sábado, 11 de junho de 2016

El cumple de 84 de Doña Tina, Evita y el indio.




El cumple de 84 de Doña Tina, los bienteveos,
Evita y el indio.

Ayer me desperté con el canto del benteveo (bienteveo, bichofeo) o mejor dicho, del quitupi
Un "bem-te-vi" de la Sierra de la Cantareira que cantaba como los bentevíes de Catamarca, en la orquesta matutina de Las Chacras.
Y pensé en doña Tina, mi mamá -Argentina, como la patria- . Era su cumpleaños ayer, y yo me la pasé cuidando hijos, escribiendo un esbozo de un libro, yendo a la manifestación contra Temer, conversando con familiares de dependientes químicos que, desesperados, necesitan de un apoyo emocional, científico si fuera posible, e incluso espiritual. Y salí más tarde a repartir frazadas -o colchas, como digo a veces- entre los desbrigados de algunos barrios de São Paulo.

Pero volvamos a los benteveos: los escuché, decía,  y pensé en Las Chacras, y en los Unzaga, claro. Estirpe fuerte, genética legendaria. Pero eso fue a la mañanita -a las 5:40 exactamnte, todavía oscuro en Sampa-, y a la noche se me hizo tarde, y cuando le llamé a doña Tina -mi mamita cumpleañeras- ya se había ido a dormir.

No importa, pensé, ella sabe que me acordé de ella, y que siempre me acuerdo. Sabe que cuando la llame hoy le voy a decir el consabido: "oh! cumplís años justo cuando te estaba alcanzando!" Sí, porque en términos de edad es casi mi hermana mayor, y los años que me distancian de ella son menos que los que me separan de mi hermana menor. Y muchos menos que los que se llevan mi hijo mayor con la shulkita (la menor) de casa.

Pero sí, ya sé, empezé otra vez a mezclar los números con los letras y me fui por las ramas.
Decía, entonces, que se me hizo noche, y cuando le llamé a la Tinita ya era tarde. Pero acá estoy, a las 6 de la mañana del día siguiente a su cumpleaños, escribiendo esta corta y pobre crónica para terminar explicando por qué ilustré el texto con una foto de Evita y el cuadro del indio que vigila la escalera de mi casa. Y qué tienen que ver los benteveos o bentevíes- con el indio y con Evita. Y todos ellos con el cumpleaños de mi mamá y el no haberle podido llamar ayer.

Pués bien: cuando yo nací -medio siglo y tres lustros atrás- mi mamá, yo y mi papá (que ese es el orden de presentaciones que un bebé en pleno Edipo usaría) vivíamos en un conventillo de la calle Aráoz, en Palermo, hoy área más o menos chic del Buenos Aires de la clase media, y que por aquel entonces todavía era el reducto de inmigrantes italianos y españoles medio muertos de hambre, y de migrantes del norte argentino, más famélicos todavía. 
Y bien en frente, en la vereda opuesta a nuestra vivienda de cuartos, estaba el comité femenino de Evita. Y mi mamá, doña Argentina, veía las colas de mujeres que esperaban para hablar con la mujer más poderosa del país en aquel lejano año de 1951. Eran jóvenes o viejas, pero siempre pobres, totalmente dependientes del marido -obrero descalificado de oficios, casi siempre- que necesitaban de un apoyo para salir adelante. Y Evita se los daba: les donaba una máquina de costura o las mandaba a hacer un curso Pitman de dactilografia.
Y mi mamá se acuerda de eso y se emociona. Ella que nunca fue peronista.

Y yo, que tampoco nunca fui peronista, me emociono también al pensar en ella, jovencísima, casi una niña, cuidando un hijo, a mil kilómetros de sus padres y hermanos, en una ciudad enorme, como ya era la Buenos Aires de entonces. Y a pesar de todo, alegrándose de ver esas mujeres de la vereda de enfrente, ganando su independencia económica, recuperando su dignidad de seres humanos, no importando si eran "cabecitas negras" del interior o hijas de inmigrantes. 

La estampilla de Evita en la imagen de este texto representa ese recuerdo umbilical, casi intrauterino. Y se lo regalo a mamá en su cumpleaños. Ella en la Patagonia, yo en el trópico de Capricornio.

Pero, ¿y el indio? Pues bien, el indio soy yo. Yo, a mis 8, 10, 13 años, soñando con formar una gran tribu con mis hermanos y primos. Mejor todavía, hacer un malón, armado de lanzas y boleadoras, con un Patoruzú heroico a la cabeza de las tropas indígenas. Soñando con un Caupolicán, mapuche valiente que atacara a los Valdivia y tomara su flota de barcos para invadir España.

Cosas de chicos, ¿no? Indios y Evitas, benteveos y cumpleaños. Qué viaje, ¿no? ¿No hubiera sido más simple llamarte y decirte que te quiero mucho, mamá?

JV. São Paulo helado, 10 de junio de 2016.

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