quinta-feira, 1 de maio de 2014

La lucha y las tentaciones del ayuno.



La lucha
Pasé el final de la tarde solo en casa. Necesitaba concentrarme y rebajar tres kilos y doscientos gramos con urgencia. Me moría de hambre, y de sed, incluso; pero todavía tenía que pasar otras 24 horas en ayunas para llegar hasta los 71 kilos y poder luchar en la categoría que había elegido. Sentía mareos. Me desmayaba.
Subí a la balanza a las seis de la tarde; todavía faltaban 13 horas para la inscipción y el momento del peso. La aguja de la balanza no llegaba a los 72 kilos; era un gran avance, pero aun tenía que bajar otros 930 gramos en medio día, lo que era difícil, porque incluía las horas de sueño, en las que no podría ejercitarme, claro. Preocupado, hice diez minutos de steps y salté a la cuerda durante un cuarto de hora.
Empezaba a marearme cuando apareció el viejito trayéndome los guantes de boxeo y me guiñó el ojo; no le presté atención y volví a hacer sombras por diez minutos seguidos. 
Estaba cansado, pero respiré hondo, caminé y troté en los cinco metros del corredor. No me quedé parado durante veinte o veinticinco minutos hasta que Loche se levantó de la silla, desde la que me miraba callado, y vino a traerme una toalla mojada para que me hidratara un poco, ya que no podía tomar líquidos hasta después de pesarme al día siguiente. Me pareció raro que Loche estuviera justamente en mi casa a esa hora, pero bueno, le agradecí y volví al entrenamiento. 

Entonces me acordé del ayuno de Cristo y las tentaciones del diablo para sacarlo de su sacrificio. Cristo vino a destruir las obras del diablo, pensé, pero no usando su poder, sino padeciendo de los males del mundo para vencer al diablo con la justicia, no con el imperio de sus fuerzas, como explica San Agustín: El diablo hubo de ser vencido, no por el poder de Dios, sino por la justicia. 

Y mientras Loche conversaba con Monzón y preparaban un mate, yo pensaba que en las tentaciones de Cristo hay que considerar que fue lo que hizo él por su propia voluntad, como hombre, y qué fue lo que padeció en las manos del diablo. Y entendí que, al ofrecerse al demonio tentador, Cristo actuó por obra de su propia voluntad. Por esto es que dice Mateo, pensé, que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para que fuese tentado por el diablo. 

Y recordé que, como decía San Gregorio, debe entenderse que el Espíritu Santo lo condujo allí donde lo encontraría el espíritu maligno para tentarlo. Pero Cristo toleró al diablo que lo llevaría sobre el techo del templo de la ciudad santa, y después hacia un monte muy alto para mostrarle todos los reinos del mundo y las glorias del poder. 

Y no es de admirarse, -pensaba yo en el delirio de mi propio ayuno, y como contaba el mismo Gregorio-, que Cristo permitiese ser llevado por el diablo a un monte en el que sería luego crucificado. Pero como escribe el apóstol, Cristo quiso ser tentado en todo, menos en el pecado. 

Y pensé yo, muerto de hambre y de sed, que la tentación que viene del enemigo puede carecer de pecado, porque ocurre solamente por presión y sugestión exterior. En cambio, la tentación que proviene de la carne no puede ocurrir sin pecado, porque tal tentación se realiza por medio del deleite y la concupiscencia.
Como dice Agustín -pensé yo otra vez, luchando contra el desmayo del ayuno- algún pecado debe haber cuando la carne desea, exige placer y saciedad contra el espíritu. Y, por este motivo, Cristo quiso ser tentado directamente por el enemigo, pero no por la carne.

A las 6 y media de la mañana, a pesar de las horas de sueño, y la lentitud de la preparación de la salida para el gimnasio del club, ya estaba casi desmayándome otra vez. Había pasado 40 horas sin comida, y también sin agua; todo el proceso era muy cruel para el cuerpo, pero estaba preparándome para una lucha, un nuevo combate.

Las visitas de la noche no me habían abandonado, y las visiones de Cristo en el Monte Sinaí, que había ayunado cuarenta días y cuarenta noches, me habían ayudado. Recordé que Cristo al fin tuvo hambre, y acercándose el demonio tentador, le dijo: Si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan. Pero Cristo le respondió, diciéndole al demonio que no sólo de pan vive el hombre; y entonces Loche lo invitó a Monzón a acompañarme al gimnasio.

Me pesé, saludé a mi contrincante y antes de sonar el gong para empezar el primer round lo ví sentado en la primera fila y me saludó. Bonavena nunca perdió ninguna de mis luchas.

Javier Villanueva. São Paulo, 1º de mayo de 2014.








4 comentários:

  1. no sé qué decir, siempre tan mejor..

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    1. Obrigado Malu. Você me ajudou na pesquisa do Moente Sinai.

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  3. Gracias, pichu, como siempre tus ideas geniales. El resto es un poco de oficio. Que no se pone de novio el burro por lindo, sino por insistidor.

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