domingo, 4 de junho de 2017

El Empecinado guerrillero

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El Empecinado guerrillero

Francisco de Goya y Benito Pérez Galdós retrataron, cada uno a su modo, a Juan Martín Díez, hombre de Valladolid, héroe de la Guerra de Independencia Española a inicios del pujante siglo XIX. Nació en 1775, y pasó a la historia como “el Empecinado”. Tal vez por que nació en un pueblo rodeado de lagunas de cieno y barro a las que se llamaban “pecinhas”.

Ocurre que “empecinado” se usa hoy em día – olvidándonos totalmentes de las ciénagas, lagunas barrosas y pecinhas- para calificar a aquél que se mantiene excesivamente firme en una idea, posición, intención u opinión, quizá poco acertada al ver de la mayoróa, sin llevar en cuenta ninguna otra posibilidad.

Cuentan que a Juan Martín Díez 1814 por fin le dejaron utilizar oficialmente el apodo de “Empecinado” para sí y para sus descendientes; y dicen que sobrenombre sirvió más tarde, por extensión, para referirse a todo aquel empeñado en lograr un fin sin importarle los obstáculos que vaya a enfrentar para conseguirlo.
La campaña de Pirineos, más conocida fuera de España como la Guerra del Rosellón lo encontró a los 18 años en medio de las batallas que enfrentaron al español Carlos IV en contra de la Primera República Francesa, de 1793 a 1795.
La invasión Napoleónica de 1808, sacó a Juan Martín de sus tareas del campo a las que se había retirado y lo llevó a combatir a los franceses. Según cuentan, una mujer española fue objeto de abusos por parte de un grupo de soldados invasores que se habían refugiado en el pueblo de Fuentecen. Dice la leyenda que los españoles, al mando de Juan Martín, persiguieron a caballo a los gabachos hasta darles muerte con sus trabucos.

Más tarde organizó un grupo de guerrilleros con vecinos, amigos y familiares que lucharon en varias guerrillas como bandoleros, optando primero por enfrentamientos abiertos en las batallas de Cabezón de Pisuerga y Medina de Rioseco en Valladolid, en  1808, sin buenos resultados. Luego que cambió la táctica del Empecinado y sus hombres de enfrentarse en frentes abiertos para combatir como una guerrilla, y entonces sí tuvo grandes resultados militares en los combates de Aranda de Duero, Sepúlveda o Pedraza, atacando las comunicaciones francesas y su acceso a los mantenimientos y suministros. Las noticias de su valentía y arrojo llevaron a más y más hombres a unirse a su causa.

En los cuatro largos años que duró la Guerra de Independencia Española, de 1808 a 1814 – y que tanta influencia directa tuvo como gatillo para la emancipación de las colônias americanas de España y de Portugal- miles de hombres y mujeres sembraron con sus cuerpos la tierra que querían proteger y liberar del invasor francês.

Se calcula que no menos de 500 mil murieron en la lucha cruenta y desigual, mientras que los franceses dejaron en el campo de batalla a 150 mil de sus tropas. En esos momentos difíciles se dieron casos de auténtico valor, que fueron un verdadero dolor de cabeza para los ejércitos casi invencibles de Napoleón, quién siempre subestimó la entrega y la audacia de los españoles.

La guerrillas fueron un martillar constante para los intereses franceses, pues no menos de 40 mil hombres y mujeres se lanzaron a las fuerzas irregulares para derrotar al Gabacho y quién se destacó entre todos ellos fue el Juan Martin Diez, el Empecinado.

Las guerrillas formadas por gentes de la calle eran el bastión que golpeaba mejor al invasor francês, uma vez que el ejercito regular español cosechaba derrota tras derrota, a pesar de algunos éxitos, como el de la brillante victoria en Bailen, en la que lucharía Don José de San Martín, el futuro libertador de Argentina, Chile y Perú.

Anécdotas que podrían ser leyenda si no fuera por los registros históricos, cuentan que Joseph Léopold Sigisbert Hugo, el padre del escritor francés Victor Hugo, gobernador de las provincias centrales de la España invadida, se tomó muy em serio la misión de capturar al Empecinado, y secuestró a la madre de Juan Martín y a otros familiares y vecinos. Enseguida avisó que, si el Empecinado no se entregaba de imediato, serían todos fuzilados.

La respuesta del guerrillero fue que si su madre y todos los demás no fueran liberados, de inmediato pasaría a cuchillo a cien franceses que tenía en sus manos y que a partir de entonces todo Gabacho que se pusiera en su camino sería ejecutado sin compasión. Tan seria fue la amenaza que Leopold dejó en libertad de imediato a todos sus prisioneros, a comenzar por la madre del Empecinado.

Juan Martin llegó a planear nada menos que el secuestro de José Bonaparte – Hermano de Napoleón, más conocido por el apodo de Pepe Botella  por su afición al trago-. Llegó incluso a merodear por los palacios ocupados de Madrid con sus hombres, pero los halló fuertemente custodiados y demasiado arriesgado para llevarlo a cabo.

La traición de Fernando VII, el de la máscara.

La relevancia alcanzaba por “El Empecinado” llevó a la regencia Gaditana – que mantenía la legalidade española frente al invasor francês- a otorgarle algunos cargos y ensalzar el espíritu de lucha contra Francia, y fue nombrado capitán de caballería, luego brigadier y más tarde general, una vez que la pequeña partida de hombres que empezó con la guerrilla se había convertido en un ejército con más de 6 mil combatientes.

Finalmente, la Guerra de la Independencia culmina con la batalla de los Arapiles, cuando José Bonaparte abandona la ciudad de Madrid y el Empecinado es uno de los primeros en entrar en la capital. La guerra iba llegando a su fin y parecía que todo terminaría bien para Juan Martín.

Nada mas lejos de la realidad, pues tras la derrota frances se reinstauró el absolutismo, con Fernando VII como cabeza visible. Fue cuando nuestro inocente “Empecinado” se presentó al rey,  que le daría el cargo de Mariscal, momento em que Juan Martín  aprovechó para entregarle la carta en la que le pedía respeto, fidelidad y obediencia a la Constitución de Cádiz o La Pepa, de 1812.

La respuesta del monarca fue que se negaba a reconocer la constitución y enseguida mandó al exilio a Juan Martín.
Ya en su destierro  en Valladolid, el 1º de enero de 1820 Juan Martín se une al levantamiento de Rafael de Riego en Cabezas de San Juan, enfrentando las fuerzas realistas que inauguraron el Trienio liberal en el que el propio rey Fernando VII se vio obligado a aceptar la Constitución. 
Fernando VII, que no se resignaba a su destino, pidió ayuda a los países aliados que le mandaron los 100.000 hijos de San Luis, que entraron en España en la Guerra de la lealtad.

Juan Martin, gobernador de Zamora en 1823, aunque sabía que todo estaba perdido para la causa liberal, se mantuvo firme en sus convicciones y continuó apoyandola Constitución, que el entendía como justa.

En 1825 cayó preso en Olmos, Valladolid, a cambio de que sus hombres no fueran detenidos. Bajo todo tipo de humillaciones fue recluido en una jaula y vejado publicamente en su trasladado a Nava de Roa Burgos donde queda preso durante 2 años antes de ser condenado a muerte por ahorcamiento.
En el caminho, vio a su ex esposa del brazo de un oficial absolutista, y Juan Martin pidió  a gritos que prefería ser fusilado, para morir con honor, pero le fue negada esa posibilidad.

Cuenta la leyenda que el empecinado tuvo un acceso de rabia y rompió sus cadenas. Se lanzó entonces sobre sus captores que lo abatieron a tiros y, ya muerto, lo condujeron al patíbulo para ser colgado en la horca, cumpliendo rigurosamente con la sentencia.


Javier Villanueva, São Paulo, 4 de junio de 2017

Empecinado. Adjetivo. Se dice especialmente de una persona obstinada, terca, testaruda, obcecada, porfiada, tenaz, cabezota, pertinaz y tozuda.

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