sexta-feira, 19 de fevereiro de 2016

Horacio Quiroga ¿Qué era el "Consistorio del Gay Saber"?



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Horacio Quiroga. Salto, Uruguay, 1878 - Buenos Aires, Argentina, 1937.

Horacio Quiroga

¿Qué era el enigmático -y también inolvidable- "Consistorio del Gay Saber"?

Antes de lanzar su primer libro, el cuentista Horacio Quiroga formó con otros jóvenes escritores uruguayos un irreverente cenáculo, pleno de poesía, de extravagancias e incluso de muerte.

El nombre del grupo -el irreverente cenáculo, digo- era bastante raro, por cierto, y representaba un homenaje a una antigua logia de trovadores mediavales: el "Consistorio de la Gaya Ciencia", de 1323.
Consistorio se llama, en la iglesia, a la reunión que el Papa celebra con sus cardenales; y Gaya Ciencia es el nombre dado a la poesía como una metáfora de la “ciencia”. 
Haciendo un juego de palabras, el grupo de jóvenes poetas, convirtió el adjetivo calificativo femenino “gaya”, en uno masculino, formó su nombre con el término “gay”, como cualidad atribuida al sustantivo sinónimo de ciencia: el saber.
Horacio Quiroga, narrador y cuentista uruguayo que fue el más famoso del grupo "Consistorio del Gay Saber", se radicó en Argentina y pronto fue considerado uno de los mayores latinoamericanos de todos los tiempos en su género. Su obra se ubica entre el declinio del modernismo y la aparición de las nuevas vanguardias.
Muchas tragedias marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente con un arma de caza y su padrastro, y más tarde su primera mujer, cometieron suicidio; además, Quiroga mató sin querer, en otro disparo accidental, a su amigo Federico Ferrando.
En sus estudios en Montevideo, Horacio Quiroga ya se había empezado a interesar por la literatura. Se inspiró en su primer amor juvenil al escribir Una estación de amor, en 1898. Luego fundó en su ciudad de nacimiento la Revista de Salto, en 1899. Más tarde, viajó a Europa y escribió sus recuerdos en Diario de viaje a París, de 1900. 
A su vuelta fundó el "Consistorio del Gay Saber" que, a pesar a su corta existencia, fue el centro de la vida literaria de Montevideo y el eje de las polémicas con el grupo de Julio Herrera y Reissig. Este último, considerado una de las cumbres del modernismo fue uno de "los cuatro delfines" herederos de Rubén Darío, así como Leopoldo Lugones, Amado Nervo y Ricardo Jaimes Freyre. Julio Herrera y Reissig era el modelo ideal del poeta, por su exotismo, porque rechazaba las servidumbres de la vida cotidiana y por su aislamiento, que culminó en las  tertulias de la "Torre de los Panoramas", un altillo céntrico montevideano con vistas al mar, que entre 1902 y 1907 Herrera convirtió en eje y monumento del decadentismo rioplatense.
Pero volvamos a Horacio Quiroga que, ya instalado definitivamente en Buenos Aires publicó Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica en 1901, seguidos de los relatos de El crimen del otro, en 1904, la novela corta Los perseguidos de 1905, resultado de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera hasta la frontera con Brasil, y la más extensa Historia de un amor turbio, de 1908. 
En 1909 se radicó en la provincia de Misiones -"el infierno verde"- donde trabajó como juez de paz en San Ignacio, ciudad famosa por sus ruinas jesuíticas, en la que cultivaba yerba mate y naranjas.
Otra vez en Buenos Aires, trabajó en el consulado de Uruguay y publicó Cuentos de amor, de locura y de muerte, en 1917, los relatos para niños Cuentos de la selva, en 1918, El salvaje, en 1920, la pieza para teatro Las sacrificadas, de 1920, Anaconda, en 1921, El desierto, en 1924, La gallina degollada y otros cuentos, de 1925 y el que tal vez haya sido su mejor libro de relatos, Los desterrados, de 1926. Colaboró en Caras y CaretasFray MochoLa Novela Semanal y La Nación, entre otros.
En 1927 se casó con una jovencita, amiga de su hija y dos años después publicó la novela Pasado amor, sin demasiao éxito. Sintiándose aislado por las nuevas generaciones literarias, volvió a Misiones para dedicarse a la floricultura. En 1935 publicó su último libro de cuentos, Más allá. Internado en un hospital de Buenos Aires, descubrió un cáncer gástrico, lo que parece haber sido la causa del suicidio, ya que puso fin a sus días ingiriendo cianuro.


El almohadón de plumas

Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917


Um comentário:

  1. felicidades muy buena información ojala les vaya muy bien que Dios los bendiga

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