de Freud, el miedo a lo nuevo y desconocido que hay en cada uno de nosotros, y sobre el rechazo infantil de gran parte de la izquierda a la psicoterapia. Así fueron llegando las confidencias, él a decirle cómo extrañaba a sus hijos que estaban en Cuba, y su miedo de no volver a verlos; ella se animaba a hablar sobre sus muchos amores, y su pasión por la libertad cuenta Juancito y me guiña un ojo. Un buen día mientras desayunaban, el capitán la besó; pero le pidió disculpas, diciendo que era un mero acto de debilidadlo provoca Carlitos Fressie a Juan, que siempre se inclina por los temas de la psicología y la moral, y su relación con la política y la acción revolucionaria. Es que Lamarca no quería traicionar a Maria, su mujer. Había prometido que en pocos años, lo que faltaba para triunfar la revolución, volverían a estar juntosdice Juan, seguro que el tema va a desafiar al Indio y a Carlos, que ya empiezan a mirarse con picardía y a soltar risitas provocativas.
Pero Iara se impuso, discutiéndole a Lamarca que la clandestinidad les exigía a los revolucionarios una ética nueva, distinta a la moral en la vida normal de la gente; decía que en el combate revolucionario, con circunstancias y peligros tan especiales, necesitaban amar intensamente, dar y recibir cariño para fortalecer su espíritu de lucha; y ella tenía miedo de que la culpa se impusiera al amor insistía Carlitos en provocar el moralismo cristiano de Juancito.   

La VPR los criticó desde la moral revolucionaria, sobre todo porque Iara traía una fama antigua de mujer fatal y liberada. Hubo también otros argumentos prácticos, aparte de los ideológicos, y es que los compañeros creían que la represión podía saber del romance, y Lamarca, además de traidor al ejército, pasaría a ser tachado de libertino agrega ahora Juancito, como retrucándole a Carlos, y yo me acuerdo del lío que se armó entre nosotros cuando al Pelado Rafa, que era casado, no se le ocurrió nada mejor que enamorarse de una compañera, soltera; o cuando Israel Vilhas, también casado, se la chamuyó a la chiquita de los tupas.
Pero bueno, el caso es que al final los dos aguantaron firme todas las críticas y se fueron a vivir juntos, aún en las duras circunstancias de la épocadice Juan, y los mira con ironía a sus compañeros, que siguen provocándolo, haciéndole recordar su pasado de seminarista y sus largas prédicas en el Malena sobre la moral y ética del Hombre Nuevo.    
           
Poco después de pasarse a la clandestinidad con las armas del cuartel, Lamarca tuvo su primera acción, un temerario asalto simultáneo a dos bancos: el Itaú y el Mercantil. Él tenía que cubrir a los militantes que saldrían con el dinero. El capitán estaba parado en la esquina, tenso, a unos 25 metros, cuando vio que un policía alzaba el arma y le apuntaba a un cumpa; y Lamarca le disparó, certero—  dice Victoriano derribándolo con el impacto. Lamarca corrió hacia el centro de la calle, con la metralleta en alto, paró el tránsito disparando ráfagas al aire hasta que todos pudieron subirse al auto que los sacó del lugaragrega Juancito. Llegó al escondrijo deprimido, abrumado por la desgracia de la ejecución impensada, sin alternativa, que además era su primera muerte se emociona Juancito. Fue una tragedia, incluso en la revolución siempre hay que tratar de preservar la vidaconcuerda Fuenzalida, cierra el “Primera Plana” que trae la nota del “Jornal do Brasil” de Rio de Janeiro, y se levanta.

Luego del cruento asalto, la prensa le atribuyó todas las acciones de autoría de la guerrilla que ocurrían, y de pronto la foto de Lamarca empezó a tapar las paredes de las comisarías y las oficinas públicascomenta Victoriano, apoyado en el marco de la ventana que da al Paseo Sobremonte, y se va poniendo el sombrero y la chalina, agarra el bastón y le da la mano a Eufemia para ayudarla a levantarse. Se decidió entonces que, por  seguridad, el capitán debería hacerse una cirugía plástica con alguno de los médicos simpatizantes de la guerrilla.

J.V. fragmento de "De Utopías y Amores, de demonios y héroes de la Patria", São Paulo, 2006. 

sábado, 24 de agosto de 2013

El Llanero Solitario, que no es el Zorro





Un caballo blanco como la luz, un fiel compañero indio y el grito de “Hi-yo Silver Away!” - “Vamos, Plata!”- nos recuerdan de inmediato al “Llanero Solitario”, que cuenta las aventuras de John Reid y Toro.

Los más antiguos recordarán que se trataba de un programa de las primeras épocas de la radio y la televisión estadounidenses que se mantuvo durante mucho tiempo en escena. Fue ideado por George Trendle y desarrollado por el escritor Fran Striker.

El personaje es un "ranger" -un guardia de la Texas del viejo oeste norteamericano- interpretado originalmente por Paul Halliwell, que le daba su voz en la radio al jinete solitario que galopa a través del desierto para reparar injusticias con la ayuda del astuto y lacónico compañero, el nativo potawatomi.

En los primeros episodios radiofónicos, el Llanero actuaba solo. Pero en el 12º episodio aparece su amigo indio, que fue llamado “Tonto” en la version original,  y “Toro” en Hispanoamérica, en dónde el nombre original podría ser considerado fuertemente peyorativo, lo que además no hacía justicia a la personalidad inteligente del potawatomi.

En estos países, el nombre se cambió por el de “Toro”, aunque “Tonto” se ajustaba más a la onomástica de la lengua de los potawatomi, y en realidad, significa “The Wild One”. Según los autores de la serie, "el salvaje", un vocablo algonquin, propio de los potawatomis, la tribu de la cual Toro era originario y único sobreviviente. Esta, por lo menos, es la explicación que se escucha en la emisión radial de 1933, cuando los productores de la emisora WXYZ de Detroit le traen un compañero al Llanero Solitario.

El nombre fue elegido por el escritor Frank Striker. Y también cuentan que “Toro” le llamaba "Kemosabay" al Llanero, palabra que significa "Explorador Fiel", y que también la traducen como "Viajero leal" o "Gran explorador".

En Brasil la serie norteamericana del “Lone Ranger” fue presentada incorrectamente como “El Zorro” -nada más que porque el héroe usa una máscara negra para esconder su identidad- en las publicaciones lanzadas por la Editorial Ebal, hasta fines de la década del 70. Pero por causa de este desliz, el personaje terminó confundiéndose con la “verdadera” historia original del Zorro –que también es una ficción basada en hechos reales *-  que fue  presentada por la serie de televisión “O Zorro”, con el héroe auténtico de capa y espada, producida por Walt Disney. 
Otra confusión fue que el compañero del “Cavaleiro Solitário” también se llamase “Tonto”, pues la traducción original fue mantenida, lo que le causó un cierto malestar al personaje, ya que que en portugués la palabra “tonto” acabó teniendo la misma connotación peyorativa que en castellano. 

Por fin la nueva producción cinematográfica de Johny Depp parece darle a Toro su papel protagónico. Toro -que fue representado en la televisión por Jay Silverheel,  un indio puro de la raza Mohawk, nacido  en una de las seis naciones de la reserva indígena de Brantford, en Ontario, Canadá- recupera toda su fuerza de justiciero leal.

JV, São Paulo, 24 de agosto de 2013.

Ver la historia de El Zorro en: 

quarta-feira, 21 de agosto de 2013

Salvadora. 3ª parte: “Ejercicio Plástico” el mural de David A. Siqueiros



“Ejercicio Plástico” Mural de David A. Siqueiros en la casa de Salvadora y Natalio Botana.


Esta pieza artistica -como en un paralelo irónico y poco sutil con la vida de Salvadora Medina Onrubia- tiene una historia en la que se mezclan el arte, el amor, la traición, el dinero y claro, el poder. Todo empezó en 1933, cuando el mejicano Siqueiros llegó a Buenos Aires con su mujer, la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum, y se relacionó con Salvadora y Natalio Botana.

Siqueiros, ardiente militante del comunismo estalinista mejicano, es conocido, junto con Diego Rivera y José Clemente Orozco, como uno de los fundadores de la escuela muralista de Méjico, que proclamó un arte público dedicado a temas revolucionarios y a las cuestiones sociales con el objetivo de inspirar a las clases obreras y populares.

En Buenos Aires, la pareja se encontró con Natalio Botana, fundador del diario “Critica”, casado con Salvadora Medina Onrubia, anarquista, poetisa y autora teatral. Fue Botana quien le pidió al artista mejicano que pintase un mural en el sótano de su casa-quinta en las afueras de Buenos Aires (Los Granados, Don Torcuato), en una época en que el mejicano todavía no había alcanzado su reconocimiento internacional.

El artista plástico aceptó la oferta y pidió que Botana contratara otros tres jóvenes pintores para ayudarlo a encarar la empresa. Los elegidos fueron Antonio Berni, Lino Spilimbergo y Juan Carlos Castagnino -los que luego serían autores de los murales de la galería Pacifico y que luego iniciarían el movimiento muralista argentino. El equipo se completó con el escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro.

El trabajo se realizó en solo tres meses y es el único en el que Siqueiros le gambeteó a los temas políticos y sociales. El mural pintó a su mujer, la poetisa Blanca, con una técnica bastante moderna para su época. Aunque llegó a la Argentina para dictar tres conferencias sobre la creación artística en los tiempos de la revolución mejicana, Siqueiros terminó pintando el mural para satisfacer las veleidades de Botana, considerado por muchos apenas como un magnate excéntrico de las comunicaciones porteñas. La obra, ignorada por el contratista del proyecto, más tarde fue tratada de ser borrada con ácido y tapada con cal por encargo de la esposa del siguiente propietario de la casa, a la que le avergonzaba la supuesta vulgaridad de los diversos desnudos femeninos.

Los artistas reemplazaron el pincel por el aerógrafo y el dibujo por la fotografia; cambiaron el óleo por las resinas sintéticas, y el banco del  pintor y su punto de vista más o menos académico por diversos movimientos arbitrarios que se repetían desde diversos ángulos todo el tiempo. También experimentaron por primera vez las pinturas sintéticas -piroxilina y silicato- aplicadas con pistolas de aire comprimido, que volvieron al mural uma obra casi indestructible e imborrable.

Como la intención de Siqueiros era simular una caja de cristal hundida en el agua y a la vista de figuras voluptuosas de aves acuáticas, los pintores usaron diapositivas que proyectaron oblicuamente contra el muro. A medida que las imágenes se curvaban contra las paredes del sótano, las figuras de mujeres desnudas se iban deformando y los contornos se extraían de estas imágenes.
Siqueiros había decidido crear una “visión algo etílica”, como la de estar situado “en el centro de una burbuja transparente en el fondo del mar’’. Esto se tradujo en la serie de formas femeninas desnudas que se desdibujan y se fusionan a lo largo y ancho de las paredes, techos y pisos. La musa era Blanca Luz Brum, mujer del muralista, que posó desnuda dentro de un cubo transparente mientras la fotografiaban.

Pero Blanca no sólo fue la musa del mural: su figura le agrega a la obra un halo de leyenda y de misticismo pues, mientras Siqueiros pintaba el cuerpo desnudo de su mujer en el sótano, Blanca se convertía en amante del patrón, Botana. El trabajo es entonces, y al mismo tiempo, también una imagen del final del romance del mejicano con la poetisa uruguaya, y el comienzo de la larga agonía de Salvadora, la mujer de Natalio Botana.

Pero volvamos otra vez al principio: David Alfaro Siqueiros ya andaba metido en problemas políticos cuando llegó a la Argentina. Sus desencuentros con la revolución mejicana lo llevaron a la cárcel en 1924, y luego al exilio en Uruguay en 1929, en el que conoció a Blanca Luz Brum.
En 1932, una galería de moda de Los Ángeles le había ofrecido pintar el mural “La América Tropical’’ en una de las fachadas del Plaza Art Center del Olvera Street’s Italian Hall. Pero la obra, con todos la estética  revolucionaria siqueirista en ebullición, no aguantó la polémica* de su inauguración y Siqueiros tuvo que salir de apuro aceptando la invitación de la escritora argentina Victoria Ocampo para dar unas conferencias en la “Sociedad de Amigos del Arte” de Buenos Aires. Más tarde, Siqueiros no pudo con su genio revolucionário y apoyó una huelga; fue expulsado del país, y Blanca se quedó en Argentina con Botana.

Con la muerte del empresario en 1941, y antes de la venta total del diario “Crítica”, la casa-quinta fue liquidada, y la mujer del nuevo dueño –nada menos que Álvaro Alsogaray- quiso destruir con ácido la obra, considerándola pornográfica. Como el ácido no funcionó, terminó mandando cubrir la pared con cal.

En 1989 la casa-quinta fue comprada por Héctor Mendizábal, que decidió recuperar el mural y luego separarlo en varias piezas como un rompecabezas, con la intención de poder mostrarlo al mundo. Finalmente, la desastrada operación de rescate lo mutiló en siete pedazos, que fue guardado en cinco containers, para convertirlo en una muestra itinerante. Entonces, el proyecto terminó -para alegría de los honorarios de los abogados- en un pleito absurdo que dejó al mural en un limbo de indefiniciones por un largo tiempo.

Es que la obra de ingeniería exigió un proceso sofisticado, que además, se chocó al final con un embrollo judicial, y las piezas terminaron almacenadas en cajas durante 17 años hasta que, en 2003, Kirchner decidió que el trabajo era de gran interés artístico nacional, y el senado argentino aprobó la expropiación.
Para resumirlo, digamos que el nuevo propietario –Álvaro Alsogaray y su pudorosa esposa- se cansan de la casa-quinta y se la venden a un grupo de inversionistas que saben que la existencia del mural de Siqueiros puede rendirle millones. Los jóvenes contratan a una empresa mexicana para las restauraciones y a un grupo de ingenieros para rescatar el mural. Luego de quince meses removiendo la cal que lo cubría, cavaron el sótano, rebajaron la espesura de la pared de sesenta para tan solo dos centímetros . Y cortaron el mural en siete partes para empezar la muestra itinerante. Los nuevos propietarios de la casa-quinta –que en realidad solo se interesaban por el mural de Siqueiros, fueron incluso hasta la isla Robinson Crusoe, frente a Valparaiso en Chile, en el archipiélago Juan Fernández, a encontrarse con la familia de Blanca Luz Brum. Es que cuando la poetisa uruguaya rompió con el mejicano y se decepcionó de la aventura con Botana, se fue a la isla de las peripecias de Robinson Crusoe y abrió una posada. Beche Brum, la hija de la uruguaya, les vendió a los jóvenes emprendedores todas las cartas, dibujos, esbozos y papeles de Siqueiros referentes a la obra del mural y otros recuerdos de los que Blanca jamás se había separado después de su aventura porteña.

Pero volvamos otra vez a Natalio Botana y veamos cómo llegó el empresário de “Crítica” hasta Siqueiros. Es que el mejicano tenía una más que conocida capacidad de irritar a cualquier público, y tanto alborotó a la elite porteña con sus planteos irreverentes –como su exhortación a los artistas argentinos “a sacar la obra de arte de las sacristías aristocráticas, para llevarla a la calle, para que despierte y provoque, para liberar a la pintura de la escolástica seca, del academicismo, y del cerebralismo solitario del artepurismo, para llevarla a la tremenda realidad social, que nos circunda y ya nos hiere de frente’’- que los que lo habían contratado para tres conferencias le suspendieron las dos últimas, y encima, el gobierno conservador del general Justo decidió meterlo en la cárcel.
El dueño de “Crítica”, que se ya había interesado en la visita de Siqueiros, no perdió tiempo cuando se enteró que el mejicano andaba en aprietos. Le ofreció pintar el primer mural en un espacio interior del bar que tenía en el sótano de su casa-quinta, y a cambio le daba vivienda y comida. Sin opciones, Siqueiros aceptó a contragusto y dijo que el mural era “el fruto forzoso de nuestra condición de asalariados’’.

Con una historia como ésta, el mural ya le dio aliento a dos películas: “El Muro de Siqueiros”, de Héctor Oliveira –el de la Patagonia Rebelde- y el documental “Los Próximos Pasados”, de Lorena Muñoz. Después de todo, la historia del mural de Siqueiros, creado en el sótano de Salvadora y Botana -sótano multicolor en el que el empresario y sus amigos ilustres, como Neruda y García Lorca, entre otros, se juntaban a jugar a las cartas- tiene un poco de todo: amor, celos, disputas políticas, exilios y pleitos judiciales. Finalmente el empeño del gobierno resultó exitoso para restaurar la obra, expuesta ahora en el Museo del Tigre, lo que demandó 600 mil dólares, financiados por siete u ocho empresas privadas.


Javier Villanueva, São Paulo, 21 de agosto de 2013.

Ver el artículo en la revista del diario La Nación del 05/ 07/ 2009, con multimedia para hacer recorrido virtual por el mural:

 Nota: El foco visual y simbólico central del mural en el  Plaza Art Center del Olvera Street’s Italian Hall, en Los Ángeles, es un peón indio, que representa la opresión del imperialismo de los EE.UU. Está crucificado en una cruz doble, coronada por un águila norteamericana. Una pirámide maya en el fondo, invadida por la vegetación, muestra campesinos peruanos armados y un agricultor mexicano, que se sientan en una pared en la esquina superior derecha, dispuestos a defenderse.
 La representación alegórica que pinta Siqueiros de la lucha contra el imperialismo no era un tema cómodo para ser exhibido en el centro de Los Ángeles, donde se mueven sus negocios y toda la clase política. También era un tema incómodo para Christine Sterling, la matrona y promotora de la sociedad que sustentaba al Olvera Street, posiblemente porque no se ajustaba a su imagen de Olvera Street como un pueblo mejicano dócil y tranquilo. Por desgracia para los artistas, la política conservadora norteamericanade la época triunfó sobre la expresión artística, y en seis meses una sección del mural visible desde la calle Olvera había sido borrada. En menos de un año, la obra ya estaba completamente cubierta.

segunda-feira, 19 de agosto de 2013

Salvadora, la Venus Roja y Evita. 2ª parte**



Lea la 1ª parte en: http://javiervillanuevaliteratura.blogspot.com.br/2013/08/salvadora-la-venus-roja.html

Salvadora Medina Onrubia. 2ª parte

Pero no fue solo con el gobierno dictatorial de Félix Uriburu que los Botana –y sobre todo Salvadora Medina Onrubia- tuvieron serios problemas. Al llegar el GOU al poder y derrocar al conservador catamarqueño Castillo, se fueron al diablo todos los diques que separaban al diario “Crítica” de sus enemigos filofascistas, que detestaban a la elite de escritores y artistas que los Botana habían congregado en el diario, y que exigían que el periódico más popular de Argentina tomara una posición favorable al Eje nazi-fascista, o al menos que se declarase neutral. 

El GOU, Grupo de Oficiales Unidos, era una logia de tendencia nacionalista, creada en el ejército en 1943, que ese mismo año dio un golpe de estado contra el presidente Ramón Castillo, culminando la "Década Infame". Los militares golpistas gobernaron hasta febrero de 1946, y su principal objetivo era sostener la neutralidad argentina durante la 2ª guerra mundial mientras evitaban que el movimiento obrero se inclinara hacia la izquierda socialista o anarquista.

Salvadora y Eva

Al irrumpir en 1945 el peronismo en la escena nacional, desaparece del contexto político y sindical argentino el movimiento anarquista como una fuerza real, y Salvadora Medina Onrubia se une a la lucha feminista por las conquistas civiles. La escritora le recordará esta militancia –que ella había practicado una década antes- a la mismísima Eva Perón, cuando la figura de la mujer del presidente empieza a eclipsar a las feministas que lucharon desde principios del siglo por el derecho al voto de la mujer.
En junio de 1947 Salvadora publica en “Crítica” una carta a Eva Perón. Su intención era hacer una defensa de la primera dama después de su cuestionada gira por Europa. La carta, redactada a pedido del propio Perón, debería haber agradado a Evita, y tal vez podría haber servido para que el gobierno respaldase económicamente al diario. “La carta, en vez de halagarla, disgusta a Evita” dice Emma Barrandeguy, su secretaria, en el libro citado en la primera parte de este relato. Más tarde, Salvadora ironiza: “Lo trágico del caso es que después de todo ese tumulto, mi defensa (…) causó a la señora un ataque de histeria feroz (…) Y entonces de verdad arremetió contra mí.”

Cuando leemos el texto de la carta, sin embargo, es fácil entender por qué Eva Duarte no se siente a gusto con ella. La dueña del diario “Crítica” trata de establecer un paralelo entre su propia militancia anarquista y la lucha política y social de la primera dama; y además, la aconseja en un tono paternalista (o maternal), de experiencia y autoridad que no logra disimular por debajo de sus palabras cuidadosas de respeto y de ternura. Días después de publicada la carta a Evita, llega al diario Cipolletti, el secretario de la presidencia, con un paquete de materias que deberían ser publicadas contra varias damas de la alta sociedad, y Salvadora se niega. El diario termina siendo expropiado y agregado a la  cadena de medios de la prensa oficialista del peronismo. Los activos físicos de “Crítica” son liquidados, y Salvadora Medina debe empezar a tramitar una pensión para poder mantenerse.

Muchos años después, en su libro “Crítica y su verdad”, Salvadora Medina será muy dura en sus opiniones sobre Evita: “Una criatura hembra que surgió de la nada y que no respondía precisamente a ninguno de los conceptos de las mujeres que luchábamos por nuestros derechos. Y quemaron incienso ante esa pobre criatura.” El concepto criatura hembra y la mención a la falta de correspondencia entre Eva Perón y lo que se supone que se esperaba de una feminista, hacen ver que Salvadora toma como suyos los prejuicios que la oligarquía había hecho caer sobre ella misma, la “Venus Roja”, y más tarde sobre la propia Evita. ¿Quién más, sino la misma Salvadora, podría saber lo que era ser una criatura hembra en medio de la sociedad conservadora y machista de la Argentina de principios del siglo XX, y además surgir de la nada?

Y además, ¿qué problema veía Salvadora como luchadora anarquista entre su militancia feminista antigua y el “no responder a ninguno de los conceptos” que le achacaba a Evita? ¿No era ella misma la mujer que manejaba un rollsroyce, y seguía siendo consecuente con sus principios libertarios? Porque también Eva Perón fue el blanco de críticas obscenas y denigrantes. “Esa mujer” fue cuestionada por su origen de clase, porque no pertenecía a las clases dirigentes. Por oponerse a la hipocresía de la moral burguesa –Evita era hija “natural”, además de ser artista, y unirse a Perón antes del casamiento. Pero también por su carácter enérgico y por la exageración de los elementos “negativos” que le son tradicionalmente atribuidos a las mujeres: la frivolidad, el amor al lujo, los celos y la envidia exagerados, un carácter explosivo, caprichoso, en fin, “irracional”.

Salvadora se resiste con firmeza, sobre todo durante la época en que dirige “Crítica”, a los cuestionamientos, tan parecidos a los que se hacen a Evita: su origen pobre, su condición de madre soltera, su unión libre con Natalio Botana, en un primer momento y hasta que naciera el tercer hijo (uma mujer) de la pareja; y después, luego de la muerte del periodista, por su modo de asumir el mando en la dirección de “Crítica”. Pero por ser madre, a diferencia de Eva, Salvadora también es el centro de las críticas por causa de sus predicados domésticos –o por la falta de ellos. Pero siempre hay una cuestión política que supera este universo de críticas a la mujer con poder. Ambas, Evita y Salvadora, son rebeldes, agresivas, indómitas. Y también son fuertemente “sexuadas” y femeninas. Salvadora representa un momento de éxito en la lucha de las mujeres contra la opresión machista, y es un ejemplo excepcional del lugar que la mujer logra ocupar en Argentina, ya en la primera mitad del siglo XX. Cuando joven, Salvadora participa en un proyecto colectivo frustrado de eliminación de la opresión de clases –el anarquismo- pero al final, logra para sí misma un ascenso temporal, un goce del poder.

Décadas después, ya en la segunda mitad del conturbado siglo XX, en la carta enviada por la también escritora Fina Warschaver a Helvio Botana, hijo de Salvadora, el 26 de julio de 1972, podemos leer: “La muerte de Salvadora Medina Onrubia, por tantos años ausente de la noticia periodística, me trajo, junto con el sentimiento de su pérdida, como intelectual y como mujer que había sabido iniciar en el país el movimiento por los derechos femeninos, un cúmulo de recuerdos tanto más entrañables cuando que están ligados a la época de mi juventud. Me inicié en la acción revolucionaria allá por el año 1935, bajo la advocación del Movimiento Femenino Antiguerrero, que organizaba un Congreso Nacional al cual Salvadora dio su decidido apoyo. Ella habló en el acto inaugural y, además, varias reuniones preparatorias se hicieron en su casa que nos facilitó generosamente. Cuando muchos rehuían el compromiso. Por esa época, creo, se estrenó “Las descentradas”, que me causó fuerte impacto. Siempre sentí muy profundamente el problema de la desigualdad de la mujer en la sociedad y, sobre todo, los prejuicios que, por aquel entonces, convertían su vida en un verdadero infierno. Es por ello que recuerdo con particular simpatía la labor realizada por Salvadora en este aspecto y como ahora resurge el movimiento feminista en el mundo, ella tendrá sin duda un lugar en el recuerdo de el.
“Si le relato todo esto es porque pienso que, tal vez, le guste conocer algo de lo mucho que su madre realizó. Generalmente se ignora lo hecho por la generación anterior, lo que significaba entonces afrontar la burla del público, sobre todo de los hombres, cuando en alguna esquina de Buenos Aires, subíamos a un pequeño estrado de madera y empezábamos a hablar mientras un escalofrío nos recorría la espalda. ¡Hubo que vencer tantos prejuicios! Una muchacha tenía que estar a las nueve de la noche en su casa y sentarse a la mesa con sus padres. Todo esto pertenece al pasado pero no deja de ser cierto que abrir un camino de liberación es más duro y difícil que seguirlo luego. Nosotros, y entre todas, Salvadora, lo hemos abierto.”

Reconocimiento final de Salvadora

Pero, ¿por qué tardó tanto en otorgársele a Salvadora el lugar que ya le había reconocido la poetisa Emma Barrandeguy, que fuera su secretaria en su obra “Salvadora Medina Onrubia, Una mujer de Crítica”, de 1990, poniéndola a la par de autoras como Victoria Ocampo y Alfonsina Storni? Entre 1924 y 25, las tres escritoras publican casi al mismo tiempo “Ocre”, de Alfonsina Storni, “De Francesca a Beatrice”, de Victoria Ocampo, y “Akasha”, de Salvadora. La erudición aristocrática de la Ocampo, y las sublimes poesías de Alfonsina Storni, son contemporáneas de una Salvadora que irrumpe a la escena para burlarse del pudor que la moral de aquellos años pacatos le exigían a la mujer. Consigue transmitir en sus textos todo el ideario político y social anarquista que mantendrá a lo largo de su larga existencia, siempre con una irónica inteligencia y una valentía audaz al extremo.

Pero volvamos al conflicto de Salvadora con Eva Perón. Sabemos que escribe la famosa carta a pedido del propio Perón, como una defensa de Eva ante las burlas y otras agresiones que la oligarquía le enrostra durante su gira por la España de Franco y a la vuelta al país.

¿Y qué decía, al final, la carta de Salvadora a Evita?

La carta en su parte final, recomendaba: “Nunca mires, Evita, las miserias del suelo. Lucha y sirve a tu ideal desde el lugar que el destino –que es el aspecto exterior de las fuerzas que rigen y ordenan el mañana del mundo– sabe por qué ha preparado para ti, porque no sirves al azar. Sabe, Evita, que la jornada de servicio es corta y preciosa y que el derecho a servir exige y demanda las facultades íntegras de cada ser. No te gastes mirando el suelo. Trabaja. Sirve. Da con ese tu seguro don sereno y eficaz, de saber dar. Y ten por cierto que no estás sola, ni en el sentido de poder material, ni en el otro, en el espiritual; que quien sirve con fe, amor y desinterés a un gran ideal de superación es, a su vez, servido”.

La intención de Salvadora fue, sin ninguna duda,  transmitirle a Eva Duarte el espíritu de lucha que ella siempre había demostrado como anarquista, feminista, madre soltera y escritora. La chusma más cercana al poder, sin embargo, y con toda la perversidad de los aduladores, interpretó la repetición del verbo “servir” como una supuesta intención retorcida de Salvadora de llamarla a la primera dama con el apelativo peyorativo de “sirvienta”. ¿Podría, una personalidad del calibre y la biografía de Salvadora, menospreciar a Eva Duarte?

Es que, cuando se conoce la militancia política de Salvadora, su ideología anarquista, y su ética de solidaridad libertaria; cuando se lee con atención lo novedoso de sus textos, y se estudia el altruismo con que se entregó a sus hijos y nueras, amigos, y a los anarquistas compañeros de lucha –sus “corbatas voladoras”, como ella los llamaba– podemos entender la carta a Evita desde un ángulo más correcto: nada que se parezca al desprecio puede deducirse de ella. Pero finalmente, el mensaje fue terriblemente malinterpretado por Eva, y terminó siendo motivo suficiente para que el gobierno decidiera la expropiación bajo la farsa de una venta humillante.

Pero volvamos todo al principio, a lo que contábamos en la primera parte de este relato, cuando en el año de 1914 la joven y linda pelirroja entra a la redacción del diario “Crítica” con su obra de teatro “Almafuerte” debajo del brazo, dispuesta a pedir ayuda a Natalio Botana para llevarla a escena. Tiene un poco más de veinte años, los últimos de ellos fogueados en las feroces luchas callejeras y las huelgas obreras de la época.

Salvadora toma la palabra el 1º de febrero de ese mismo año, desde lo alto de un ventanal en la esquina de México y Paseo Colón, en frente a la Escuela Industrial Otto Krausse,  en un acto de la organización sindical FORA contra las Ley de Residencia creada para expulsar a los “agitadores” extranjeros. Exige la libertad de sus amigos, Barrera y Antelo, anarquistas presos. Dos días después empieza su trabajo de redactora en “La Protesta”, órgano del anarquismo, dirigido por el poeta Alberto Ghilardo, escribiendo a favor de las luchas obreras y por la liberación de los presos políticos.
Botana, escribe en “Crítica”, sobre su ingenuidad de incorporarse a un diario “subversivo” y Salvadora le contesta que un periodista leal a sus ideas no debe “retacear su pluma para defenderlas”.

Pasan otros cinco años y Salvadora sale temprano el 7 de enero de 1919 para ir atrás del cortejo que marcha por la calle Corrientes, acompañando los féretros de los obreros muertos el día anterior en las cercanías de la fábrica Vasena. Llevaba a su hijo Pitón, para que “se enterara de lo que era la lucha social”. El 6 de enero, con un calor de más de 35º, la caballería y los bomberos habían cargado contra los huelguistas, matando cinco obreros e hiriendo a decenas. Comenzaba la “Semana Trágica” argentina.
El día del entierro, en Chacarita, sus amigos la suben a los ataúdes que estaban amontonados y Salvadora toma la palabra, pero es interrumpida por la entrada violenta de la policía y los bomberos. Su amigo anarquista Sebastián Marotta la toma de las piernas y la tira junto a él en la fosa abierta: “Pasaron los caballos sobre nuestras cabezas llenándonos de tierra. No sé cómo Marotta pudo salir y sacarme de la fosa. No encontraba a mi hijo, se me había perdido en el tumulto, pero al llegar a la sede anarquista en México 2070, lo hallamos durmiendo en un banco”, cuenta Salvadora.
¿Cómo podría ser aceptada esta mujer en aquella sociedad pacata y conservadora? Es la época en que sus camaradas anarquistas la empiezan a llamar “la Virgen Roja” por su semejanza física con Louise Michel, la heroina de la Comuna de París, profesora y militante de la Asociación por los Derechos de la Mujer.

Era el mismo año en que otro revolucionario, Hipólito Etchehébère, se asoma al balcón de su casa en Buenos Aires y –según nos lo cuenta Elsa Osorio en su libro “Mika”- ve a la policía montada arrastrando por la calle a los judíos: “Ve hombres trajeados con elegancia, de civil, armados con revólveres, que detienen a las personas”. Son los señoritos de la Liga Patriótica Argentina, grupo de la ultraderecha creado para combatir las huelgas de fines de 1918 y principio de 1919. Incluía organizaciones paramilitares y círculos sociales que actuaban como grupos de choque, hostigando con acciones criminales a los residentes extranjeros, las organizaciones sindicales y a los trabajadores en huelga.

Era la misma época en que Hipólito conoce a Mika –Micaela Feldman, anarquista como Salvadora- y ambos se encuentran en “Insurexit” para discutir la revolución, los principios socialistas y libertarios, y planear las acciones en favor de la clase obrera. Allí Mika -que luego sería “la Capitana” en la guerra civil española, tomando las armas del POUM- irá a conocer a Alfonsina Storni y a otras sufraguistas feministas. Y se encontrarán Mika y Salvadora: “Sentí rechazo por esa pelirroja atractiva, extravagante; me costaba ver en esa mujer, vestida como lo que también era, una rica burguesa, a la anarquista indómita –como decía Alfonsina- que intercambiaba cartas con el presidente Yrigoyen y luchaba por la liberación de Simón Radowitzky, el joven anarquista preso en 1919 por asesinar al jefe de policía, Ramón Falcón”, cuenta la escritora Elsa Osorio en “Mika”.

En los mismos años, se consumía en la prisión Simón Radowitzky, el joven emigrado polaco que mató al jefe de policía porteño Ramón Falcón en 1907, para vengar la represión del 1º de mayo contra los anarquistas. Estaba encarcelado en el “presidio del fin del mundo”, en la austral Ushuaia, hasta que Salvadora le arrebata el indulto al presidente Hipólito Yrigoyen -según dicen, durante una sesión de espiritismo. Es la misma época en que Salvadora contrata como su secretaria a América Scarfó, la joven viuda del también anarquista Severino Di Giovanni, fusilado en 1930 por Uriburu. Tramar dos fugas del penal de Rawson, donde Simón Radowitzky se moría en vida, y rehusar el indulto del general Félix Uriburu, llamándolo “fantoche con bigotes” desde su celda en la cárcel del Buen Pastor fueron apenas anécdotas fuertes en la vida de Salvadora, por cuya casa pasan, años después, Pablo Neruda y Federico García Lorca, y en el sótano de su casa-quinta el mexicano Siqueiros pinta el famoso mural. Y mientras tanto, escribe una docena de obras de teatro, cuentos, poesía y novela.  Es la misma Salvadora que se hace cargo de los gastos por el transporte del cuerpo de Alfonsina, después de su suicidio; es la mujer del Natalio Botana que asumió la cremación y el traslado de las cenizas de Horacio Quiroga al Uruguay.

Y es el mismo Botana, el “Citizen Kane” rioplatense, que se enamora de ella apenas la ve, bella, anarquista y rebelde. “Almafuerte”, la pieza que Botana le ayuda a Salvadora a estrenar en 1914, es la primera obra de teatro netamente anarquista que se pone en escena en Argentina. “Las descentradas”, de 1928, presentada en el teatro Odeón, es una obra clave del anarcofeminismo y un gran éxito para la época. Elvira, una de sus protagonistas, muestra la alianza entre mujeres de diferente origen que ya no necesitan participar en luchas obreras para cuestionar su propia identidad, la que surge como una necesidad personal y que la lleva a replantearse incluso el valor del matrimonio –el que finalmente rompe-, y el descubrimiento del amor auténtico, que va a experimentar con un amante, y de su relación con las otras mujeres. Este encuadre ideológico marca una novedad, pero sus contemporáneos no lo entendieron totalmente así, lo que muestra el grado de vanguardismo en que Salvadora desarrolló su vida y su prédica.

Salvadora llamaba la atención porque siendo una libertaria manejaba su propio rollsroyce, gesto que podían practicar, sin críticas, otras mujeres de la clase alta. Pero lo que la hacía única, y que no se le perdonó –como luego sucedería con Evita– era que ella no venía de la oligarquía sino de la emergente clase media. Borrada de la historia por la cultura oficial ologárquica, muchas décadas después se la redescubre y sus textos renacen, todavía vigentes y fuertes para la crítica femenina actual.

Tal vez, el más visible de los enfrentamientos entre el peronismo emergente y el anarquismo en retirada, fue la tensa relación entre Evita y Salvadora Medina Onrubia. Salvadora, polémica y conocida intelectual anarquista, fue la mujer con más poder en la Argentina de su tiempo, lo que solo sería superado más tarde por Eva Perón, a quién Salvadora le estableció un patrón. A pesar de las controversias que Salvadora Medina Onrrubia presentan dentro del anarquismo, siempre se destacó su accionar e intervenciones individuales en momentos para las cuales su imagen pública la acreditaba, por ser la dueña de uno de los diarios más importantes del país. Y repito, es el presidente Juan Perón quien le encarga a “Critica” un editorial en defensa de los ataques que recibía Evita por causa de su gira europea. Salvadora escribe: “No es Evita Duarte, es simplemente una mujer que en este momento es símbolo y embajadora ante el mundo, de toda la Argentina, la vejada. Lo que a ella roce y toque, rosa y toca a todas nuestras mujeres que son la Argentina misma que ella representa”. Y le aconseja “Nunca mires, Evita, a las miserias del suelo”.

Continuará. Lea en la 3ª y última parte otros trechos de la carta de Salvadora a Eva Duarte de Perón.

Javier Villanueva. São Paulo, 19 de agosto de 2013.


sábado, 17 de agosto de 2013

Salvadora, la venus roja.*




La Venus Roja. 1ª parte.

Algunos solo quieren recordarla como la mujer de Natalio Botana, el famoso director del diario “Crítica”, uno de los diarios que marcaron el periodismo argentino en el siglo XX. Otros, con mejores o peores intenciones,  la llamaron “la Venus Roja”, e incluso “la Virgen Roja”, como la denominó el “Diario Nacionalista” de la derecha en 1933, festejando su prisión.

La pacatería de la alta sociedad porteña de los comienzos del siglo XX, llegó a llamarla “aquella a quien no se respeta”. Era Salvadora Medina Onrubia, dueña de un espíritu indómito y revolucionario para su tiempo; experimentó la militancia anarquista y feminista, y sus pasiones desafiaron los prejuicios de su época; fue madre soltera y participó en diversos sucesos de la vida política y social argentina: vivió las batallas entre los obreros y el ejército durante la que fue conocida como Semana Trágica; era la lucha de los 2.500 obreros de la metalúrgica Vasena en el verano ardiente de 1919, en la cual fue oradora, mientras se repetía en Buenos Aires lo que había sido la Semana Trágica de Barcelona, diez años antes.

Y además, como si pudiera parecer poco, vivió en las primeras décadas del siglo XX, la contradicción entre un amor –que para muchos era inexplicable- por un hombre rico, mandón y poderoso, y su férrea voluntad de ser ella, una mujer por si misma. Algunos decían incluso que Botana tênia uma “veta anarquista” que ló llevaba directamente hacia la rebeldía innata de Salvadora.

Fue periodista, militante y escritora; pero por sobre todo anarquista, y primera mujer llevada a la cárcel por motivos políticos -la policía federal argentina la fichó con el prontuario de nº 21.849- ¿Quién fue Salvadora Medina Onrubia y por qué la historia se empeñó en ocultarla? Nació en 1894 en la capital de la provincia de Buenos Aires, ciudad de La Plata, y desde muy joven incursionó en las letras. Y luego de su llegada a Buenos Aires, se iba a destacar como periodista en el periódico anarquista “La Protesta”, y em los samanarios “Fray Mocho”, “PBT” y “Caras y Caretas”; también escribió para el que sería su diário, el “Crítica”; y fue autora teatral, de cuentos y novelas como “Akasha”, “El vaso intacto”, “El misal de mi yoga”, “Alma fuerte”, “La solución”, “El hombre y su vida” Su obra de teatro más personal e interesante: “Las Descentradas”.

A los 15 años, su actitud militante en defensa del joven anarquista Simón Radowitzky la llevó luchar por su libertad, entrevistando al presidente Hipólito Irigoyen, que la trato con respeto y según dicen algunos, con un cierto temor. Con gente del “Crítica”  planificó la fuga de Radowitzky y más tarde, cuando el libertario ruso fue recapturado, y después de una segunda tentativa de escape, luchó por su indulto hasta conseguirlo. La primera carta del militante anarquista cuando salió en libertad fue para ella.

Los mismos ideales revolucionarios la llevaron a luchar en la semana del 7 al 14 de enero de 1919, en los incidentes ocurridos en Buenos Aires que se conocerían como Semana Trágica. Y finalmente, en 1930, la dictadura militar que derribara al gobierno constitucional de Irigoyen la detuvo el 6 de septiembre, cuando el general Felix Uriburu ordenó su prisión. Un grupo de sus compañeros intelectuales –entre los que estaban Jorge L. Borges, Alfonsina Storni, Eduardo Mallea, Horacio Quiroga, y otros muchos- mandó una carta al dictador para pedir “magnanimidad” con Salvadora por “su triple condición de mujer, de poeta y de madre”. Pero a ella no le hizo nada de gracia el pedido y le mandó al general otra misiva, desde la cárcel, en la que la que le arroja a la cara todo su desprecio, por el dictador y su dictadura.

Atrevida, a veces contradictoria, transgresora y audaz, Salvadora Medina Onrubia completó su currículum de libertaria siendo la abuela de otro irreverente escritor argentino, Raul Damonte, más conocido por “Copi”.

JV, São Paulo, 17 de agosto de 2013.

Carta al tirano Uriburu que Salvadora le dirigió desde la cárcel

Desde 1930, en Argentina, apoyado en las ideas fascistas que iban inponiéndose en Europa, se había producido el primer golpe de estado de la corta historia de vida independiente: gobernaba el dictador militarista y fascistoide José Félix Uriburu. Su régimen inauguró la persecución política e ideológica; impuso la tortura como mecanismo de interrogación, y hasta tuvo la infame ventura de inventar su peor instrumento: la picana eléctrica; implantó la censura y el destierro de muchos opositores -tanto anarquistas, socialistas y comunistas como radicales- entre otras fórmulas autoritarias que se fueron perfeccionando con el devenir de nuevas y cada vez más terroríficas dictaduras a lo largo del siglo XX.

Uriburu y su comisario político, Leopoldo Lugones –hijo del controvertido escritor y cuyo único mérito en la función pública fue justamente la invención de la máquina de choques eléctricos y de otros métodos de tortura- clausuraron el diario “Crítica”, que era uno de los más influyentes y populares de la época, y detuvieron a su director Natalio Botana, que al principio había apoyado el golpe, y a Salvadora Medina Onrubia, que no se calló la boca y, lejos de amedrentarse con la situación de presa política, escribió clandestinamente una carta al general Uriburu que de inmediato se hizo pública por medio de su hermana, que la hizo imprimir y la distribuyó clandestinamente.
El coraje de Salvadora, reflejado en las letras que siguen, es un homenaje a tantas mujeres de valor que lucharon en Argentina.

“Gral. Uriburu,
Acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido. Magnanimidad implica perdón de una falta. Y yo ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.
Señor general Uriburu, yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente. Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama karma, no es un explosivo, es una ley cíclica. Esta creencia me hace ver el momento por que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ello. Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no la más dura de las que mi destino es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidad.
En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado, me siento más grande y más fuerte que Ud., que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos ... y eso que tengo la vaga sospecha de que Ud. debió salir de algún hogar y debió también tener una madre.
Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo, en este inverosímil asunto de los dos, el degradado y envilecido es Ud. y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo.

General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio”


Salvadora Medina Onrubia, desde la Cárcel del Buen Pastor, el 5 de Julio de 1931.