quinta-feira, 17 de novembro de 2016

"Dibujar historietas te hace sentir un poco Dios", por Hector Oscar Brondo



Parafraseando al chileno Pablo Neruda ("Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos"), el dibujante CRIST ilustra este artículo de 2012 del amigo Hector Oscar Brondo sobre Roberto Di Palma. - Comparto esta entrevista que le hice hace unos años en el stand de Luz y Fuerza en la Feria del Libro- dice Hector Oscar Brondo, y yo lo reproduzco acá. (JV)

"Dibujar historietas te hace sentir un poco Dios"

Hasta los 8 años, más o menos, tenía la cabeza llena de pájaros. No era un niño distraído, sino la distracción misma hecha niño. Sólo le llamaban la atención los sujetos animados que sobresalieran de la llanura circundante, más si eran vivarachos: gallinas, perdices, liebres, caballos. Se pasaba gran parte del día observándolos en campos de Río Segundo, su pueblo natal, y garabateándolos en el suelo con lo que tuviera a mano.
Recuerda que, en la infancia, hizo sus primeros esbozos “en serio” con un lápiz de carpintero, del tipo chato y con mina de grafito ancha y dura; se lo había hurtado a un tío que tal vez ejercía el oficio de Pedro.
Cuando se mudó con su familia a barrio San Martín, de la ciudad de Córdoba (su padre había conseguido un trabajo como peón en una fábrica de cerveza), les ofrecía a los vecinos hacerles los mandados, a cambio de que le dieran, como propina, el papel de estraza de los envoltorios de las compras.
“Alisaba bien las hojas de papel madera y allí dibujaba lo que se me ocurriera, con lápiz tinta, ¿te acordás?”, cuenta e interroga Roberto Di Palma. “Ese que le mojabas la punta con saliva, escribía de color azul y tenías que andar un rato largo si querías borrar las letras”, completa antes de conocer la respuesta del oyente y ensaya un amago de alborozo.
El dibujante, que llegó a convertirse en adlátere de Alberto Cognigni en la revista Hortensia, se define como “autodidacta y un enamorado de la historieta”.
Por culpa de un gorrión. Di Palma desempolva de la memoria una anécdota que señala como el punto de partida de su travesía apasionada por el mundo del cómic. “Había repetido primero inferior, en la Escuela Antonio del Viso, y Natalia “Tala” Trippel, una vecina metodista, me estaba dando una mano para ver si lograba arrancar en el colegio”, cuenta, con gracia. Aclara que la joven no era maestra sino sólo una muchacha diligente y servicial.
“No había poder de dios que me hiciera prestar atención a lo que me decía”, reconoce. “Mientras ella intentaba de mil maneras explicarme, yo miraba cómo un gusano verde y gordo bajaba por la parra y avanzaba, a paso arrugado, por las baldosas blancas y negras del piso de la galería, que parecía un tablero de ajedrez gigante”, describe la escenografía imaginaria con riqueza de detalles.
“En una de esas, sacó de una pila de historietas que leía el padre, un ejemplar de la revista El Gorrión y la dejó sobre la mesa. Ni bien vi la tapa, me deslumbró el dibujo de un indiecito que andaba con un cowboy”, evoca con nostalgia.
“Tala se dio cuenta y me dijo algo que me iluminaría el mundo para el resto de la vida”, comenta y hace un silencio con clara intención de intrigar a quien lo escucha. “El indiecito se llama Castorcito y si supieras leer, sabrías las cosas linda que cuenta”, apunta que lo desafió la docente vocacional.
Castorcito era el compañero inseparable de Red Ryder, un clásico del western impreso cuyo autor, Fred Harman, fue un creador de dibujos animados que se iniciara en el arte junto a Walt Disney. “Fue tal el entusiasmo que me despertó que dos o tres meses después leía casi sin dificultad y cuando tenía unos 10 u 11 años ya había leído La Ilíada y La Odisea”, dice.
También de esa época datan sus primeras experiencias como guionista y director de teatro.
“Me metí en la Acción Católica de la parroquia San Fermín, de barrio Los Paraísos, y una vez, con el fin de juntar fondos para hacer con el grupo una excursión al cerro Champaquí, escribí Los hijos de la pradera”, comenta con gracejo. Asegura que con Miguel Ángel “el Negro” Gutiérrez, amigo de la infancia, llevaron la obra al escenario de Los Salesianos y al del Colegio San José. “Lo que juntamos no nos alcanzó para hacer el viaje, pero nos divertimos mucho”, señala.
Poco después escribió una breve novela de piratas y concluyó la saga teatral con El sol de la legión . Esta novela narraba la lucha “entre los árabes infieles y la Legión Extranjera, que entonces pensaba que estaba integrada por soldados buenos”, dice, con una carcajada.
Asegura que aprendió de un hermano la técnica de cómo tenía que hacer las entradas y salidas en las obras, entre otras cosas. Se refiere a Julio “El cacique” Di Palma, reconocido actor que trabajara en Córdoba con Jaime Kloner y en los radioteatros de las tres grandes emisoras de Buenos Aires: Splendid, El Mundo y Belgrano. También actuó en televisión y en varias películas nacionales.
“Un día un compañero de la Acción Católica me dijo que estaría bueno que llevara esas aventuras a la historieta y así fue que empecé a dibujarlas y me di cuenta que era mucho más fácil que montar una obra de teatro”, plantea.
–¿Por qué es más fácil?
–Porque a los personajes los ponés donde querés, los vestís como querés y los hacés decir las cosas que querés que digan, como querés que las digan. No tenés que convencer a ningún actor para que interprete tus ideas como querés que lo haga. Dibujar historietas te hace sentir un poco Dios, porque sos el creador de todo.
Di Palma publicó en Padres e Hijos , Rico Tipo y Hortensia , entre otras. Al fenómeno editorial de humor cordobés lo dirigió tras la muerte de su creador, Alberto Pío Cognigni.
Por Héctor Brondo, publicado el 18/09/2012 en La Voz del Interior, Córdoba.


"Alberto Breccia, el obrero que se animó a pensar como poeta"

http://www.po.org.ar/…/alberto-breccia-el-obrero-que-se-ani…
Tomado de Eduardo Carbel

"El 10 de noviembre fue el "Día del Dibujante" conmemorando el fallecimiento de Alberto Breccia - 1919 - 10 de noviembre de 1993-, uno de los mayores representantes del dibujo y la historieta en Argentina.

Nació en Montevideo, y luego se muda con sus padres a Buenos Aires. Al final de los años 30 trabajaba como obrero en la industria de la carne, rasqueteando tripas en los frigoríficos de Mataderos. "Cuando terminaba la jornada en el matadero iba a mi casa y dibujaba lo que podía. Con esos balbuceos empecé a buscar trabajo", decía (Primer Plano, 23/1/94).


Poco a poco, se fue desarrollando como un gran artista en ese género marginado que aun hoy sigue siendo la historieta.

En 1960 su obra empezó a trascender fronteras y comenzó a publicar sus historietas en editoriales europeas. Breccia adapta para la historieta diversas obras literarias, desde H. P. Lovecraft hasta Ernesto Sábato. 

En 1962 con el escritor y guionista Oesterheld crean "Mort Cinder", "Vida del Che Guevara" (1968) y una nueva versión de "El Eternauta" (1969). Alberto se preocupaba por la realidad social, abordando su obra desde la ficción y la fantasía. 
Experimentando nuevas técnicas con total libertad lúdica, llegó a reconocer que utilizó hasta manubrios de bicicleta para dibujar.

"En eso consiste la historieta: en no limitarse a dibujar con un pincel y una pluma, que se pueda dibujar con un martillo o un palo, la cuestión es expresarse".


Junto al guionista Juan Sasturain crearon la historieta “Perramus” en 1983. Esta obra ridiculiza y a la vez denuncia la dictadura militar argentina, donde mezclaba personajes ficticios con otros reales abordando ese momento traumático desde el humor absurdo; ya terminada la dictadura militar, en 1989 obtuvo el premio Amnesty, en la categoría de “mejor libro a favor de los derechos humanos”.

La historieta no ha dado todo lo que tiene que dar (…) no puede ser tomada como un producto marginal y que pueda ser explotado de esa manera, condicionando al creador por políticas editoriales equivocadas o poco nobles; la historieta, el día que esté dibujada, guionada, editada, distribuida con amor va a ser un género digno; le falta todavía recuperar dignidad”. Esa misma dignidad que el sistema capitalista basado en el afán de lucro pisotea día a día.

Breccia fue un obrero, que con lápiz (o palo) en mano, se animó a pensar como poeta."

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