quinta-feira, 14 de agosto de 2014

Felipe Varela y la guerra del Paraguay



capítulo veintitres
Hoy parece que de nuevo tengo fiebre; escucho las voces de las enfermeras como si estuvieran lejos y, cuando el médico llega, confirma lo que me sospechaba: 38 y medio y además...estoy resfriado; ¡carajo!...es ridículo, en coma y resfriado; parece que me agregan un antifebril al goteo del suero y empiezo a adormecerme otra vez. Siento sed, sueño: estoy cerca del jagüel de Vargas, un pozo de agua, como un aljibe, pero mucho más grande, en el camino que sale de los llanos de La Rioja en dirección a Catamarca. Es el 10 de abril de 1867, y durante siete largas horas, desde el mediodía hasta el anochecer, veo la más sangrienta de las batallas de nuestras muchas guerras civiles.

Desde los comienzos de abril, el ejército mitrista del Noroeste venía siendo robustecido por tropas veteranas y con oficiales que habían ido a guerrear contra el Paraguay. Con los cañones, armas cortas y rifles de repetición con que los ingleses proveyeron Buenos Aires, la tropa del gobierno porteño pudo entrar a la ciudad de La Rioja y forzar a Felipe Varela a volverse y luchar hasta liberarla. A la delantera de sus montoneras iban los bravos Guayama, Chumbita, Medina y Elizondoabre el libro de historia de Vasconselos que trajo mi viejo, lo hojea, se despereza ruidosamente, y lee un par de páginas, Carlitos Fressie.
Ya en marcha, el caudillo catamarqueño lo llamó a Taboada, jefe de la tropa enemiga, a enfrentar sus ejércitos en las afueras de la ciudad, para evitar que los civiles pudieran convertirse en víctimas inocentes de los horrores de la guerra y “de los excesos de violencia que ni Vd. ni yo podremos evitar”cuenta Carlitos Fressie, cierra el libro con pereza, y se lo pasa al Chacho Rubio para que él me lo siga leyendo. Pero el general del partido porteñista no contestó. Con astucia y calculismo, fue armando sus fuerzas en el Pozo de Vargas, una vaguada en el camino por donde él sabía que vendrían las montoneras a tomar agua. Era el sitio seguro donde Varela pararía obligatoriamente con sus gauchos, que debían estar sedientos y extenuados por una marcha contínua y a todo galopelee el Chacho.
Los porteñistas de Mitre ya habían destruído todos los otros jagüeles del camino, dejándole tan sólo el Vargas, entrando a la ciudad, a unos dos kilómetros del centro. Taboada le dejó el pozo de agua de carnada, camuflando entre los troncos y las ramas los poderosos cañones y rifleslo escucho casi entre sueños a Carlitos Fressie, con voz monótona y cansada.

—La ventaja de los soldados del gobierno porteño, menos numerosos que los de la guerrilla norteña, era la supremacía de armamento; estaban descansados, y habían llegado con tiempo suficiente para elegir una mejor posición, en la que se situaron desde temprano para disponer el ataquetermina de leer en voz baja, cierra el libro, y se prepara para dormir antes que toquen el silbato de recoger en la Cárcel de Encausados, el Chacho Rubio. En efecto, al llegar, la tropa montonera sedienta y descuidada, fue recibida arteramente con una descarga brutal de fuego concentrado del ejército de línea de Mitredice mi abuelo Samuel. A pesar de la sorpresa de la emboscada, las cargas de los gauchos se fueron repitiendo una atrás de otra, a pura lanza y chuza, durante siete largas horas contra la imbatible posición de los cañones y rifles del astuto Taboadaagrega. Primero en lanzarse al ataque, como buen comandante que era, Varela de pronto hocicó y se cayó con su caballo junto al pozo. Pero la Dolores Díaz, una de las mujeres de su ejército montonero, de las tantas auxiliares enfermeras, cocineras, novias y esposas que, si fuera necesario, estaban siempre listas para agarrar las chuzas y los machetes por sus maridos, vió al jefe cayéndose y se lanzó al galope para salvarlo cuenta Victoriano. Y fue así, montado encima de las ancas del tordillo de la Díaz, más conocida entonces como la Tigra, que el caudillo se le escapó a la muerte segura de aquel inesperado tropezón en plena batalla— agrega mi abuelo Samuel.

Se ponía el sol y moría la tarde, con las últimas, dramáticas cargas de las lanzas de Varela; y también se apagaban las ilusiones de un alzamiento popular a favor del solitario Paraguay, atacado por el imperio brasileño y la Triple Alianza. Felipe Varela dio orden de retirada cuando le quedaba nada más que un puñadito de valientes a su lado. “¡Otra cosa sería con armas iguales!”, gritó con rabia y despechohojea el libro, ya sin demasiado interés, y se levanta para salir de mi cuarto del sanatorio, Carlitos Fressie. Aunque triunfante en la batalla, Taboada no tenía tampoco condiciones de perseguir y aniquilar a los vencidos, y estos se pudieron retirar casi en perfecto ordenle cuenta don Samuel a su tío Chazarreta.  Del aguerrido ejército de más de cinco mil gauchos que habían llegado sedientos al Pozo de Vargas al mediodía, ya no quedaban más que 180 hombres en la noche del trágico 10 de abril de 1867dice el Chacho Rubio y Victoriano concuerda con un movimiento lento de cabeza. Los demás estaban muertos o heridos, y los pocos sobrevivientes en condiciones de luchar corrieron a juntarse con el caudillo y reagruparse en la vecina villa de Jáchaldice don Samuel que leyó en Lanzas contra fusiles, de José María Rosa.
Pero Taboada también pagó caro por la victoria: “El escenario –le cuenta a Mitre en el informe– es crítico, perdimos la caballería, y gasté toda la munición, en La Rioja, y no hay quien nos facilite cómo reponer las pérdidas. Y como no hallaban quien que les quisiera donar de buena voluntad, ropas, alimentos o caballos, Taboada optó por la salida menos elegante posible: saquear la ciudad durante tres largos días y sus noches le comenta Andrés Chazarreta a don Samuel.

La fiebre me aumenta y oigo lejanas a las enfermeras, lo veo a Felipe Varela. —Un hombre alto, flaco y de mirada severa; recordaba de inmediato el tipo hidalgo, casi castellano, de los ganaderos del norte argentinodice Victoriano. Pero el catamarqueño de ley que tanto se parecía al Quijote en lo físico, también era capaz de abandonarlo todo, largando sus bienes, desoyendo los consejos prudentes del barbero y del cura del pueblo, para lanzarse al campo por una causa justa, que a cualquiera menos idealista, le pudiera parecer una locura— agrega Fuenzalida.  —Sí, y así lo hizo nomás en 1866, casi a los cincuenta años. Pero, diferente del Quijote de Cervantes, este caballero de los Andes sí tenía todo un pueblo aguerrido que lo seguía por entre las montañas, cruzando valles y llanosdice Chazarreta. Varela, que tenía estancia en Guandacol, había sido antes un oficial de línea,  segregado del ejército por apoyarlo al caudillo Chacho Peñaloza.
Al morir el Chacho se exilió en el vecino Chile, en donde sufrió el inicio de la guerra con Paraguay y vio, casi sin poder creerlo, la armada española bombardear Valparaíso— cuenta el Chacho Rubio. Y se indignó más con Mitre que se negó a apoyar a Chile y al Perú del ataque realista. Pero cuando supo en 1866 del siniestro Tratado de la Triple Alianza, vendió tierras y ganado y compró fusiles, machetes y dos cañoncitos chicos en desuso en Chile; equipó y armó a los exiliados argentinos, y apenas supo que había dejado de nevar en los cerros, cruzó la cordillera con su tropa—agrega don Andrés Chazarreta.

Al volver Felipe Varela a la patria, el desastre de Curupaytí, y las diez mil muertes que los bravos paraguayos le habían causado a las tropas de Mitre, sacudían al país. Aún sin plata suficiente para conseguirse buenos artilleros, se había gastado la última chirola en una banda de músicos, que les había endulzado el cruce de los Andes alentando a la tropa— cuenta Victoriano. La banda, totalmente fuera de propósito en una guerra tan inusitada, crearía la zamba dice Chazarreta, recopilador de canciones populares una mezcla de ritmo de la zambacueca peruana y chilena que terminó siendo el baile y la canción heroica de las últimas montoneras, la más popular de las músicas del noroeste argentino.

Hacia el mes de enero el poblado de Jáchal, en la provincia de San Juan, ya era el foco de acción de Varela— dice Carlitos Fressie. La noticia de su llegada con dos batallones de cien hombres, dos cañones y su singular banda de música, corrió como un reguero de pólvora por las faldas y valles andinosse ceba un mate, lo prueba y se lo pasa a Juancito, se recuesta en el catre y deja el libro, el Chacho Rubio. Miles de gauchos de Catamarca, San Juan, La Rioja, Mendoza, San Luis y Córdoba sacaron sus chuzas, recogidas desde las épocas del Chacho, montaron el mejor caballo que hallaron a mano y, a veces tirando otro pingo en el lazo, fueron al encuentro del jinete montonero que les serviría de banderín de enganchele recibe el mate y sigue la charla Andrés Chazarreta.
A los pocos días Varela ya cuenta más de 4 mil hombres, pero tiene tan sólo cien fusiles. El uniforme es el poncho colorado y un sombrero simple, con la lema rojo que dice “¡Viva la Unión Americana! ¡Mueran los negreros traidores a la patria!”, y ropas de paisano, para abrigarse en el frío de la cordillera chupa la bombilla, devuelve el mate y se lo pasa a don Samuel, el Chacho. Hay una moral inflexible, que dice que un soldado americanista debe ser un ejemplo de humanidadabre el libro que había dejado el Chacho, recibe el mate y se prepara para seguir leyendo, Carlitos Fressie.
Al atardecer, Varela juntaba sus gauchos montoneros y al batallón de mujeres que los acompañaban, y les repasaba la proclama que había escrito y que repartieron por todo el país— se levanta del borde de mi cama, mira por la ventana del sanatorio Sobremonte las hojas ocres que caen de los plátanos, les hace una seña a Carlitos y al Chacho, y se prepara para irse, mi abuelo Victoriano; el viejo se pone el poncho y el sombrero, y sale cabizbajo y silencioso, justo cuando entra la enfermera de guardia.

La letra del manuscrito de mi padre se vuelve casi ilegible al finalizar el cuarto cuaderno “Laprida”; la marca del lápiz tinta se borroneó un poco en algunas partes, tal vez por causa de la humedad de la pared del fondo del sótano de Bedoya donde mi mamá lo encontró, debajo de la caja del Mecano y del “Chán, el Mago que Contesta”. La pila de los Billiken que mi vieja me trajo junto con el cuaderno me llama la atención durante un buen rato, pero al final vuelvo al “Laprida”; el viejo sigue haciéndolo viajar al secretario de Carlos Prestes, Toninho Saldanha, riograndense de Lagunas, perdido en los valles de Catamarca, loco atrás de Villanueva, que no aparece y nadie sabe en qué momento se esfumó en el viaje de Buenos Aires a Córdoba; leo:


El ómnibus de las tres llegó y el Negro Unzaga se bajó a verla un rato a la Gringa y a Eufemia antes de seguir para la Falda en el 7 de las cuatro de la tarde; lo saluda a Saldanha y le da la mala noticia: —Parece que mi sobrino no va a poder venir a Catamarca; me llamaron de Córdoba y dijeron que se descompuso en el viaje desde Buenos Aires— dice el Negro, y le oculta a la Gringa y a doña Eufemia, que está ya muy viejita, que en realidad Javier sufrió un grave accidente cardiovalcular, o una especie de síncope, no le supieron dar detalles, porque la Tina estaba muy nerviosa, y la llamada de Córdoba estaba llena de ruidos, pero al final parece que lo han internado en estado de coma.

Lea más en "Crónicas de Utopías y de Amores, de Demonios y Héroes de la Patria" (JV. 2006)

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